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Archive for 31 agosto 2010

Pensaba escribir hoy sobre lo destructivo que es el orgullo. Sobre lo enfermizo que puede llegar a ser en determinadas personas. Sobre si debemos o no tolerarlo si quién lo padece nos importa. Pensaba escribir sobre lo duro que resulta el día a día para quién tiene relación con un orgulloso por naturaleza, dando por sentado que así es, que le viene dado, ya que no creo posible que algo así sea seña de identidad por voluntad propia.
Pero he decidido no hacerlo, no amargarme dándole vueltas. Hoy escribo sobre lo bonito que nos va a quedar, A Boss y a mí, el centro que vamos a hacer con piedras preciosas que rescatamos de la playa cuando baja la marea. Todo un tesoro de cristalitos que el roce de la arena y los años han pulido, dejándolos suaves y sin aristas. El paso del tiempo los ha transformado; han dejado de ser trozos de cristal amenazantes, que alejaban de sí cualquier intención de acariciarlos, y los ha convertido en objetos maravillosos que a cualquiera que ame la delicadeza le gustaría poseer.
Lástima que a algunas personas no les suceda lo mismo.

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Hasta hace muy pocos días me fascinaba la tecnología. Quiero decir, me fascinaba lo que es capaz de conseguir. Cada vez hay más aparatos, más completos y complejos, capaces de almacenar en el mínimo espacio una cantidad abrumadora de datos. Cientos y cientos de datos almacenados en un trozo de plástico, que también hemos creado, minúsculo. Y todo eso lo ha creado el ser humano de la nada. Me paro a pensarlo y me parece realmente admirable, más allá de que los utensilios creados sirvan para mejorar nuestras vidas o para condicionarlas, e incluso, en el peor de los casos, para destruirlas.
Y, sin embargo, esto que a mi me fascinaba tanto, resulta que ya estaba inventado. No hay más que tener en la mano una semilla de cualquier planta para darnos cuenta de que estamos en pañales. Y no hablemos de la información que hay en un espermatozoide.

Deberíamos dejar de inventar lo ya inventado, y dedicarnos a rebautizar las cosas, porque mira que le hemos puesto un nombre feo a nuestra semilla, caramba.

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Las pequeñas manías no son asunto de juicio. Cada uno sobrelleva las suyas como puede.
Pude conocer a una chica cuya manía era pasear por la playa cuando la marea se retiraba a coger impulso para cubrir de nuevo los objetos que abandonaba tras de sí y que nadie había recogido en su cronometrada ausencia. Pude escuchar de su boca la historia de un amor estragado. De una búsqueda eterna avalada por una esperanza efímera. Pude saber de una promesa gritada a destiempo, alzando el uno la voz por encima del rugido del mar con objeto de que las palabras alcanzaran los oídos de la otra. Pude entender que dicha promesa giraba en torno a un pequeño bote de cristal lleno de tinta para pluma. Pude, si hubiera querido, interpelar a la desdichada para obtener los pormenores de lo prometido. Pude haber tomado tantos caminos…
Mas, he decidido invertármelos. Y así cuento que ella busca con la esperanza de no encontrar. Que él se aferra, desesperado, al bote, para no perder. Y que el mar va y viene para disimular.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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Tuve, la otra noche, varios episodios de vigilia mezclados con sopor que me dejaron un recuerdo difícil de definir. A pesar de lo molestas que resultan estas situaciones, a mí, esta vez, me resulta agradable recordarlo, y tal vez ahí resida mi dificultad para ponerle una definición a dicho episodio.
Para empezar soñé, si se puede describir así, porque ya digo que no era sueño como tal, sino un ligero duermevela, que podía elevarme y ver mi pueblo desde el aire. Esto sólo me había sucedido una vez, hace muchos años, y era algo que me apetecía mucho que se repitiera porque es una sensación realmente agradable. Lo malo es que debía volver constantemente a la vigilia como tal, y hacerlo poco a poco, porque sino sólo lo hacía mi mente pero no mi cuerpo, impidiéndome moverme. Es decir, yo movía los dedos, por poner un ejemplo, y tenía la sensación de que éstos se movían, pero en realidad era incapaz de moverlos. Sé que es difícil de entender, tanto, como lo es de explicar. Ésta sí es una situación angustiosa, la de despertarse y querer moverse, o hablar para pedir ayuda y no poder durante varios segundos, porque el cuerpo no responde a ningún impulso por más que la mente ya esté consciente. Y por ese miedo a que se repitiera, ya que antes me sucedía más a menudo de lo que es deseable, no me abandonaba del todo al sueño.
Lo siguiente que visualicé, porque a esto sí que no puedo llamarle sueño, es a mis hijas cuando yo ya no esté en este mundo. Esto sí que no sé explicarlo. Fue un tomar conciencia de que todos los seres humanos desaparecemos un día y esto, más allá del dolor que pueda causarles a ellas en el momento de suceder, no influirá para nada en el desarrollo de la vida. Es decir, visualicé el futuro de ellas desde la óptica del ser humano y no desde la de madre, por lo que fue como quitarme de un plumazo un trauma.
Estoy releyendo y creo que no he cnseguido explicar exactamente el episodio referente al futuro, pero en realidad fue muy, muy, agradable. Y con eso me quedo.

