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Archive for 30 julio 2010

Cangrejos

Hace unos días me vi en la obligación de denunciar un grupo de Feisbuc, gracias a mi hermana que me instó a ello vía enlace, cuyo nombre ya lo dice todo: “Hay que pegar a las mujeres una vez cada tres meses para que se ubiquen”. Cualquier calificativo que ahora mismo me vuelve a brotar mezclado con la náusea se queda corto. Y más nauseabundo me parece que tuviera xmil seguidores, de los que, por lo que pude ver mientras buscaba el punto concreto donde pinchar para denunciar, algunas, aunque imagino eran más de unas pocas, desgraciadamente, eran mujeres. Y las preguntas, como supongo que os sucederá a vosotros, me vienen a borbotones, aunque se resumen en una: ¿cómo carajo, siendo mujer, puedes hacerte fan de algo así?
Que nadie se lleve a engaño, que ser hombre y ser fan es igualmente abominable, pero siendo frios, y analizandolo por encima el hecho, tras cada hombre que se hubiera hecho fan de tal grupo podría esconderse un maltratador con lo que la lógica imperaría, pero ¡¡una mujer!!
No hay conciencia social de lo grave que es este asunto, no la hay, y mientras esto no suceda, habrá mujeres, como podríamos ser cualquiera de nosotras ¡coño!, que no verán la luz al final del puto túnel.

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Cada día me reafirmo más en mi creencia en que de todo, en esta vida, se obtiene algo positivo. Cualquier circunstancia es adecuada para aprender de ella, para sacar alguna conclusión que nos ayude a ser mejores personas, o cuando menos a intentarlo.
Tengo en casa, circunstancial y temporalmente, a alguien que destila odio a manos llenas*. Boss y yo le damos muchas vueltas al tema, y le buscamos una y otra vez explicación a tal hecho, aunque sin éxito. Nos está resultando realmente incómoda esta convivencia, que es, en cualquier caso, inevitable cada verano.
Por otro lado, ayer, tarde de playa y reflexiones, efecto colateral lo segundo de lo primero, elogiábamos, en el transcurso de una conversación que muta de lo trivial a lo serio con la misma facilidad con que uno se levanta o se sienta, elogiábamos, decía, a un familiar cercano por su generosidad, virtud de la que no presume pero que salta a la vista de cualquiera que le conozca minimamente. Es, realmente, la persona más generosa que conozco, tanto si nos referimos a bienes materiales como a asuntos de cualquier otra índole.
Hablando y hablando llegamos al punto casi inevitable de relacionar y comparar, algo feísimo por otro lado, al primer personaje citado hoy con el segundo, y la conclusión unánime fue que nuestro odiador, odiadora en este caso, vería intereses ocultos en la generosidad de nuestro hombre, y es que, desgraciadamente, a veces, las virtudes y los defectos de la gente no están tanto en quién los porta sino en los ojos de quién los mira.

Actualización necesaria tras nueva reflexión: ¿Estará el defecto de nuestra odiadora en nuestros ojos? ¡Joder, que complicado es esto de jugar a filósofos!

*En este punto la palabra inicial era “espuertas”, pero una vez más el diccionario me ha devuelto la patada.

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Miserias

Una es bilingüe porque tiene la suerte de serlo.
Hasta no hace mucho, una sabía qué debía hablar para no parecer una paleta, y es que aquí, hablar gallego era, y creo que sigue siendo, para desgracia de quién así piensa porque de lo mismo que nos etiqueta se retrata, sinónimo de incultos, y ésto a su vez era, de manera más lógica, creo yo, sinónimo de pobreza. Esto parece que ha cambiado, pero mi convicción es que sólo lo parece. Es políticamente incorrecto decirlo, pero la evidencia es terca, y, encima, no entiende de disimulos.
Si hay algo que un gallegoparlante sabe con toda seguridad, es distinguir a otro de entre los cientos que lo hablan a golpe de decreto, o a golpe de ley, que una de los tejemanejes políticos no entiende más allá de votar. Ahora hay que hablar gallego, por cojones, por lo que es habitual ver a los políticos en sus plenos, con el acento inconfundible de quién no lo habla en su vida cotidiana, o a los presentadores de la televisión autonómica, que se atrancan ante palabras que, lo reconozco, son complicadas para quién no ha mamado esta lengua.
Y una asiste como convidada de piedra a este gran teatro, mientras piensa que una lengua no se impone, porque lo impuesto, por historia, acaba siendo odiado. Una piensa, ¡una piensa tantas cosas! que si algo está condenado a desaparecer, sea, y que es mejor recordarlo con nostalgia que sufrirlo. Y el quiera entender lo aquí expuesto, que lo entienda, y el que no, es que no sabe leer entre líneas.

