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Archivos de la categoría ‘Verdades como puños’

Camino. Lo hago despacio, cansada. Sigo a mis pies, qué remedio, que se esfuerzan por llegar a casa. Los adoquines absorben mis pasos y, a veces, mi pensamiento. Los miro de manera mecánica y descubro que mi mirada va zigzagueando y se posa con una exactitud asombrosa en el lugar exacto donde luego pisaré. Para detener ese vaivén de mis ojos levanto la vista. El paisaje, precioso: una calle, estrecha, flanqueada por hileras de casas, estrechas también. No hay espacio para más. La sucesión es simple tanto en horizontal como en vertical. En el primer caso, el tabique izquierdo de una es a su vez el diestro de la otra. En el segundo, puerta y ventanuco a pie de calle, balconcito y tejado. Así una tras otra. Juntas, pegadas, pero no exactas; como de plastilina, así me lo parecen. Iguales pero irregulares. Diferentes revestimientos, diferentes carpinterías, distintos moradores, pero, ay, todas con la ropa al sol. Todas, sin excepción. Recreo la vista. Sábanas, camisas, toallas, ropa interior . . . Prendas en danza constante con la brisa, de la que se aprovechan para esparcir olor a límpio. ¿O es mi mirada la que huele?
En todo caso me pregunto por qué eso sólo se ve en calles no principales, quiero decir, qué lumbrera decidió que airear los trapos límpios no es bonito?. Donde está ahora ese iluminado, que le quiero hacer entender que es infinitamente más horrible que los de su misma profesión, léase políticos, ya no que aireen, sino que acumulen en los cestos de sus vidas, los sucios.
Puta sociedad absurda

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Acabo de llegar del cole, de llevar a la pequeña, y por unas cosas o por otras siempre me vengo barallando. Es que no entiendo que puede pasar por la cabeza de determinadas personas para actuar como actuan.

Los niños para entrar al cole han de hacer su fila, y a estas alturas hay muy pocos indisciplinados. En las reuniones previas al comienzo de curso, nos dan una serie de indicaciones para que todo transcurra con un cierto orden, como es la puntualidad, tanto a la llegada como a la salida, y también el que dejemos un espacio entre las filas de niños y los padres, con el lógico fin de que todos podamos verlos y que los propios niños vean hacia donde van. Pues bien, no hay manera.

Siempre hay la típica madre que se queda al lado del niño en la fila, no vaya a ser que el niño sepa apañárselas solo, y entonces ¿qué haría ella?. Esto que parece una bobada se convierte es una falta de respeto, en primer lugar a las profes, a sus normas y a su empeño en conseguir la autosuficiencia necesaria para llevar a buen término cualquier proyecto que emprendan con los niños. En segundo lugar a los niños, ya que les niegan la oportunidad de valerse por sí mismos, que es lo que más les satisface. Y en tercer lugar al resto de padres, que nos quedamos “detrás de la barrera”, porque nos impide ver y babear al verlos irse cogiditos a la chaqueta del de delante, que por otro lado, no sueltan, aunque el de delante trace una impresionante curva que deja en evidencia, si es que cabe, que la curva siempre es infinitamente más larga que la recta.

Todo esto no sería tan grave, si esa “típica” fuese solo una, pero va a ser que no.

PD: Releído, he de decir que la falta de respeto a los niños debe ir en primer lugar.

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Ayer por la mañana, tras la locura de duchas y afeitados que se lía en mi casa por las mañanas, conseguimos salir a la calle a la una y media, con la intención de que nos diera tiempo para hacer algo de compra y tomarnos un ……(¿cómo puñetas se escribe  vermú?) aperitivo. Pero viendo la hora que era, decidimos cambiar el orden y tomarnos algo e ir después al super, por aquello de no ir a la cafetería cargados de bolsas, (no, no tenemos troncomóvil).

Tras arrasar con la empanadita de chocos que nos pusieron de tapita, (aprovecho para invitaros a todos a Redondela la semana que viene a degustar ese manjar), nos fuimos a invadir el super. Estando en pleno debate de si llevamos o no esa longaniza pallesa con una pinta que te mueres, se me acerca la mayor y dice: “ah!!, má, champú”. ¿Champú?, pero si compré el martes.

Tenía razón la criatura, no quedaba champú. Es una realidad aplastante, las niñas salen más caras que los niños.

Tengo tres, preciosas, y con unas melenas dignas de Sandokan. Pero la melena cuesta, y aquí es donde vamos a empezar a desglosar, ( me ha quedado un poco fama, no?)

Empecemos pues por el champú. Un niño no gasta tanto como una niña. Con un poquito que se eche ya se lava en condiciones, pero una niña necesita más, como también necesita más agua, y esto acarrea más gasto de gas. No es lo mismo aclararle el pelo a un niño que a una niña.
Nos salimos de la ducha y hay que secarlo. Un niño con un soplido del secador está listo, ahora sécale a una niña, más gasto en luz. Vamos a la peluquería. Los precios entre niño y niña, nada que ver. Y no cuento aun que pronto empezaremos con depilaciones y demás, y que si la cremita, que si el maquillaje. ¡Ah!, y un gasto añadido. Cuando en el tercer embarazo nos dijeron que era otra niña, mi marido soltó: “¡No voy a ganar para compresas!”.Cutre pero cierto.

¿Nos vamos a comprar ropa?. Nada que ver el precio de un vestido con el de un pantalón y una camisa juntos, por no hablar de los complementos, como lacitos o pinzas para el dichoso pelo, ( eso sí, son opcionales, pero que menos que ponerlas monas).

Y vámonos de comunión. Yo tengo la segunda dentro de tres meses ( jajajaja, no la segunda comunión, sino la primera comunión de la segunda niña) y con lo que cuesta sólo el vestido de la niña ya le compraría todo al niño, repito, sólo el vestido, añadámosle el cancán, los guantes, el adorno del pelito, y de nuevo la dichosa peluquería.

Estoy segura de que aún hay más detalles que marcan la diferencia, pero no quiero deprimirme más. ¿Es más caro o no es más caro tener niñas?.

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