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Radio Visibilidad

Me he acogido estos días a una esas maravillosas ofertas que nos hacen las diversas compañías de telefonía móvil haciéndonos creer que los favorecidos por ellas, por las ofertas, somos nosotros, para cambiar de teléfono móvil. Yo les dejo creer que lo consiguen, lo de convencerme, quiero decir, o puede que, realmente, me convenzan, a saber. El caso es que tengo así un nuevo juguete. Porque lo de hoy en día no son teléfonos, son juguetes para mayores. Anoche estuve hasta ni recuerdo la hora escuchando alguna de las miles de radios que hay por el mundo emitiendo por irternet. Me enteré del tiempo en una remota región de Argentina, y seguro que también del que hacía en Namibia o en China, pero esos no los entendía; temperatura, humedad ambiental, velocidad del viento y, lo que me sorprendió: los kilómetros de visibilidad. Cada pueblo, o provincia o región, supongo, que nombraban, tenía diferentes kilómetros de visibilidad, siempre oscilando la cifra entre dos y cuatro. Imagino, una, a veces, tan negativa, que será cosa de la contaminación. O puede que, ahora que lo pienso, y poniéndome positiva, sea cosa de la altitud de esos pueblos.
En fin, qué cosas, empieza una queriéndo hablar de los avances de la tecnología y acaba hablando del altiplano argentino, y, claro, no voy ahora a retomar. Así ya tengo entrada para mañana, que las neuronas también necesitan un kitkat.

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Yo soy de emoción fácil, lo reconozco, pero disfruto tanto de esa fugaz alteración del ánimo que me negaría a cambiar de manera de ser, en caso de que tal acción fuese posible.
Las cosas que a mí me emocionan son muy variopintas, por lo que es imposible hacerse una idea de en qué momento me puede ocurrir. Hay ocasiones en que me resulta embarazoso que se haga evidente mi emoción, como me ocurrió hace pocos días en una librería, otras veces estoy a solas y no he de reprimir esa humedad en los ojos que conlleva emocionarse.
Como ejemplo de situación tonta que a mí me puede emocionar contaré que hace pocos días, estando asomada a una ventana, presencié el paso de una ambulancia por el centro Pontevedra, y ver la colaboración de los coches me llevó a sentirme orgullosa del género humano, aunque sólo fuese durante el breve segundo que me duró la punzada de emoción.
Es practicamente imposible poner de acuerdo en algo a un grupo de personas que no han sido avisadas, previamente, de que han de hacer algo todos a una. Sin embargo, a veces, ocurre el milagro. Al paso de una ambulancia, todos, sin excepción, hacen lo que deben, y nadie se niega, ni se pone chulo, ni cabezón, y esto, en nosotros, es algo tan inusual que cuando se comtempla hay que disfrutarlo.

