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Archive for 22 septiembre 2012

Beatríz

Se abrió la puerta y asomó medio cuerpo de una enfermera.

– Beatríz! gritó.

Una sola vez. Nadie contestó, si por contestar entendemos que alguien le dé la réplica identificándose. En cambio, si por contestar entendiéramos que hubo alguien que intimamente saltó de su asiento … … … entonces yo sí respondí.

Mi Beatríz era menuda. Más que menuda, liviana; tanto, que a veces me daba miedo que la brisa marina se la llevase consigo. Todas las tardes de aquel verano las dedicó a coger, y escoger, caracolas. Nunca me contó, cierto es que tampoco nunca le pregunté, qué criterio seguía en aquel frenesí recopilador. Y nunca le pregunté, entre otras cosas, por miedo a que unha explicación lógica echase a perder la magia que desprendía aquel su ritual de agacharse, coger, comparar e rechazar.

Beatríz era menuda, y liviana, mas no era una mujer débil. La fuerza de Beatríz salía de mucho más adentro que del adentro de cualquiera. No era especialmente guapa, ni especialmente fea. Nada en aquel pequeño cuerpo destacaba como para ser digno de ser señalado, mas tampoco nada desentonaba. Puestos a elegir algo  me quedo con sus ojos. No tenían la negrura suficiente para inspirar a componedores de canciones, ni eran tan azules como el cielo que nos vigilaba; si tan siquiera fuesen verdes… Pero no, sus ojos eran ojos comunes y corrientes, ojos de un marrón repetido cientos e cientos de veces en otras tantas caras. Sin embargo, algo había en ellos que era capaz de reterte preso da su manera de mirar por tempo indefinido.

Acostumbraba Beatríz a merendar en la playa, hecho tras el cual se dedicaba a dar largos paseos. Fue en uno de esos paseos donde sus pisadas coincidieron con las mías. Yo iba; ella venía. Beatríz siempre parecía venir de vuelta.

– No crees que es una suerte que nos encontremos aquí y ahora?

Tal pregunta me sacó de mi ensimismamiento. No pareció darse cuenta de mi cara de asombro, si es que llegué a ponerla, porque así como la vi se creó en mi ánimo una corriente de cercanía para con ella que creí que nos conocíamos de todas las vidas.

– Mira este cielo. Asombroso, verdad?

Miré.

– Cierto

Reanudó la marcha sin decir nada más. Llegué a pensar, incluso, que tal intercambio de frases podría haber sido una ilusión mía. Tras mirar cómo se alejaba, hice lo mismo.

No soy capaz de ponerle fecha a ese día. Estoy por pensar que toda mi vida transcurrió en ese verano, que toda mi existencia la pasé en esa playa, intentando que mi camino trazase la misma línea que el de Beatríz. A partir de ese encuentro, y a consecuencia de él, cogí por costumbre bajar a la playa sólo para verla, por lo que tarde sí y tarde también mis pasos cogían, indefectiblemente, el camino del arenal. Nunca fuí quién de dirigirme a ella, ¡quién sabe por qué razón!. Mas ella siempre se dirigía a mí. Siempre. Nunca tuvimos grandes conversaciones, cierto. Todo lo más pequeños saludos, cosas sencillas, vacías de contenido trascendental. Con todo, a mí me bastaba oír su voz para que todo mi mundo tuviese sentido. Y mientras no llegaba la hora de intercambiar aquellas pequeñas frases que me daban la vida, me dedicaba a recorrer la playa despacio, mirándola a ella y disimulando, mirándola y memorizando cada uno de sus movimientos. Paseaba ella y paseaba sus ojos, repartiendo miradas entre el suelo y el cielo, sin prisas en el primero de los casos y con deleite en el segundo. De vez en cuando, se agachaba para coger una nueva caracola, comparando esa última con la que en aquel instante tuviese en la mano. Era ese el gesto más hermoso y más conmovedor de todos cuantos pudiese hacer aquella mujer.

Podría decir, si yo fuese quién de ponerme en su piel, que le dolía cada elección, que debatía duramente consigo misma cual de las piezas era merecedora de ser la elegida. Nunca se quedaba con más de una en la mano. Bendita manera de pasar las tardes: agacharse, coger, comparar e rechazar …

Una corriente de aire, un portazo. Una enfermera:

-¡Cándido!.

De nuevo nadie se identifica.

– A saber donde anda – pienso.

(Beatríz no hizo otra cosa que cuidar de su marido, Cándido, enfermo de alzheimer, el último verano de sus vidas)

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Camino. Lo hago despacio, cansada. Sigo a mis pies, qué remedio, que se esfuerzan por llegar a casa. Los adoquines absorben mis pasos y, a veces, mi pensamiento. Los miro de manera mecánica y descubro que mi mirada va zigzagueando y se posa con una exactitud asombrosa en el lugar exacto donde luego pisaré. Para detener ese vaivén de mis ojos levanto la vista. El paisaje, precioso: una calle, estrecha, flanqueada por hileras de casas, estrechas también. No hay espacio para más. La sucesión es simple tanto en horizontal como en vertical. En el primer caso, el tabique izquierdo de una es a su vez el diestro de la otra. En el segundo, puerta y ventanuco a pie de calle, balconcito y tejado. Así una tras otra. Juntas, pegadas, pero no exactas; como de plastilina, así me lo parecen. Iguales pero irregulares. Diferentes revestimientos, diferentes carpinterías, distintos moradores, pero, ay, todas con la ropa al sol. Todas, sin excepción. Recreo la vista. Sábanas, camisas, toallas, ropa interior . . . Prendas en danza constante con la brisa, de la que se aprovechan para esparcir olor a límpio. ¿O es mi mirada la que huele?
En todo caso me pregunto por qué eso sólo se ve en calles no principales, quiero decir, qué lumbrera decidió que airear los trapos límpios no es bonito?. Donde está ahora ese iluminado, que le quiero hacer entender que es infinitamente más horrible que los de su misma profesión, léase políticos, ya no que aireen, sino que acumulen en los cestos de sus vidas, los sucios.
Puta sociedad absurda

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