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Archive for 30 noviembre 2007

Esta semana he estado cumpliendo deseos. Ha habido deseos con los que he disfrutado mucho, otros con los que he disfrutado menos, pero sin duda alguna me quedo con el de hoy.  No solo porque Eifonso me propusiera algo que me permite ser de nuevo yo misma, que tambien, sino por lo especial del tema para mí.

La última vez que subí a una montaña fue este verano. Hasta ese día, tenía una cuenta pendiente con mis sentimientos. Y la saldé, la saldé hasta creer morir de “ledicia”, que se dice en mi tierra.

Fuimos toda la familia  a comer al Faro. El faro es mi referente cuando recuerdo los buenos momentos vividos con mi padre. Es el decorado de su inexistente  infancia, y es el lugar en el que mayor transformación sufren las facciones de su cara. Casi se puede adivinar el niño que, en la Galicia más pobre de la posguerra, nunca pudo ser.

Hay en mi mente un recuerdo, que es el preferido de todos los que pueda tener de mi niñez. Sé, casi a ciencia cierta, que no es el recuerdo de algo rigurosamente vivido, sino que lo he ido moldeando en mi mente con lo que una y otra vez cuenta mi madre. Ella siempre dice que mi padre ascedió por determinada pared del faro conmigo subida en sus espaldas, cuando solo tenía tres o cuatro añitos. Cuenta que mi padre siempre admiró mi valentía, que ese día se quitó los zapatos para que los calcetines se agarrasen bien a la piedra, se me echó a sus espaldas y que entramos en el corazón del Faro, donde está “La piedra que toca”, cuyo sonido puede oirse a 50 km de distancia.

Han pasado 30 años y he llevado a cabo mi necesidad de regresar a “La piedra que toca” de la mano de mi padre, por que si él no hubiese sido mi guía no hubiera vuelto jamás, quedando mi cuenta pendiente y mi alma rasgada.

Como digo, este verano fuimos todos, y contrasté mi recuerdo con la realidad, pero no fue algo traumático, fue más bien una transición amable entre mi pasado y mi presente. 

Me costó dios y ayuda superar mi claustrofobia para arrastrar mi cuerpo al interior de aquella roca, por una ventana que yo recordaba inmensa, y por la que apenas cupe. Una vez dentro me arrimé a un rincón para ver como mi padre hacía sonar “La piedra que toca”, que no es más que una roca plana mal apoyada en otras rocas, y a la que te puedes subir de pié y  emular así a algun loco equilibrista. No fue más que un minuto, pero para mi se detuvo el tiempo, instante mágico adherido ya por siglos a aquellas paredes inmortales. Este es ahora mi segundo recuerdo favorito, que no sustituirá jamás al recuerdo primario, sino que lo complementa perfectamente, necesariamente.

Y tengo además un recordatorio palpable: en la maniobra de entrar a ras de suelo por aquel agujero, rayé las gafas de sol que llevaba metidas en el cinturón, a mi espalda. Boss quiere que me compre unas gafas nuevas, pero en su interior sabe que no me convencerá nunca.  

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Deseo de ADR

El pasado día 20 un tío guasa, por no llamarle julai, me metió en un  embolao, y desde entonces sé que está aliquindoi. Se puede decir que desde ese día ando enguachisná del habla de Cai, y que tengo un miedo atroz a que me salga un post churretoso.

Pero  aquí estoy dispuesta a acoqinar con lo contraío el día 20, aunque tengo que reconocer desde entonces tengo una angurria en lo alto que no se pué aguantar, por aquello de parecer una guachisnai perdía en el chulo.

Y no viene mucho a cuento, pero me acabo de acordar de la Yoli, una prima de Boss, muy canina la pobre, y un poquito cambemba. El caso es que esta buena mujer todos los meses cuando iba al banco a cobrar sacaba una cifra redonda, y dejaba el pico, como, supongo, todo hijo de vecino. Pero hete aquí que la buenaza de la Yoli, pasados un par de años, al quedarse en paro, un buen día se plantó en la ventanilla del banco para retirar los “picos”, esos que ella había ido dejando como una hormiguita cada mes, para poder ir a hacer unos mandaos, y comprar algo de avío pa comer. No quiero ni imaginar las ganas de guannajarse que le entrarían cuando el tío sieso del banco le explicó que esos “picos” se sumaban automáticamente a la cantidad ingresada, y luego retirada, cada mes, por lo que ya se los había gastado. Pobre Yoli, desde ese día le ha quedao el sambenito de panoli.

En fin, que aquí sus quedais, que me bajo a por unos manoletes pa comer, y una miajita de pescao, que ya son horitas. Ea!!

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Ayer a mediodía veníamos mi chica y yo del cole, y nos disponíamos a ir a por el pan cuando me suelta lo que yo más temía: –“mami, ¿puedo ir yo sola?”– ( Vitruvia pasa a modo de procesamiento a velocidad vertiginosa, para responder lo más correcto, sin olvidar el grado justo de disuasión, en el menor tiempo posible) …¡MEEEC!… No encuentro nada parecido a lo que he puesto entre paréntesis. — “Vale, ve, yo te espero aquí”–“No mami, ya soy mayor, tú vete para casa”– (no me queda otra que aceptar barco como animal de compañía) –“Bueno, toma el dinero, espera la vuelta, y di por favor y gracias”–

Ni que decir tiene que no me fuí para casa. Busqué la esquina perfecta para vigilarla sin que me viera. Lo malo de vigilar niños desde esquinas es que el resto de viandantes no lo saben, así que has de aguantar estoicamente toda clase de miradas y murmullos que sabes que se producen a tu alrededor, grrrrrrrr. Y ahí estaba yo, cual Wen espiadora, asomando desde una esquina dos pestañas y medio ojo. La veo salir, más ancha que larga, y me dispongo a delantarme a ella por un callejón que hay de atajo entre la panadería y mi casa. Lo malo del atajo es que es cuesta arriba. Y ya me veis a mi, corriendo cuesta arriba, intentando mover a mis 37 tacos un culo como una cesta, pero intentando parecer una linda gacela.

