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Archive for 31 agosto 2010

Pensaba escribir hoy sobre lo destructivo que es el orgullo. Sobre lo enfermizo que puede llegar a ser en determinadas personas. Sobre si debemos o no tolerarlo si quién lo padece nos importa. Pensaba escribir sobre lo duro que resulta el día a día para quién tiene relación con un orgulloso por naturaleza, dando por sentado que así es, que le viene dado, ya que no creo posible que algo así sea seña de identidad por voluntad propia.
Pero he decidido no hacerlo, no amargarme dándole vueltas. Hoy escribo sobre lo bonito que nos va a quedar, A Boss y a mí, el centro que vamos a hacer con piedras preciosas que rescatamos de la playa cuando baja la marea. Todo un tesoro de cristalitos que el roce de la arena y los años han pulido, dejándolos suaves y sin aristas. El paso del tiempo los ha transformado; han dejado de ser trozos de cristal amenazantes, que alejaban de sí cualquier intención de acariciarlos, y los ha convertido en objetos maravillosos que a cualquiera que ame la delicadeza le gustaría poseer.
Lástima que a algunas personas no les suceda lo mismo.

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Hasta hace muy pocos días me fascinaba la tecnología. Quiero decir, me fascinaba lo que es capaz de conseguir. Cada vez hay más aparatos, más completos y complejos, capaces de almacenar en el mínimo espacio una cantidad abrumadora de datos. Cientos y cientos de datos almacenados en un trozo de plástico, que también hemos creado, minúsculo. Y todo eso lo ha creado el ser humano de la nada. Me paro a pensarlo y me parece realmente admirable, más allá de que los utensilios creados sirvan para mejorar nuestras vidas o para condicionarlas, e incluso, en el peor de los casos, para destruirlas.
Y, sin embargo, esto que a mi me fascinaba tanto, resulta que ya estaba inventado. No hay más que tener en la mano una semilla de cualquier planta para darnos cuenta de que estamos en pañales. Y no hablemos de la información que hay en un espermatozoide.

Deberíamos dejar de inventar lo ya inventado, y dedicarnos a rebautizar las cosas, porque mira que le hemos puesto un nombre feo a nuestra semilla, caramba.

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Las pequeñas manías no son asunto de juicio. Cada uno sobrelleva las suyas como puede.
Pude conocer a una chica cuya manía era pasear por la playa cuando la marea se retiraba a coger impulso para cubrir de nuevo los objetos que abandonaba tras de sí y que nadie había recogido en su cronometrada ausencia. Pude escuchar de su boca la historia de un amor estragado. De una búsqueda eterna avalada por una esperanza efímera. Pude saber de una promesa gritada a destiempo, alzando el uno la voz por encima del rugido del mar con objeto de que las palabras alcanzaran los oídos de la otra. Pude entender que dicha promesa giraba en torno a un pequeño bote de cristal lleno de tinta para pluma. Pude, si hubiera querido, interpelar a la desdichada para obtener los pormenores de lo prometido. Pude haber tomado tantos caminos…
Mas, he decidido invertármelos. Y así cuento que ella busca con la esperanza de no encontrar. Que él se aferra, desesperado, al bote, para no perder. Y que el mar va y viene para disimular.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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Tuve, la otra noche, varios episodios de vigilia mezclados con sopor que me dejaron un recuerdo difícil de definir. A pesar de lo molestas que resultan estas situaciones, a mí, esta vez, me resulta agradable recordarlo, y tal vez ahí resida mi dificultad para ponerle una definición a dicho episodio.
Para empezar soñé, si se puede describir así, porque ya digo que no era sueño como tal, sino un ligero duermevela, que podía elevarme y ver mi pueblo desde el aire. Esto sólo me había sucedido una vez, hace muchos años, y era algo que me apetecía mucho que se repitiera porque es una sensación realmente agradable. Lo malo es que debía volver constantemente a la vigilia como tal, y hacerlo poco a poco, porque sino sólo lo hacía mi mente pero no mi cuerpo, impidiéndome moverme. Es decir, yo movía los dedos, por poner un ejemplo, y tenía la sensación de que éstos se movían, pero en realidad era incapaz de moverlos. Sé que es difícil de entender, tanto, como lo es de explicar. Ésta sí es una situación angustiosa, la de despertarse y querer moverse, o hablar para pedir ayuda y no poder durante varios segundos, porque el cuerpo no responde a ningún impulso por más que la mente ya esté consciente. Y por ese miedo a que se repitiera, ya que antes me sucedía más a menudo de lo que es deseable, no me abandonaba del todo al sueño.
Lo siguiente que visualicé, porque a esto sí que no puedo llamarle sueño, es a mis hijas cuando yo ya no esté en este mundo. Esto sí que no sé explicarlo. Fue un tomar conciencia de que todos los seres humanos desaparecemos un día y esto, más allá del dolor que pueda causarles a ellas en el momento de suceder, no influirá para nada en el desarrollo de la vida. Es decir, visualicé el futuro de ellas desde la óptica del ser humano y no desde la de madre, por lo que fue como quitarme de un plumazo un trauma.
Estoy releyendo y creo que no he cnseguido explicar exactamente el episodio referente al futuro, pero en realidad fue muy, muy, agradable. Y con eso me quedo.

