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Archive for the ‘Amigos’ Category

Todos, imagino, tenemos un lugar físico al que siempre queremos volver. Una, normalita donde las haya, no iba a ser la excepción.
Efectivamente tengo un lugar, y está considerablemente alto con respecto al mar, algo que, por otro lado, también es tremendamente normal en mí. La vista y las sensaciones que me provoca estar allí arriba son, sencillamente, brutales.
Ayer, de buena mañana, sonó mi telefono y quien llamaba no era otro que el encargado de, esta vez, hacer que mi destino encaje milimétricamente con mis deseos. Llamaba para invitarme a volar, literalmente. Dije que sí. No pregunté destino, no inquirí ruta. Me dejé llevar, segura como estaba de que llegaría exactamente adonde debía hacerlo para cuasi explotar de gozo. Las exclamaciones y las explicaciones de cuanto llegué a sentir las guardé para verterlas aquí. Y aquí las dejo: después de haber visto uno de mis lugares favoritos desde mil metros de altura sé que sólo querré volver allí por la misma vía, porque cualquier otra perpectiva que tenga de la desembocadura del Miño me sabrá a poco.
Volar para sentir, hasta ayer, sólo lo había conseguido soñando, y, desde ayer, ni los sueños me sirven. Hace más de veinticuatro horas que aterricé pero menda sigue en una nube.
Gracias, yanqui.

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No sé cuándo ocurrirá. Todo cuanto me permite mi intuición es saber que sí ocurrirá. Así que ya me he visualizado paseando por Malasaña, sin prisa pero con rumbo: el número 49 de la calle la Palma. Habrán transcurrido quién sabe cuántos años desde la última vez que estuve allí, pero los recuerdos serán tan frescos que podré entrar en el local que un día ocupó La Clandestina con los ojos cerrados, y podré dirigirme y pararme exactamente, sin conceder ni un solo milimetro al error, en el lugar en el que me abracé con Mariano un día tan importante como lo fué el día de la inauguración.

Ese día no sólo se inauguraba una librería; ese día nos pusimos piel unos a otros aquellos que ya habíamos hecho piña sin movernos de nuestras guaridas. Así que con su clausura no sólo se pierde una librería, se diluye también el epicentro físico de una pequeña comunidad adoradora de libros, tanto por continente como por contenido, pero que nadie se equivoque, La Clandestina se hará aún más fuerte en el recuerdo, como todo gran mito.

Sus creadores afirman que no es una noticia triste así que no seré yo la que protagonice el duelo, por más que haya sentido una dolorosa punzada en las entrañas mientras leía el mail que nos lo comunicaba. Por lo que a mí respecta me tragaré el dolor, y levanto mi copa por ellos, por tener las agallas de abrir algo tan hermoso como un sueño, y por tener los cojones de cerrarlo dándonos ánimos a los demás.

La Clandestina cierra, ¡viva La Clandestina!

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Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.

Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?

Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.

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Y que tendrá que ver que te odie para que te quiera.

Ver su foto y sentir una punzada en el estómago es todo uno, conjunción indisoluble con carácter infinito. Estar pendiente de cada rumor que pueda traerme noticias suyas es todo cuanto me queda, y por las noches, más de una vez, y más de dos, pensar en ella. Sin embargo, lo nuestro es imposible: frente a su blanco yo sólo veo negro, o viceversa, a pesar de hacer esfuerzos sobrehumanos por verlo del mismo color. Pobre ser humano, que aún no es capaz de engañarse a sí mismo. Podría pintar lo negro de blanco, hacer que todo el mundo lo viera blanco, conseguir que tal color fuese, incluso, para su regocijo, venerado, pero yo lo seguiría viendo negro y esto acabaría pudriéndome por dentro. Tal descomposición podría tardar años en concluir, pero el hedor se haría presente desde el principio, incómodo huesped instalado, en principio, en rincones dispersos y volubles de nuestra cotidianidad, pero que acabaría, con toda seguridad, inundándolo todo.
Dicen que lo que no puede ser, no puede ser, y que además es imposible, y yo lo certifico.

