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Archive for 25/10/07

Rutinas

El baño era un rectángulo minúsculo, con un apéndice donde estaba encastrada una bañera más minúscula aun, de esas con un desnivel para sentarse. Entre el lavabo y la pared no cabían dos personas, de modo que si alguien quería entrar mientras otro alguien se lavaba los dientes, este último debía salirse un momento al pasillo, dejar pasar, y entrar de nuevo. No había calefacción, pero el hueco del radiador lo ocupaba una vieja estufa que, dadas las pequeñas dimensiones del baño, era más que suficente para templar el ambiente. La taza del bater estaba a unos centímetros del borde de la bañera, con lo que el inexistente bidé era inecesario, ya que el binomio taza-bañera podían perfectamente cumplir la función de bidé-banquito.

En aquella estrechez bañaba yo a mis mayores cada día. La pequeña no lo sufrió, pues su nacimiento fue el causante de que buscáramos espacios más amplios en los que dibujar nuestras rutinas. Cada día las metía, de una en una, en aquella bañera con asiento que tanto llamaba su atención. Y cada día, al envolverlas en la toalla, las ponía encima de la taza del bater, y las envolvía al mismo tiempo en un abrazo, largo y reconfortante, para auyentar el frío que pudieran sentir al abandonar el calor de la ducha.

Ayer, mi mayor, con sus incipientes formas de mujer, su frente poblada de insidiosos granos y su metro sesenta y mucho, salía de la ducha al tiempo que yo entraba a por una pomada, y me pidió uno de aquellos abrazos. Sentí que el tiempo retrocedía. Su cara estaba, como antaño, casi frente a la mía, pero esta vez no había debajo una taza que la pusiera a mi altura.  

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