Tenía que llegar antes que ella, para dejarle el portal abierto, ya que con cuatro años no alcanza al telefonillo, y para que pareciera que yo me había venido realmente para casa. Una vez en el portal vuelvo a quedarme vigilando, enseñando medio ojo, y cuatro pestañas esta vez. Y esta vez tambien la desconfianza ajena. A saber: tío aparcando coche; ve llegar a una loca con la lengua a rastras, y corriendo como una posesa; tío sale de coche, y mira que la loca se queda en el portal mirando con medio ojo su coche (eso es lo que él pensabo, claro); tío que se aleja, pero que se gira cada dos segundos para comprobar si la loca sigue mirando su coche; la loca por supuesto sigue en la misma posición; tío que camina haciendo ver que no ve nada pero que sigue con la mosca detrás de la oreja; vitruvia que por fin ve asomar a su chica; tío que no sé qué haría porque tuve que subir volando al segundo sin ascensor donde vivimos, intentar no jadear y aparentar que llevo allí un buen rato. Y por último niña que pregunta:–“¿por qué estas tan cansada mamá?” — (“¡hay que joderse!”)–

Esto es real como la vida misma. Un beso John

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De memes, zorras y osobuccos

Haciendo gala del carácter previsorio que me carateriza, hoy me disponía a realizar el meme propuesto hace ya días por Tootels. Pero va a ser que no. Aparte de haberme reido un rato con la traducción, no he conseguido hacerlo, ya una y otra vez me remite al mismo sitio para que conteste de nuevo.

Son ya las 10.57, y yo sin post. La primera razón mi pelea con el meme. La segunda este encargo de Desperate. Mi mail no me da opción de pegar textos, (¿alguien me explica por qué?), así que me he tenido que copiar la cartita yo misma, lo que, teniendo en cuenta mi depurada técnica del aguilucho, no me deja mucho más tiempo hoy, por no hablar del osobucco que me espera en la nevera, o haber si pensais que solo comemos croquetas, ¡¡que ya esta bien!!. Así que os libro de mis desvaríos, y me voy a otra cosa mariposa, lo que por otro lado me viene de lujo, ya que tengo una cita con Jonás, que me tiene completamente absorvidita.

Bicos. 

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Deseo de……

Cuando el calor comenzó a ser sofocante, y el aire se volvió irrespirable, su conciencia amenazó con desaparecer, pero consiguió serenarse. Debía mantener la calma. Aquel episodio  no podía ser eterno. Si quería escapar de allí, primero debía saber cómo había entrado.

Lo último que recordaba era la ilusión que habían puesto en aquellas vacaciones. La estancia era gratuita, el transporte tambien, y el destino idóneo. Todo transcurría segun lo planeado hasta que aquel fenómeno extraño les transportó a una velocidad de vértigo al terraplen desde donde los lanzaron al vacío. Afortunadamente cayeron sobre una pequeña balsa de un líquido pringoso, cuya textura amortiguó la caída. Todos estaban perplejos. No entendían nada. Se reagruparon con la intención de intercambiar las impresiones necesarias para sacudirse un susto que aun invadía todo su ser. Nadie había visto nada con nitidez. Las versiones distaban tanto entre sí, que ponían en peligro la consecución de una teoría coherente. Solo había un denominador comun en todas las experiencias: la velocidad. Habían sido transportados a tal velocidad que ninguno podía poner imagen al medio en el que habían viajado. Como si un huracan se hubiera llevado el terreno que pisaban hasta el mismo borde del precipicio. Era inútil, no sabía cómo habían llegado hasta allí.

En ese momento volvió a ser consciente del calor. Un calor que nacía bajo sus pies, y que hacía bullir el líquido espeso que les salvó en el primer asalto de aquella batalla absurda. No tenían escapatoria aparente. Fuese cual fuese la dirección que tomase su mirada tropezaba con altos muros de una verticalidad insalvable.

Una oscuridad relativa cubrió todo el espacio, y desembocó en una lluvia de polvo blanco, espeso, apelmazado casi, que sirvió para absorver el líquido viscoso e hizo colchón entre ellos y la fuente de calor. Pero solo era un parche temporal. Aquel colchón fue absorvido tambien, y demasido pronto, por el, cada vez más amenazante, calor.

Los gritos de los que habían sucumbido a la desesperación ponían banda sonora de aquel manicomio improvisado. Aquella situación no se prolongó demasido. La verdadera lluvia empezó a inundarlo todo. Un macabro efecto óptico hacía que pareciera blanca tambien, sin duda motivado por el resplandor del terreno blanco sobre el que se hallaban. Descendió la temperatura, y todo el valle se inundó de una leche agradable y fresca. Se sacudieron gracias a ella todo la pelmaza que se había pegado a su cuerpo. De pronto disfrutaban de un oasis.

Y no tardaron en comprobar que aquel oasis no era más que un espejismo. El terreno y el calor se aliaron, y formaron la conjunción necesaria para devorar al líquido salvador, obligándole a evaporarse. Poco a poco este se fue espesando atrapando a los incautos que se habían abandonado al placer de zambullirse. Ya no se oían gritos. El silencio era ahora el sonido predominante. Tal vez, algun silvido lejano proferido desde el interior de algun cràter improvisado en aquella superficie espesa y caliente. Nadie sobrevivió para contarlo.

Nadie que relatara como aquella masa resultante fue transportada a un lugar gélido donde acabó solidificando, y donde manos espertas le dieron forma de croquetas que fueron vorazmente degustadas. 

 .