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Radio Visibilidad

Me he acogido estos días a una esas maravillosas ofertas que nos hacen las diversas compañías de telefonía móvil haciéndonos creer que los favorecidos por ellas, por las ofertas, somos nosotros, para cambiar de teléfono móvil. Yo les dejo creer que lo consiguen, lo de convencerme, quiero decir, o puede que, realmente, me convenzan, a saber. El caso es que tengo así un nuevo juguete. Porque lo de hoy en día no son teléfonos, son juguetes para mayores. Anoche estuve hasta ni recuerdo la hora escuchando alguna de las miles de radios que hay por el mundo emitiendo por irternet. Me enteré del tiempo en una remota región de Argentina, y seguro que también del que hacía en Namibia o en China, pero esos no los entendía; temperatura, humedad ambiental, velocidad del viento y, lo que me sorprendió: los kilómetros de visibilidad. Cada pueblo, o provincia o región, supongo, que nombraban, tenía diferentes kilómetros de visibilidad, siempre oscilando la cifra entre dos y cuatro. Imagino, una, a veces, tan negativa, que será cosa de la contaminación. O puede que, ahora que lo pienso, y poniéndome positiva, sea cosa de la altitud de esos pueblos.
En fin, qué cosas, empieza una queriéndo hablar de los avances de la tecnología y acaba hablando del altiplano argentino, y, claro, no voy ahora a retomar. Así ya tengo entrada para mañana, que las neuronas también necesitan un kitkat.

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Yo soy de emoción fácil, lo reconozco, pero disfruto tanto de esa fugaz alteración del ánimo que me negaría a cambiar de manera de ser, en caso de que tal acción fuese posible.
Las cosas que a mí me emocionan son muy variopintas, por lo que es imposible hacerse una idea de en qué momento me puede ocurrir. Hay ocasiones en que me resulta embarazoso que se haga evidente mi emoción, como me ocurrió hace pocos días en una librería, otras veces estoy a solas y no he de reprimir esa humedad en los ojos que conlleva emocionarse.
Como ejemplo de situación tonta que a mí me puede emocionar contaré que hace pocos días, estando asomada a una ventana, presencié el paso de una ambulancia por el centro Pontevedra, y ver la colaboración de los coches me llevó a sentirme orgullosa del género humano, aunque sólo fuese durante el breve segundo que me duró la punzada de emoción.
Es practicamente imposible poner de acuerdo en algo a un grupo de personas que no han sido avisadas, previamente, de que han de hacer algo todos a una. Sin embargo, a veces, ocurre el milagro. Al paso de una ambulancia, todos, sin excepción, hacen lo que deben, y nadie se niega, ni se pone chulo, ni cabezón, y esto, en nosotros, es algo tan inusual que cuando se comtempla hay que disfrutarlo.

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