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Archive for 26 febrero 2008

Bueno. Pues sí. Aquí andamos. Vale, vale. Ya.

Me voy de vacaciones.

Pues no, no son esas vacaciones que todos estáis imaginando. Son vacaciones blogueriles. Me ha costado mucho dar este paso. Mucho. Me cuesta muchísimo rendirme. Creo que no sé rendirme. Pero estoy absoluntamente agotada. Me levanto cansada, sobrellevo mi rutina cansada y me acuesto completamente rota. Hace siglos que no me encontraba así. Es más, creo que jamás me he encontrado así. A consecuencia de todo este cansancio no me cunden los días, es decir, no paro de hacer cosas y aun así me queda todo por hacer. Es una sensación extraña, como si alguien fuera detrás de mi deshaciendo todo lo que yo hago. Y esto ha repercutido (como ya habréis notado) en que os tengo abandonados. Tengo cientos de entradas pendientes de lectura, tengo a Lessing abandonada en la página 198, tengo una pila de ropa para planchar tan alta que creo que tendremos que abrir un boquete en el techo para que quepa.

Por tanto, me voy a dar un respirito. No echo la llave, ni mucho menos, no sabría, esto es como una droga para mi. Espero volver el lunes (sí, ya sé que esperabais perderme de vista unos días más, pero…). Dejo la puerta entornada, como en la aldea, y daré largos paseos por vuestros blogs, parándome donde me apetezca y charlando con quien me dé “leria”, sin prisas, como en la aldea……

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Mi chica ya tiene cinco años. La fiesta bien, gracias. Muchos niños dando gritos, mucho confeti por doquier, el aspirador estropeado, los de la funeraria sacando el cadáver de la vecina…… vamos, lo normal en un cumpleaños.

Vale, tenéis razón, muy normal no es. Pero si lo vemos desde el punto de vista de mi siempre imprevisible vida, lo raro sería que algo transcurriera con normalidad.

Las cinco. A esta hora estaban citados los monstruitos y a esa hora empezaron a llegar. Juerga, algarabía, carreras pasillo arriba pasillo abajo. Merienda, regalos, piñata…La primera en abandonar: mi madre. Besos y hasta luegos. Sólo treinta segundos después primer timbrazo desde el portal:

Mamá -Nena, el portal está abierto y hay una caja tipo las que se ven por la tele en los accidentes de tráfico-. Yo (No haciendo mucho caso, debido a lo acostumbrada que estoy a las fantasías y exageraciones de mi madre) -Bueno, mamá, y yo que sé. Deja el portal abierto y ya está-.

La segunda en irse, la mamá de (y gracias a dios con)  la niña más repelente de todo Galicia: -Bueno, pues nos vamos ya, gracias y hasta luego. -Nada, gracias a ti por venir. Contad: uno, dos, tres, cuatro… veinte segundos y timbrazo en la puerta. La repelente y su madre: -Hola, mira, podemos pasar, es que están sacando un cadáver, o eso creo yo, porque está tapado con una sábana y sentado en una silla, y me han dicho que ahora no puedo bajar. Yo: (flipando) -¡Qué dices!

A partir de ahí imaginaros: pedir un silencio casi imposible a unas criaturas aceleradas por la adrenalina de una fiesta infantil, mi marido bajando a informarse y ofrecerse a lo que fuera menester, y a enterarse que la pobre señora había muerto a las cinco y cuarto, vamos, justo cuando empezaba el mogollón.

Digo la pobre señora, porque tengo sentimientos encontrados. Ya era mayor, estaba enferma y había sido operada varias veces. Pero tras vivir en la vivenda superior a la suya los últimos cinco años, durante los que nos hizo más de una puñeta, tengo una sensación extraña de alivio y pena. Era nuestra casera y en este compartir edificio hubo de todo. Momentos agradables, y momentos no tan agradables. En fin. Descanse en paz.

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Si me permitís, la entrada de hoy tiene dueño. Cumple 37 añazos, y sé que esta canción le dirá todo lo que espera oir de mi.

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Muy feliz cumpleaños, padre.

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Coherencia o usura

Soy plenamente consciente de que la entrada de hoy puede costarme lectores, porque lo que voy a contar reconozco que tiene tela. Pero hace ya tiempo que no lucho contra mi misma, porque he aprendido que es tiempo perdido en vano.

Mi afición recicladora es desmesurada, casi enfermiza. Lo poco que me veo obligada a tirar por alguna circunstancia concreta me remuerde la conciencia días y días. Tengo guardadas telas de vestidos por si valen para cojines, cremalleras de chaquetas viejas para lo mismo; los folios donde vienen las circulares del cole las corto de tamaño pos-it para aprovechar la carilla trasera, que viene en blanco; la esponjita de la caja de un reloj que le regalé a Boss la utilizo de acerico; …

Con la comida no iba a ser menos. En mi casa cualquier sobra es susceptible de volver a la mesa tras una pequeña transformación. Aprovecho cada salsita o caldito, por poco que sea. Soy incapaz de tirar nada. Y llego a odiarme por ello. Desde el punto de vista de la comodidad, esta manía es todo un lastre, porque lo sencillo es tirarlo todo, fregar los cacharros y punto.

