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Archive for 28 marzo 2008

Todo bien

Tengo muy poco tiempo, tengo menos ganas aun, y tengo un trancazo que no puedo con mi alma.

Sólo deciros que todo está bien, que ha sido una semana muy jodida, pero que ya ha quedado atrás.

Besos.

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Bueno, ya estamos de nuevo por aquí, y mira por donde es para decir hasta luego. Tengo a mi madre en el hospital con piedras en la vesícula, y he de hacerme cargo de su casa y de mi padre, con lo que mi rutina va a dar, mientras dure la situación, un giro de 180 grados.

Como digo, no sé cuanto durará este episodio, porque después de la operación, cuando le den el alta, tendré que seguir yendo a su casa. Lógicamente los primeros días es normal que lo haga, pero ya os aviso que mi madre es de las que si puede amarrarme con chantajes emocionales un par de meses no me soltará en quince días. Ella es así.

Notaréis cierto desdén o despreocupación en mi tono. No es algo de lo que esté muy orgullosa, pero la hipocresía no va conmigo, y mi madre y yo no estábamos precisamente en nuestro mejor momento. De hecho nunca es buen momento para tener que cuidar de alguien que se dedica sitemática y gratuitamente a hacerte la puñeta, pero en fin, como digo siempre, yo no soy como ella, así que, a darlo todo cuidándola.

Besos y hasta pronto (o eso espero).

Pd: Os voy a echar mucho, mucho, de menos. 

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Este mundo que es el escribir no deja de sorprenderme. Supongo que el camino es tan largo que aun no he recorrido ni la cuarta parte, de ahí que me sorprenda ante cada nueva sensación. Y cada nueva sensación es más fuerte que la anterior. 

Desde que tengo el blog he descubierto que me gusta “escribir por encargo”. Me resulta sorprendentemente fácil hacerlo. Me ocurrió con los relato/entradas que escribí para Estilográfic, John Flint, Llamazares, Eifonso… …

Este sábado recibí una llamada en la que me proponían algo realmente bonito. Hay por ahí un foro que ha tomado como imagen/amuleto un hada de estas de porcelana que cualquiera podemos tener por casa. La han bautizado con el mismo nombre que a la asociación que han formado, pero les faltaba la historia, y esto es lo que me encargaron a mi.

El proceso de imaginar la vida de dicha figurita ha sido fascinante. Pasó de ser un mero objeto decorativo a tener una historia detrás. Aunque pueda sonar un poco a locura siempre la imaginé viva. Puede sentir en mi piel todos y cada uno de sus minutos de vida, sentí su misma tristeza, sentí su mismo afán, sentí su misma satisfacción. En un momento determinado tuve la necesidad imperiosa de verla. Alguna vez la había visto en un estante, pero nunca había reparado en ella, sólo recordaba su sempiterna pose,  nunca me había fijado en sus manos, en su vestido, en su mirada… Ahora sentía que la conocía desde siempre. Sentía que yo había sido una espectadora invisible de sus fatigas y sus pensamientos, y del hecho concreto que la había convertido en leyenda. Mandé un mail solicitando una foto, y cuando la vi no pude evitar llorar. Me sentí muy boba, pero ya no veo en ella una figura de porcelana, sino que la porcelana es la reproducción de alguien que ha existido realmente.    

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Hoy es viernes, y creo que es el día perfecto para realizar una encuesta ya que hasta el lunes no publicaré nada más, con lo que habrá tres días para recibir opiniones.

La cuestión es que hace ya unas semanas que siento la necesidad de hacer una cosa, pero no me atrevo. Tengo mucho miedo del resultado, tanto, que cada vez que calibro la posibilidad de llevarlo a cabo se apoderan de mi estómago unos nervios feroces y los latidos del corazón dejan de ser ritmicos para volverse frenéticos. Pero la necesidad de realizarlo persiste.

