Una de esas cosas que me suelen suceder, y que más placer me produce, es que un libro me busque. Libros que caen en mis manos inesperadamente y que, además, cada uno de ellos busca una nueva e imaginativa vía para llegar hasta mi. Me sucedió con Levantado del suelo, que me gritó desde el fondo de una pila de libros que le estaban afixiando; y me pasó también algo muy especial con La tinta azul de la memoria, que decidió darse una vuelta por Redondela, para luego regresar a mis manos; y algo parecido con Juegos de la edad tardía, que me esperaba tranquilamente en un banco del parque donde a veces me siento a leer. Libros de de los que desconocía, salvo el de Mariano, hasta su existencia, y que decidieron ser leídos por mi. Afortunadamente me ha vuelto a ocurrir.
El noventaynueve por ciento de mis libros llegan a mi de la manera más tradicional. Esto es, me voy a Moliere, pido el libro y ellos ya se encargan de buscarme una edición baratita, porque ya saben, por mi boca, que leo más de lo que me puedo permitir. Pero hete aquí que de esto ya se ha enterado el último que me ha buscado.
Hace unas semanas Mariano recomendó La higuera, de Ramiro Pinilla, y allá que me fui. Todo sucedió segun dicta mi costumbre, es decir, dar a conocer título y autor, y hasta dentro de unos días. Fue al ir a recogerlo cuando se rompió la cotidianidad. Quiso el destino que el posit con mi nombre tapara el nombre del autor, quedando sólo descubierto el título, La Higuera, con lo cual me lo llevé a casita sin sospechar siquiera que no era el libro que yo había pedido.
No fue hasta dos días después cuando descubrí que el autor de mi particular higuera no era Pinilla, sino que al retirar el posit quedó por fin a la vista el nombre de François Maspero. Debido a estas charlas que se tienen, los libreros me recordaron la posibilidad de devolverlo. Ni imaginaban que estaban proponiéndome poco menos que un crimen, ¡devolver un libro yo!. No sé qué me deparará la lectura de éste libro que hoy empiezo, pero a priorí, y teniendo en cuenta las anteriores experiencias con libros de vida propia, no creo que me defraude una historia que, para más inri, es de libros y libreros. Y que nadie se alarme, ya está en mi mesilla la otra higuera, la de Ramiro Pinilla. Este viejo vicio mío no ha hecho más que empezar.
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa



anda qué guay! pues espero que te gusten los dos – yo tengo a mariano también cual farmacéutico recomendante y siempre acierta
Lo que no te ocurra a ti…
Oye, pues cuéntanos cuando lo termines, si te apetece.
Bicos moitos, guapiña.
Pensaré en ti cuando esté en La Clandestina (y entonces te pitarán los oídos allí donde estés).
La higuera
Juana de Ibarbourou
Porque es áspera y fea;
Porque todas sus ramas son grises,
Yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos:
Ciruelos redondos,
Limoneros rectos
Y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
Todos ellos se cubren de flores
En torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
Con sus gajos torcidos que nunca
De apretados capullos se visten…
Por eso,
Cada vez que yo paso a su lado
Digo, procurando
Hacer dulce y alegre mi acento:
- Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto.
Si ella escucha
Si comprende el idioma en que hablo.
Qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!.
Y tal vez a la noche,
Cuando el viento abanique su copa,
Embriagada de gozo le cuente:
- Hoy a mí me dijeron hermosa.
Pues me alegra saber que te siguen pasando cosas tan hermosas como esta… para compensar las penurias que la vida nos trae no está mal.
Sigue así, campeona, leyendo, escribiendo, soñando… amando y dejando ser amada.
Bicos
Pues ya nos contarás qué tal esta otra higuera.
Yo es que me pierdo con los libros y ahora que los tengo como quien dice en casa… ¡ya ni te cuento!
Besitos/azos.
Hay vicios y vicios, y éste es sin duda de los mejores
Géminis, ¿Mariano farmacéutico? Y pensar que a nosotros nos hizo creer que era escritor, editor y librero. Ainsss, ya no se puede uno fiar de naides.




Un beso, guapa.
Oye Irre, ya que vas a La clandestina (que me he enterado de buena tinta que es una farmacia) tráeme algo para el pitido de oidos, porfi.
Un beso, pasároslo muy bien.
Joako, ¡qué poesía más bonita!. Gracias. Me gustan mucho las higueras, me he pasado parte de mi infancia subida en una. Me ha encantado.
Un beso.
Y riendo, Banderas, y riendo, porque tu post de ayer me hizo reir una barbaridad.
Un bico.
Ya Mariano, ya. Que ya me ha dicho un pajarito que de librería nada, por eso los tienes en casa, jajaja.
Un besazo.
Joyce, estoy completamente de acuerdo, de los mejorcitos.
Un saludo.
Yo sobre higueras no opino, que luego me llaman robahigos.
Había, no obstante, una cancioncilla que decia:
pero dejadme, ay
que yo prefiera
la higuera,
la higuera,
la higuera.
La higuera tiene,
qué sé yo,
que solo lo
tiene la higuera.
Ah no, que eso era “la hoguera”.
Estilografic, ¡a Javier Krahe que vas por cambio de letra, hombrepordios!
Y yo que quería oculta mi verdadera identidad de boticario, cachis…
Besitos/azos.
Estil, rompiéndo el ya clasiquísimo entuerto de que seamos el mismo ser por saber las mismas cancioncillas, diré que esa no me la sé. Pero me sé esta otra:
Eselu-narquetienes
cie-litolindo
jun-toalahiguera
Noselo-desanaides
cie-litolindo
ques-unapenaaaaaaaaa.
Mariano, ¿boticario también? ¿Pero cuantas idéntidades tienes?
En-tuerta lo serás tú, que yo veo con ambos dos en-ojos. Lo justito, pero con los dos.
Que sepas que ya no te ajunto, y ahora me voy a la botica de Mariano, a que me ponga una enmienda y me desentuerte. Ea!
¡Marchando uno de antipitidos para la Vitru!
A mí me pasa como a tí, leo todo lo que puedo y mi sueldo me permite. Menos mal que todos los que me conocen saben que el mejor regalo que pueden hacerme es un libro y mi colección va en aumento.
Ese Ramiro Pinilla tiene peligro, te lo digo yo, que no sabes lo que me hicieron sufrir las cadenas de tinta que lanzaron a mis ojos los tres volúmenes de una cierta trilogía suya…
Besos.