……Mariano     

  

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Va por ellas

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………  Y entonces volveré a cruzar este cielo y este mar, y volaré, volaré sin parar, una vuelta a la tierra entera, y haré nidos de luna llena; despues me dormiré en la arena……
 

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Si hay una imagen en mi mente que me trasporte a mi adolescencia, es la de una Vitruvia con 13 años, sentada en el asiento de atrás de un coche, intentando grabar con la mirada lo que sería, por un tiempo indefinido, lo último que viera de su hasta entonces día a día, girando la cabeza al tiempo que el coche se comía la larga recta de salida y entrada a la aldea, para ver por la luna trasera a un montón de amigos, reunidos en el sitio habitual, donde ella también tendría que estar si no fuera porque ese día se iba a Madrid. Cierro los ojos y puedo verlo tan nítidamente como si tuviera delante una foto de ese momento. Afortunadamente la recta no mide más de un kilómetro y pude mirar hacia delante,  aflojando así el nudo que las reprimidas ganas de llorar hicieron en mi garganta. Esa recta me separaba tambien de muchos desencuentros familiares, de un pasado frustrante y de un futuro inexistente.

No recuerdo lo que iba en mi maleta, pero recuerdo el día que fuimos a Vigo a comprarla, a la calle Príncipe. Es curioso, hace unos meses me compré en el mismo sitio el bolso para la comunión de mi mediana, y sólo ahora lo he recordado.

No recuerdo nada del viaje en sí, ni de mi llegada. Pero recuerdo que tenía la regla. Recuerdo el apuro que pasaba cada vez que me instaban a ducharme y la vergüenza que sentía con sólo pensar que debía explicar, a una casi desconocida, que no podía ducharme, que tenía la regla, ¡que las mujeres no podemos mojarnos porque se corta la menstruación!. Cuando entre risas me dijeron que eso eran bobadas de aldea me sentí absolutamente estúpida. Pero sobreviví.

Todos los demás recuerdos son sesgados. Hice amigas muy pronto, a pesar de nuestras diferencias sociales y económicas. El bar de la prima de mi madre, con la que yo había ido a vivir, estaba en un bloque en el que había también una zapatería, una tienda de decoración, y una administración de loterías. Las hijas de los dueños de estos locales eran de mi edad. Supongo que esto fue un factor a tener en cuenta cuando mi madre y su prima decidieron mi futuro. Tenían perfectos planes para mí. Yo sería la hija que la prima de mi madre nunca tuvo (sólo tuvo niños), y ella me daría una oportunidad de ser algo en la vida. Pero nunca contaron con mi carácter rebelde, y que yo querría lo mismo que mis amigas. Recuerdo que ellas salían los domingos por la tarde, cuando más se trabaja en un bar, y a mi se me olvidaba que yo había ido a Madrid a trabajar. Todos mis problemas vinieron por ahí.

Recuerdo lo extraño que me resultaba comprobar cómo poco a poco iba desenamorándome del chico que me traía de cabeza en la aldea desde que tenía uso de razón. Luchaba conmigo misma para recordarlo, para seguir queriéndole, pero era inútil. Y al mismo tiempo era doloroso ser consciente de lo absurdo de un enamoramiento que nunca fue tal.

Recuerdo a Jose, el primer chico con el que salí. Creo que entonces yo no era consciente de lo guapísimo que era. Puede parecer una tontería, pero ahora mismo lo siento así. No recuerdo nuestro primer beso, ni qué día o mes empezamos a salir, ni siquiera cuanto tiempo estuvimos juntos. Pero recuerdo lo bien que congeniábamos y lo mucho que nos reíamos. Jose era un gran tipo, con unas ideas clarísimas, y con una mente abierta y una tolerancia supremas. Nunca nos dejamos, ¡qué cosas!. Yo me vine un verano a la aldea y cuando volví, tras dos meses y medio sin noticias el uno del otro, nos mirábamos de lejos pero nunca más nos hablamos. Por mi parte fue timidez; por la suya intuyo que dió por sentado que yo, al volver y no buscarle, no quería seguir. Cosas absurdas de adolescentes.

Recuerdo algo que he vuelto a sentir otras muchas veces. La nostalgia de dejar un sitio donde has sido feliz enfrentada a la alegría de volver a la tierra donde has nacido, y cómo el corazón se va dividiendo en tantas parcelas como lugares habitados.

A pesar de la falta de entendimiento con mi nueva familia fueron años bonitos. Aunque llegué a pensar que algo fallaba en mí, porque nunca congenié con nadie de la familia, ni con la propia ni con la de “adopción”. Con los años he aprendido a ver el lado bueno de las cosas, y a perdonarme por ser como soy. Ellos no tienen la culpa de tener una mentalidad anticuada e ideas cerradas, ni de tener una hija tan rebelde, pero yo tampoco.

No me gustan las entradas largas, y esta lo está resultando, así que dejaré para otro día la de gamberradas que llegamos a hacer con quince años en el Madrid de los ochenta, y alguna que otra broma, pesada para quien la sufrió, pero con la que me he reído como nunca en mi vida.

Gracias Javier, por proponerme una entrada que me ha traído tanto disfrute.  

     

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Genius working

Evidentemente el título es una broma más para calificar lo que he estado haciendo hoy.

Hoy he estado pensando. Me ha dado por ahí. Ni siquiera he leído. Y no lo cuento aquí porque piense que le pueda interesar a alguien. La razón es otra muy distinta.

Reconozco que soy muy maniática, igual que reconozco que intento esconder mis manías tras argumentos y explicaciones aparentemente cargadas de una lógica absurda con los que intento convencer a quienes me conocen. Si lo consigo o no es algo que no sé, pero al menos me dejan creer que sí.

Pues eso, que tengo la manía de tener que publicar cada día, y cuando no puedo me subo por las paredes. Hoy parecía que por fin lo iba a conseguir sin que mis nervios lo notaran demasiado. Pero no. En fin, me queda el consuelo de haberlo “casi conseguido”, y en buena medida este pequeño paso se lo debo a otro giro en mis manías que conseguí llevar a cabo ayer mismo: publicar dos veces. Parecerá una tontería, pero publicar dos veces es tan difícil para mi como no publicar nada.