Si repaso las fotos de diferentes etapas de mi vida casi nunca encuentro dos en la que lleve el mismo corte o color de pelo. Lo he tenido largo, corto, rizo, liso, con mechas, rojo… Precisamente cuando lo tuve de esta última manera (rojo) es cuando mejor me he sentido.  Hace cosa de un año intenté ponérmelo morado, me encanta el pelo morado, pero, o la peluquera era una inepta, o el tinte era de muy mala calidad, o es cierto que mi pelo no admite bien los colores, porque no hubo manera humana de que, tras sesiones intensas y odiosas de decoloraciones y coloraciones, mi pelo cambiara de color. Esto último va a ser cierto porque, tras de mí fue mi hermana, y en la misma peluquería y con el mismo tinte se puso una mechas preciosas de  (mi)  color morado.

Bueno, a lo que vamos. Ya me he cansado de mi pelo largo y siento una necesidad imperiosa de cortarme el pelo, y aquí os pido que entendáis la frase literalmente, “cortarme el pelo”, cotármelo yo. Meter las tijeras e ir cortando hasta que me guste el resultado. Pero me da miedo no alcanzar el punto donde me guste el resultado. Infinidad de ocasiones me imagino cosas que luego no son factibles. Quiero decir, me imagino un corte precioso, revuelto, que se note que son tijeretazos a diestro y siniestro, nada de corte bien hecho… pero, ¿ y si eso que yo me imagino no me queda bien?

Suele importarme un pimiento infinidad de cosas, pero hay otras sobre las que me obsesiona hacer el ridículo. Entonces, ¿si me obsesiona hacer el ridículo, por qué narices necesito cortarme yo el pelo? ¡Con lo fácil que es ir a una peluquería y que (no) te entiendan (nunca) lo que realmente quieres hacerte! 

En vuestras manos lo dejo:

¿Me corto yo el pelo o voy a la peluquería?

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¿Qué os parece si hacemos una quedada en el infierno? Tal y como se están poniendo las cosas creo que más de uno daremos con nuestros huesillos allí, así que podríamos aprovechar la ocasión.

Hoy toca de nuevo confesión. Sí, amigos y amigas, os estoy usando de curas de cabecera. Por dios, sed benévolos con muá.

Yo leo, vosotros leéis, mis hijas leen. Bueno, vale, leen menos de lo que me gustaría, pero leen, que no es poco. El caso es que hay por ahí mucho niño que no lee res de res, y los profes de cuarto este año se han sacado de la manga un impreso para que cada padre anote lo que leen sus hijos cada día: día de lectura, hora de comienzo, tiempo empleado, número de páginas leídas, título del libro… A mi me pareció muy apropiado, y acogí la idea de muy buen grado, hasta que descubrí que mi despiste y mi desorganización también salpicarían tal iniciativa. La ñina lee, y una piensa: “luego lo apunto”. Los días pasan, y una piensa: “tengo que empezar a anotar ya, que se me olvidará todo”. Las semanas pasan, y una desesperada: “Tengo que encontrar un hueco ¡¡YA!! y sentarme a recordar para apuntar todo lo leído por la niña”. La niña, inocente, preguntando de vez en cuando: “¿má, cuando vas a anotar lo que leo?” (…)

LLegó el día D. Ayer me recuerda que hoy ha de llevar el impreso con todo lo leído desde ¡¡¡octubre!!!. Glupss. Me quería morir. Pero aun así no fue suficiente el susto (mi despiste no conoce límites)  y ayer tarde se nos volvió a olvidar.

Jueves. Siete de la mañana. Despliegue nunca visto para recopilar por la casa todos los libros leídos hasta hoy. Calcular tiempo empleado por página, calcular a grosso modo el orden en que fueron leídos, cambiar de boli para que parezca más creíble el “engaño”… …

En fin, estoy de los nervios. Me imagino a la profe cotejando datos, descubriendo el engaño y poniéndole un cero a la niña. Voy al infierno en bussines class, fijo.  

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Cuando hoy he llegado al portal me he dado cuenta de que había pasado de largo por delante de la panadería sin comprar el pan, y me ha dado mucho coraje, habida cuenta de que la panadería, aunque cerca, está antes de subir la empinada cuesta que lleva a mi casa.

