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Archive for 31 diciembre 2007

Un año más

Un beso a todos, y perdonadme este abandono. Las navidades, cuando eres ama de casa, son agotadoras. Os felicito a todos desde aquí el año nuevo, y espero poder felicitaros uno a uno mañana. Besos.

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Querida abuela:

Hoy es nochebuena, y como cada nochebuena me acuerdo de ti, y de tu última nochebuena, ¿la recuerdas?, esa en que reuniste por primera vez en navidad a todos tus hijos y nietos porque sabías que era la última. Yo era demasido joven para creerte. Ahora, con la madurez, voy recordando, reconociendo y aceptando, esas despedidas. Pero no pienso llevar a cabo la parte que me corresponde en la tuya. No pienso despedirme. Y no es rebeldía, es imposibilidad.

Otro año más termina sin que haya llevado a cabo mi necesidad de visitar tu casa. Como ya sabes, me gusta ver la botella medio llena, así que no le daré más vueltas, será que aun no era el momento adecuado. La tía Carolina es la que me preocupa. La han operado hace unos días. Y estoy asustada. No quiero dejar de ver tus ojos en los suyos. Aunque siempre me quedará mi espejo para ver su cara.

Este año ha sido fabuloso. He conocido a un motón de gente nueva. Gente como a mi me gusta: interesante, inteligente, con mucho sentido del humor y con mucha calidad humana, un poco locos, pero maravillosos. Ya te contaré quienes son, porque tengo miedo de que ahora, con las prisas, se me olvide alguno.

Abuela, esta noche saldré al balcón y te enviaré un beso por el aire. Espero que te llegue, pero si no es así, si desvía su camino hacia alguien más necesitado de cariño, lo daremos por bueno, ¿te parece?. De todos modos ya sabes que en mi corazón tienes cientos esperando para echársete encima el día que conozca la manera de entregártelos cara a cara.

Te dejo ya, que aun tengo que felicitarles la noche a todos esos locos de los que te hablé, aunque creo que ya saben que les deseo lo mejor de lo mejor. Sé que la mayoría no celebra la Navidad como tal, pero eso no importa, yo tampoco la celebro, pero me aprovecho de ella para dar rienda suelta a toda la ternura que pueda generar, y hacer así feliz a quien pueda necesitarlo. ¡Qué más da la época del año en que se haga! El caso es que se haga, ¿no crees?

Feliz Navidad.

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Un libro, unas llaves……

Suelo tener buena suerte en la cosas importantes, o eso quiero creer. Pero en contrapartida todo lo demás suele salirme al revés.

Ayer noche le pedí a mi padre el coche porque hoy tengo que hacer unas compras. LLegué a casa, aparqué, me metí en el coche de mi hermana y nos fuimos a tomar un café. No he vuelto a ver las llaves del coche. Desde donde aparqué hasta donde me esperaba mi hermana hay ¡¡dos metros!!.

Estoy empezando a sentirme agotada de tanto luchar contra las pequeñas cosas.

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Cenizas y paz

Sé que cuando mi padre falte, habrá muchas cosas que me lo recuerden. Pero hay dos especialmente que golpearán mi corazón y me harán girar la cabeza esperando verle a él: el sonido de un Land Rover, y el rugido de una motosierra.

Mi padre ha trabajado toda su vida en el monte, cortando madera. Mi padre no está completo si no aparece por la puerta oliendo a savia recién derramada y con las canas adornadas con cientos de virutas. Mi padre sabe a qué arbol pertenece un leño sólo con olerlo. Mi padre sabe exactamente en qué centímetro cuadrado caerá el árbol que va a cortar. Mi padre sabe que para que un leño arda en condiciones ha de ser cortado a mano, con hacha, con esfuerzo. Mi padre es grande, muy grande. Sus manos podrían derribarte con solo hacer mover el aire a tus pies. Mi padre es grande.

A mi padre le gusta que el día de nochebuena sólo se meta en la lumbre madera de roble. Le gusta cómo huele, cómo crepita. A lo largo del año va apartando los leños de roble para un rincón de la leñera: <Estos son para Nochebuena>

Mi padre no ha sido un gran padre, casi podría decirse que ni siquiera ha sido lo que hoy entendemos por un buen padre. Pero mi padre, lo poco que ha hecho, lo ha hecho pensando en que eso era lo que tenía que hacer. Él no es culpable de no tener referentes. Bastante ha hecho con no imitar al suyo, que incluso llegó a tenerlo, a él y a sus cuatro hermanos, a tiro de escopeta, con el único escudo de mi pobre abuela María, que los protegió como buenamente pudo.