 Cuando el zurdo propuso lo que propuso, mi mente empezó a darle vueltas al asunto, intentando seguir su propuesta (que me atraía como pocas cosas) evitando publicar de nuevo. No encontré la solución, así que mis deseos vencieron a mis manías.

Concretando, esta es mi irremediable entrada de hoy.  

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Léete primero el principio en Literazurda.

A varias calles de allí se había bajado el melenudo, que caminaba sin dejar de darle vueltas al incidente. Lo que más le preocupaba era la falta de preocupación. No le importaba en absoluto haberse quedado sin reloj, es más, le gustaba su nuevo reloj. Se percató de que sus pasos no seguían el recorrido habitual, aquel que le llevaba a un anodino hogar, sino que habían cambiado el rumbo de una manera absolutamente natural. Tampoco este detalle le importó lo más mínimo.

Miró su nuevo reloj, marcaba exactamente las 22.18. Ya no le sorprendió la ausencia de sorpresa. Caminaba envuelto en una especie de ilusión que para nada enmascaraba lo que era una realidad.

De pronto se encontró ante la boca de metro de Plaza Castilla. Había recorrido el mismo trazado que el vagón del que se había bajado. Bajó consciente de que su destino inmediato era el locutorio que hay en el pasillo del trasbordo hacia la línea 1. A medida que iba restando metros entre el pasillo y el locutorio, en su cara se iba reflejando una sonrisa. Y allí estaba ella, sonriendo tambien. Y consultando su propio reloj le dijo:  “Justo a tiempo”.

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Mira otros finales: Estilográfic, Como ser nadie, Ad Libitum, La inopia, Mgqeaol, No hay dolor, El rincón del blogodependiente

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Deseo de Estilográfic

Había estado viajando sin rumbo fijo durante gran parte de su vida. Iba de aquí para allá, con la sola compañía de un lápiz, unas zapatillas de repuesto y un sueño: encontar el lugar idóneo para plantar su bono convertible. 

Su bono no era un bono normal, su bono era un bono mágico.  Apenas recordaba nada del cómo y el cuando llegó a sus manos aquel bono, tan solo pequeños retazos dispersos de recuerdos volátiles: una mañana de noviembre, unas bromas, unos amigos. Eso era todo. Eso y el recuerdo de una pluma estilográfica. Con ella le habían escrito en un papel invisible las propiedades de su bono.  La premisa era sencilla: plantarlo en un lugar imaginario donde la arena estuviera mezclada con un alto grado de inversión.

Guardó el bono en una doblez de su alma y se olvidó de él. Hasta que un día de lluvia de jazmines rompió su tortuosa relación con un caballero negro, recordó su bono mágico y comenzó a caminar.

Recorrió mundos enteros llenos de divisas, anduvo por caminos plagados de inversores ávidos de beneficios, cruzó mares de bolas de nieve, atravesó campos de barandilleros………Hasta que se abrió ante ella una banda de fluctuación hasta entonces desconocida. Se adentró sin miedo, atraída incluso, y descubrió su mundo imaginario. La arena que tanto había buscado descendía, por las laderas de lunas y hojas de otoño, en cascadas hipnotizantes, formando en el suelo maceteros de alfa positivo al alcance de cualquiera. Aquel era el lugar.

Se tumbó en el suelo para viajar en un duermevela hasta el rincón donde estaba guardado su bono mágico. Lo despertó, lo plantó y esperó. Vió pasar a lo lejos, entre estrellas fugaces, bandadas enteras de índices bursátiles que ya no podían influir en su bono. 

El primer brote tenía toda la pinta de ser un pagaré, pero no le preocupó. Sabía certeramente que al cumplir los dieciocho meses, maduraría, y se convertiría en un precioso y convertible bono. Y así fue. No había visto un bono más bonito en toda su vida.  Tenía además una peculiaridad que no había visto hasta entonces en un bono: le salían brotes libres de impuestos por doquier, brotes que ella se encargaba de replantar para obtener nuevos bonos.

Cuando por fin llegó la hora de convertir los bonos, lo hizo sin miedo a cotizaciones impredecibles y traicioneras. Los convirtió uno a uno en libros, porque, una vez leídos, poco importaba su valor físico; tenía suficientes pliegues en su alma, y bolsillos en su duermevela, como para guardar todas las letras del mundo.

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Buzón de sugerencias

Vale, lo confieso, no se me ocurre nada sobre lo que escribir hoy. Ando liadilla en la aldea, y voy a tal velocidad de un asunto a otro que creo que la inspiración no es capaz de seguirme el ritmo. Así que se me ha ocurrido una ocurrencia, jajajajajjaja.

¿Qué os parece si me sugerís el tema del que os gustaría que yo, con mi particular y maravillosa visión (baja Modesto……) escribiera? No pienso achantarme ante ninguno, quiero decir, escribiré a los largo de estos días sobre lo que vosotros propongais, sea lo que sea. Si quereis, claro, siempre si quereis. Es más, casi me atrevo a dejaros elegir el día, por ejemplo: yo quiero que hables de……tal cosa el lunes que viene. Sobra decir que esto es opcional y que si así lo haceis, cuadreis fechas con los demás proponedores guiándoos por los coments.

Nota para dios: Creo que me acabo de meter en un fregao, así que ……”éxame una manita, quillo”.

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Un fuerte viento del norte arremolinaba las hojas que el álamo había sembrado por toda la calle, justo donde hacían esquina dos tienditas en las que se vendían sueños. Me dispuse a entrar en una de ellas, y al trasapasr el umbral empezó a sonar una música que yo conocía perfectamente, pero que en absoluto era la adecuada para tan bella estampa: Whispering.

El caso es que, adecuada o no, ésa música me resultaba familiar. Tenía un más que evidente parecido a la melodía de mi despertador y, coincidencias de la vida, llevaba oyéndola toda la tarde, más concretamente, cada vez que entraba en una tiendita. Pero en esta ocasión la insistencia resultaba incluso molesta y llegaba a mis oidos con más claridad (……)

¡¡¡NIÑAS!!! ¡¡¡LLEGAMOS TARDE AL COLEGIO!!!.

