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Archive for 30 septiembre 2010

Esta noche, ¡las vueltas que da la mente en sus escarceos con el insomnio!, he recordado a uno de tantos personajes que pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, aunque en un determinado momento nos parezca el ser más importante de sobre la faz de la tierra. Recuerdo su nombre por feo, y recuerdo mi desconcierto ante este hecho siendo él tan guapo, algo que ahora pongo en duda, pero en fin. Mis diez años, frente a sus dieciocho, me convertían, sencillamente, en invisible, aunque yo ésto lo ignoraba; privilegios de la inocencia. Determinado día, por razones que no influyen para nada en la comprensión de esta pequeña confesión, se quedó a comer en mi casa, y yo, por primera vez en mi vida, no dejé en el plato nada que no fuesen desperdicios. Yo, que encontraba cada día en mi comida ingredientes trampa para cualquier niño: cebolla, pimiento, guisantes…, había dejado atrás la infancia, y, sin ser consciente de ello hasta que empezamos a recoger, dejé mi plato como cualquier otro mayor. Recuerdo que cuando me levanté de la mesa, llegué a creer, incluso, que era más alta. Así me sentía, tan henchida como estaba de orgullo.
Para los más curiosos decir que “lo nuestro” no prosperó.
Sorprende que cualquiera pueda ser el protagonista de un momento importante de nuestras vidas. Sorprende porque a prori podría parecer que este privilegio debiera pertencerle a personas muy cercanas a nosotros, pero ésto, como tantas y tantas cosas, no es decisión nuestra.

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Matemáticas

Sindicato: 1. m. Asociación de trabajadores constituida para la defensa y promoción de intereses profesionales, económicos o sociales de sus miembros.
+ Coacción: 1. f. Fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo.
+ Huelga: 1. f. Espacio de tiempo en que alguien está sin trabajar.
= Fascista: 3. adj. Excesivamente autoritario.

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Hacía tiempo que no me pasaba algo así. De hecho, ahora que lo pienso, no recuerdo que me hubiera pasado nunca desde que tal afición se asentó en mí. Me estoy refiriendo, como no, a la lectura, y en cuanto al hecho nunca acaecido hablo de no ser capaz de leer. Así es. Tengo, algo inédito también, ya que siempre había de ralentizar las lecturas a la espera de tener algo más para leer, ocho libros amontonados en mi mesilla. Y no soy capaz de avanzar con ninguno.
Al principio pensé que se debía a que Crimen y castigo se me hacía un poco espeso, pero una vez que he probado a leerme algunas primeras páginas de cualquiera de los otros (a saber: Memorial del convento, Los gozos y las sombras II y III, La insoportable levedad del ser, El viaje del elefante, Veintemil leguas de viaje submarino…) me he dado cuenta de que es por falta de concentración. Se me va la mente. Dos líneas y me descubro pensando en facturas, listas de material escolar, dónde comprar ropa y calzado relativamente barato…
Nunca quise dar crédito, aunque lo intuía, a que quedarse sin paro fuese sinónimo de quedarse sin capacidad para disfrutar, pero visto lo visto… espero que el amor, como dice la canción, no salte por la ventana.