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Cada día que pasa, esta que escribe se convence más de cual será su penúltima morada. Sólo espero que tenga orientación sur y vistas al mar, y que el resto de locos que integren, junto a mí, la lista de residentes del manicomio no sean excesivamente ruidosos.
A este convencimiento me lleva comprender que no sabré sobreponerme, precisamente, a la incomprensión que mis allegados llegarán a tener de mi manera de pensar, de mi eterno darle vueltas a todo. Me dejaré la piel intentado averiguar razones, completamente inútiles, a todo lo que me rodea. Y esto les llevará a ellos a no comprenderme. Puede que la simple exposición de esta idea mía sea un pasito más en mi camino hacia tal destino.
Ando ahora buscando explicación a los motivos que nos llevan a discutir. Me gustaría tener claro qué nos reporta en cualquiera de los supuestos que pueden darse. A saber, placer puro y duro por la discusón en sí, o el placer hipotético que puede sentirse al conseguir cambiar el parecer del contrincante por el nuestro. A mi ultimamente me ocurre que en mitad del fragor dejo de prestar atención al de enfrente para discutir mentalmente conmigo misma cual de los dos supuestos persigo. Y sin tiempo para llegar a una conclusión paso a lamentarme porque, en caso de conseguir el segundo supuesto, puede que haya, entonces, dos personas equivocadas en lugar de una sola.

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Qué sabe nadie de nosotros.

Una de mis últimas aficiones es sentarme en cualquier banco de la calle y mirar pasar a la gente. Sin más. Ver ires y venires. Simplemente. Dejarse envolver por el placer de observar, tal como haríamos contemplando el mar o un valle, o cualquier otro paisaje que nos cautive.
Haciendo esto se aprende a no prejuzgar. Al menos a mi me sirve para ello. Frente al mar no juzgamos el movimiento de las olas. Puede que, como mucho, busquemos una explicación, más o menos lógica, de por qué van el tal o cual dirección, o de por qué amainan o embravecen. Y luego, tal vez, nos deleitamos con el tono que puedan tener sus aguas ese día. Y todo este proceso en el orden que nos venga en gana. O sin orden.
Viendo las idas y venidas de la gente podemos deleitarnos con el colorido de las ropas, o con el sonido de las risas, o compadecernos por el estado de unos zapatos. Viendo el transitar de la gente por la calle podemos imaginar la razón por la que, en un momento dado, alguien puede dar la media vuelta, o no darla. Imaginar por qué las botas son negras y no verdes, por qué el pelo recogido y no suelto, por qué un niño y no dos… y así hasta el infinito. Imaginando hallamos una razón, puede que disparatada, puede que acertada, pero razón al fin y al cabo. Y cuando la razón se hace presente y nos asiste, el juicio siempre es a favor.

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Una no está tocada por la gracia celestial para determinadas cosas. Así es, no se puede ser perfecta, y yo, chica obediente donde las haya, no lo soy.
Mi despiste crónico es célebre entre mis allegados. Para todo lo relacionado con facturas, vacunas -muchas; cosas de tener prole- y cosas por el estilo, he de pegar folios enteros con avisos, tras la puerta de la calle, para darme de bruces al salir y así no olvidarme de llevar a cabo lo que se tercie.
Pese a este particular despiste no soy olvidadiza. Algo incongruente, no lo niego. Cierto es que lo uno está llamado a pelearse con lo otro. Pero en mí se dan la mano, ¡qué le vamos a hacer!.
Así que, aun con despiste y todo, recuerdo una campaña, no ha muchos años, orquestada por algún grupo con intereses que ahora parecen quedar al aire, en la que se nos bombardeaba con advertencias sobre lo poco saludable que era consumir agua no embotellada. Recuerdo especialmente el consejo de comprobar siempre que el precinto de garantía estuviese en su sitio, ya que, según los informativos que nos daban tales consejos, era frecuente que en bares y restaurantes rellenaran dichas botellas con agua del grifo. Y hablo bien. Tal campaña no era publicidad al uso. Era, como digo, una noticia más en los telediarios. Y en esos mismos telediarios vi hace dos días la recomendación de olvidarnos del agua embotellada, aduciendo que era una moda nada ecológica y muy esnob, y animándonos a pedir sin complejos agüita del grifo.
Sip. Los telediarios ya no informan. Aburren.