Vale, tranquila, que no cunda el pánico. Todo saldrá bien. Solo tengo que conseguir que la mayor (narcisista de pro)  se olvide de que en el baño hay espejos y se duche en un tiempo récord; que la mediana deje por un día de lado su pereza natural, y se levante cuando le diga simplemente: levántate cariño; y que la chica no me monte el pollo cuando le diga que hoy tiene gimnasia y no puede ir con zapatitos. Fácil. Para no hurgar en mi herida omitiré los detalles que ponen de manifiesto que , evidentemente, nada se desarrolló segun el plan.

Obligatoriamente confiada en que no se pelearán mientras desayunan, me meto en la ducha. Nada de exquisiteces: tímida agüilla, gel a medias, champú de pasada y salir pitando. Me voy vistiendo una prenda en cada habitación mientras me desgañito dando las últimas consignas a diestro y siniestro. “Me falta el puto cinturón” ¿Me cambio de pantalón? ¡Imposible!. ¡Vámonos y que sea lo que dios quiera!.

Superada la primera fase con tropecientosmil minutos de retraso sobre el tiempo previsto, estamos listas para salir a la calle, y hoy, precisamente hoy, ha vuelto la lluvia. “Aquí quietas que subo a por los paraguas”. 

Paraguas en mano me dispongo a ejercer de Hamilton en versión peatón. Solo hay un problema: tengo dos manos para tres acciones: agarrar el paraguas, darle la mano a la peque y sujetarme el pantalón. Decido que las dos primeras son prioritarias, hasta que empiezo a notar como una de mis piernas siente la caricia de la otra y una suave brisa consigue colarse por debajo de mi ombligo y amenaza con llegar más abajo. Es entonces cuando tomo una de las deciciones más drásticas de mi vida. Me abroché el abrigo y me apunté a la moda de los que van enseñando calzoncillo. Si ellos son capaces de caminar con el pantalón por las rodillas, yo también.

Y aquí estoy, exhausta, con la satisfacción de haber llegado casi a tiempo y con un pantalón de pijama calentito y confortable, mientras mi compañero de fatiga descansa en el tendedero, escurriendo su pena y el agua que absorvió en su primer viaje a ras de suelo.  

  

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Se busca

Cada uno es como es. Para cada uno los propios defectos o carencias resultan un tanto incómodos. Aunque puede que, visto desde fuera, resulte incluso pintoresco lo que nos sucede. Yo me convenzo a mi misma de que así es, supongo que para que me resulte menos traumático.

Uno de mis ya más que cacareados defectos es lo peculiar de mi memoria. En algunas ocasiones recuerdo el título de un libro pero no recuerdo “de qué va”, aunque sepa seguro que lo he leído. En otras, y este es el caso, recuerdo casi toda la trama del libro, pero ni por asomo el título, y mucho menos el autor. Y esto no debería ser más que una de esas peculiaridades que caminan a mi lado, si no fuera porque cuando deciden asomarse a mi hoy, no lo abandonan hasta que, a fuerza de resonar en mi cabeza, reunen todos esos datos.

Hace días que uno de esos recuerdos mutilados me está acosando. La historia sucedía en Honolulú. Basándome en lo poco que recuerdo, el argumento me parecía fantástico. Un ¿cofre? que , al adquirirlo, te proporcionaba buena suerte, riquezas…..pero debías deshacerte de él antes de morir y siempre más barato de lo que lo habías comprado. Con esa condición asustaba comprarlo, porque cada vez que lo vendías, el que lo compraba tenía ese mismo miedo, y corrías el riesgo de no venderlo nunca. El protagonista se vió obligado a comprarlo en un par de ocasiones, y cada vez era más difícil deshacerse de él. Lo bueno, o malo, de todo esto, es que no recuerdo el final, y claro, ahora lo necesito para que el recuerdo deje de acosarme y vuelva al fondo de mi memoria.

¿Alguien sabe qué libro es? 

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Hacía siglos que no me llegaba un meme. Creí perderlos de vista, jajajajja, pero siguen entre nosotros.

Bueno, no suelo hacerlos al pie de la letra, así que no propondré a nadie. Mi blog me temo que será conocido como “El blog en el que mueren los memes”, jajajajajaja. Voy a él. Me lo pasa Joyce, y son ocho cosas que me gustaría hacer antes de morirme. Voy a sorprender a más de uno, pero como la lista de cosas que quisiera hacer ya la he escrito más de una vez, y de mis deseos sabeis todos, esta vez seré muuuuuuuuuuuy materialista.

1- Poder tener techo en propiedad

2- Poder comprarme un coche, a poder ser espacioso, en el que poder llevar a mis hadas a todos los sitios que deseen, comodamente.

3- Pasar una semana con Boss en un megahotel de cinco estrellas ( y si hay de diez, mejor)

4- Comprarme un ordenador portátil

5- Montarle a Boss un megataller donde pueda dar rienda suelta a todos los muebles que tiene en mente.

(Uff, nunca creí que no supiera qué pedir, jajajajaja, ya estoy agotada y aun me quedan tress)

6- Este es un deseo materialista, aunque muy necesario para mi. Pero me lo guardo.

7- Joder, creo que lo dejo aquí, no se me ocurre nada más.

8- Definitivamente no quiero nada más.

ACTUALIZACIÓN : Resulta que este meme ya me había llegado vía Kurtz, pero una es tan desorganizada que esto tenía que pasar, no lo vi. Un día de estos tengo que hacer un planing para no saltarme nunca a nadie, porque luego pasan estas cosas.

Así que he decidido hacer tambien una lista de ocho cosas que me gustaría que se hicieran realidad antes de morirme.

1- Que desaparecieran toda clase de religiones.

2- Que viajar a la luna fuese barato y seguro, para cualquier persona.

3- Que hubiera en el planeta una plaga de arroz y trigo

4- Que se cumpliera el punto número seis de la lista anterior.

