Si hay una imagen en mi mente que me trasporte a mi adolescencia, es la de una Vitruvia con 13 años, sentada en el asiento de atrás de un coche, intentando grabar con la mirada lo que sería, por un tiempo indefinido, lo último que viera de su hasta entonces día a día, girando la cabeza al tiempo que el coche se comía la larga recta de salida y entrada a la aldea, para ver por la luna trasera a un montón de amigos, reunidos en el sitio habitual, donde ella también tendría que estar si no fuera porque ese día se iba a Madrid. Cierro los ojos y puedo verlo tan nítidamente como si tuviera delante una foto de ese momento. Afortunadamente la recta no mide más de un kilómetro y pude mirar hacia delante, aflojando así el nudo que las reprimidas ganas de llorar hicieron en mi garganta. Esa recta me separaba tambien de muchos desencuentros familiares, de un pasado frustrante y de un futuro inexistente.
No recuerdo lo que iba en mi maleta, pero recuerdo el día que fuimos a Vigo a comprarla, a la calle Príncipe. Es curioso, hace unos meses me compré en el mismo sitio el bolso para la comunión de mi mediana, y sólo ahora lo he recordado.
No recuerdo nada del viaje en sí, ni de mi llegada. Pero recuerdo que tenía la regla. Recuerdo el apuro que pasaba cada vez que me instaban a ducharme y la vergüenza que sentía con sólo pensar que debía explicar, a una casi desconocida, que no podía ducharme, que tenía la regla, ¡que las mujeres no podemos mojarnos porque se corta la menstruación!. Cuando entre risas me dijeron que eso eran bobadas de aldea me sentí absolutamente estúpida. Pero sobreviví.
Todos los demás recuerdos son sesgados. Hice amigas muy pronto, a pesar de nuestras diferencias sociales y económicas. El bar de la prima de mi madre, con la que yo había ido a vivir, estaba en un bloque en el que había también una zapatería, una tienda de decoración, y una administración de loterías. Las hijas de los dueños de estos locales eran de mi edad. Supongo que esto fue un factor a tener en cuenta cuando mi madre y su prima decidieron mi futuro. Tenían perfectos planes para mí. Yo sería la hija que la prima de mi madre nunca tuvo (sólo tuvo niños), y ella me daría una oportunidad de ser algo en la vida. Pero nunca contaron con mi carácter rebelde, y que yo querría lo mismo que mis amigas. Recuerdo que ellas salían los domingos por la tarde, cuando más se trabaja en un bar, y a mi se me olvidaba que yo había ido a Madrid a trabajar. Todos mis problemas vinieron por ahí.
Recuerdo lo extraño que me resultaba comprobar cómo poco a poco iba desenamorándome del chico que me traía de cabeza en la aldea desde que tenía uso de razón. Luchaba conmigo misma para recordarlo, para seguir queriéndole, pero era inútil. Y al mismo tiempo era doloroso ser consciente de lo absurdo de un enamoramiento que nunca fue tal.
Recuerdo a Jose, el primer chico con el que salí. Creo que entonces yo no era consciente de lo guapísimo que era. Puede parecer una tontería, pero ahora mismo lo siento así. No recuerdo nuestro primer beso, ni qué día o mes empezamos a salir, ni siquiera cuanto tiempo estuvimos juntos. Pero recuerdo lo bien que congeniábamos y lo mucho que nos reíamos. Jose era un gran tipo, con unas ideas clarísimas, y con una mente abierta y una tolerancia supremas. Nunca nos dejamos, ¡qué cosas!. Yo me vine un verano a la aldea y cuando volví, tras dos meses y medio sin noticias el uno del otro, nos mirábamos de lejos pero nunca más nos hablamos. Por mi parte fue timidez; por la suya intuyo que dió por sentado que yo, al volver y no buscarle, no quería seguir. Cosas absurdas de adolescentes.
Recuerdo algo que he vuelto a sentir otras muchas veces. La nostalgia de dejar un sitio donde has sido feliz enfrentada a la alegría de volver a la tierra donde has nacido, y cómo el corazón se va dividiendo en tantas parcelas como lugares habitados.
A pesar de la falta de entendimiento con mi nueva familia fueron años bonitos. Aunque llegué a pensar que algo fallaba en mí, porque nunca congenié con nadie de la familia, ni con la propia ni con la de “adopción”. Con los años he aprendido a ver el lado bueno de las cosas, y a perdonarme por ser como soy. Ellos no tienen la culpa de tener una mentalidad anticuada e ideas cerradas, ni de tener una hija tan rebelde, pero yo tampoco.
No me gustan las entradas largas, y esta lo está resultando, así que dejaré para otro día la de gamberradas que llegamos a hacer con quince años en el Madrid de los ochenta, y alguna que otra broma, pesada para quien la sufrió, pero con la que me he reído como nunca en mi vida.
Gracias Javier, por proponerme una entrada que me ha traído tanto disfrute.
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