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Archive for 20 octubre 2010

Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.

Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?

Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.

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La naturaleza, pese a parecerlo, no es perfecta. Ha logrado mantener la apariencias durante millones de años, pero ha cometido un error de bulto: escupir seres humanos al mundo dotados con la capacidad del pensamiento. Una de dos, o es cruel o temeraria; kamikaze incluso, diría yo, porque descubierto el error podemos, en nuestra desesperación, volvernos contra ella.
Cualquier otro ser vivo lleva en sus genes una sencilla hoja de ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir. No aspiran a más. Nosotros, en cambio, no tenemos claro qué leches pintamos aquí. En un triste afán por encontrar nuestro cometido nos dedicamos, desde que fuimos conscientes de nuestra diferencia, a fabricar cosas innecesarias para nuestra supervivencia. Y no encontrarlo, no saber, nos lleva a seguir llenando el planeta de trastos inservibles, trastos cuya construcción mantiene ocupadas nuestras mentes protegiéndonos así de caer en la cuenta de cuán desgraciados somos: podemos pensar, pero jamás hallaremos conclusiones, sino que cada respuesta hallada nos abocará, indefectiblemente, a nuevas preguntas, espiral tan infinita como infinito es el universo.
Y si todo esto no es cierto, si estoy equivocada, quien defienda lo contrario que me conteste: ¿por qué me muero por un abrazo y a cualquier intento respondo con un zarpazo?

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No quiero, ni podría, olvidarme de ella.

Qué ciegos estamos a veces. Me pregunto que resortes saltarán, o al revés, qué resortes se bloquearán para impedirnos ver algo que tenemos en los mismísimos bigotes.

Marlene me dejó una punzada en el estómago de difícil calificación. Marlene me dió pena, profunda, muy profunda, y me dió ejemplo; Marlene me conmovió, y me fascinó; ella se convirtió en mi heroína y su recuerdo en mi recurso para salir de mis pozos, tan diferentes del suyo, agujero infernal al que ha de bajar sí o sí; tan real como terrible y tan temible como el hambre que supondría negarse a bajar. Y, pese a recordarla cada día, pese a encender mi ordenador cada día, jamás la busqué en este mundo que todo lo puede. Pensé, tan ignorante como atrevida, que había calado sólo en mí. Pensé que aún me dolía sólo a mí.
Hoy tuve que hacerlo, tuve que buscarla, porque no recordaba su país, vergonzoso olvido que me aflije, y me encontré con esto. Marlene llegó a muchos corazones y los puso patas arriba, los removió como hace cada día con la tierra de la mina. Veremos en qué acaba la cosa. Yo, de momento, tengo un hilito del que empezar a tirar para sacarla de allí.

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