5- Que la Tierra tuviera hilo musical.

6- Que hubiera carril bici hasta el mismo centro del planeta.

7- Que las estrellas se vieran de día.

8- Que mis manos pudieran transmitir paz a quien la necesitase.

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Menda lerenda es muy friolera. Mucho. Y aquí hay tema para estudiar, porque tambien soy de las que pueden salir a la calle en manga corta, o con un escote muy pronunciado, en plena nevada. En fin, rarezas que un día pondré en manos expertas. A lo que iba. A pesar de la calefacción siempre tengo cienes de chaquetas y forros polares y todo lo que pueda, encima. A veces me sorprendo de cómo puedo moverme. Y tengo, además, un pequeño vicio: la bolsita de agua caliente. Yo no puedo acostarme sin mi bolsita de agua. Y Boss, que es una estufita, se queja del calor que desprende, pero no le queda otra, yo soy yo, con mi bolsita.

Y ayer recordé mi “demasiada” humilde infancia, cuando dormía en una cama en medio de una gran sala, compartiendo lecho, con mi abuela primero, y con mi hermana mayor despues. Y recordé de qué manera calentábamos la cama.

En Galicia es muy común la cocina de leña. Y algunos convendreis conmigo en que no hay nada más placentero en este mundo que una tarde de invierno, leyendo, y con los pies apoyados en el horno de la cocina de leña, oliendo ya las castañas asadas, y escuchando chisporrotear la madera. Eso sí es un lujo, y no una fiesta de Valentino. Pues bien, en mi casa, y sobre esa cocina, en un rincón, ha habido siempre un ladrillo. Un ladrillo multiusos. Lo mismo sirve para proteger del fuego vivo la comida a la espera de los comensales, que para poner en el suelo, bajo los pies, que para calentar la cama. Así era. Recuerdo como mi hermana mayor lo envolvía en trapos viejos, para proteger las sábanas, y para evitar quemaduras, y lo metía en la cama, y a él arrimábamos nuestros pies, abrazadas, para no dejar espacio al frío. Tiempo despues dejamos de utilizar el ladrillo, porque de alguna manera alguien llegó a la conclusión de que servían para el mismo fin las botellas de gaseosa, esas que tenían un tapón enganchado al cuello de la botella y que ahora sirven de objeto decorativo, con la ventaja de que eran mucho más limpias que el ladrillo.

Creo que las necesidades físicas que algunos tuvimos de niños, se convierten en pequeños vicios. Vicios que no son tales, sino que siguen siendo necesidades, encubiertas eso sí, que tenemos de adultos, para seguir amarrados a un pasado, que a fin de cuentas, no fue tan malo.    

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Graciñas

Yo soy muy de refranes. Me los creo a pies juntillas, porque la sabiduría que transmiten está más que demostrada con el paso del tiempo, que es el único juez que pone cada cosa en su lugar. Y hay uno que tengo como lema, podría decirse que es mi refrán de cabecera: “No hay mal que por bien no venga”

Hace cinco años que mi horizonte se tiñó de negro. Un negro espeso y nauseabundo. Un negro tan negro que jamás creí que el blanco pudiera borrarlo. Pero ese negro tan negro no era más que una gota al lado de toda una marea. Una marea blanca. Y cuando la marea sube lo inunda todo. Y esta inundó más allá de lo inundable. Inundó playas y acantilados. Inundó aldeas, albergues, descampados. Y unas veces la marea sube mansamente, imperceptiblemente. Pero hay mareas embravecidas, furiosas, imparables. Mareas que golpean con cada ola el corazón. Mareas que abrigan el alma. Mareas humanas.

Nunca, nunca, volveré a sentir un agradecimiento tan profundo como el que siento por todas y cada una de las personas que se convirtieron en la marea que llegó para limpiar mi tierra……  Nunca borraré de mi corazón la imagen de cadenas humanas trabajando de verdad, agachados entre rocas, limpiando con las propias manos cada cetímetro de arena…… Nunca mais. 

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Palabrita de San Google

Hace más o menos unos tres meses, mi adorada Interrogación me pisó, sin saberlo claro está, un post que tenía en mente para el día siguiente, y decidí dejarlo para más adelante. Y más adelante es hoy.

 Yo me lo paso bomba cotilleando por la página de administración de mi blog. Me encanta saber donde ha hecho click la gente, que post ha sido el más leído, y sobre todo, que palabras ponen en Google que les acaban trayendo al blog. 

Increiblemente la entrada del dedo meñique es la que más gente trae desde que la publiqué. Raro es el día que no llegan poniendo algo así: “Dolor dedo meñique pie”, “Dedo gordo del pie izquierdo se queda dormido”, “Uña negra dedo pie”, “Dedo pequeño pie roto”…… y así, todas las posibles combinaciones de esas tres o cuatro palabras.

Luego estan las que yo llamo preocupantes, y que son aquellas en las que las palabras clave dejan vislumbrar que lo que buscan no está dentro de la ley ni de la moral, y que tienen desgraciadamente mucho que ver con pedofilia. Esas, por alguna razón que no recuerdo, no las guardé, por lo que no las reproduzco.

Luego estan las que me llevan a pensar que la gente está peor de lo que yo creía, jajaja, y las copio:  “Para qué sirvo yo”, “Dedicatoria a la harina”, “Salsas madres calientes”, “Para qué sirve el pollo”, “Definición de cocretas” (no me he equivocado, pone cocretas), “Tengo potencial pero no sé hacer nada”. Os juro que todo esto está copiado y pegado.

Pero ayer noche, y por ello hoy es el día, me encontré esta: “Mi suegra tiene el coño bonito” (¡!). Lo que más me flipó de algo así no es que alguien pueda poner esto en Google, ni siquiera que alguien le haya visto semejante cosa a su suegra, lo que realmente me flipó es……”¡¡qué coño tiene eso que ver con mi blog!!. Yo, que pretendo tener un blog poético, amable, bucólico incluso, soy el destino de un  desvergonzado que anda por ahí mirando lo que no debe. Consternada me hallo.