Cada Nochebuena me encargo de cumplir el deseo de mi padre, que ya se ha convertido en uno de mis más adorados rituales. Cada nochebuena me encargo de que sólo arda en la lumbre leña de roble. Y cada Navidad recojo las cenizas de ese roble y las guardo como amuleto todo el año. Dicen que esas cenizas proporcionan paz a quien las custodia. Yo solo quiero tener lo mejor de mi padre.

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Cobarde

Hoy me he descubierto cobarde. No es la primera vez que me pasa, no. Me descubro cada cierto tiempo, pero siempre consigo esconderme de nuevo.

Vengo de leer a Belén, y ha sido leerla y ver mi miseria frente a mi, tan clara, tan desnuda, que he sentido vergüenza de mi misma.

Desde que tengo uso de razón siento una atracción especial por La casa de Bernarda Alba, y aún no la he leído. La razón: mi manía de dejarlo todo para el día siguiente. Yo, un ser impaciente donde los haya, que no puedo comprar un regalo hasta el instante mismo de regalarlo, por que sino no lo entregaría antes de tiempo; yo, que me vuelvo loca de ansia frente a algo que deseo que suceda y que sé que sucederá; yo, que envío felicitaciones y me desespero ante la imposibilidad de presenciar la llegada de las mismas; yo, que interrogo de manera sobrehumana a quien sé que sabe cual es mi regalo de cumpleaños. Yo, dejo las cosas que de verdad me dan la vida para el día siguiente.

Y si al menos al día siguiente las hiciera…… pero no. No hago ni las pequeñas cosas, por lo tanto, sólo así se entiende que tampoco ponga en práctica las grandes. No canto en ningún sitio, como Mariano, con lo que yo vivo la música, que tengo a mi familia desesperados con mis gorgoritos. No actúo en ningún sitio, como en su día hacía Belén, a pesar de que sé que no podría dejarlo nunca. No tengo la moto de deseo desde que tengo uso de razón. No escalo, no viajo, no  subo ni bajo……

Solo soy un ser frustrado y cobarde que se escuda en su pobreza porque no se atreve a hacer realidad sus sueños.  

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Jaque

La primera vez que vi a Boss me reí de él. Guapísimo, pero entradito en carnes. Y ese entramiento le daba un aire al lechero de mi aldea que provocaba en mi la risa. Sí, es un comportamiento nada digno, lo sé, pero con 22 años yo no daba para más.

Él tenía 21 y trabajaba con mis dos compañeros de piso. Y claro, empecé a encontrármelo en todas partes: en la discoteca del complejo en el que trabajaban, en mi salón cuando yo me levantaba de la cama……

Nunca se decidía a hablarme, simplemente estaba por allí. Absolutamente tímido, conseguía la fortaleza suficiente para mantener el tipo frente a mi carácter aparentemente huracanado. No recuerdo de qué manera nos quedamos solos por primera vez en casa. Supongo que tras excusas, más o menos creíbles, a nuestros comunes compañeros. Pero sí recuerdo lo que hicimos: jugar una partida de ajedrez. A partir de ahí, de una manera u otra, conseguíamos quedarnos solos para jugar largas partidas en silencio, sin mirarnos ni a la cara. Jugábamos, acababa la partida y torpemente nos despedíamos con dos besos hasta otro momento.

Poco a poco esas partidas se fueron haciendo imprescindibles en mi vida. Y de la misma manera, fui necesitando esos silencios. Silencios que, cada vez más a menudo, eran interrumpidos por el sonido de los vuelcos que daba mi corazón ante la visión de unas manos que me volvían loca. El primer paseo juntos fue de madrugada, y la despedida empezó trescientos metros antes de separarnos, y sin beso, jajajaja, porque su timidez iba creciedo de manera directamente proporcional a la atracción que iba sintiendo por mi.

A los tres meses de conocernos ya vivíamos juntos en un piso minúsculo frente a la playa donde nos dimos el primer beso. Cada vez que miro atrás, pienso que ha sido la mayor locura de toda mi vida. Llamé por teléfono a mi familia, para comunicarles que no volvía a casa, que me quedaba a vivir con un chico al que casi no conocía; del que sólo sabía el nombre, la edad y el número de pie.

