… Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso.
Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.
Cartas a un joven poeta. Rainer María Rilke
2 Febrero 2009 de vitruvia
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa



Es la primera vez que no hay ni una sola palabra mía en un post de este blog, pero me ha impresionado tanto lo que he leído en las cartas de Rilke que no me he podido resistir a compartirlo con quienes, como yo, puede que nunca hasta hoy hubieran oído hablar de él. Este es un fragmento de la primera carta de las diez que componen el libro.
A mí me avergüenza decir que oí hablar de Rilke con 18 años (en la facultad de traducción) pero nunca he leído nada de él…
Y entiendo que hayas colgado este texto en tu blog.
He quedado positivamente impresionada.
Muchas gracias, Vitru.
E bicos moitos.
¡Que grande Rilke!
no conocia el texto, pero estoy totalmente de acuerdo, solo escriben bien los que lo hacen de dentro a fuera, los demás no pasan de ganapanes.
Rilke dijó que “la infancia era la unica patria del hombre” y es para mi una de las máximas en que más pienso.
Un beso
Qué preciosidad.
“pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo yo escribir?”
un beso vitru.
Preciosa carta y con consejos muy acertados.
Yo, cuando alguien viene a traerme algún manuscrito, siempre hago la misma pregunta. ¿Seguirías escribiendo aunque supieras que nunca nadie jamás te va a publicar? Pues eso.
Besitos/azos.
Grandes verdades escritas con bellas palabras, poco más se puede pedir.
Besos.
De todas maneras tiene gracia que fuera precisamente Rilke, con su infancia, el que enunciara esa verdad como un templo.
Besos, Vitruvia.