Ahora viene lo realmente chungo. Hace un tiempo que decidí dedicarme una hora para mí por las mañanas. Dejo a las niñas en el cole y me voy a tomar un café. Pero yo no tomo café, no me gusta. Yo tomo descafeinado de sobre porque así me echo muy poquito. Además no soy muy azucarera, con medio sobre me basta. Creo que ya imagináis por donde voy. Cada vez que abro el sobrecito del descafeinado y tengo que desechar el sobrante me llevan los demonios, porque sé que acabará en la basura.  Con los azucarillos, tres cuartos de lo mismo.  Así que, una de dos, o lo dejo para que lo tiren o me lo llevo para utilizarlo al día siguiente. Pero si me llevo los sobres empezados para utilizarlos al día siguiente le estoy ahorrando a la cafetería algo por lo que me cobran aunque no me lo tome, y ahí me sale la vena revolucionaria. Así que los que no abro me los llevo también. 

Al principio lo pasaba mal llevándome los sobrecitos, pero no más que lo mal que lo pasaba dejándolos. Y como ya he dicho, hace tiempo que aprendí a concederle ciertas licencias a mi manera de ser, por lo que he decidido llevar la coherencia a su extremo más radical. O puede que me esté engañando para no ver de frente mi vena usurera.     

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sscn3673.jpg El otro día Lola me propuso un meme, y aunque hace tiempo que no suelo seguirlos, este me gustó mucho. Por fin parece que funciona la cámara, eso sí, despues de siete horas “fozando” en el cablecito del USB.

En fin, que esto es lo que llevo en el bolso: Pañuelos de papel con olor a miel, diadema de mi chiqui, apiretal por un tubo, caramelos de la caja de ahorros, toallitas húmedas, desodorante maravilloso de té verde, pastillas no recuerdo para qué, cartera, neceser, estuche para compresas y monederito de la Betty Boo, porque como buena recicladora que soy, aprovecho todo lo que mis hadas han aborrecido.

 Y diréis que es poca cosa. Pues sí, es poca cosa, y es que tengo truco: todas mis cosas estan repartidas por todos mis bolsos, con lo cual sólo hago pequeños traspasos, como monedero y neceser, y de todo lo demás tengo copias y variantes en el resto de los bolsos, jajajaja. Además, hace semanas que me ha dado por andar sin bolso, de ahí que esté tan limpito de tiquets y papeles varios. Bueno, vale, hay algunos que deben tener clips y caramelos de los que ya ni se fabrican, pero qué queréis, no iba a escoger el peor de ellos, no?? 

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Son las 21:35, y acabo de colgar el teléfono: el resultado de la llamada no podía haber sido más satisfactorio.

El número de teléfono llevaba más de quince días aburriéndose bajo un imán en la puerta de la nevera. Cada vez que abría ésta, el número me gritaba: ¡cobarde!. Y no le faltaba razón. El miedo a no conseguir mi objetivo me disuadía de llamar, y me convencía de la conveniencia de seguir parapetada tras la incertidumbre y el pesimismo. Ansiaba que tal vez el destino diera un nuevo giro a mi favor, y me librara de esta angustia perenne de tener que utilizar el teléfono para resolver algo cuyo estatus de “pendiente” duraba ya demasido tiempo. 

Hoy he reunido el valor suficiente para llamar. Me lo pensé mucho antes de marcar los números que me pondrían en contacto con mi interlocutora. Los nervios se apoderaron de mi estómago nada más tomar la decisión de realizar la llamada. Una llamada que podría resolverlo todo o convertirlo en un enigma para siempre. Mi indefensión ante la persona que descolgara era una realidad incontestable. La ansiedad se prolongó a causa de no hallar respuesta en los tres primeros intentos. No había nadie. Tal vez no les guste contestar a desconocidos. Las nuevas tecnologías permiten ejercer tal derecho.

Al cuarto intento contestaron. Me identifiqué y expuse mi petición todo lo claramente que mis nervios me permitieron. Contesté a todas y cada una de las preguntas que me hicieron. Nombre, aspecto, color, olor…… Me las sabía de memoria. La respuesta que a priori podría parecer más difícil salió de mi boca fluyendo desde el corazón: largo texto aprendido desde la admiración, visualizado una y otra vez en una memoria de la que nadie podría haberlo arrancado. Ni la muerte hubiera podido borrarlo: Para Vitruvia (ML)…

Tras una mezcolanza de agradecimientos y excusas no pedidas, me despedí y colgué. He recuperado Mi tinta azul de la memoria.

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cgfa_cezanne14.jpg En la pared, encima del ordenador, había una reproducción del Mardi Gras, de Cézanne…

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