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Archive for 31 diciembre 2007

Un año más

Un beso a todos, y perdonadme este abandono. Las navidades, cuando eres ama de casa, son agotadoras. Os felicito a todos desde aquí el año nuevo, y espero poder felicitaros uno a uno mañana. Besos.

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Querida abuela:

Hoy es nochebuena, y como cada nochebuena me acuerdo de ti, y de tu última nochebuena, ¿la recuerdas?, esa en que reuniste por primera vez en navidad a todos tus hijos y nietos porque sabías que era la última. Yo era demasido joven para creerte. Ahora, con la madurez, voy recordando, reconociendo y aceptando, esas despedidas. Pero no pienso llevar a cabo la parte que me corresponde en la tuya. No pienso despedirme. Y no es rebeldía, es imposibilidad.

Otro año más termina sin que haya llevado a cabo mi necesidad de visitar tu casa. Como ya sabes, me gusta ver la botella medio llena, así que no le daré más vueltas, será que aun no era el momento adecuado. La tía Carolina es la que me preocupa. La han operado hace unos días. Y estoy asustada. No quiero dejar de ver tus ojos en los suyos. Aunque siempre me quedará mi espejo para ver su cara.

Este año ha sido fabuloso. He conocido a un motón de gente nueva. Gente como a mi me gusta: interesante, inteligente, con mucho sentido del humor y con mucha calidad humana, un poco locos, pero maravillosos. Ya te contaré quienes son, porque tengo miedo de que ahora, con las prisas, se me olvide alguno.

Abuela, esta noche saldré al balcón y te enviaré un beso por el aire. Espero que te llegue, pero si no es así, si desvía su camino hacia alguien más necesitado de cariño, lo daremos por bueno, ¿te parece?. De todos modos ya sabes que en mi corazón tienes cientos esperando para echársete encima el día que conozca la manera de entregártelos cara a cara.

Te dejo ya, que aun tengo que felicitarles la noche a todos esos locos de los que te hablé, aunque creo que ya saben que les deseo lo mejor de lo mejor. Sé que la mayoría no celebra la Navidad como tal, pero eso no importa, yo tampoco la celebro, pero me aprovecho de ella para dar rienda suelta a toda la ternura que pueda generar, y hacer así feliz a quien pueda necesitarlo. ¡Qué más da la época del año en que se haga! El caso es que se haga, ¿no crees?

Feliz Navidad.

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Un libro, unas llaves……

Suelo tener buena suerte en la cosas importantes, o eso quiero creer. Pero en contrapartida todo lo demás suele salirme al revés.

Ayer noche le pedí a mi padre el coche porque hoy tengo que hacer unas compras. LLegué a casa, aparqué, me metí en el coche de mi hermana y nos fuimos a tomar un café. No he vuelto a ver las llaves del coche. Desde donde aparqué hasta donde me esperaba mi hermana hay ¡¡dos metros!!.

Estoy empezando a sentirme agotada de tanto luchar contra las pequeñas cosas.

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Cenizas y paz

Sé que cuando mi padre falte, habrá muchas cosas que me lo recuerden. Pero hay dos especialmente que golpearán mi corazón y me harán girar la cabeza esperando verle a él: el sonido de un Land Rover, y el rugido de una motosierra.

Mi padre ha trabajado toda su vida en el monte, cortando madera. Mi padre no está completo si no aparece por la puerta oliendo a savia recién derramada y con las canas adornadas con cientos de virutas. Mi padre sabe a qué arbol pertenece un leño sólo con olerlo. Mi padre sabe exactamente en qué centímetro cuadrado caerá el árbol que va a cortar. Mi padre sabe que para que un leño arda en condiciones ha de ser cortado a mano, con hacha, con esfuerzo. Mi padre es grande, muy grande. Sus manos podrían derribarte con solo hacer mover el aire a tus pies. Mi padre es grande.