Y pasé de largo porque mi mente no me acompañaba en el recorrido diario, sino que estaba, a mi pesar, centrada en hallar explicación a comportamientos, cuando menos extraños, de seres que se cruzan en nuestro camino.

Un año antes de abrir este blog ya tenía uno en el que sólo colgaba, muy de tarde en tarde, alguna que otra ¿poesía?. Una tarde que navegaba sin mucho rumbo encontré un blog con poesía y pequeños relatos, amén de recortes de prensa en los que había salido infinidad de veces el autor, que me gustó mucho. Casualidades hailas, y pese a no ser gallego vivía aquí, en Redondela. Le dejé un breve comentario que, seis meses después, me devolvió en mi blog alabando mis escritos y haciendo alguna pregunta directa. Me hizo gracia jugar al gato y al ratón y los mails derivaron en un divertido juego del escondite. Yo le conocía a él, pero él no me conocía a mí. Tiempo después me convenció para tomar un café, y dado que yo le veía por la calle a menudo me pareció correcto dar la cara. Tomamos café, charlamos un buen rato y nos despedimos.

Lo que mi mente no comprende es por qué ahora unas veces me saluda y otras no. Hoy hemos coincidido bajo un andamio de esos que ponen para arreglar las fachadas de los edificios, incluso nuestros brazos se han rozado y ha mirado al frente fingiendo que no me ha visto. Y así desde aquel café. Al principio yo le saludaba aunque se hiciera el loco, por aquello de que no se me achaque a mí la mala educación. Pero me he cansado de dar la impresión de que mendigo su saludo. Me importa el tipo un bledo. Si él dedujo de mis mails una inteligencia y una cultura que luego no resultaron reales es su problema. Pero no me cuadra que hace unos meses me enviara un mail de estos colectivos solicitando colaboraciones de cara a una publicación que estaba ultimando y que no me diga simplemente hola por la calle. Supongo que en tres años aun no ha tenido tiempo de borrar mi dirección de su mail.

No sé si lee este blog, creo que no, pero por si acaso desde aquí le digo, que no sufra, que un hola por la calle no contagia la incultura ni obliga a nada, y que su aspecto de poeta culto e interesante no se verá en absoluto afectado por abrir momentáneamente la boca al cruzarse con una ama de casa vulgar y regordeta, y encima aleja de uno la fama de maleducado. 

Ainsss, tengo que bajar a por el pan.    

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Y no olvidar

El 11 de marzo de 2004 todos morimos 191 veces.

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Hoy he vuelto a soñar con ella.

No diré su nombre real, le pondré uno: Leonor.

Leonor fue mi jefa durante dos años y medio aproximadamente. Pero más que señora y asistenta se creó entre nosotras una corriente de afecto que pocas veces se da en tales circunstancias. No era la típica señora a las que yo estaba acostumbrada a servir. Me impuso llamarla por su nombre, insistía en que no la tratara de usted (cosa que no consiguió), se rió de mí cuando le pregunté por el uniforme, decidió que, aparte del sueldo, me pagaría lo que me gastaba en autobús, algo que hasta entonces era impensable pedir a otras “señoras”, y en su casa no se comía mientras yo no estuviera también a la mesa, con ellos.

Era muy fácil querer a Leonor. Madre de cuatro hijos (las dos mayores de mi edad) tuvo una vida muy dura. Mataron a su marido ante sus ojos, en un atraco, en el último de una lista muy larga para sucesos de este tipo. Evidentemente esto dejó una huella en su carácter ya nervioso. A veces me volvía loca con la ubicación de los objetos decorativos: “¿qué hace esto aquí? ¡esto es allí!”. Y al día siguiente al revés: “¡¿pero no te dije ayer que esto era aquí?!”Era como un huracán. Nunca he visto a nadie con más energía que Leonor.

Recuerdo que cuando terminábamos de comer nos tomábamos siempre un cafecito con leche condensada, el mío muuuy cargado de leche condensada, y charlábamos de infinidad de cosas. Un día de los enamorados que yo había roto con un novio que tenía, me sorprendió con una tarta en forma de corazón para que no estuviera tan triste. Nos la comimos casi toda entre ella y yo: “¿Para qué queremos un hombre?”.

