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Archive for 26/10/07

Secretos (IV)

(….)

El suave roce de una pelota, que llegó exhausta cuando tocó sus piernas, la trajo de nuevo al parque. Qué sensación tan extraña la de regresar a un sitio del que tu cuerpo no se ha movido, aunque tu mente te hubiera llevado lejos. Sintió vértigo al abandonar de repente aquella desvencijada habitación para aterrizar de nuevo en su banco del parque, incluso le molestó fugazmente la luz del sol. Un niño se acercó temeroso a recoger la pelota. Ella aprobó su acción con una sonrisa y él recuperó su juguete y dejó escapar una mueca de alivio.

Se cercioró a golpe de vista de que estaba donde debía estar, en el parque, y que lo que acababa de revivir era solo un recuerdo, un mal recuerdo. El chico de las novelas seguía frente a ella y en ese momento la miraba, como si hubiese presentido que ella necesitaba una mirada tranquilizadora. Calculó el tiempo que había estado inmersa en sus recuerdos guiándose por la altura que había alcanzado el sol. Sin duda había sido algo más de una hora. La ciudad, a su espalda, ya empezaba a despertarse y eso llevaba implícito que el silencio saliera corriendo. Hasta ella llegaban ya cientos de conversaciones lejanas e ininteligibles que, mezcladas con claxones y motores, volvieron a transportarla muchos años atrás. Pero esta vez sin vértigo.

Esta vez, viajó al momento en que su corazón aceleraba el ritmo de los latidos a medida que se acercaba al andén en el que se encontraba estacionado su tren. La gente iba y venía con auténtico frenesí. El ruido atronador de las máquinas no conseguía ahogar del todo la algarabía de la gente, y la voz que abandonaba los altavoces parecía quedar flotando en el ambiente, mezclada con el humo que teñía de blanco cada rincón en el que se posase la vista. Había recogido su billete tal y como le habían indicado, y no le resultó difícil encontrar su tren. Su equipaje se reducía a una pequeña bolsa de viaje, por lo que no necesitó ayuda alguna para subirlo. Con una rápida ojeada calculó, con una precisión más que aceptable, cual era su asiento. El vagón estaba casi completo, pero el asiento contiguo al suyo seguía vacío y deseó con toda su alma que permaneciera así. Ocupó su lugar y buscó distracción en el movimiento que seguía incesante al otro lado de la ventanilla. De entre todas las personas que se veían desde su posición, solo una de ellas llamó su atención, consiguiendo con ello apartar momentáneamente de su cabeza los temores que la mantenían secretamente atenazada. Era un hombre alto, elegante. Departía alegremente con dos hombres más y parecía tener con ellos mucha confianza, a juzgar por la manera en que se apoyaban unos en el hombro de otros. En el interior del vagón, los pocos asientos que minutos antes estaban vacíos habían sido ocupados, salvo el de su acompañante. No soportaba aquella impaciente espera y decidió dar un pequeño paseo por el interior del tren. Faltaban solo unos minutos para la salida, y en su cabeza resonaba un único deseo: que él no llegase a tiempo…

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