A mi padre le gusta que el día de nochebuena sólo se meta en la lumbre madera de roble. Le gusta cómo huele, cómo crepita. A lo largo del año va apartando los leños de roble para un rincón de la leñera: <Estos son para Nochebuena>

Mi padre no ha sido un gran padre, casi podría decirse que ni siquiera ha sido lo que hoy entendemos por un buen padre. Pero mi padre, lo poco que ha hecho, lo ha hecho pensando en que eso era lo que tenía que hacer. Él no es culpable de no tener referentes. Bastante ha hecho con no imitar al suyo, que incluso llegó a tenerlo, a él y a sus cuatro hermanos, a tiro de escopeta, con el único escudo de mi pobre abuela María, que los protegió como buenamente pudo.

Cada Nochebuena me encargo de cumplir el deseo de mi padre, que ya se ha convertido en uno de mis más adorados rituales. Cada nochebuena me encargo de que sólo arda en la lumbre leña de roble. Y cada Navidad recojo las cenizas de ese roble y las guardo como amuleto todo el año. Dicen que esas cenizas proporcionan paz a quien las custodia. Yo solo quiero tener lo mejor de mi padre.

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Cobarde

Hoy me he descubierto cobarde. No es la primera vez que me pasa, no. Me descubro cada cierto tiempo, pero siempre consigo esconderme de nuevo.

Vengo de leer a Belén, y ha sido leerla y ver mi miseria frente a mi, tan clara, tan desnuda, que he sentido vergüenza de mi misma.

Desde que tengo uso de razón siento una atracción especial por La casa de Bernarda Alba, y aún no la he leído. La razón: mi manía de dejarlo todo para el día siguiente. Yo, un ser impaciente donde los haya, que no puedo comprar un regalo hasta el instante mismo de regalarlo, por que sino no lo entregaría antes de tiempo; yo, que me vuelvo loca de ansia frente a algo que deseo que suceda y que sé que sucederá; yo, que envío felicitaciones y me desespero ante la imposibilidad de presenciar la llegada de las mismas; yo, que interrogo de manera sobrehumana a quien sé que sabe cual es mi regalo de cumpleaños. Yo, dejo las cosas que de verdad me dan la vida para el día siguiente.

Y si al menos al día siguiente las hiciera…… pero no. No hago ni las pequeñas cosas, por lo tanto, sólo así se entiende que tampoco ponga en práctica las grandes. No canto en ningún sitio, como Mariano, con lo que yo vivo la música, que tengo a mi familia desesperados con mis gorgoritos. No actúo en ningún sitio, como en su día hacía Belén, a pesar de que sé que no podría dejarlo nunca. No tengo la moto de deseo desde que tengo uso de razón. No escalo, no viajo, no  subo ni bajo……

Solo soy un ser frustrado y cobarde que se escuda en su pobreza porque no se atreve a hacer realidad sus sueños.  

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Jaque

La primera vez que vi a Boss me reí de él. Guapísimo, pero entradito en carnes. Y ese entramiento le daba un aire al lechero de mi aldea que provocaba en mi la risa. Sí, es un comportamiento nada digno, lo sé, pero con 22 años yo no daba para más.

Él tenía 21 y trabajaba con mis dos compañeros de piso. Y claro, empecé a encontrármelo en todas partes: en la discoteca del complejo en el que trabajaban, en mi salón cuando yo me levantaba de la cama……

Nunca se decidía a hablarme, simplemente estaba por allí. Absolutamente tímido, conseguía la fortaleza suficiente para mantener el tipo frente a mi carácter aparentemente huracanado. No recuerdo de qué manera nos quedamos solos por primera vez en casa. Supongo que tras excusas, más o menos creíbles, a nuestros comunes compañeros. Pero sí recuerdo lo que hicimos: jugar una partida de ajedrez. A partir de ahí, de una manera u otra, conseguíamos quedarnos solos para jugar largas partidas en silencio, sin mirarnos ni a la cara. Jugábamos, acababa la partida y torpemente nos despedíamos con dos besos hasta otro momento.