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Hay un refrán por estos lares al que yo me agarro mucho cuando se trata de echarle valor a algo. Reza así: “O que no cu ten que levar, non ten nada que esperar”, que traducido viene a ser algo así como que el que tiene que pasar por algún trance poco agradable, cuanto antes lo haga, mejor. Pues bien, esta vez no me está siendo de mucha ayuda el refrancito, y es que estoy postergando una conversación pendiente que me da pánico afrontar.
Dicha conversación tiene por objeto una reconciliación que, reconozco, creo que no deseo mucho, y es que la misma no me reportaría más que seguir sometida a una amistad que sólo presume de serlo. Y digo esto porque si fuera una amistad verdadera, para empezar, ya no me daría miedo la conversación.
La otra parte está deseando retomar el contacto, pero, como digo, yo no lo tengo tan claro. No sé cómo hacerle entender que no vemos la amistad de la misma manera, y sé, porque la conozco desde que nació, que no le gustará nada que le haga ver que yo quiero otra clase de relación. Una relación que no me obligue a, entre otras cosas, tener las puertas de mi casa abiertas hasta las taitantas de la madrugada porque a ella no le apetece irse a la suya, o a tener que coger el teléfono sí o sí, porque si no le cojo molesta a toda mi familia hasta que dé conmigo, o bien luego me lo reprocha de manera subrepticia.
Yo soy consciente de que tengo más de ermitaña que de relaciones públicas, pero soy feliz así y no me parece de recibo que me reprochen esto.
De una cosa estoy segura, me quiere. Pero a veces, querer no es suficiente.

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Una siempre cree que lo tiene todo calculado. Y por más que una y otra vez constate que a la vida no pueden aplicársele las matemáticas, no hay manera de aplicarme el cuento.
Empecé a escribir de nuevo el blog teniendo muy claro que iba a hacer eso, a escribir. Mi vuelta se ampara en poder llevarlo a cabo. No voy a ser cansina con aquello del bloqueo, la falta de tiempo… Se acabó aquella etapa de interactuar tanto con otros bloguers, algunos, además, amigos, etapa por otro lado maravillosa e irrepetible, para dedicarme a lo que más deseo, que no es otra cosa que escribir. Y cuando tomé la decisión de empezar de nuevo barajé incluso la posibilidad de hacerlo en un nuevo blog, por aquello de evitar que todos esos lectores/escritores se sintieran obligados a comentar, ya que en esta nueva etapa yo no les correspondo, al menos no con la misma dinámica de antes, pero es que adoro este blog y lo que significa para mí.
Decía lo del tenerlo todo calculado porque di por hecho, y asumí sin ninguna clase de traumas, que estaría mucho tiempo con la casilla “comentarios” a cero. Y me fue fácil asumirlo porque, aunque es muy agradable atender a todo lo que la gente tiene que decir, no tener comentarios no reduce lo más mínimo el placer de escribir.
Me habéis refregado por las narices, con todo el descaro, además, que las matemáticas no son lo mío, ya que cada día, a medida que os vais enterando que he vuelto, estáis ahí.
Y todo este rollo se resume en una palabra: Gracias

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Una duda

Ultimamente ando buscándome en el diccionario. Salto de página en página persiguiendo una definición que parece querer jugar conmigo al escondite. Y a falta de ésta, una, que, dicho sea de paso, nunca tiene una visión muy clara de sí misma, va aprovechándose de las opiniones ajenas sobre si para vislumbrarse, y claro, aparecen dudas como setas.
En una discusión reciente que he tenido me han llamado soberbia, y he de reconocer que quien de tal manera intentó herirme hizo diana. Me gustaría poder afirmar que sólo fue momentáneamente, pero tras meditar lo acontecido la herida sigue abierta.
Todo deriva de la poca ayuda que suelo necesitar animicamente. Me hundo con mucha más facilidad de la que sería deseable, pero sé salir sola. No puedo evitarlo. Necesito salir sola, es lo único que me blinda frente a nuevos bajones. Puede que esta manera de actuar sea difícil de comprender para algunas personas, pero no creo que una actitud sea mejor o peor que la otra. Son opciones, maneras de ser. Y si ello me retrata como soberbia no me queda otra que asumirlo, pero si, por algun pequeño matiz, quedara excluida de esa categoría el dolor persistiría porque habría estado discutiendo con alguien que ni siquiera me conoce.

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