Durante uno de esos cafecitos me contó algo que creo que ella aborrecía y que entendía como un estigma que la perseguía. Me dijo que cuando nació la metieron en una bañera a la que añadieron unas monedas de oro. Suponía que quien decidió aquello pretendía que nadara en la abundancia. Y funcionó. Pero como ella decía: “Para qué quiero yo tanto oro, si todo lo demás son desgracias”. Habían pasado muchos años desde la muerte de su marido, pero no lo había superado. Me contaba cosas de él con una ternura que ahora, recordando, me emociona. Casi todo el mundo se le arrimaba por interés. De algunos no se daba cuenta, y a mi me daba rabia que se aprovecharan de ella. De otros era plenamente consciente, pero se dejaba, afectivamente los necesitaba. Yo te doy, tú me das.

Fueron años realmente felices. No me costaba nada ir a trabajar, era como tener una segunda familia, incluso llegué a salir de juerga con sus hijas mayores.

Cuando dejé su casa para irme a Cataluña se enfadó conmigo. Sé que a sus hijos no les dijo exactamente el motivo de mi marcha, pero sé que fue fruto de su enfado. Volví, la visité e incluso me hizo un buen regalo de boda. Me hubiera encantado ser su amiga, pero no volví a visitarla. Tenía miedo de parecer una más de esas amistades por interés, y no quise.

Sueño muy a menudo con ella. Sueño que todo es como entonces, que se enfada conmigo y que yo la odio por su manía de cambiar los objetos de sitio. Sueño que vuelvo a limpiar aquella casa y me despierto con una sensación de bienestar agradabilísima. 

Deseo de todo corazón que haya conseguido ser casi feliz.     

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Mi aldea

Muchas veces me habréis oído hablar de la aldea, y a veces me pregunto cómo os la imagináis. Tengo la sensación de que transmito un mensaje erróneo cada vez que la nombro, quiero decir, que pueda parecer que son cuatro casas perdidas en medio de una montaña. Y no, aunque creo que me gustaría que así fuera. Es cierto que está en un terreno elevado con respecto a Redondela, por ejemplo, que está a ras de mar.

En tiempos había tres “tiendas”, locales en los que podías adquirir un paquete de manzanilla, o de sopa, o una bobina de hilo, al tiempo que te sobresaltabas con los puñetazos ejecutados con furia a una mesa de distancia,  sobre un tapete verde, lleno de marcas de cigarrillos abandonados y olvidados en el fragor de partidas intensas, donde cuatro inocupados demostraban su pericia jugando al tute, y donde cantar las cuarenta no satisfacía de igual manera si no iba de la mano del puñetazo sobre el tapete verde, todo envuelto en una atmósfera mitad cargante mitad deliciosa, resultado de mezclar el humo del tabaco con el aroma del cocido que se fraguaba tras la apolillada puerta que separaba el negocio del hogar.

Hoy están cerradas las tres. A falta de éstas, una espabilada ha abierto un proyecto de supermercado, con precios abusivos, estantes de quíntuple mano y desorden generalizado, donde puedes encontrar absolutamente de todo, pero donde descubres que ese todo no está para satisfacción del cliente, sino que reponde a una ambición sin límite. Y crece y crece gracias al inconveniente que le supone a los vecinos desplazarse al núcleo urbano más cercano.

Hoy las naves industriales estan cercando la aldea. Avanzan como fieras en estampida, dejando a su paso nubes inmensas de polvo que solidifican allí donde surgen. Paredes y paredes grises, frías, feas. Paredes grises, frías y feas que me obligan a plantearme cómo denominar ahora a un lugar donde, hasta hace muy poco, sólo había un monte atravesado por un regato al que han obligado a empezar de cero en su labor de agrietar la tierra para no derramarse. Siglos y siglos de trabajo constante, de tenacidad silenciosa, tapados en segundos por excavadoras  que todo lo pueden.