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Imaginemos, por un momento, que una persona honrada decide un día emular a las grandes empresas y jugar con los plazos y los márgenes de, pongamos por caso, la lectura del gas. Imaginemos que tras ocho años dando la lectura real como un clavo, decide un día liarse la manta a la cabeza y da una lectura “maquillada” a la baja en cuanto a lectura real, aunque paradójicamente sea al alza en relación a meses anteriores, a la espera de una hipotética, a la par que ansiada, recuperación económica. Imaginemos que por hazar en ese período llega a la puerta, sin aviso previo, un inspector que jamás había aparecido, y que, ante las dudas sobre su autenticidad, habida cuenta de lo que se oye por ahí sobre estafadores, la persona honrada decide no abrir hasta no constatar por teléfono con la empresa que le suministra el gas, que ese inspector, efectivamente, existe. Imaginemos que, para más inri, ese mismo día nuestro honrado protagonista descubre que está roto el finísimo cablecillo del precinto del contador.
¿Qué hará el, supongamos cabreado, inspector cuando vuelva? ¿Qué consecuancias tendrá el haberle dejado en la calle? ¿Cual será su reacción frente al cable roto? ¿Tendrá en cuenta que, estando roto el precinto, lo normal sería que la lectura fuese mucho menor, o al menos igual, y no bastante mayor? ¿Tendrá en cuenta que en el mueble donde está el contador se guardan, cada mes, 70 litros de leche, y que alguna de las hijas de nuestro honrado protagonista puede haberle dado un mal golpe en el trasiego diario? ¿Sabrá diferenciar las excusas reales del nuestro honrado amigo de las que, seguro, está acostumbrado a oir de “profesionales” de la estafa? ¿Cómo puñetas se apañarán estos estafadores para poder llevar a cabo sus empresas? porque una, que lo ha intentado con ahínco, ha fracasado estrepitosamente, y con el añadido de la mala suerte.
Ah! y he robado una toalla de playa, pero vamos por partes. Las condenas, de una en una, por favor.

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Subo la cuesta que me aleja de la playa en compañía de mi chica, y a una pregunta suya, que no recuerdo, contesto con una mentira. Y me quedo pensando si he hecho bien o si debería haberle dado con la realidad en las narices.
Ocupo mi mente durante el resto del camino dándole vueltas. Las conclusiones son varias, pero hay dos que tienen, para mí, más relevancia que las demás. Una: que la sinceridad está sobrevalorada. Los libros, los grandes libros, son, en su mayoría, una gran mentira, mundos inventados para nuestro disfrute. Y por qué hacerlo, por qué disfrutar, sólo durante el rato que dura la lectura, por qué no dejar que alguien nos mienta y nos convenza de que somos princesas. La mentira sólo es dañina si se descubre, o dependiendo de cómo se descubra, pero no per sé. La mentira, bien usada, puede aportar infinitamente más felicidad que la verdad.
Y dos: que a veces se saca tanto o más provecho de una conversación con una cría de siete años que el que podríamos sacar de un café con un gran filósofo.

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Ciclos

Vuelve a pasarme.
Mi vida es tan rutinariamente feliz que no sé de qué escribir.
Podría hacer una guía sobre cómo hay que apañárselas en casa de un parado para mandar a tres niñas de vuelta al cole. Podría intentar un ensayo sobre cómo sobrevivir a la amargura de no hablarse con la madre durante, ya, dos meses largos. O podría sucumbir al desespero frente a los constantes avisos de mi carraca recordándome que “no hay espacio en disco” y mandarlo todo a la porra, teclado de colacao incluído.
Pero hay algo que me lo impide. Y esta vez sí sé su nombre, aunque desconozca cuánto durará, cuánto tardará en abandonarme, dejándome de nuevo ávida de hoja/pantalla en blanco para llenarla con mis miserias; no hay mal que por bien no venga. Así que voy a aprovecharme de él, de mi buen estado de ánimo, para acumular energía que necesitaré cuando vuelvan, porque volverán, mis vacas flacas particulares.

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Días buenos

Pese a todas las previsiones que dan para esta zona lluvia, o nubes, o cualquier otra adversidad meteorológica que mantenga a raya a posibles viajeros que pretendan cambiar sus planes de irse al mediterráneo y acercarse por aquí, hoy (y ayer, y antes de ayer…) hace un día espléndido.
Este tema ya tuvo entrada en este blog, pero siento la necesidad de seguir denunciando esta injusticia, y gritar: ¡sí, señoras y señores, hoy, trece de septiembre, sigue haciendo día de playa en Galicia!
Estoy por convencer a alguna de mis niñas para que se meta reportera meteorológica y dinamite desde dentro a ese ente que se empeña en hacer campaña a favor de esas zonas turísticas “tipical spanish” a costa de repetir una y otra vez que aquí hace mal tiempo.
Este tema me puede, así que para relajarme me voy a dar un bañito mañanero en la playa, y ya voy tarde, que son las diez y ya aprieta el calorcillo.
Buenos días.

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