Creo firmemente que son los hijos, al cabo del tiempo, los únicos que pueden poner nota a nuestro papel de padres. Sólo ellos, sumando o restando sentimientos, conocen el cómputo y el resultado.
El día que nació mi mayor nació también, en mi, un sentimiento que me aterra: el miedo a no saber mantener, una vez que yo no le sea necesaria, el lazo que, mientras es dependiente, nos une. Sobra decir que ese sentimiento ha nacido en mi dos veces más, aunque por suerte debo afrontarlos de uno en uno.
Han pasado trece años y siento que es ahora cuando más peligrosamente mi mayor y yo rozamos ese momento. Es más, estoy convencida de que es únicamente en este punto de su vida cuando puede llegar a romperse ese lazo.
Ella, desde su pretendida madurez, tira de su punta del lazo intentando reafirmarse ante lo que ve como ataques indiscriminados a dicha reafirmación, y yo, cosciente de la fragilidad del lazo, tiro necesariamente de mi punta haciendo malabares para proporcionarle elasticidad sin que pierda un ápice de consistencia. No consigo decir “no” sin que se líe en mi casa una batalla tras otra; conversaciones imposibles se suceden con una asiduidad pasmosa, eternos pulsos con resultados tan frustrantes para una como descorazonadores para otra.
Pero he descubierto que hay una vía de comunicación a la que no ha llegado la negativa influencia que esa ficticia madurez ejerce sobre ella. Vía a través de la que consigo transmitirle todo lo que su impaciencia no le permite escuchar, y recibo todo lo que su orgullo pretende callar. Vía por la que fluye tanto contenido que todas las palabras del mundo serían insuficientes para acercarse mínimamente al mensaje. He notado que no solo no rechaza, sino que agradece, mis abrazos. Sí. Increíblemente sigue queriendo mis abrazos. Pequeñas treguas que nos damos, que a ella le sirven para saber que sigo a su lado y a mi para pensar que, tal vez, pasado este bache, ella seguirá ahí.
Y DESDE QUE ABRÍ EL BLOG...
-La elegancia del erizo, de Muriel Barbery
- Pedro Páramo, de Juan Rulfo
-La historiadora, de Elizabeth Kostova
-Diez negritos, de Agatha Christie (relectura)
-Cortafuegos, de Henning Mankell
-La montaña mágica, de Thomas Mann
-Tribulaciones de un sicario, de Elena Casero
-Tango sin memoria, de Elena Casero
-Gracias por el fuego, de Mario Benedetti
-La borra del café, de Mario Benedetti
-El guardian entre el centeno, de J D Salinger
-La tregua, de Mario Benedetti
-Presentimientos, de Clara Sánchez
-Días como todos, de Jorge Arbenz
-Nada, de Carmen Laforet
-El mundo, de Juan José Millás
-Mala gente que camina, de Benjamín Prado
-Relatos metroplitanos, de Mariano Vega
-Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez
-Diario, de Ana Frank
-La higuera, de Ramiro Pinilla
-La ladrona de libros, de Markus Zusak
-La Higuera, de François Maspero
-Blogs de papel, de varios autores
-El hombre duplicado, de José Saramago
-Una comedia ligera, de Eduardo Mendoza
-Erros e Tánatos, de Gonzalo Navaza
-Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti
-El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz
-El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
-El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
-Cuentos de sabiduría, de Miguel Adrover Caldentey
-La mujer justa, de Sándor Márai
-Tres contos á beira do medo, de Xesús Cameselle Ben
-Relatos a cuatro manos, de Carlos Arias y Mariano Vega
-Don Juan, de Gonzalo Torrente Balletser
-Tokio Blues, de Haruki Murakami
-Juegos de la edad tardía, de Luis Landero
-A era de Lázaro, de Paula Carballeira
-Tierra firme, de Matilde Asensi
-La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
-La tinta azul de la memoria, de Mariano Vega "El zurdo"
-Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
-De nuevo, el amor, de Doris Lessing
-El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
-Levantado del suelo, de José Saramago
-El alquimista, de Paulo Coelho
-La colmena, de Camilo José Cela
-Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
-Niebla, de Miguel de Unamuno
-Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán
-La dama del Nilo, de Pauline Gedge
-Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez
-Cartas para Claudia, de Jorge Bucay
-Memorias dun neno labrego, de Xosé Neira Vilas
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa



Seguirá ahí, Vitru. Porque lo que realmente determina nuestra relación con nuestros padres, a mi entender, es todo lo vivido hasta la adolescencia.
La adolescencia es como un paréntesis de convulsiones, pero si la relación es buena, sobrevivirá a todo eso.
Ánimo con esta nueva etapa, que sin duda no es fácil.
Sigo acordándome mucho de ti, aunque no escriba (porque soy un desastre).
Un abrazo
Ayer mismo estuve pensando en eso por vez primera, ¿que pasará cuando mi hijo me desafie? y cuando ya no quiera mis abrazos y besos, me entró mucha angustia, porque se por experiencia propia lo que significa no “matar al padre”, y los problemas que luego te puede acarrear, creo que estas en un equilibrio muy difícil, pero creo que puedes con esta prueba, estoy seguro de que encontraras la manera de nadar , dejar nadar y guardar la ropa.
Irre, guapa, yo también quiero creer que todo esto es sólo un paréntesis. El tiempo dirá si sé capear esto con éxito o no.