Ni corta ni perezosa, aunque sí un poco avergonzada, me fuí a Google y puse la susodicha frase, para ver a qué entrada mía podía llevar semejante búsqueda. ¡Et voilá!, hela aquí. Me hubiera encantado ver la cara del sujeto al encontrarse con los desvarios de una mujer desesperada porque llegan las vacaciones del colegio, jajajajaja.

Ainss, ten un blog para esto. 

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Mi tren

Hace unas semanas que me metí en un barco que sabría que no podría llevar a puerto. Y, lamentablemente, no suelo equivocarme. Por eso, aquí estoy, contando que no puedo seguir mi relato (para alivio vuestro, jajajajajaj).

He cogido un vicio malísimo. Solo soy capaz de escribir a ordenador. Necesito la pantalla y el teclado para estar a gusto y ordenar mis ideas. Y no dispongo de tiempo para ello. Puedo estar media hora, hacer mi entrada, comentar un par de blogs, y a lo largo del día conjugar mis obligaciones con escapaditas al cuarto de estudios , que es donde tenemos el ordenador. Pero no dispongo de tiempo para encerrarme y escribir de verdad. Supongo que esto denota que no sirvo para ello. Cualquiera que sirva escribe donde sea y como sea. Yo necesito encerrarme. Necesito mi ambiente, mi música a romper los tímpanos, mi silencio envolviéndolo todo, las palabras flotando a mi alrededor, e ir eligiéndolas con mimo, como quien pesca estrellas para un mosaico, y eso, con tres niñas alrededor no es posible. Por un tiempo (gracias Clandestino) he pensado que esta vez el tren me esperaría, pero tiene que irse ya y yo no puedo subirme, porque además, hay alguien que tiene miedo a no tener asiento en él……

 He visto pasar mi tren,
despacio, para que subiera.
No he podido hacerlo.
No he querido hacerlo,
para que no te doliera.

He visto pasar mi tren,
¡¡que bonito era!!
Me quedé a tu lado.
No hubiera marchado,
por si te perdiera.

(Esto tiene varios años, y va camino de ser mi epitafio)

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¿Jugamos?

Hay por ahí algun post en el que cuento de que manera nos comunicamos en mi casa. Pues bien, la peque sigue descubriendo palabras en gallego. Ayer subíamos la imponente cuesta que  nos lleva a nuestro cuchitril de alquiler (probablemente es un regalo divino para compensar mi falta de tiempo  y de medios para subir montañas) mientras ella iba enumerando todas las palabras que ya se sabe. Y se me ocurrió un pequeño juego. Tiene un importante inconveniente, y es que los de la conexión gallega no podrán jugar. Bueno, jugar pueden, pero matarían la esencia del juego, así que he pensado que ellos pueden enriquecer la entrada proponiendo lo mismo que yo pero con palabras nuevas.

El juego consiste en unir las palabras que yo pongo en gallego a las que pongo en castellano. Si os apetece claro.

Las palabras en gallego son:

Fiestra

Seonllo

Cadeira

Fervenza

Ollomol

Couracho

Sus equivalentes en castellano son:

Rodilla

Corteza

Besugo

Cascada

Ventana

Silla

Evidentemente no estan en el orden correcto. Si tirais de traductor no tiene gracia, jajajajaja, pero allá cada cual.

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De sustos y estrellas

Poneos en situación: Un tío sale a su terraza, una noche de verano, a fumarse un cigarro, mientras su mujer da el biberon a su bebé. Abajo, en la calle, ve una típica pelea de borrachos  y entre ellos reconoce a un tipo que un día, un solo día, meses atrás, trabajó en el mismo sitio que él. La pelea ya está tocando a su fin y unos tiran para la derecha y el reconocido para la izquierda, mientras se gritan cosas ininteligibles. El tío del cigarro, al día siguiente, nada más llegar al trabajo comenta la jugada. Todos aportan sus conjeturas y sus comentarios y fin del asunto.

Años despues, cuando el tío del cigarro ya ni vive en esa región recibe una llamada de la policía judicial. Está citado, en calidad de testigo, en la desaparición y  muerte de una persona. Y se pregunta (y le pregunta a la policía) ¿Qué coño pinto yo en esa historia? En la poli no halla respuesta, no puede recibir información que pueda contaminar su declaración. En su mente resuena el nombre del desaparecido hasta que lo relaciona con el borracho de la pelea.

Nervios. Gastos de desplazamiento inafrontables en ese momento. Excusas en un trabajo pendiente de un hilo.

Pues si, esto le pasó a Boss. Fijaos la tontería. La policía investigó todo lo habido en la muerte de ese tipo. Preguntó en todas partes, y por supuesto en ese curro en el que un día estuvo a prueba y compartió horas con Boss. El jefe, cuando vino la poli contó lo que sabía: que un antiguo empleado le había comentado que lo había visto pelearse, y allá que nos encontraron. Menudo susto te llevas cuando descuelgas el teléfono y te dicen: -“Policía Judicial, está Boss Tal y Pascual?–Soy su mujer, ¡¿que ha pasado?!–Tenemos una citación para él por la desparición y muerte de Fulanito de tal-(Me quería morir)

Total, que aprendimos lo que era un exhorto, la que se te puede venir encima sin comerlo ni beberlo, y sobre todo, que si sales a fumarte un cigarro una noche de verano, mires a las estrellas. Todo lo que puede pasar es que veas una fugaz.

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Técnicas

Nunca he ocultado mi modesta economía, por lo tanto no tengo ningun problema en contar que estoy leyendo algunas joyas que desconocía, gracias a que Faro de Vigo las regalaba los domingos con el Magacine. Sí, ya sé, hay bibliotecas donde coger los libros. Pero no puedo, no puedo. No soporto tener que devolver libros, es superior a mi. (Por cierto, en la de Redondela cobran dos euros al año para que puedas llevarte los libros a casa, y en ninguna biblioteca municipal de las ciudades en las que he vivido me han cobrado nunca. ¿Esto es normal?) 