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Jugar con fuego

Heme aquí, intentando inquirir cómo se comporta una frente a los rumores ya que no siempre reacciono igual. Unas veces me los creo; otras no.
Rumor tiene una definición preciosa: voz que corre entre el público. Sin embargo, le tenemos cuasi como sinónimo de falsedad. Consecuencias de ir de boca en boca, supongo.
Sea como fuere, hay un rumor que vengo escuchando desde niña que habla de los incendios provocados. Y este rumor, aunque tenga una definición bonita, tiene un contenido feo, ya que la voz que corre es que todo incendio provocado tiene detrás a quién paga por extinguirlo. Es vox populi que pagan al tonto del pueblo y le meten la cerilla en la mano. Y a una le gustaría no creerlo. Le gustaría tener razones que dinamitaran cualquier posibilidad de que ello fuera cierto. Pero España y sus costumbres juegan en contra. En nuestro adorado país de pandereta estar a la espectativa no es productivo. No está bien visto pagar por estar de brazos cruzados. Así que, démosle trabajo a los brigadistas, que no se pasen el verano mano sobre mano, pongamos un fuego en sus vidas que les haga sudar el salario.
Y luego pasa lo que pasa. Enterramos a los muertos, y aquí paz y después gloria.

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No me da miedo la muerte.
Estando embarazada de mi primera hija, tenía, a ratos, tal angustia, que debía echar mano de la lógica para serenarme un poco: todas las mujeres, durante miles y miles de años, han parido, y aquí estamos los humanos. Pensaba esto para no morirme de miedo, pero no era miedo a morir, era, supongo, miedo a lo desconocido.
Con respecto a la muerte no me da miedo, ni siquiera, lo desconocido. El sentimiento que me provoca no es ni más ni menos que rabia. No una rabia transcendental que esconda reflexiones muy profundas. Es rabia de andar por casa. La misma que me entraría si sacase la entrada del cine y por alguna razón hubiera de salirme de la sala a media película.
El mundo es tan grande, y lo que podemos llegar a vivir es, en comparación, tan corto, que me jode no tener tiempo para todo.
Y lo que es más jodido es que no hay margen de error. O coges a tiempo el camino acertado o te vas a la mierda. Así de sencillo.
Siempre hay el que le echa bemoles y cambia de rumbo, pero son los menos. A mi me faltan agallas, porque lo que me juego no es mío. Una tiene el defecto de la responsabilidad. Lo que en el pasado era mi futuro no es ahora otra cosa que tres presentes, y lo que acojona es no tener nada que ofrecerles.
El tiempo pasa, y el paro, como el mundo, es casi infinito, pero la subvención, como la vida, es limitada.

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Hoy voy a dormir toda la mañana.
En cuanto acabe de escribir esta entrada apagaré el ordenador y no querré saber del mundo.
Estoy cansada físicamente, y agotada mentalmente.
En el último mes me he peleado con mi madre y, por ende, con mi padre. Por si fuera poco han metido a una vecina con la que también me he peleado. Se me ha roto la nevera. Hemos cogido, Boss y yo, una catarro cabrón empecinado en no irse. Se ha jodido la instalación eléctrica del baño la semana pasada, y ayer, la de la cocina; cosa de tener aun fusibles, mi casa se queda sin luz por trozos. Los análisis han confirmado que tengo una anemia importante. Se me ha roto el carrito de la compra, algo comprensible habida cuenta de las toneladas de peso que le metemos. He tenido de visita a mi suegra ¡mes y medio! Hemos tenido que esperar ¡un mes! para que un capullo nos cambiara la persiana de la sala, que se había roto abierta del todo, ¡con el solarín dando de lleno todo el día durante esta ola de calor!
No doy para más. Hoy no.
Mañana será otro día.