Yo también pienso mucho en ti. Ahora falta saber cual de las dos está enviando las ondas y cual las recibe, jajajaj.
Un besazo.
Joako, ¡cuánto agradezco que sigas por aquí!. Con lo desaparecida que estoy es gratificante ver que seguís viniendo. Tengo una cuenta pendiente contigo, ya que me encanta tu blog, pero ahora me da sólo por leer, y no me parece muy justo callarme cuanto te admiro. Un día de estos tengo que decírtelo allí.
No puedo dar consejos a nadie, cada relación es un mundo, pero yo he descubierto que mi mayor no es del todo dueña de sus reacciones, creo que a veces incluso ella misma se sorprende de su “agresividad” verbal. Lo noto en esos largos abrazos que me devuelve, como si en cada uno de ellos encontrase la confirmación que necesita de que, aunque la regañe, la sigo amando. Creo que tiene una lucha interna que le hace enfrentarse sistemáticamente a todo, y mis abrazos pretenden demostrarle la comprensión que con palabras no sé, o no puedo dado que debo establecer límites, transmitirle. ¡Quien sabe!, puede que esté equivocada, pero necesito esos abrazos. Un beso enorme.
Vitru… un abrazo de un padre/madre siempre son bienvenidos… tengas 5-10-15 o 30 años…
En el fondo nunca dejamos de ser hijos… ni nos dejan de gustar los abrazos…
Lo cierto es que tu chica comienza una época difícil, porque quiere dejar de ser una niña, descubrir quien es, hacerse mayor… y para todo eso necesita experimentar y cometer errores…
Yo como padre entiendo que siempre queremos evitar cualquier tipo de sufrimiento o malestar a nuestros ‘niños’, pero como hijo recuerdo lo que le dije un día a mi padre…
‘yo también necesito hacer las cosas a mi manera, meter la pata, equivocarme y aprender de mis errores. Déjame que me equivoque…’
Así que paciencia, y mantente siempre cerca para cuando te necesite, ya sea para pedir consejo, para llorar en tu hombro o para recibir un abrazo.
Y a ver si somos más constantes… que se echan de menos tus palabras…
Un beso…
Los que vamos detrás, al menos en mi caso, esperamos aprender de ti, asi que no dejes de contarnos cómo se hace. Yo me he preguntado muchas veces qué pasará cuando llegue el momento, y quiero imaginar, no se si será así, que si se trabaja día a día, la cuerda no tiene por qué romperse. Pero claro, eso es la teoría, la práctica es mucho más dificil porque, como en todo, en la relación con los hijos también bajamos la guardia en algún mmento y nos relajamos.
Mucha suete con ello y besos, que no te olvidamos.
Ay qué bonito cariño!! Me has transmitido un sentimiento precioso, casi casi como si me abrazaras
Cuídate, te queremos.
No sé si será cierto (pero me va a tocar poder verificarlo en carne propia) pero dicen que las niñas entran más rápido en el periodo terrible (para ellos mismos y para sus padres) de la adolescencia, y que son mucho “peores” que los niños…
Yo supongo que lo único que se puede hacer es efectivamente eso: estar ahí, quedarse ahí, hacer ver que se sigue ahí y que esto que hoy parece un fin del mundo es sólo un bache.
Muchos besos para tí, vitruvia, nosotros también seguimos aquí.
yo tuve unas relaciones horribles con mis padres durante mi adolescencia. horribles. yo era ya muy parecida a como soy ahora, y creo que mis padres no supieron asumirlo. les ha costado años. pero creo, como dice irre, que si la relación es buena sobrevivirá. pero la adolescencia es jodida, de eso no cabe duda. bicos…
Me pongo en el lugar de la hija… Siempre estará ahí. Con o sin curvas… las madres a veces sois todo… Seguro que abre los ojos y se da con la realidad en la cara a tiempo.
Yo solo soy hijo, así que no puede dar visión de padre. Y además es que no quiero opinar. Prefiero disfrutar de tus reflexiones que ahora nos llegan con cuentagotas.
Y qué quieres que te diga yo de los abrazos, que son una de las mejores formas de comunicación de este mundo…
Besitos/azos (y gracias por acordarte de nosotros el sábado, nosotros también nos acordamos mucho de ti)
Mucho me temo que tu chavala se hace mayor… No desesperes.
Besos.
Hola Vitru. Te he mandado un mail. Necesito contactar contigo.
Perdón por utilizar tu blog para esto.
Besos.
Besos.
Me encantó “Primavera con una esquina rota”. Ya me contarás qué te parece.
Ah, y te recomiendo que te leas “La higuera” de Ramiro Pinilla, ya verás qué pasada de libro.
Besitos/azos.
Hombreeee, yo pasaba por aquí para dejarle un beso a Vitruvia, y me encuentro a Ramiro Pinilla en un comentario de Mariano…!
Recomiendo absolutamente “Verdes valles, colinas rojas”, imprescindible.
Es el tipo de libro demoníaco que te atrapa y no te suelta, y que cuando por fin llegas a la página final, te obligate obliga el muy malvado a recomenzar desde la primera página otra vez, y a ser posible, en ese mismo instante en que llegas al final, con lo cual el libro te tiene “entretenido” por un tiempo, ya que son tres tomos con taicientas páginas cada uno, que saben a poco poquísimo.
Y ahora sí: besos, Vitruvia.