Me temo que pronto tendré que dejar de llamarlo aldea, mi aldea. Pronto será un próspero pueblo. Pronto se vestirá de largo, engalanado para conquistar más y más pretendientes con trajes grises, fríos y feos. Me queda el consuelo de que las excavadoras aun no tienen palas capaces de arrancar el alma.

  

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Aquellos que sean un poco observadores ya habran adivinado, viendo mi barra lateral, que por fin me he librado de la Lessing. No lo he dejado, no. Lo he terminado (podéis hacerme la ola).

Este post me parecía necesario porque sé que muchos seguís al pie del cañón. Según vayáis terminando, o abandonando, dejadme aviso para poder barajar fechas para el post. No hay prisa, al menos por mi parte, ya que la elección no ha sido la más acertada y cuesta. Espero que esto no os retraiga de participar en más ediciones de esta locura. La primera vez de todo suele tener estas cosas. Ya veréis como la siguiente edición disfrutamos más.

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Hay cientos de comportamientos de mi madre que nunca he conseguido entender, pero no renuncio a ello. Pienso seguir dándoles vueltas y reflexionando sobre ellos, observándolos desde todas las perspectivas posibles, y a través de todos los prismas que se presten a ello, porque pienso que todos los comportamientos, incluso los más incomprensibles, tienen una razón de ser, un motivo.

Uno de esos comportamientos era la aversión que tenía mi madre a que mi hermana y yo escucháramos música. Daba igual que hiciéramos las tareas o que no. Daba igual que ella estuviera en casa o no. Siempre se enfadaba porque poníamos música. La frase que más me irritaba, porque no entendía, y que ella más utilizaba a voz en grito era: “¡¡Vosotras pensáis que la música os dará de comer!!”. Siendo niña yo le daba cien vueltas a esa frase, le suponía un mensaje oculto que se me resistía, y no quería esperar a ser mayor para conocerlo. Pero a día de hoy todavía no le encuentro el mensaje. Nada hay más placentero y menos obturador que la música. Levanta el estado de ánimo, no entorpece casi ninguna de las tareas que pueda realizar una persona, enriquece un paseo, ayuda a canalizar un sentimiento de dolor, no entretiene innecesariamente a un persona como lo haría, por ejemplo, una imagen,  En definitiva, no estorba. Está ahí, acompañando sin entorpecer, sin ocupar espacio alguno.

Y todo esto rollo para contaros que por fin (¡¡POR FIN!!) mis hijas empiezan a escuchar algo decente. 

Se han criado escuchando de todo. Y digo bien. Desde Manolo Escobar a Accept. Desde Bisbal a Los Panchos. Desde Dire Straits a Alejandro Fernández. Desde Metallica a Dulce Pontes. Desde Radio Futura a The Alan Parsons Proyet. Pero basta que les quieras inculcar una cosa para que ellas se decanten por otra. Se rien de mi si me ven en la cocina chillando con el heavy más duro o bailando un pasodoble con la escoba. Al contrario de lo que hacía mi madre, yo las animo a que pongan música cuando estan (a regañadientes) arreglando su habitación en un el más triste de los silencios. Desde bien pequeñas han tenido sus propias radios, y ahora emepetreses. Y sí, les gusta la música, pero, y he aquí el horror, les gusta RDB. Cuando ellas ponen esa música infernal, yo procuro ponerme la propia para no someterme a semejante tortura sin privarlas de su derecho a oir lo que les dé la gana, porque aunque fuese el sonido de un buque averiado en medio de una fiesta para chicharras, si eso es lo que les produce placer, ése es el fin primero y último de cualquier música, independientemente de la calidad que queramos atribuirle, porque  considero que la calidad de toda música la marca la cantidad de sensaciones que es capaz de arrancarnos. Y mi paciencia y mi confianza en la evolución de sus gustos han dado resultado.

Han descubierto a Tokio Hotel, y su Moonsun. Se pasan el día tarareando esa y otras canciones del grupo, y algo me dice que este camino ya no tiene retorno. Mientras ellas lo recorren yo seguiré dándole vueltas a lo de mi madre. 