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Hace días que tengo un sueño recurrente. El escenario cambia y cambian las circunstancias, pero los protagonistas somos los mismos un día tras otro: mi padre, mi madre y yo. El diálogo tampoco varía mucho, aunque nunca acierto a saber el resultado de dicha conversación.
El sueño me viene abordando desde que mis relaciones fraternales se enfriaron a causa de mi empeño en demostrarle a mi padre la clase de monstruo que es mi madre. Pobre, 40 años y todavía no he aprendido que contra ella no se puede luchar. Intentarlo es como darse de bruces contra un muro, y parece como si yo estuviera programada para ello. ¡Con lo fácil que debe ser bordearlo! Pues no, señores, yo, de frente. Una y otra vez. Una y otra vez. Es realmente agotador.
Pasan los días y llego a pensar que lo llevo bien. Incluso le veo el lado positivo a esta nueva fase de no relación: tardes de siesta sin interrupciones telefónicas por un “quítame allá este aburrimiento”, fin de mis broncas maritales por trabajos absurdos derivados de caprichos propios de la vejez… en fin, esas pequeñas cosas que surgen de cualquier relación con un mayor. Pero los sueños me revelan que dentro de mí esta situación me supera.
Y leer La sonrisa etrusca no me lo pone más fácil, porque, aunque si bien refleja como nadie la distorsionada visión que tienen, a veces, los mayores de determinadas situaciones, pienso si no seremos nosotros, los jovenes, los que no sabemos comprender las cosas una vez observadas desde su punto de vista.

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Un consejo

Me levanto de la cama siguiendo mi secreto ritual de posar primero el pie izquierdo, mientras mi mente intenta hallar una respuesta a por qué, por enésima vez, no he oído el despertador del teléfono móvil. Nunca antes me había sucedido tan a menudo. En la última semana seis de seis. Menos mal que el puto despertador biológico no me falla.
Mi primer destino es el cuarto donde está el ordenador. He de ponerlo en marcha para que esté a punto en unos quince minutos, justo el tiempo que empleo yo en conseguir abrir del todo los ojos y espabilar un poco la mente, primero en el baño y luego en la cocina. Mi desayuno es sencillo: leche templada, con un pellizco de colacao y sin azúcar.
Con la taza en la mano me encamino de nuevo pasillo adelante. Me siento frente al ordenador y miro por la ventana abierta. Puedo quedarme minutos enteros embelesada mirando los tejados, mientras permito al frío de la mañana rebotar contra mi pecho. Miro la pantalla del ordenador, los tejados, la leche, los tejados…
He de limpiar estos cristales o pronto me impedirán mirar lo que hay al otro lado.
Miro de nuevo la pantalla, la taza de leche… Y de nuevo los tejados. Recuerdo entonces el primer punto del decálogo de Augusto Monterroso sobre la escritura: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.
En fin

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Una incógnita

Cuando me pongo a escribir, el primer enlace que abro, para tenerlo a mano, es el de la Real Academia Española, (por dios, que rimbombante me ha sonado eso), osea el diccionario. Es un vicio. Me encanta saber exactamente qué escribo.
Me he dado muchas veces de bruces con palabras que usamos con una asiduidad extraordinaria y que resulta que no existen. Hoy, sin ir más lejos, para el tema sobre el que en principio iba a ir mi entrada, he querido saber el significado concreto de “civilizado” y me ha salido en rojo, como suele ser habitual en estos casos y como si de una acusación se tratase “La palabra civilizado no está en el Diccionario”. Lo primero que he pensado es que no lo había escrito bien, pero tras comprobar una y otra vez que cada letra estaba en su justo orden no me ha quedado otra que creérmelo. Como también soy una quisquillosa para los matices, he pensado que tal vez ese “no está en el diccionario” se refería a que no está en ese diccionario concreto, en el de la red. Pero, tirando de diccionario enciclopédico de toda la vida, el de la estantería de mi pared, el resultado ha sido el mismo. Civilizar y civilización sí están, “civilizado” no está.
Y ahora me pregunto ¿por qué no está? Ya sé que hay palabras nuevas que se van incorporando a medida que su uso se va haciéndo cada vez más común, pero yo oigo “civilizado” desde que tengo uso de razón. Entonces…
He probado, en mi tozudez por entender las cosas ipso facto, a poner otras palabras terminadas en “ado”. Desayunado no está, pero desmayado sí. He pensado entonces que lo acabado en “ado” puede ser que no esté ya que son tiempos verbales. Para comprobar mi hipótesis he metido a destajo palabras acabadas en “ado”: obcecado, estructurado, analizado, condecorado… y todas con el mismo resultado: No está. Perfecto, podría decirse que he dado con la clave. Pero ¿por qué sí está “desmayado”?

Ainsss, ¡qué falta nos hace Don Gerundio!

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Si existiese alguna clase de dios o, mejor dicho, de lo que entendemos por dios, ¿qué sentiría al observarnos desde su atalaya, contemplando nuestras idas y venidas sin que seamos conscientes de ello, y sabiendo de nosotros cosas que, tal vez, hasta ignoramos?

Nuestros caminos se cruzan con una frecuecia de tres o cuatro veces por semana; él en su, imagino, devenir diario hacia quién sabe dónde, y yo en mi cotidianeidad a menudo desacompasada. Camina lentamente, ritmicamente, algo a lo que contribuye una más que evidente cojera, resaltada por una bota con alza que nivela la diferente altura de sus piernas. Camisa siempre arremangada en los puños y pantalón siempre lleno de lamparones. En nuestro coincidente transitar pone su mirada en mí con la misma indiferencia con que la pone en cualquier otro transeunte. Ni se imagina, no teniendo motivos ni para planteárselo, que una noche estuvo entre mis brazos, que me fue necesario estrecharle fuerte contra mi, que nos llenamos del mismo fango que arrastraba la lluvia, y que esa mirada suya, tan azul, y ahora tan indiferente, fue la encargada de agradecerme entre balbuceos impregnados de alcohol, que le sacara de la puñetera zanja que aquella noche le había tendido una trampa a su bota con alza.

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