Vamos a lo que iba que desviándome soy un hacha. Decía que desde este verano estoy leyendo obras maestras (definición de la colección por Faro de Vigo) que me encantan. Los Pazos de Ulloa, Doña Perfecta, Niebla…… O lo que es lo mismo: Doña Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno…… Pero se me ha cruzado por medio una que no venía en la colección, pero que me apetecía mucho leer: La Colmena, de Camilo José Cela.

Llegados aquí, necesito hacer un inciso. Propongo a Viguetana, a Banderas, y a todo aquel interesado en adquirir La tinta azul de la memoria, que vayamos a la Casa del Libro de Vigo, a montar un pollo en plan cacerolada, porque esto ya pasa de castaño a oscuro.

Sigamos. Decía yo que estoy inmersa en La Colmena, y me gusta, cosa no muy difícil dado mi poco sentido de la crítica. Con este libro, además, estoy satisfaciendo mi inagotable curiosidad dado que cada mitad de cada página está dedicada a notas de autor, y pa qué nos vamos a engañar, disfruto mucho. Pero tambien, todo hay que decirlo, es un pelín incómodo estar cada dos palabras desviándote para recibir toda esa información adicional, que en algunos casos es complementaria, pero en otros es innecesaria. Y digo yo, ( ¡dios me libre de poner en duda la calidad de esta obra! no van por ahí los tiros) aparte de las aclaraciones necesarias para el mejor entendimiento de lo narrado, ¿no sería mejor que lo hiciera literariamente, en lugar de tirar tanto de nota?, es decir, ¿no debería haberse devanado un poco más los sesos para no tener que dar tantas explicaciones?

Repito que me gusta, pero en mi afán por aprender todo lo que pueda en relación a las diferentes maneras de escribir, incluso a las técnicas existentes, os pido opinión.

Nota de la autora: Felipe y Juana bien, gracias.

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El pasado viernes, cuando recogí a  mi chiqui en el cole, sucedió algo que iba a cambiar por tiempo indefinido nuestras vidas. Ese día, y en ese momento, conocí a Juana, pequeña, tranquila, y a simple vista sin muchas aspiraciones más allá de las comunes a cualquier vida. A Felipe, en cambio, se le intuyen visos de alma aventurera. Con más corpulencia que su compañera de viaje, emprende más a menudo de lo habitual excursiones temerarias.
Cuando les conocí viajaban en un folio en blanco, arrugado, sin conocer su destino y aparentemente carentes de expectativa alguna sobre él. Tras la desoladora imagen que traspasaba ese folio en blanco, empecé a vislumbrar un futuro mejor para Felipe y Juana. Dibujé en mi mente su entorno, su destino,…….
Pero me falta experiencia, y he decidido pedir, desde aquí, consejo a expertos de la talla de Mariano, y tampoco desdeñaré los de Cov y Banderas, gentes doctas tambien en la ardua tarea de cuidar caracoles. Sí amigos, Juana y Felipe son dos adorables caracoles, que han venido a caer en nuestras manos por obra y gracias de la profe de mi pequeña. De modo que esta es mi súplica de ayuda para llegar a buen puerto, porque mi espíritu no sobreviviría al infortunio, si por un mal hacer, Felipe y Juana, no alcanzaran, cuando menos, una esperanza de vida acorde con los caracoles del mundo.

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Recuerdos y recuerdos

Ayer acompañé a mi madre en su ruta por los cementerios. Me gustan los cementerios, casi puedo decir que me atraen. Aquí, en Galicia, los cementerios rodean a las iglesias, como una muralla protectora. Sé de más de uno al que esto le impresiona. A mi, me gusta.

 Primero fuimos al pueblo de mi padre. Y de nuevo la impresionante cantidad de sensaciones que me envuelven al visitar a mi abuela. Y otra vez el dolor de los recuerdos que no tengo. Y otra vez no poder sostener la mirada de la foto, sin sucumbir al llanto.

Luego, tocó la aldea. Flores para mi abuela materna. Cinco años tenía yo cuando ella murió. Cinco años de hace treintaydos, en una aldea de muy pocos habitantes. Nada de tanatorios ni comodidades. Todo a pleno dolor, a pleno desgarro, cuando la penúltima morada era tu propia cama. 

No tengo recuerdos de mi abuela en vida, pero sí tengo recuerdo de su cuerpo siendo velado en la sala, mientras mi hermana mayor me vestía en la habitación de mi madre, un cuarto que no era tal porque ni puertas tenía. Recuerdo tambien la lucha que mi cabeza sostenía con su mano. La primera buscando la sala con la mirada, la segunda intentando evitarlo, mientras iba de mi cara a mi cintura, para abrocharme el probable pantalón. A tenor de mis recuerdos, mi mirada ganó la batalla. 

Recuerdo muy vagamente la casa de la vecina que nos acogió, a mi hermana pequeña y a mi, el día del entierro. Recuerdo el color de los macarrones diluido en el eco del llanto que llegaba desde la calle. Recuerdo un ventanuco que daba al camino por donde hoy sé que pasó el cortejo fúnebre. Recuerdo más cosas de las que creía recordar.

Mi adorable hermana mayor, más conocida en mi casa por “huracan Tensi”, es diez años mayor que yo. Ella es la que, a fuerza de contarnos cosas que hemos vivido, dota a nuestros recuerdos de verdadero sentido. Me gusta verme a mi misma a traves de los ojos de mi hermana. Es como encajar todas las piezas de un puzle, porque la visión que cada uno tiene de si mismo es incompleta sin la perspectiva externa de quien nos ama.

Hoy pensaba hablar de Jaime, y de lo mucho que me impresiona ver su tumba, pero una vez más no es mi consciente el que decide el curso de las entradas una vez que me siento a escribir. Algún día hablaré de Jaime. 

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