Poco a poco esas partidas se fueron haciendo imprescindibles en mi vida. Y de la misma manera, fui necesitando esos silencios. Silencios que, cada vez más a menudo, eran interrumpidos por el sonido de los vuelcos que daba mi corazón ante la visión de unas manos que me volvían loca. El primer paseo juntos fue de madrugada, y la despedida empezó trescientos metros antes de separarnos, y sin beso, jajajaja, porque su timidez iba creciedo de manera directamente proporcional a la atracción que iba sintiendo por mi.

A los tres meses de conocernos ya vivíamos juntos en un piso minúsculo frente a la playa donde nos dimos el primer beso. Cada vez que miro atrás, pienso que ha sido la mayor locura de toda mi vida. Llamé por teléfono a mi familia, para comunicarles que no volvía a casa, que me quedaba a vivir con un chico al que casi no conocía; del que sólo sabía el nombre, la edad y el número de pie.

Algunos años después, y con tres hijas en común, puedo decir que no cambio ni uno solo de los pasos que hemos dado. Algunos años después empiezo a darle credibilidad a la fuerza del destino. Algunos años después sé que no puede haber nadie más feliz que estos dos muertos de hambre que no tienen donde caerse muertos, pero que, caigan donde caigan, caerán juntos. 

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Hace unos días que Scriptoria se hacía, y nos hacía, una pregunta: ¿El escritor nace o se hace?.

A veces, ante preguntas que nunca me he planteado, me sorprendo de tener la respuesta tan clara, que puede no ser la acertada, pero en este caso acertar o no carece de importancia, dado que solo es una opinión, y por lo tanto tiene todo el valor del mundo aun pudiendo ser errónea.

Voy a tomarme la licencia de explicar aquí lo mismo que le comenté a él, y extenderme un poco más. Espero que no le moleste.

¿El escritor nace?: Yo creo firmemente que si. Un escritor es alguien que escribe. Da igual el qué. Da igual si lo publica o no. Da igual si tiene calidad o no. Un escritor escribe; sin motivo, sin fines, sin horizontes. Escribe por necesidad, escribe para vivir. Luego está el que a todo esto le suma tener talento, o suerte, y que consigue publicar, y que se somete a críticas que pueden ser favorables o desfavorables. Si le son a favor seguirá publicando, si le son en contra no publicará, pero seguro que seguirá escribiendo.

Creo que hoy en día se utilizan de manera errónea muchas palabras. Unas por estar encasilladas en determinadas situaciones; otras por un primer mal uso que se ha extendido como un catarro mal curado, que va de cuerpo en cuerpo sin que le demos más importancia que la del cosquilleo que nos produce el estornudo. A mi me gusta intentar devolverle a cada palabra su significado verdadero; devolverle de alguna manera su digndad y ponerla en el lugar adecuado dentro de cada texto. Y “escritor“, desde ayer que leí a Scriptoria, es una de ellas. 

Siempre me ha asustado utilizar la palabra escritor, o escritora, para definirme a mi misma. Me parecía un acto de prepotencia sublime por mi parte. Y vergüenza. Mucha vergüenza. Porque entendía mal la palabra. Porque estaba en ese grupo de palabras encasilladas, y tras la palabra escritor se me dibujaba alguien que ha conseguido publicar y vender libros. Y me ha hecho falta una pregunta directa para darme cuenta del verdadero significado de la palabra, y relacionarlo con lo único que recuerdo haber hecho toda mi vida.

Para mi escribir ha sido algo tan intrínseco, y tan cotidiano, que nunca he reparado en ello; que me han hecho falta 37 años, diez meses y ocho días para darme cuenta de que es lo único, junto con respirar, que no dejaré de hacer mientras viva, y esto último, a su vez, me permite decir sin vergüenza ninguna que sí, que soy escritora. 

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