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Supongo que estaréis un poco hartos de mis propuestas, pero por favor, hacedlo una vez más, y prometo no proponer nada en mucho tiempo.

Se me ha ocurrido un juego. Consta de dos partes: la primera la desarrollaremos hoy y se trata de hacer preguntas y respuestas. La segunda será justo dentro de un mes, el cuatro de abril.

La parte de hoy, como digo, se compone de algo tan sencillo como preguntar a quien queráis lo que queráis, y responder lo que os hayan preguntado, siempre que alguien os haya preguntado, claro está.

Ejemplo: Irre quiere saber a qué lugar del mundo querría ir Paco si le tocara la lotería. Pues Paco contestará, y, si le apetece, preguntará a la misma Irre o a quien le venga en gana. Cualquiera puede preguntar aunque nadie le haya preguntado  a él/ella. La pregunta puede ser de cualquier índole, y el/la encargada de responder es libre de hacerlo o no, pero lo bueno sería hacerlo.

Gracias por mezclaros en esto y que dios reparta suerte.

Pd: si os parece empiezo yo, y mi pregunta es para Banderas… ¿cuando me darás mi regalo de cumpleaños?( Siento aprovecharme del juego tan descaradamente, pero…)

Pd 2: Se me olvidaba, cada uno puede hacer la cantidad de preguntas que desee, pudiendo dirigirlas todas a una misma persona o a varias. O la misma pregunta a todos, en fin, las variantes son casi infinitas.

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Vengo nueva. Me hacía mucha falta una semana de desconexión. En un principio pensaba leer las entradas atrasadas, pero ya se sabe que cuanto menos hace uno menos quiere hacer. Y además he aprovechado para cambiarle el disco duro al ordenador. El que tenía era de ocho Gb (sí, habéis leído bien) y ahora le hemos puesto uno de cuarenta, aunque sólo me admite 31.4 Gb, pero si hemos sobrevivido dos años con ocho, treinta y uno es el paraiso.

Bueno, ni que decir tiene que la pila de ropa para planchar sigue en el mismo sitio. Soy la number one proponiéndome objetivos, pero para llevarlos a cabo soy algo menos… … eficiente.

Ha sido una semana especial por varias razones. Boss tenía turno de tarde y por las mañanas me acompañaba a tomar el café. En un principio decidió que no me acompañaría, quería respetar “mi hora” sagrada, pero le convencí para que viniera: él con su libro (el que le regalé por su cumple) y yo con el mío. Hemos descubierto una nueva manera de compartir momentos. Una vez que nos servían el café nos despedíamos y nos enfrascábamos en nuestras respectivas lecturas. Supongo que a algunos de los clientes de la cafetería les podía resultar raro ver a dos personas en la misma mesa sin hacerse ni el más mínimo caso. Para nosotros ha sido mágico: estar uno en Londres y otro en Alemania, pero compartiendo desayuno, ha sido realmente especial. 

El viernes fue el día estrella de estas minivacaciones blogueriles. Boss terminó de comer y se encerró a terminar el libro. Ese día no trabajaba y sentía la necesidad de terminarlo. Mientras él leía, acompañé a las hadas a clase de defensa personal. Cuando volví había terminado, y sus ojos estaban maravillosamente rojos y húmedos. Sin decirnos nada nos abrazamos largamente; por fin un libro le había absorvido. Sentí una envidia brutal porque Lessing no me acaba de enganchar, y como voy muy adelantada con respecto a algunos de vosotros (voy por la 343) me permití el lujo de leer el libro de Boss. Aprovechando mi muy dolorosa menstruación me tumbé en mi cama con el libro y una mantita. Eran las cinco y media y lo terminé a las 10 menos cuarto. Me tocó muy profundo y, a la vez, sentí una enorme satisfacción por haber acertado, sin querer, con el título con el que Boss inicia su propia colección. 

Hacedle un pequeño hueco en vuestras listas a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Merece la pena. 

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