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Archive for the ‘Arte’ Category

Nunca me he sentido especialmente atraída por la pintura de Pablo Picasso. Y parece ser que esto al pintor le incomoda, habida cuenta de la persecución que sobre mí realiza de un tiempo a esta parte. A saber:
Hace como cuatro a cinco años me plantó delante el Guernica. Sí, así como suena. He de decir que no era éste un cuadro por el que yo tuviera especial predilección. Es más, casi podría decirse que era una obra a la que yo no le encontraba la “gracia” por ninguna parte, y todo ello, como buena ignorante, sin haberlo visto más que en fotos, todo hay que decirlo. Como decía, me lo plantó delante de las narices. Sucedió en el Reina Sofía. Habíamos ido al museo sin saber que allí se encontraba dicha obra temporalmente, y me enamoré. Yo, que tanto había denostado ese cuadro, quedé impresionada del dolor que transmite. Yo pude sentir ese dolor. Me quedé en un rincón de la sala por tiempo indefinido, sin poder apartar mis ojos de él. No quería irme, estaba hipnotizada. Boss y las niñas siguieron el recorrido por el museo, pero yo me quedé allí hasta que tuvimos que irnos.
Siendo fiel a mi manera de ser, no moví un solo dedo por saber más de la obra de Picasso. Me impresionó el Guernica, sí, pero seguí con mi vida. Hasta hace un mes. Me fuí a Madrid con la excusa de ver El descendimiento, de Caravaggio, y de la tienda del Prado salí con “Vida con Picasso” bajo el brazo. ¿La razón? ¡quién puede saberla! Lo ha escrito una de sus mujeres, Fançoise Gilot, y lo estoy devorando. En él Françoise nos cuenta cómo era el pintor, cómo encaraba sus trabajos, cómo los veía él, las impresiones que cambiaba con sus contemporáneos… en fin, que me está absorviendo. Y relata, en la página 66, el momento en que Picasso le enseñó una carpeta llena de grabados, concretamente cien, que realizó para el marchante Ambroise Vollard.
Siempre voy por el mundo con el libro de turno en el bolso. Ayer fui a Santiago, sin otro afán que el de pasear por sus calles y pasar un buen día. Y en una de esas calles me “tropecé” con un gran cartel que ponía: Picasso, Suite Vollard. Sip. Los cien grabados de “mi libro” estaban al otro lado de la pared del edificio que tenía delante, esperándome.

En fin. Picasso, según Gilot, era obstinado. Y yo lo constato.

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Una vida, varios mundos

Tras un mes de hibernación forzosa, ayer, por fin, volví a la vida.

Casi un mes de hacer y servir cafés como una autómata. Casi un mes de aclimatación, donde cada segundo libre era aprovechado única y exclusivamente para descansar, ya que mis maltrechas piernas, pobladas de pertinaces varices, soportan mal las rutinas de la camarera que he vuelto a ser.
Pero como no hay mal que cien años dure ayer marché en busca de aire fresco, y lo encontré en el MARCO de Vigo. Virgilio Vieitez fue el encargado de insuflarme oxigeno puro. Galerías llenas de retratos maravillosos que me han hecho olvidar mi nueva situación para devolverme durante unos instantes a ese mi mundo paralelo donde prima la piel de gallina. Fotografías tan límpias que en algunas pude hasta descubrir un simple hilo suelto del bajo de una falda. Retratos de gentes, en su mayoría humildes, con sus mejores galas, pero con un denominador común que delata la ficción que Virgilio atrapaba: zapatos muy viejos. Imágenes, en definitiva, que me emocionaron profundamente y que serán durante un tiempo mi nexo con mi mundo.
Por cierto, Mundo, ya tengo Tren nocturno a Lisboa.

