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Archive for 23 febrero 2009

Hacedoras de arte

Siempre que algun genio deja este mundo siento exactamente lo mismo: rabia. No rabia porque se muera sino rabia por lo que se lleva consigo. Todas las genialidades que se quedan sin realizar y que podrían habernos ofrecido convirtiéndonos así en un poco menos ignorantes. Y mecánicamente me imagino sus manos, ya inertes; manos que dieron forma, de cualquier manera, a todo lo que en sus cabezas bullía, convirtiendo el resultado en arte.
¿Y qué es arte? Yo no sé la respuesta, y no quiero saberla. Yo quiero seguir disfrutando de todo lo que me hace sentir con mayúsculas sin necesidad de seguir estrictamente los mandatos de una definición que ponga coto a mi heterodoxa capacidad sensitiva. Supongo que cada hacedoras hacendosas uno tenemos nuestros genios de cabecera, y los baremos que nos llevan a elegir unos u otros son tan dispares que ahí reside, a mi parecer, la grandeza del arte.

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Hace tiempo que me ronda por la cabeza llevar a cabo uno de esos deseos/caprichos muy al alcance de la mano que siempre vamos posponiendo precisamente por lo factibles que son. Esto es: dejarlo siempre para mañana.
El deseo en cuestión no es otro que el de meterme en un tren por el mero placer de sentarme en el asiento y mirar por la ventanilla, mientras dejo fluir a su antojo todas las sensaciones y pensamientos que puedan acudir a mi espíritu y a mi mente, mientras escucho música o dormito, o ambas cosas a la vez….. Me daría igual el destino, ya que una vez alcanzado éste no haría otra cosa que meterme en un nuevo tren que haga el recorrido a la inversa.
Por una de esas casualidades que nunca alcanzamos a comprender, siento que estoy haciendo ese mismo viaje, pero de manera metafórica, desde hace una o dos semanas. Han sucedido determinados cambios en mi estado de ánimo que me hacen sentir la plenitud que le intuyo al infinito... viaje real. De repente me siento metida en un tren del que lo que menos me preocupa es saber la estación a la que se dirige. Siento que avanzamos a un ritmo perfecto y preciso, ni demasiado deprisa ni muy lento. Tan placentero es el paisaje que no me importaría incluso sufrir una pequeña avería. Sólo hay un detalle que difiere del viaje real, y es que, en este caso, cuando llegue a mi destino, pienso quedarme allí.

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Comer langostinos al menos una vez por semana (He estado echando cuentas y fumar me saldría mucho más caro)
Ser más consciente de mi buena suerte. Me he dado cuenta de que tengo mucha más de la que pudiera parecer.
Disfrutar al máximo de cada segundo, sin preocuparme de lo que venga mañana.
Inventar más momentos a mi medida, como los que he tenido esta semana y durante los que he sido absolutamente feliz. Sólo diré “Gracias, Clandestinos
Ser más tolerante conmigo misma, echarme los fallos a la espalda y seguir caminando, tarde o temprano encontraré una papelera donde tirarlos.
De nuevo el sexto dia....En definitiva, aprovechar todos y cada uno de estos 365 días que hoy empiezan y que son los últimos de la treintena. 39 añazos sólo se tienen una vez en la vida.

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… Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. siguemeAcérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

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