Algunos años después, y con tres hijas en común, puedo decir que no cambio ni uno solo de los pasos que hemos dado. Algunos años después empiezo a darle credibilidad a la fuerza del destino. Algunos años después sé que no puede haber nadie más feliz que estos dos muertos de hambre que no tienen donde caerse muertos, pero que, caigan donde caigan, caerán juntos. 

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Hace unos días que Scriptoria se hacía, y nos hacía, una pregunta: ¿El escritor nace o se hace?.

A veces, ante preguntas que nunca me he planteado, me sorprendo de tener la respuesta tan clara, que puede no ser la acertada, pero en este caso acertar o no carece de importancia, dado que solo es una opinión, y por lo tanto tiene todo el valor del mundo aun pudiendo ser errónea.

Voy a tomarme la licencia de explicar aquí lo mismo que le comenté a él, y extenderme un poco más. Espero que no le moleste.

¿El escritor nace?: Yo creo firmemente que si. Un escritor es alguien que escribe. Da igual el qué. Da igual si lo publica o no. Da igual si tiene calidad o no. Un escritor escribe; sin motivo, sin fines, sin horizontes. Escribe por necesidad, escribe para vivir. Luego está el que a todo esto le suma tener talento, o suerte, y que consigue publicar, y que se somete a críticas que pueden ser favorables o desfavorables. Si le son a favor seguirá publicando, si le son en contra no publicará, pero seguro que seguirá escribiendo.

Creo que hoy en día se utilizan de manera errónea muchas palabras. Unas por estar encasilladas en determinadas situaciones; otras por un primer mal uso que se ha extendido como un catarro mal curado, que va de cuerpo en cuerpo sin que le demos más importancia que la del cosquilleo que nos produce el estornudo. A mi me gusta intentar devolverle a cada palabra su significado verdadero; devolverle de alguna manera su digndad y ponerla en el lugar adecuado dentro de cada texto. Y “escritor“, desde ayer que leí a Scriptoria, es una de ellas. 

Siempre me ha asustado utilizar la palabra escritor, o escritora, para definirme a mi misma. Me parecía un acto de prepotencia sublime por mi parte. Y vergüenza. Mucha vergüenza. Porque entendía mal la palabra. Porque estaba en ese grupo de palabras encasilladas, y tras la palabra escritor se me dibujaba alguien que ha conseguido publicar y vender libros. Y me ha hecho falta una pregunta directa para darme cuenta del verdadero significado de la palabra, y relacionarlo con lo único que recuerdo haber hecho toda mi vida.

Para mi escribir ha sido algo tan intrínseco, y tan cotidiano, que nunca he reparado en ello; que me han hecho falta 37 años, diez meses y ocho días para darme cuenta de que es lo único, junto con respirar, que no dejaré de hacer mientras viva, y esto último, a su vez, me permite decir sin vergüenza ninguna que sí, que soy escritora. 

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Saca el güisqui Cheli……

Bueno, bueno, bueno…… Pues sí, un año más……

Las últimas fiestas que han tenido como escenario este blog mío, me han dejado mucha resaca y un dolor de cabeza de no te menees, pero qué se le va a hacer, una, que es reincidente compulsiva en lo tocante a cosas que hacen que la vida valga la pena, ha decidido reincidir.

¿Y en qué?, os preguntareis. Pues está claro: en montar una superfiesta que ni la Paris Hilton. ¿Y por qué?, os preguntareis. Pues tambien está claro. Y si no lo teneis claro, no teneis más que echar mano del santoral y de este post.

Acepto regalos virtuales. Mejor dicho, solo podeis entrar a la fiesta con regalos virtuales. Sí, me he vuelto exigente, ¿y qué?. Así que ya sabes, dime cual es tu regalo para mi y ya puedes pasar.

¡¡¡Bienvenid@s a mi fiesta!!!

Felicidades para la princesa de Clandestino y para la princesa de Interrogación

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A veces pasan cosas

A veces pasan cosas……  descotidianas, que diría Mariano, cosas, que te hacen creer que aun hay personas buenas.

