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Archivar como 17/09/09

Poco a poco vuelvo a la rutina. A mi añorada rutina. Aunque nunca sé si es servidora la que vuelve a ella o es ella la que se arrima de nuevo a una. Sea como fuere, es, y yo, encantada.
Curiosamente ahora que nos acercamos al otoño a mi casa han llegado los brotes verdes, que le han devuelto a Boss el trabajo. Eso sí, temporalmente, pero no vuelvo para quejarme. Hoy no.
Llegó septiembre y, con él, el cole. Y claro, toca gastarse el fruto de los brotes verdes, pero… … no he vuelto para quejarme. Hoy no.
Cada año encargo los libros de texto en la misma librería: Hijos de Amador Pérez, aquí, en Redondela. Y cada año, el chico de la librería, me anima a solicitar las ayudas para libros. Unas veces he entrado en el grupo de los optantes a ellas y otras no. Este año la cosa es, creo yo, más fácil que nunca. No hay tanto papeleo como otras veces, y aun así pasé por alto un documento concreto. Pero ahí estaba el chico de la librería para recordármelo. Estas pequeñas conversaciones también suelen tener cierta rutina, pero como no soy nada radical no me molesta si ésta se rompe de manera agradable. Y esta vez, el chico de la librería, la rompió. Y lo hizo para darme “la enhorabuena” cuando me disponía a salir por la puerta. Con una cara que imagino era un poema, me giré para, con una mueca, averiguar el motivo de la felicitación. No me dió tiempo, porque me sacó de dudas en seguida con un “Muy bueno el blog”. Oir esto y atropellarse decenas de preguntas en el borde mismo de los labios fue todo uno. Esa fue la sensación. Mi cerebro era la parte ancha de un embudo y mi boca la parte estrecha. Sólo fue capaz de colarse un tímido y pobre “Gracias”, y salí de allí sin apenas tocar el suelo.
La satisfacción de topar de frente, cara a cara, con un lector del blog, es indescriptible. Y la duración del escalofrío que me acompañó por las calles de Redondela no hay ciencia capaz de medirla.

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