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Archive for 29 abril 2008

Volver a empezar

Hoy sí tengo la sensación de volver a la maravillosa rutina de enfrentarme a la pantalla en blanco y no saber con qué rellenarla. Pero siento además que estoy frente a un reto, como si empezara de cero.

Sois bastantes los que seguís ahí, no sé si por cariño o si porque realmente os gusta lo que escribo o cómo lo hago. Pero este es un medio de toma y daca. Si te visito, tú me visitas. Si te comento, tú me comentas. Y yo ando que ni visito ni comento, de ahí que me invada esa sensación de empezar de nuevo. Cuando abrí el blog lo hice sin expectativa alguna. Simplemente me servía para jugar a ser uno de esos articulistas de los dominicales que tanto me gusta leer. Y de repente empiezas a recibir visitas y comentarios que no esperabas, sumando al placer de escribir el placer de ser leído, algo que hasta entonces desconocía.

Reconozco que ha habido comentarios que han inflado tanto mi ego que me han perjudicado. La sensación es tremendamente agradable, pero trae consigo un doble filo bien disimulado que cuando da la cara te pilla desprevenido. Muchas veces he sentido la obligación de escribir más y mejor, y esto ha ejercido una presión que me ha costado superar.

Me gustaría leerme desde fuera para saber cómo escribo, para saber si tengo un estilo propio. Pero eso es imposible. Lo máximo que consigo es leerme entradas antiguas, sobre todo alguna que no recuerde, para así tener una fugaz sensación de no leerme a mi. Es una sensación muy muy placentera que dura muy poquito tiempo, pero lo bueno de las sensaciones es que a veces se hacen largas en la boca del estómago y golpean dulcemente una y otra vez si consegimos evocarlas.

Ahora que empiezo otra vez, y casi casi un año después (mañana se cumple un año de la primera entrada), creo que he aprendido lo suficiente para afrontar un año más. Eso sí, sin objetivos marcados, como la primera vez.  

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Son las nueve de la mañana. Boss ha salido a llevar a las niñas al cole y de allí a la oficina del Inem. Yo tengo ante mi toda una mañana y la sensación es extraña. No tengo prisas, ni agobios. Estoy en mi casa, y si hago las tareas, bien, pero si no las hago nadie me pedirá cuentas. Lo que antes me parecían obligaciones ahora me parece un vergel de libertad.

Intentaré ponerme al día con vuestros blogs pero lo haré poco a poco. Extrañamente siento ganas de poner la casa al día también. Hace más de un mes que sólo hacemos camas y poco más, y nos apetece, además, darle un aire nuevo. Queremos pintar la cocina y el pasillo, y hacer un par de estanterías para este último. Los libros empiezan a acumulárseme por los rincones y me hace falta espacio para ponerlos. El último que ha llegado a mis manos es Tierra firme, de Matilde Asensi, y ha sido un regalo de Banderas, regalo que me ha entregado en mano. Perseverante como pocos, ha conseguido tomarse un cafecito conmigo, y la verdad, ha sido muy agradable conocerle.

Las cosas realmente importantes no pueden irme mejor. Anteayer mi mayor me llevó en volandas hacia una de las más placenteras carcajadas de mi vida. Se quedó dormida en el sofá, y cuando quise acostarla se empeñó en abrir el marco de la puerta del cuarto de estudios para poder ir al baño. Su cara de impotencia ante la imposibilidad de abrirlo, unida a sus lamentos, me hicieron doler la barriga de la risa. Pobre, me miraba y me decía: “Jo, má, no abre”. Y por otro lado, mi chica me embelesa. Anoche encontró una vieja revista de juguetes, y tras marcarlos casi todos con una cruz, escribió debajo una nota aclaratoria: “Me gustan todas las muñecas, “esceto” las que no me gustan”. Su capacidad para absorver y utilizar palabras que no son normales a su edad me llena de orgullo.

Pues eso, que soy feliz, “esceto” cuando me da por pensar tonterías.   

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De repente, un día, un pequeño detalle hace que tu rutina cambie, y en ningun momento te planteas que nada volverá a ser igual. Piensas “es sólo un paréntesis”. Y caminas dentro de él, esperando tropezarte con el carácter que lo cierra. Y al no toparlo empiezas a plantearte si el encargado de ponerlo no habrá cometido una puñetera e inoportuna falta ortográfica, dejándote atrapada en una excepción sin fin, a la que va añadiendo capítulos en los que no te apetece estar, porque no tienen sentido. En la historia por la que caminabas antes de entrar en el paréntesis se intuía otro final, o al menos un discurrir tranquilo, sin sobresaltos. Dentro del paréntesis abierto todo se confunde, todo te confunde.