Hace unos años, cuando Boss y yo aun vivíamos en la aldea, nos topamos con una de esas personas. Buscábamos piso en alquiler. Pasábamos horas pateando Redondela en busca de anuncios, con mis dos mayores, aun pequeñas, a cuestas. El dinero justo para el bus de vuelta, y el tiempo para cogerlo, apremiando. Hasta que uno de esos días perdimos el último bus. Caía la noche, hacía frío, las hadas con sueño, y nosotros sin más salida que esperar en la calle que confluye con la carretera de regreso, a que alguien conocido, por aquello del azar, pasara y nos llevara a casa. Ese alguien nunca llegó.

Pero hubo otro alguien que nos escuchó hablar; más que hablar, lamentar. Y se acercó. Y se ofreció a llevarnos. Sólo tenía que ir a su casa, coger su coche en el garage, y recogernos.

En ese intervalo de tiempo, Boss y yo barajamos los diferentes motivos que podían haber llevado a aquel hombre a tomarse la molestia de llevarnos. Tras una primera sensación de alivio por saber que dormiríamos en casa, llegó una segunda de miedo. No conocíamos a aquel hombre. Podría ser un psicópata violador, e íbamos a meternos en su coche para recorrer seis km por puro monte; robarnos creo que quedaba descartado con la imagen de penuria que debíamos reflejar; quedaba pues la posibilidad de que fuera lo que aparentaba: un buen hombre.

Decidimos ir con él. LLegó, con su mercedes imponente, y nos fuimos.

Era abogado, aquí, en Redondela. Compartimos todas las confidencias que se pueden compartir en seis km de trayecto. Nos ofreció ayuda en lo del piso, pero la rechazamos porque ya habíamos dado nuestra palabra en uno. Nos dejó en casa y se fue. Sólo volvimos a verle una vez, de lejos, saliendo del que suponemos era su despacho, y digo era porque ayer vi vacío el sitio donde estaba la placa con su nombre. En la bandeja trasera del mercedes nos dejamos olvidado un ramo de flores que yo llevaba para el cementerio. Supongo que ese es el tributo que se cobran los ángeles.

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Que yo estoy plagada de paranoias es algo que no me pilla de sorpresa, pero las paranoias en sí lo siguen haciendo. Siempre pienso que la última que me afecta no puede ser superada por ninguna otra que me pueda afectar. Pues bien, una vez más me equivoco.

Me ha costado algun tiempo conseguir mi ejemplar de La tinta azul de la memoria. Lo primero que hice fue encargarla en la librería donde compro todo, aquí en Redondela, y donde me dijeron: “Tranquila, si está publicado te lo traemos”. Pasaron algo así como cuatro meses y res de res. Me decidí entonces a encargarla en Vigo, en La casa del libro, donde me aseguraron que en una semana me avisaban. De esto debe hacer ya unos dos meses, y nada, tres cuartos de lo mismo.

Entonces fue cuando el zurdo nos propuso, a los de la conexión gallega, enviárnoslo él. Aceptamos, claro, porque no había manera de que llegase a estos lares. Con la buena suerte de que el envío venía con suplemento: una preciosa dedicatoria. Me la leí como cienes de veces. Me enamoré absolutamente de la historia, y aun más de cómo estaba contada. Me fascinó el primer guiño a mi adorado Saramago, y un segundo guiño al mismo, pero con una peculiaridad que no contaré para no destripar nada. Creo que ya todos conoceis mi admiración por Mariano. Ya no sólo por lo que escribe y cómo lo hace, sino también por su sensibilidad y por el buen rollo que transmite. Para mí, ese libro, se convirtió en un tesoro. Pocas veces, o ninguna, tenemos la ocasión de conocer antes al autor que a su obra. Siempre leemos primero el libro, y luego, si tenemos suerte, podemos conseguir un autógrafo que en ningún caso nos permite saber nada acerca del autor. Poder conocer (todo lo que se puede conocer a una persona a través de un medio virtual), antes, a la persona que al escritor, para mi supone todo un privilegio, máxime cuando viene precedido de tanta admiración por mi parte.