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No me tengo por feminista, aunque vete a saber si lo soy. Lo que tengo claro es que no creo que la manera de acabar con el machismo sea incidir en las diferencias que ya hay entre géneros, aunque cambie el beneficiario, que es lo que yo creo que hacen las feministas, o al menos eso es lo que parece que hacen las más radicales. Que me perdonen si no es así.
Mi entrada de hoy, aunque pueda no parecerlo, es para denunciar una injusticia, independientemente de que las grandes perjudicadas sean mujeres.
Este invierno pude asistir a un obradoiro (taller/cursillo) sobre la importancia de la mujer, a lo largo de la historia, tanto ante una cámara, o un pintor, como tras la misma o portando la paleta. Y mi estupor aumentaba día a día tras comprobar que lo que nos decía la profesora era cierto: hay cientos de mujeres pintoras, buenas pintoras, de las que no se habla en ningún sitio. El último diccionario enciclopédico que yo adquirí está editado en 2003 ¡antesdeayer! y no se nombra a ninguna. A ninguna. Y creedme, hay mujeres pintoras de tal importancia, como puede ser el caso de Fede Galizia, que incluso tienen el honor de haber sido el primer artista italiano, allá por el siglo XVI, en firmar un bodegón, discicplina en la que realmente destacó. O como Lavinia Fontana que fue elegida pintora oficial de la corte del Papa Clemente VIII. Y hace solamente 30 años que una galería estadounidense expuso obras de algunas de estas mujeres, ya que hasta entonces era como si no existieran.
Gracias a quien lo creara ha llegado internet y ya hay blogs fantásticos que dan luz a estas artistas, pero me sigue pareciendo ver-gon-zo-so que no haya constancia de ellas en papel, salvo honrosas excepciones, quiero imaginar, porque no tengo noticia de ellas.

Os dejo unos enlaces interesantes:
Mujeres pintoras
Figuration féminine

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Hay un refrán por estos lares al que yo me agarro mucho cuando se trata de echarle valor a algo. Reza así: “O que no cu ten que levar, non ten nada que esperar”, que traducido viene a ser algo así como que el que tiene que pasar por algún trance poco agradable, cuanto antes lo haga, mejor. Pues bien, esta vez no me está siendo de mucha ayuda el refrancito, y es que estoy postergando una conversación pendiente que me da pánico afrontar.
Dicha conversación tiene por objeto una reconciliación que, reconozco, creo que no deseo mucho, y es que la misma no me reportaría más que seguir sometida a una amistad que sólo presume de serlo. Y digo esto porque si fuera una amistad verdadera, para empezar, ya no me daría miedo la conversación.
La otra parte está deseando retomar el contacto, pero, como digo, yo no lo tengo tan claro. No sé cómo hacerle entender que no vemos la amistad de la misma manera, y sé, porque la conozco desde que nació, que no le gustará nada que le haga ver que yo quiero otra clase de relación. Una relación que no me obligue a, entre otras cosas, tener las puertas de mi casa abiertas hasta las taitantas de la madrugada porque a ella no le apetece irse a la suya, o a tener que coger el teléfono sí o sí, porque si no le cojo molesta a toda mi familia hasta que dé conmigo, o bien luego me lo reprocha de manera subrepticia.
Yo soy consciente de que tengo más de ermitaña que de relaciones públicas, pero soy feliz así y no me parece de recibo que me reprochen esto.
De una cosa estoy segura, me quiere. Pero a veces, querer no es suficiente.

