La luz de la mañana tenía el poder de maravillarla. El silencio sonaba, a aquellas horas, de otra manera, y los primeros rayos de sol le templaban el alma. Se dirigió a su banco de siempre y se dispuso a ocupar el lugar de siempre, mientras recordaba la definición que un antiguo jefe suyo hacía siempre de ella: “animal de costumbres”, refiriéndose a su metódica manera de colocar los productos que manejaba. Siempre el mismo orden, siempre el mismo lugar. Se sentó no sin dificultad. Llegados a una edad los años pasan a razón de uno por mes, o al menos así lo sentían sus articulaciones. ¡Qué nombre más feo!…. pensó. ¡Articulaciones! ¡qué poca poesía!
Una vez acomodó su frágil cuerpo, se dedicó a observar la quietud. Podía pasarse horas con la vista vagando por el verdor del parque mientras su mente paseaba entre sus recuerdos, ordenándolos, dándole a unos prioridad sobre otros, desempolvando los más antiguos.
Se miró las manos al tiempo que realizaba con ellas movimientos desentumecedores, y después les buscó acomodo en su regazo. Levantó la vista de nuevo, pero ya no veía el parque, porque sus ojos seguían viendo sus manos, cuando, desiertas de arrugas, todavía tenían la fuerza de asir aquello que deseaba. Ahora, solo podían con el callado, pero antaño sirvieron, incluso, para desposeer a un cuerpo de su miserable vida.
Desechó de repente aquel recuerdo, escondiéndolo bien, donde pudiera pasar desapercibido la próxima vez que viera sus manos.
Empezó a emerger de sus pensamientos a medida que llegaban paseantes al parque. Los abandonó momentaneamente a la deriva para sumergirse en deleites tan vulgares como mirar a esos desconocidos conocidos con los que compartía mañanas enteras. A esas horas, solo los adictos a madrugar aparecían por allí. La primera en llegar era una chica joven, muy guapa, siempre en compañía de su perro. Luego, el madurito que hacía footing. Iba y venía trazando siempre el mismo itinerario. Unas veces de izquierda a derecha, otras, de derecha a izquierda. Tal vez lo practicara por recomendación médica, o quizás por coquetería, el caso es que esas carreritas le sentaban bien. Aunque la verdad, a ella, todo hombre que estuviera por debajo de los sesenta, le parecía un buen mozo.
Mientras recreaba su escasa vista en el jovencito de sesenta, se había sentado frente a ella, en un banco idéntico al suyo, el chico de las novelas, como ella lo llamaba. Le gustaba la compañía unilateral de ese chico. Tenía el pelo largo, pulcramente recogido en una coleta, y una barbita que parecía gritar su descontento por estar tan poco poblada. Las gafas no parecían estorbarle, al contrario, eran como una necesaria prolongación de su estética intelectual. Alguna vez se habían cruzado sus miradas. Él, reflexionando, sin duda. Ella, divagando. Eran choques amables, cómplices, como dando aceptación, cada uno, a la cercanía cómoda del otro. Cada vez que esto se producía, ella recibía una descarga de tranquilidad abrumadora. Nunca se le intuía prisa, como si lo hubiera hecho todo en la vida, y no tuviera más ocupación que la de sentarse en un banco y vivir. Algunas veces leía, pero las más, escribía. Lo hacía sin prisas, sin dificultades, como plasmando un dictado imaginario vertido incesantemente desde su mente, encadenando en su pequeña libreta letra tras letra, palabra tras palabra, hasta convertir lo que otrora fueran solo incoherencias, en brillantes párrafos llenos de esencia. O eso le gustaba imaginar a ella. Había un detalle en él que lo hacía aun más merecedor de su simpatía, si cabe: era zurdo; y siempre, siempre, escribía con bolígrafos de tinta azul. Este último detalle volvió a sumergirla en lo más profundo de su memoria…..
Y repasó mentalmente aquella carta palabra por palabra. Recordó con la misma claridad su contenido y el impacto que causó en ella, como recordaba tambien el escalofrío que recorrió su espalda.
