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Archive for 25 octubre 2013

Qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos decidir lo que nos gusta o lo que nos emociona. Igualmente, qué diferente sería si pudiéramos elegir nuestros recuerdos. Afortunadamente esto no pasa. Ellos solitos se buscan el hueco que creen más apetecible, para perdurar el tiempo que les da la real gana.

Uno de esos recuerdos con entidad propia que pueblan y confieren personalidad ajena a mí a mi espíritu se escenifica de la siguiente manera: yo, en tamaño comino, subida a una silla de manera que mi madre alcanzara mi cintura sin necesidad de doblar el riñón para subirme, y abrocharme, los pantalones, mientras conversamos sobre la conveniencia de que yo fuese adoptada por un señor que no podía tener hijos. En el transcurso de esta conversación no hay desasosiego en mí por trasladarme a vivir con otra familia, sino que hay la emoción típica de la inconsciencia propia de una edad durante la cual la mayoría de las niñas sueñan con ser princesas. En el devenir de esas ensoñaciones no cabe nada de la parte “mala” de un cambio semejante. No hay traumas porque todo es ideal a nuestros ojos. La salvedad es que yo no quería ser princesa, quería ser la hija de un señor que no podía tenerlos. Pero no por altruismo ¡ojo! que a esa edad predomina el egoísmo, el más falto de mala intención que se pueda ejercer, sí, pero egoísmo puro al fin y al cabo.

El señor en cuestión me encandilaba como pocas cosas lo han hecho en mi vida. Ahora que lo reflexiono desde mis 43 años creo que no era tanto él la fuente del encandilamiento como su profesión y lo que de ella sustraía mi siempre ávida de sensaciones parte melómana. Me soñaba con banda sonora perenne sonando por doquier, envolviéndome de pies a cabeza en esas notas que, hasta ese momento, sólo pero siempre, arrastraban a mis pies cuando formaban una composición sonora concreta: el pasodoble.

Esta mi temprana obsesión frustrada de cambiar de padre me ha perseguido siempre en forma de broma familiar. Puede que por eso ayer, cuando alguien cercano a mí conocía la muerte de Manolo Escobar, me miraba como dándome el pésame, porque de alguna manera saben que yo, ayer, me quedé huérfana.

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Nada me provoca más repugnancia que un ser incapaz de llevar sus ideas a sus últimas consecuencias porque se rinde ante la comodidad que le proporciona renunciar a ellas.

Lo más mezquino de los integrantes de ETA no es que maten. Perdonadme, por dios, las víctimas. Lo más mezquino es que tras ese acto no hay ideales sino una incoherencia flagrante entre lo que dicen y lo que hacen. Perdonadme, por dios, sus familiares. Lo más terrible es que tras cada disparo no hay nada. Y lo han demostrado cada vez que se han acogido a nuestras leyes para beneficiarse, y esta última vez no iba a ser menos. Y eso es lo que, en definitiva, más duele. No el hecho en sí de que salgan beneficiados, que también, sino que con ese acogimiento queda más a la vista, si cabe, que nunca han tenido un ideal, porque, de haberlo tenido, jamás, jamás, se hubieran aprovechado de nuestras normas.

Gentes de bien, por dios, perdonadme.

Pueden matarnos por cientos o por miles, y pueden ampararse en otros tantos discursos sobre sus razones para hacerlo. Pero todas ellas quedarán desamparadas cada vez que se acojan a unas leyes que no reconocen para obtener aunque sea el más leve beneficio. Eso solo lo hacen los cobardes. Aunque, que lo son,  ya lo sabíamos, no?

 

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