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Me harto de decir que no le tengo miedo a nada, porque, en apariencia, es cierto. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que esos miedos afloran de uno en uno, y sólo cuando ya se me ha pasado la paranoia que el anterior me había provocado.
No voy a enumerar aquí todos esos miedos míos. Bueno, no en esta entrada, porque si buceamos en este blog….
Cada paseo, aunque sea por el mismo lugar, es diferente. Es una cosa que me maravilla. Dependiendo de la compañía, de la conversación e incluso del estado de ánimo, puede parecer que paseas por un lugar distinto.
Hace pocos días tuve la oportunidad de disfrutar de uno de esos paseos con mi mayor. Catorce años, y no paramos de hablar. Hora y media de paseo del bueno, del de caminar pausado y conversación placentera, y volvimos con la sensación de que se habían quedado en el tintero pensamientos que compartir para llenar tantos paseos como años sumamos entre las dos. Hablamos de lo divino y de lo humano, de incomprensiones compartidas, de aficiones comunes y desencuentros que sabemos serán perennes. Y así hasta el infinito.
Luego, durante mi acostumbrado insomnio, la emoción se hizo un hueco entre mis pensamientos. Y el miedo no iba a ser menos. Casi simultáneamente se hizo presente, y lo hizo para recordarme que un día, sin fecha a priori, y puede que ni a posteriori, es posible que no tengamos motivos para pasear juntas, o que, aunque lo hagamos, de nuestras bocas sólo salgan palabras.

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Mona de feria

A veces me pongo a soñar despierta, que es la única forma que conozco para dominar los sueños y elegir el tema a mi antojo. Y me gusta soñar qué haría si tuviera un porrón de pasta. Sí, sé que el dinero no da la felicidad, pero no seamos hipócritas, tenerlo quita preocupaciones, y no tener éstas ayuda muy mucho a ser feliz. Luego le doy la vuelta a la tortilla y empiezo a pensar que tener mucho dinero no te deja vivir tranquilo, porque aunque los motivos para tener las susodichas tengan otro cariz, en esencia te hacen sentir lo mismo.
Lo que nunca me ha dado por soñar es con tener poder. Qué cosas. Será que para tener dinero vale cualquiera, y por lo tanto soy tan buena candidata como él que más, y puede que para tener poder se necesite un cuajo del que yo carezco. Porque tal como yo veo el patio los poderosos de ahora lo son de pacotilla y en vez de ejercer el poder están sometidos a él, y para muestra, los Obama.
Y llegados a este punto una para de soñar para ponerse a elucubrar, con la nada desdeñable intención de averiguar qué carajo de deuda tendrá los de eeuu (así, con minúsculas, que este es un blog de tono coloquial) con nosotros, los españolitos, para tener que mandar nada menos que a su primera dama a lucirse como un mono de feria.
Me voy a la playa, eso sí, en escapada privada, que yo ni poder ni dinero. No hay mal que por bien no venga; nadie fotografiará mis Michel(le)ines.

