La vi por el retrovisor, mientras aparcaba. La alegría de vernos duró el tiempo justo que tardé en preguntarle por los “niños”: ¡Se me ha muerto Sofía, ¿ya sabes, no?!
Nunca sabré describir la resignación que vi en sus ojos, como si haber tirado la toalla le proporcionase alivio a tanto dolor. Debe haber agotado el llanto de tal manera que hasta las propias lágrimas desfallecían, no pudiendo avanzar más allá de la mejilla sino que allí mismo desaparecían, absolutamente agotadas de tanto derramarse.
Sofía era la segunda hija de Leonor. Tenía mis mismos años y un aneurisma cerebral se la llevó con 36, de una manera terrible, mientras cenaba con su marido y su niño de diez años. Así, sin tiempo para protejerse de unas miradas que no podrán olvidar lo que vieron.
No sería sincera si dijese que Sofía era mi amiga, pero tampoco lo sería si afirmase que es necesaria la amistad para sentir afecto por alguien. Las palabras de Leonor no han parado de rebotar dentro mía desde que las oí. Es dramáticamente curioso comprobar que la muerte de alguien no es lo que nos provoca el dolor, sino que éste aparece en el momento que nos enteramos de ello. No es cierto, entonces, aquello de que el tiempo amortigua el dolor. Han pasado casi tres años y a mi me duele como si fuese ayer.
Y DESDE QUE ABRÍ EL BLOG...
Gracias por el fuego, de Mario Benedetti
La borra del café, de Mario Benedetti
El guardian entre el centeno, de J D Salinger
La tregua, de Mario Benedetti
Presentimientos, de Clara Sánchez
Días como todos, de Jorge Arbenz
Nada, de Carmen Laforet
El mundo, de Juan José Millás
Mala gente que camina, de Benjamín Prado
Relatos metroplitanos, de Mariano Vega
Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez
Diario, de Ana Frank
La ladrona de libros, de Markus Zusak
La Higuera, de François Maspero
Blogs de papel, de varios autores
El hombre duplicado, de José Saramago
Una comedia ligera, de Eduardo Mendoza
Erros e Tánatos, de Gonzalo Navaza
Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti
El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz
El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
Cuentos de sabiduría, de Miguel Adrover Caldentey
La mujer justa, de Sándor Márai
Tres contos á beira do medo, de Xesús Cameselle Ben
Relatos a cuatro manos, de Carlos Arias y Mariano Vega
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Juegos de la edad tardía, de Luis Landero
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La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
La tinta azul de la memoria, de Mariano Vega "El zurdo"
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
De nuevo, el amor, de Doris Lessing
El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
Levantado del suelo, de José Saramago
El alquimista, de Paulo Coelho
La colmena, de Camilo José Cela
Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
Niebla, de Miguel de Unamuno
Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán
La dama del Nilo, de Pauline Gedge
Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez
Cartas para Claudia, de Jorge Bucay
Memorias dun neno labrego, de Xosé Neira Vilas
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa



El tiempo y el dolor a veces juegan a favor y a veces en contra. Pero el dolor sigue siendo dolor. La resignación quizás solo sea el dolor lijado, pero durante la lija también duele.
Perdón, se me ha ido la pinza filosófica.
Besitos/azos.
Vitru, ganadora de un “weblog brillante”. Más info en mi blog. Besos
Yo no creo que el tiempo amortigue el dolor, es sólo que te acostumbras a vivir de otra manera. Besitos
el dolor de perder a alguien nunca desaparece, me temo, sólo se mitiga.
Yo me acuerdo mucho de los muertos, pienso mucho en ellos , los más proximos y los otros como este, pienso en ellos, porque de alguna manera la muerte real de alguien sobreviene cuando ya nadie se acuerda de él.
Un beso
La muerte siempre duele… en mayor o menor medida, pero siempre duele…
Y pobre de quien se haga insensible a la misma…
Incluso yo siento pena ahora, a través de tus palabras cargadas de dolor… por ti y por ella, aunque no os conozca.
Te leí cuando publicaste esta entrada pero entonces no me dio tiempo a pinchar en “Leonor” para recordar esa otra entrada… Ahora ya lo he hecho.
Sólo puedo imaginar que existen dolores distintos. Y el de la pérdida de una hija (o hijo) debe de ser de los peores que existen.
Pienso a menudo en ti, guapa.
Espero que estéis todos bien.
Un besazo
Sí, a veces es raro cómo nos pueden llegar a doler muertos que no son “nuestros”, supongo que tiene que ver con el hecho de que el ser humano es un animal de subjetividades absolutas.
Yo llevo en la cartera el recorte funerario del novio de una compañera, que se suicidó en noviembre del año pasado, y la verdad es que, sin ser el hombre casi nada “mío”, me sentó muy mal aquello, y no me lo quito de encima.
Pero en todo caso, Vitruvia, mejor sentir demasiado que ser una piedra, verdad?
Besos, guapa, ahí estamos para lo que quieras.