Tengo el ánimo por los suelos. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo empaparme de las cosas que necesito para sentirme bien. Siento que me ahogo. Vuelvo a sentir que he nacido en el lugar equivocado. Yo no he nacido para esto. Yo no he nacido para desaparecer bajo el carácter de un ser que absorve la energía de todo el que la rodea. Yo no he nacido para sufrir los putos vaivenes de una puta economía que se sustentaba, hasta hace una semana, en un puto contrato temporal que ha llegado a su fin. Yo no he nacido para hacer camas, comidas, peinados…

Yo he nacido para disfrutar de museos, de monumentos, para asistir a tertulias, a conferencias, para escribir grandes obras a base de pequeñas frases, para conocer cientos de lugares de este planeta, para estudiar y hablar todas las lenguas y todos los idiomas, para coleccionar libros y poder encerrarme en una habitación llena hasta los topes de ellos y perderme horas y horas simplemente ordenándolos y desordenándolos, para pasear en soledad y en silencio hasta que no recuerde ni el camino de vuelta, para tener tiempo para asearme y perfumarme y estar siempre radiante, siempre perfecta y preciosa…

Tengo tanto para dar… Me sobra entrega, sacrificio, ganas, pasión, y siento que lo estoy volcando en actividades tan ingratas, en personas tan poco merecedoras de ello, que me ahogo en angustia. Sé que jamás lograré cambiar mi situación. Me conozco. Me falta el egoismo necesario para ello. Me diseñaron sin él. En cambio se pasaron con la dosis de cobardía. Cóctel fatal que juega en mi contra.  

 

 

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Me siento absolutamente extraña.  Pero no sólo por el tiempo que hace que no escribo una entrada, que también, sino porque WordPress ha cambiado la página de administración, y estoy tan perdida que no sé si sabré publicar ésta. Aunque esto no es realmente una entrada, sólo es algo así como una nota, un posit, para deciros que todo está bien.

Creo que pronto volveré, ya que a juzgar por lo insoportable que se está volviendo mi madre, la cosa va bien. Cuando empieza a quejarse más de lo habitual y a poner (más) pegas a todo es que está bien. Ahora tiene tortícolis y llora a cada rato. Llamadme insensible, pero no sabéis lo que es soportar a alguien que llora por la “desgracia” (así lo denomina ella en su retahila)  que supone que la vida te ponga ante la dura prueba de soportar una tortícolis.

Sé que estoy dando la imagen de una pésima hija, dando a conocer detalles que desde fuera pueden parecer ridículos y facilmente soportables, pero estoy muy tranquila. Os pondré un pequeñísimo ejemplo de cómo es mi madre: Ayer la visitó una vecina a cuya hija, con cuarentayalgunos años, le han diagnósticado un cáncer de los peores. Imaginaos cómo estará esa mujer. Pues bien, nada más verla, mi madre puso su cara más patética y soltó su muchas veces practicado llanto de: “qué desgraca la mía, con lo bien que estaba, y mira qué palo me ha dado la vida” (aquí debería aclarar que le han extirpado la vesícula biliar). Como os lo cuento. Mi madre es así. La pobre mujer soportó el chaparrón, y yo me salí del cuarto para no ponerla a caldo, porque ni se me ocurre hacer algo así, ya que con ello le daría pie a que elucubre (más) sobre lo desgraciada que es. Yo no le doy ni un solo motivo al que ella pueda agarrarse para hacerse (más) la víctima de sus imaginadas desgracias. Yo me comporto como la perfecta hija. Puede sonar a hipocresía con mayúsculas, pero no pienso darle jamás un motivo para que se queje de mi. Jamás.

Sólo alguien como ella podría hacerme olvidar tan pronto la angustia que sentí la noche que la operaron, cuando, tras salir de quirófano, mis hermanas me telefonearon para decirme que toda esperanza de vida se centraba en que superase la noche, y que las posibilidades eran más bien pocas, (todo ello debido, no a la extirpación de la vesícula, sino a la obesidad). Nunca olvidaré el terror que me provocaba que pudiera sonar el teléfono. Si eso ocurría la noticia sería la peor. No podía hacer nada, sólo esperar que amaneciese, sentada en mi cama, con el móvil en una mano y la medalla de San Antonio en la otra. Jamás he sido tan consciente de cuan largo es un segundo, y de que en cada minuto hay sesenta de esos eternos segundos, y que los minutos han de pasar lentamente hasta conformar cada una de las ocho terribles horas que faltaban para que amaneciese. Amaneció. Todo quedó atrás, como una broma pesada, como una noche irreal, y todo pasó a ser tranquilo, sin ninguna clase de peligro. 

Y aquí me tenéis, intentando mantenerme cuerda, porque no sé quien de las dos es más monstruo.   

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