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Esta que escribe envidia pocas cosas. Las justas para que este feo defecto no sea marca de identidad. Podría seguir pasando inadvertido, en caso de que esto viniera ocurriendo, y no siendo así aquí quedo también de ingenua, rasgo éste que no alcanza categoría de defecto quedando así compensada la balanza del carácter, si no fuera porque hoy he decidido confesarme. Y heme aquí diciendo: sí, soy una envidiosa. Envidio terriblemente a quién ha tenido la idea de llenar mi pueblo de poesía; de convertir los pasos peatonales en parada obligada para deleite espiritual: decenas de franjas blancas llenas de versos escritos a mano alzada que llenan, desde ayer, las calles de Redondela.
Envidio al escritor por su precisa y preciosa caligrafía, y envidio al elector de los versos por su gusto excepcional: César Vallejo, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Goytisolo…
Envidio las paredes del local donde se fraguó la idea, ya sea bar, biblioteca, garaje de mala muerte o morada infame de creador en hora suprema.
Por envidiar envidio incluso al asfalto que recoge los pasos de los improvisados lectores, que continúan su camino con otra cadencia, reconfortados, sin duda, por la inesperada lectura.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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No me tengo por feminista, aunque vete a saber si lo soy. Lo que tengo claro es que no creo que la manera de acabar con el machismo sea incidir en las diferencias que ya hay entre géneros, aunque cambie el beneficiario, que es lo que yo creo que hacen las feministas, o al menos eso es lo que parece que hacen las más radicales. Que me perdonen si no es así.
Mi entrada de hoy, aunque pueda no parecerlo, es para denunciar una injusticia, independientemente de que las grandes perjudicadas sean mujeres.
Este invierno pude asistir a un obradoiro (taller/cursillo) sobre la importancia de la mujer, a lo largo de la historia, tanto ante una cámara, o un pintor, como tras la misma o portando la paleta. Y mi estupor aumentaba día a día tras comprobar que lo que nos decía la profesora era cierto: hay cientos de mujeres pintoras, buenas pintoras, de las que no se habla en ningún sitio. El último diccionario enciclopédico que yo adquirí está editado en 2003 ¡antesdeayer! y no se nombra a ninguna. A ninguna. Y creedme, hay mujeres pintoras de tal importancia, como puede ser el caso de Fede Galizia, que incluso tienen el honor de haber sido el primer artista italiano, allá por el siglo XVI, en firmar un bodegón, discicplina en la que realmente destacó. O como Lavinia Fontana que fue elegida pintora oficial de la corte del Papa Clemente VIII. Y hace solamente 30 años que una galería estadounidense expuso obras de algunas de estas mujeres, ya que hasta entonces era como si no existieran.
Gracias a quien lo creara ha llegado internet y ya hay blogs fantásticos que dan luz a estas artistas, pero me sigue pareciendo ver-gon-zo-so que no haya constancia de ellas en papel, salvo honrosas excepciones, quiero imaginar, porque no tengo noticia de ellas.

Os dejo unos enlaces interesantes:
Mujeres pintoras
Figuration féminine

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Mira que era difícil superar a la Lessing. Mira que el listón del aburrimiento y el tostón había quedado alto. Pues bien, ha venido Elizabeth Kostova y ha dicho: “Yo puedo escribir una historia tan incoherente o más, tan infumable o más y tan aburrida o más”
Y aquí me tenéis, intentando deshacerme de La historiadora para poder entregarme a los que me esperan en la mesilla y que son delicatessen. Y esto me pasa por pobre, así de simple, porque si no me hubiera quedado sin nada que leer no hubiera aceptado el préstamo.
Ahora he tenido un golpe de suerte y tengo en la mesilla tres, ¡tres!, que me esperan impacientes. Bueno, tampoco es eso, la impaciente soy yo. Pero no me digáis que no os encantaría leer La elegancia del erizo, Jane Eyre o Pedro Páramo. El primero ya es muy especial para mi porque a dos personas les ha parecido reconocerme en uno de sus personajes. Jane Eyre porque me apetece mucho comparar a las hermanas Brontë. Y Pedro Páramo… …qué puedo decir que no se sepa; me he leído sólo la primera página (nunca he sabido lo que es la paciencia) y ya no me aguanto más. Intuyo que se convertirá en uno de mis libros favoritos.
En fin, que a ver si este fin de semana me libro de la Kostova y vuelvo a disfrutar de la lectura.

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Hacedoras de arte

Siempre que algun genio deja este mundo siento exactamente lo mismo: rabia. No rabia porque se muera sino rabia por lo que se lleva consigo. Todas las genialidades que se quedan sin realizar y que podrían habernos ofrecido convirtiéndonos así en un poco menos ignorantes. Y mecánicamente me imagino sus manos, ya inertes; manos que dieron forma, de cualquier manera, a todo lo que en sus cabezas bullía, convirtiendo el resultado en arte.
¿Y qué es arte? Yo no sé la respuesta, y no quiero saberla. Yo quiero seguir disfrutando de todo lo que me hace sentir con mayúsculas sin necesidad de seguir estrictamente los mandatos de una definición que ponga coto a mi heterodoxa capacidad sensitiva. Supongo que cada hacedoras hacendosas uno tenemos nuestros genios de cabecera, y los baremos que nos llevan a elegir unos u otros son tan dispares que ahí reside, a mi parecer, la grandeza del arte.

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