LLegó en un sobre pequeño, delicado, sin franqueo y sin remitente. Tan solo su nombre, escrito en azul, destacaba sobre el fondo blanco. El papel tan fino con el que estaba hecho atrapaba con dificultad las instrucciones que sabía venían dentro. Lo abrió cuidadosamente, intentando controlar la impaciencia de sus dedos, que se afanaban en realizar la acción sin rasgar el sobre más de lo necesario. Sacó el papel pero no lo leyó inmediatamente. Buscó un lugar para sentarse. Tenía miedo de que sus piernas se contagiasen del temblor de sus manos. La miró detenidamente, sin leerla, el tiempo suficiente para serenarse, mientras admiraba, ¡qué paradoja!, el trazo cuidadoso de la letra sobre las lineas imaginarias. Cuando por fin se atrevió a leerla, lo que allí había escrito desterró de su alma las pocas esperanzas que le quedaban de que aquello fuera una pesadilla…. “El viernes, a las cuatro, en la estación sur. Tu billete está reservado y él será tu compañero de asiento. No puedes fallar.” . El suave roce de una pelota, que llegó exhausta cuando tocó sus piernas, la trajo de nuevo al parque. Qué sensación tan extraña la de regresar a un sitio del que tu cuerpo no se ha movido, aunque tu mente te hubiera llevado lejos. Sintió vértigo al abandonar de repente aquella desvencijada habitación para aterrizar de nuevo en su banco del parque, incluso le molestó fugazmente la luz del sol. Un niño se acercó temeroso a recoger la pelota. Ella aprobó su acción con una sonrisa y él recuperó su juguete y dejó escapar una mueca de alivio. Se cercioró a golpe de vista de que estaba donde debía estar, en el parque, y que lo que acababa de revivir era solo un recuerdo, un mal recuerdo. El chico de las novelas seguía frente a ella y en ese momento la miraba, como si hubiese presentido que ella necesitaba una mirada tranquilizadora. Calculó el tiempo que había estado inmersa en sus recuerdos guiándose por la altura que había alcanzado el sol. Sin duda había sido algo más de una hora. La ciudad, a su espalda, ya empezaba a despertarse y eso llevaba implícito que el silencio saliera corriendo. Hasta ella llegaban ya cientos de conversaciones lejanas e ininteligibles que, mezcladas con claxones y motores, volvieron a transportarla muchos años atrás. Pero esta vez sin vértigo. Esta vez, viajó al momento en que su corazón aceleraba el ritmo de los latidos a medida que se acercaba al andén en el que se encontraba estacionado su tren. La gente iba y venía con auténtico frenesí. El ruido atronador de las máquinas no conseguía ahogar del todo la algarabía de la gente, y la voz que abandonaba los altavoces parecía quedar flotando en el ambiente, mezclada con el humo que teñía de blanco cada rincón en el que se posase la vista. Había recogido su billete tal y como le habían indicado, y no le resultó difícil encontrar su tren. Su equipaje se reducía a una pequeña bolsa de viaje, por lo que no necesitó ayuda alguna para subirlo. Con una rápida ojeada calculó, con una precisión más que aceptable, cual era su asiento. El vagón estaba casi completo, pero el asiento contiguo al suyo seguía vacío y deseó con toda su alma que permaneciera así. Ocupó su lugar y buscó distracción en el movimiento que seguía incesante al otro lado de la ventanilla. De entre todas las personas que se veían desde su posición, solo una de ellas llamó su atención, consiguiendo con ello apartar momentáneamente de su cabeza los temores que la mantenían secretamente atenazada. Era un hombre alto, elegante. Departía alegremente con dos hombres más y parecía tener con ellos mucha confianza, a juzgar por la manera en que se apoyaban unos en el hombro de otros. En el interior del vagón, los pocos asientos que minutos antes estaban vacíos habían sido ocupados, salvo el de su acompañante. No soportaba aquella impaciente espera y decidió dar un pequeño paseo por el interior del tren. Faltaban solo unos minutos para la salida, y en su cabeza resonaba un único deseo: que él no llegase a tiempo…