Bueno, pues perdí mi libro. Me lo llevé a tomar un café con mi prima, porque siempre pienso que en cuaquier momento te puedes quedar sola y entonces puedes aprovechar para leer. No estuve nunca sola. Llegó Boss, seguimos la tertulia y no leí. Pero el libro estuvo siempre allí, encima de la mesa. Esa noche antes de irme a la cama busqué mi libro, y recordé que desde que volvimos de la cafetería no lo veía. Supuse que se habría quedado allí. Conozco al camarero, así que pensé que me lo guardaría. Al día siguiente fuí y me dijo que nanai, que allí no se había quedado nada. Sólo me quedaba el coche de mi prima. La llamé, rebuscó arriba y abajo, y nada. Desde la cafetería, que está en pleno parque,  a la boca del parquing hay 20 metros. Yo no recuerdo haberlo cogido, pero yo puedo saltar una valla de cinco metros y no recordarlo al día siguiente. Por lo que no sé qué pudo pasar. Si lo cogí y lo dejé encima del coche, si no lo cogí y el camarero miente, si el coche de mi prima se traga los libros….. No lo sé. Me supone un misterio total.

Me quedé absolutamente desolada. Lloré todo el día. Por otras cuestiones, Clandestino ese día me mandó un mail, y me pilló tan baja de moral que se lo conté, bajo la petición de que no se fuera de la lengua. Pero no me hizo ni caso y se lo contó a Mariano. ¡Bendita la hora!.

El caso es que ya tengo de nuevo un ejemplar de La tinta…, con una nueva dedicatoria, porque así se lo pedí yo, ya que la primera dedicatoria pertenece a aquel primer libro. Y aquí está mi paranoia. No soy capaz de retomar la lectura. Aquel libro era “mi libro”, y este, siendo exactamente igual, con una dedicatoria maravillosa, no es lo mismo. Supongo que es cuestión de tiempo. Tener aquel primer libro supuso tanta satisfacción, que nada puede suplir aquel sentimiento.  Llamadme tonta, que sé que lo soy, pero siento que si abro este libro para leerlo estaré, de alguna manera, menospreciando aquel sentimiento. Ayer, cuando recibí el paquete, lloré, porque me hizo recordar la pérdida y el consiguiente dolor.

Tengo la esperanza de recuperar aquel libro, el primero, “mi libro”. No sé cómo ni cuando, pero sé que algun día lo encontraré. Es más, sé que él me buscará a mi.

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Sólo tengo que esperar

Son las 4.40 de la madrugada y acabo de tirar la toalla. No estoy dispuesta a seguir con esta persecución inútil. Te he buscado en la oscuridad de mi cuarto, he recorrido cada centímetro de mi cama con la esperanza de encontrarte; he mirado entre las líneas de algún libro otrora arrinconado, incluso he buceado en el fondo humeante de mi taza de suspiros. Pero has sabido esconderte bien, quizás para que siga soñando, porque todos mis sueños llegan cuando tú te vas, Morfeo.

Pero también mis miedos me acucian cuando tardas en volver. Sombras negras que se burlan de mis ojos, y pesadas cargas que se arriman a mis manos. Te necesito para seguir viva, aunque me robes horas que podría emplear en vivir; aunque me arrastres a infiernos en los que me siento indefensa.

Sé que volverás, Morfeo. Por alguna razón que desconozco me necesitas tanto como yo a ti; no puedes prescindir de mi compañía, lo sé. Así que no pienso perseguirte más, sólo tengo que esperar a que tú vuelvas y te arrodilles ante mi.    

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Cu-ne-ca

Hay un momento en nuestras vidas, que ninguno recordamos, pero que marca un antes y un despues, y a partir del cual ya no volvemos a ver las letras de la misma manera. Dejamos de ver garabatos maravillosos, para ver historias fantásticas. Con el tiempo y la práctica, dejamos incluso de ver las propias letras imbuidos por su contenido.

Mi chica lleva un par de semanas peleándose con sus cuentos, desesperada por saber leer en ellos, pero sin conseguir ver palabras, sólo sílabas. La b con la e: be; la p con la u: pu; sólo sílabas, que no le cuentan lo que quiere saber, que no le aclaran quién ha dicho qué. Y no le queda más remedio que conformarse con que se lo lean.

Hace unos minutos se ha producido el milagro. Ha roto a leer. De manera incosciente se ha puesto en marcha el mecanismo que le permite ver más allá de esas malditas sílabas que la mantenían tras la barrera.