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Recuerdo perfectamente el día que sufrí mi primera crisis de vértigo, aunque en aquel momento no sabía de qué se trataba, ya que debía tener unos nueve o diez años. Este es uno de esos episodios de nuestra vida que por alguna razón se queda en la memoria por encima de los demás, y por lo tanto ni se deforma ni se pierde en recovecos de los que pueda salir mutilado, así que, cuando acude a nuestro presente, lo hace de forma tan nítida que parece que acaeciera ayer.
Aquel día, aquella tarde, me había quedado sola en casa y a cargo de dos tareas: colgar la ropa de la lavadora y mantener encendida la cocina de leña. Por aquel entonces la sala principal de la casa era, también, mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, paralela a la mesa donde comía toda la familia. Enfrente, dos armarios roperos, los únicos de la casa, y entre ellos, la tele.
Con esa edad, en aquel ambiente y en esa época, era completamente normal que una cría estuviera tumbada viendo la tele. Cuando decidí ponerme con las tareas no pude levantarme, porque hacerlo era como poner el pie en una noria. Sólo podía estar tumbada, sin moverme, intentando poner la vista fija en un punto del techo, que tampoco paraba de bailar. Y una sola preocupación: mi madre me mata si no hago las tareas.
Me eché al suelo, me tumbe de espaldas y me arrastré hasta la cocina flexionando y estirando las piernas. Conseguí, desde el suelo, vaciar la lavadora y poner la ropa en una tinaja, pero me rendí ante la evidencia de que no podría colgarla. Era imposible hacerlo desde el suelo. El fuego, evidentemente, se apagó.
Mi madre al llegar, como yo había augurado, no me creyó. De aquel vendabal de la bronca recuerdo las acusaciones de urdir aquella mentira del mareo para encubrir mi holgazanería.
Desde entonces llevo sufriendo crisis de vértigo. La última este lunes. A veces me dura unas horas, a veces días enteros.
Este martes, por fin, vencí mi cazurrería y acudí a consultárselo al médico, y la respuesta, despreciable donde las haya, de éste, no fue otra que: si no has venido en 40 años es que no son tan graves.
El que haya sufrido alguna de estas crisis estará de acuerdo conmigo en que la sensación que se origina durante una de ellas es de lo más angustioso que uno puede sentir.
En fin, que quiere verme durante una de esas crisis, así que ahora puede que tenga que esperar otros 40 años hasta que tenga la suerte de que la crisis me asalte de lunes a viernes, y de nueve a dos, porque hasta entonces nos nos pondremos manos a la obra para encontrar la causa y el remedio, suponiendo que yo decida acudir a consulta, ya que, viviendo en un segundo sin ascensor y sin coche, yo, durante esa terrible situación, sólo quiero que se acabe el mundo y no estoy, precisamente, para moverme por el mismo.

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Una siempre cree que lo tiene todo calculado. Y por más que una y otra vez constate que a la vida no pueden aplicársele las matemáticas, no hay manera de aplicarme el cuento.
Empecé a escribir de nuevo el blog teniendo muy claro que iba a hacer eso, a escribir. Mi vuelta se ampara en poder llevarlo a cabo. No voy a ser cansina con aquello del bloqueo, la falta de tiempo… Se acabó aquella etapa de interactuar tanto con otros bloguers, algunos, además, amigos, etapa por otro lado maravillosa e irrepetible, para dedicarme a lo que más deseo, que no es otra cosa que escribir. Y cuando tomé la decisión de empezar de nuevo barajé incluso la posibilidad de hacerlo en un nuevo blog, por aquello de evitar que todos esos lectores/escritores se sintieran obligados a comentar, ya que en esta nueva etapa yo no les correspondo, al menos no con la misma dinámica de antes, pero es que adoro este blog y lo que significa para mí.
Decía lo del tenerlo todo calculado porque di por hecho, y asumí sin ninguna clase de traumas, que estaría mucho tiempo con la casilla “comentarios” a cero. Y me fue fácil asumirlo porque, aunque es muy agradable atender a todo lo que la gente tiene que decir, no tener comentarios no reduce lo más mínimo el placer de escribir.
Me habéis refregado por las narices, con todo el descaro, además, que las matemáticas no son lo mío, ya que cada día, a medida que os vais enterando que he vuelto, estáis ahí.
Y todo este rollo se resume en una palabra: Gracias

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Leo en la prensa de ayer, y copio literalmente:
“Numerosos conductores jóvenes, (…) llegan a recorrer hasta 70 kilómetros de más por vías secundarias y pistas forestales para evitar los controles de alcoholemia de regreso a casa. La guardia civil asegura conocer estas rutas alternativas y advierte que también están bajo vigilancia. Los jóvenes llegan incluso a enviar un coche por delante, con un conductor que no ha bebido, para detectar el control y avisar al resto de su ubicación”

¿Pensáis lo mismo que yo?

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