LLegó en un sobre pequeño, delicado, sin franqueo y sin remitente. Tan solo su nombre, escrito en azul, destacaba sobre el fondo blanco. El papel tan fino con el que estaba hecho atrapaba con dificultad las instrucciones que sabía venían dentro. Lo abrió cuidadosamente, intentando controlar la impaciencia de sus dedos, que se afanaban en realizar la acción sin rasgar el sobre más de lo necesario. Sacó el papel pero no lo leyó inmediatamente. Buscó un lugar para sentarse. Tenía miedo de que sus piernas se contagiasen del temblor de sus manos. La miró detenidamente, sin leerla, el tiempo suficiente para serenarse, mientras admiraba, ¡qué paradoja!, el trazo cuidadoso de la letra sobre las lineas imaginarias. Cuando por fin se atrevió a leerla, lo que allí había escrito desterró de su alma las pocas esperanzas que le quedaban de que aquello fuera una pesadilla…. “El viernes, a las cuatro, en la estación sur. Tu billete está reservado y él será tu compañero de asiento. No puedes fallar.” . El suave roce de una pelota, que llegó exhausta cuando tocó sus piernas, la trajo de nuevo al parque. Qué sensación tan extraña la de regresar a un sitio del que tu cuerpo no se ha movido, aunque tu mente te hubiera llevado lejos. Sintió vértigo al abandonar de repente aquella desvencijada habitación para aterrizar de nuevo en su banco del parque, incluso le molestó fugazmente la luz del sol. Un niño se acercó temeroso a recoger la pelota. Ella aprobó su acción con una sonrisa y él recuperó su juguete y dejó escapar una mueca de alivio. Se cercioró a golpe de vista de que estaba donde debía estar, en el parque, y que lo que acababa de revivir era solo un recuerdo, un mal recuerdo. El chico de las novelas seguía frente a ella y en ese momento la miraba, como si hubiese presentido que ella necesitaba una mirada tranquilizadora. Calculó el tiempo que había estado inmersa en sus recuerdos guiándose por la altura que había alcanzado el sol. Sin duda había sido algo más de una hora. La ciudad, a su espalda, ya empezaba a despertarse y eso llevaba implícito que el silencio saliera corriendo. Hasta ella llegaban ya cientos de conversaciones lejanas e ininteligibles que, mezcladas con claxones y motores, volvieron a transportarla muchos años atrás. Pero esta vez sin vértigo. Esta vez, viajó al momento en que su corazón aceleraba el ritmo de los latidos a medida que se acercaba al andén en el que se encontraba estacionado su tren. La gente iba y venía con auténtico frenesí. El ruido atronador de las máquinas no conseguía ahogar del todo la algarabía de la gente, y la voz que abandonaba los altavoces parecía quedar flotando en el ambiente, mezclada con el humo que teñía de blanco cada rincón en el que se posase la vista. Había recogido su billete tal y como le habían indicado, y no le resultó difícil encontrar su tren. Su equipaje se reducía a una pequeña bolsa de viaje, por lo que no necesitó ayuda alguna para subirlo. Con una rápida ojeada calculó, con una precisión más que aceptable, cual era su asiento. El vagón estaba casi completo, pero el asiento contiguo al suyo seguía vacío y deseó con toda su alma que permaneciera así. Ocupó su lugar y buscó distracción en el movimiento que seguía incesante al otro lado de la ventanilla. De entre todas las personas que se veían desde su posición, solo una de ellas llamó su atención, consiguiendo con ello apartar momentáneamente de su cabeza los temores que la mantenían secretamente atenazada. Era un hombre alto, elegante. Departía alegremente con dos hombres más y parecía tener con ellos mucha confianza, a juzgar por la manera en que se apoyaban unos en el hombro de otros. En el interior del vagón, los pocos asientos que minutos antes estaban vacíos habían sido ocupados, salvo el de su acompañante. No soportaba aquella impaciente espera y decidió dar un pequeño paseo por el interior del tren. Faltaban solo unos minutos para la salida, y en su cabeza resonaba un único deseo: que él no llegase a tiempo…
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