Algo tan natural como dibujar con un lápiz traído de Cuenca, le ha servido para, en un momento de descanso en su atareada y momentánea faceta de pintora, descubrir que aquellas preciosas letras de colores eran algo más que eso: “Mamá, aquí pone cuneca”. He tenido la fortuna de ser consciente del milagro, de poner inmediatamente en un papel palabras sencillas: cariño, bonita, vaso……palabras que ha leído en voz alta sin reparar ya en sílabas. Absolutamente emocionada he llamado a toda la familia, y hemos liado la de San Quintín.

Estoy escribiendo esto con la mejor banda sonora del mundo de fondo. Ni más ni menos que la voz de Claudia leyendo sin parar las palabras que sus hermanas están poniendo para ella en la pizarra. Y que no pare nunca.

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No molestar. Estoy viviendo

Son ya las once y fuera está lloviendo. Recuerdo cuando estaba embarazada de mi chiqui y tenía antojo de lluvia. Sí, así como suena, antojo de lluvia. Si al levantarme estaba lloviendo me ponía de un fantástico humor, pero si había sol me entristecía. Siempre he sido especial. ¿O debería decir rarita?. ¡Qué coño! esta definición de mi misma la hago yo, por lo tanto me autodefino especial.

Hoy estoy en uno de esos días en los que se hace evidente esa forma de ser especial. Hoy tengo ganas de volar. Hoy tengo ganas de cambiar mi mundo. Hoy no pienso mover mi culo de esta silla. Hoy voy a transformar en palabras cada gota de mi sangre, cada poro de mi piel, cada impulso de mis dedos. Pienso mezclar churras con merinas, recuerdos con fantasías, flores con cerdos, locos con cuerdos, penas con alegrías……

Hoy voy a sentarme a vivir. 

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No me pises más

Estoy indignada. No oigo mas que hablar del informe Pisa 2006 de la OCDE, en el que queda de manifiesto el bajo nivel de los estudiantes españoles. Pero esto no es lo que me indigna, que tambien, lo que verdaderamente me subleva es que una vez más se nos responsabilice a los padres.

Estoy harta de la retahíla constante con la que se nos quiere concienciar de la importancia de la colaboración entre padres y profesores. No existe tal colaboración. Trasladada a la vida real, la “colaboración” es la impartición por parte de algunos profesores de las directrices que debemos seguir los padres para enseñar a los hijos lo que ellos deberían enseñarles. Eso es lo que entienden por colaboración. Yo no soy profesora. Yo no quiero ser profesora.   

El profesorado se queja de la falta de disciplina por parte del alumnado, y yo me pregunto si esa indisciplina no será fruto de su incapacidad para imponer su autoridad. Es que ya está bien de culpar de todos los males a los padres. Es que no he oído jamás entonar a un profesor el mea culpa. Jamás. ¿Es que son una raza superior?. ¿Es que no se equivocan como todo el mundo?. ¿ Es que estan exentos de tropezar, aunque sólo sea, una vez en la vida? 

Esta parrafada, leída por quien no siga mi blog, y tal vez por quienes lo siguen, puede dar argumentos a los que defienden que la culpa es nuestra. Y yo les pregunto: ¿Es culpa de los padres que los niños no tenga ninguna comprensión lectora? ¿Es culpa de los padres que los niños no sepan estudiar? Yo puedo cumplir mi función, y enseñar a mis hijas a obedecer, a respetar, a escuchar al profesor, a dedicar cada día dos horas a leer y otras dos a estudiar,  pero si además de eso, debo enseñarlas a estructurar y resumir los cuatro temas que tienen que chapar, y a comprender lo que en el problema de matemáticas le plantea, ¿Para qué necesito al profesor?¿para que les diga por qué página han de abrir el libro para encontrar el tema doce? ¿o para que escriba en la pizarra el problema que ellos han de copiar para resolver en casa?

Creo firmemente que la falta de confianza que los padres tenemos en los profesores está más que justificada. Los hábitos han cambiado, los valores parece que tambien, pero no nos engañemos, los profesores tambien. Un profesor ya no es lo que era. Un profesor de hoy no tine la dedicación y la vocación que tenían los profesores de antes. No hacen nada más allá de su horario, y están en su derecho, pero no pueden exigir el respeto y el estatus de antes si ellos no son los de antes.

Y vamos a dejar de responsabilizar a los padres por los resultados de una labor mal realizada por parte de otros. A mi que me culpen del mal aseo de mis hijas, de la mala nutrición, de la falta de respeto, de la falta de civismo, de la falta de conciencia, de la falta de asistencia a clase……pero que a nadie se le ocurra culparme de las malas notas de mis hijas.

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Clandestino Rodriguez

Me miró A los ojos Algo más de un mes y menos de dos. Intervalo eterno de un segundo en que mi corazón me gritaba: ¡Dispara!. Yo, sólo yo, sólo un bobo, no acerté más que a decir: No me llames Clandes que me pongo colorado, cuando en realidad quería susurrar: Engánchate conmigo.

Para mi el sexo no tiene ningun interés, no es Mi enfermedad. Mi único punto débil está en La parte de atrás de mi alma, en un rincón con ventanas a La calle Sacramento. Si ves Cien pájaros volando, no me busques, no me encuentres, porque Estoy muy cansado, no puedo con mi alma. Tan sólo deliro……Canal 69…… ¿sí, dígame?……Señorita……Cuarta de cubierta……

Tú eres La mujer de un amigo, yo Debería escribir más, huir de La mirada del adios, pero No me sale nada, es lo que tiene estar enamorado. Peor es nada. Debo volver al trabajo, centrarme en mis cosas: -Me tienes que redireccionar eso que te he dicho-. Olvidarme de este Sol y sombra constante de tus Ojos verdes. Nunca he tenido Buena suerte, y ahora tengo Un día menos. Si al menos pudiera perderme en tu Tormenta de arena, en tu conversación insaciable; me empaparía de tu voz, me cubriría con tus palabras hasta volverme loco. Creo que voy a eyacular.

Demasiado tarde. 

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Hoy pensaba cumplir el deseo de Clandestino, que era que hoy no escribiese en el blog, aunque sí escribiese en la intimidad, para continuar esas historias que tengo empezadas y guardadas en alguna carpeta perdida, pero me lo he pensado mejor, y como es un adorable bocazas, pues eso, que se queda sin deseo por eso mismo, por bocazas.

A todo esto esto voy a leer la definición exacta de bocazas, no vaya a ser que sea más fuerte de lo que yo pienso y me se enfade.  (Tatatá, tatá ta, ta, ta….. vale). Bueno, un bocazas es, segun la RAE, una persona que habla más de lo que aconseja la discreción, por lo que le viene al pelo.

Tras unos días de reveses parece que la cosa, osea mi vida, empieza a encarrilarse de nuevo. A la alegría de topar con un bocazas hay que sumarle que mi casero ha decidido que nos renueva el contrato, y que sólo nos sube el alquiler 20 euros, por lo que el fantasma de la mudanza tiene que seguir vagando lejos de nosotros, aunque esto no debería decirlo muy alto, no vaya a ser que se nos cruce una ganga hipermegafantástica de un piso mejor y más barato, y haya que realizar la susodicha.

Odio las mudanzas. Llevamos ya como tropecientasmil. Y es una mierda directamente. Yo soy de las que cuando consigo desembalar todas las cajas y tener cada cosa en algun sitio (no confundir con tener cada cosa en su sitio), ya tengo que empezar a embalar de nuevo.

Decididamente no he nacido para ama de casa, y mira que pongo empeño eh, pero nada. Tengo una amiga que tiene una supercasa en la aldea y un piso aquí en Redondela. Pues bien, no sé cómo lo hace, pero las dos casas estan absolutamente impolutas, y no me refiero a camas hechas y suelo barrido, que en mi caso ya sería un auténtico logro, me refiero a cristales, persianas, escobilla del bater………Es impresionante verla todas las tardes de punta en blanco, de compras, de cafeses, y saber que trabaja por las mañanas, y corta ella misma el cesped del megajardín, y cocina y lava para su hijo que estudia en Santiago……En serio, creo que tiene un pacto con el diablo como mínimo.

En cambio yo voy de culo cada día de mi vida. Sin ir más lejos hoy ya no debería estar aquí, sino que tendría que estar en el banco para pagar las facturas que mi madre se niega a domiciliar, luego a la pescadería, de ahí al centro de convenciones del multiusos porque hoy da una conferencia sobre cómo vivir y no morir en el intento una tal Vitruvia…… No, no, tranquilos, esto último lo he soñado.

Bueno, de todos modos me lo he pensado mientras escribía y esta chorrada de entrada se la dedico a Clandestino. El día que me guarde un secreto le dedico una en condiciones. ¿Hace?. 

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