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Archive for the ‘Barallando’ Category

Logo fará dous anos daquela noite amarga, longa. Noite aceda e doente que nos deixou a gorxa anoada.
Dame permiso, Celso, porque non atopo outro título pra aquela víspera que nos puxo de luto pra sempre. Daideme permiso, almas feridas, doentes lexítimos; daideme permiso pra arrimar o meu ombreiro á vosa carga.
Daideme permiso, tamén, os alleos á miña lingua porque esta dor non me sae noutro idioma.

Logo fará dous anos de que gomase na miña ialma a idea de botar fóra todo o que me remexe dentro, de abanealo pra esparexer esta dor ao tempo que deixo pegada deste sentimento de orgullo pola miña xentiña, por iso que tódolos medios alén das nosas fronteiras sobresaían como algo excepcional. Un día, e outro, viñan afagos polo que fixeron os veciños de Angrois. Esa víspera negra coma a propia noite, cada home e cada muller saiu pola porta pra botar unha man no que puidese, e todos eses pequenos puideses convertéronse, a ollos alleos, en algo de heroes.

Mais a min non me sorprendeu o que vin porque sei cómo é o meu pobo. Este meu pobo galego, traballador incansable, íntimo se se me permite dicilo así; caladiño, humilde, que por séculos e séculos leva na virtude o defecto, facer o traballo porque hai que facelo, inda que esta vez o primeiro anule por completo o segundo. E sen outra razón polo que facelo deron a ialma, e deron de beber e colleron mans, e abriron ventás alleas e portas propias. E sen outra razón confluíron nalgures pra dárllelo sangue a quen quedaba sen ela. Mágoa de non poder facer o mesmo co alento.

Logo fará dous anos daquela noite amarga, daquela noite de negra sombra.
Dame permiso, Rosalía, porque ningunha outra xuntanza de palabras se arrima siquera ó que sinto.
As bágoas non me saen, non as deixo. Quen son eu pra chorar habendo tanta ialma lexítima desfeita en dor dende aquela longa noite de ferro.

Por eles. Pra eles.

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Coelho & Co.

Pensamiento/conclusión de la 01´45 de la madrugada: Paulo Coelho es a la literatura lo que un ser bien intencionado a un hambriento, esto es, le da un plato de pescado en vez de enseñarle a pescar. Salvando la diferencia entre las intenciones de uno y otro para con su “patrocinado” y presumiendo que, pese a esa diferencia, ni una ni otra son malas.
Navegando me he topado un artículo sobre el susodicho, sobre la pobreza de su obra y, a pesar de esto, la cantidad de ventas que consigue. Leo también algunos comentarios y es con estos con los que llego a esta conclusión.
Dice el articulista que diserta sobre el tema para no quedarse simplemente con lo que todos los detractores de Coelho opinan: “Si Coelho vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos, esto se debe precisamente a que sus libros son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto”. Algún que otro comentarista se siente profundamente ofendido por estas afirmaciones, sin darse cuenta de que el fin del artículo es no firmar, en principio, tal aseveración sin profundizar un poco más sobre el tema. Defienden su derecho a dejarse seducir por los libros de Coelho y por esa manera suya, y esto ya es opinión mía, de contar tal cual lo que quiere contar: coger un dicho popular, o proverbio, al alcance de cualquiera y contarlo dando un largo, aburrido y predecible rodeo. Argumentan estos defensores de Coelho que sólo pretenden disfrutar de esas historias y de la sabiduría que extraen de ellas sin que les compliquen la vida como hacen otros libros de lectura más compleja. Y es ahí donde me brota el pensamiento. Yo estoy orgullosa de pescarme, y cocinarme, mis peces, en vez de que me los den ya masticaditos, pero para llegar a esa conclusión estos respetables lectores de Coelho aún habrán de seguir comiendo el pescado cocinado una y otra vez de la misma manera, hasta que se aburran y busquen otros sabores. Y cuando ello ocurra se toparán también con la satisfacción que proporciona disfrutar de lo cocinado por uno mismo, aunque dé un poquito más de trabajo.

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Ultimamente no escribo apenas, y no porque me esté volviendo vaga. Lo que ocurre es que las cosas sobre las que reflexiono no me llevan a ninguna parte, no saco una conclusión clara de ello, por lo que la reflexión es incompleta y no se deja escribir. Lo que hago es crear notas en mi móvil para así volver sobre las mismas de vez en cuando. Así que heme aquí hoy soltando una de ellas, de esas a las que no consigo sacar un veredicto, aunque a veces lo vislumbro y me asusta.

Hace unos pocos años que hice, junto con mi hermana, el Camino de Santiago. Lo hicimos solas, algo que tanto hoy como entonces no es ya “atrevido”, salvo para alguna persona mayor que te puedas encontrar por esos caminos. Y nosotras la encontramos. Señora muy mayor pero perfectamente sana en apariencia. Pequeña pero fuerte, delgada, fibrosa, curtida. Negro riguroso de los pies, pantuflas, hasta la cabeza, pañuelo.

Palo en mano a modo de bastón nos saluda dicharachera y nos somete a un tercer grado nada desagradable sobre nuestra presencia en su aldea y nuestro destino. Una vez informada nos pregunta si no nos da miedo caminar solas por lugares alejados de núcleos urbanos. Entre risas y chascarrillos declaramos nuestro ausencia de desasosiego. Y ella, sin cambiar el tono aunque sí la mirada, nos da el consejo que a su entender está obligada a dar. Cogiendo el palo con ambas manos escenifica de manera precisa qué hacer con nuestro bastones si nos encontramos en una situación de peligro, mientras nos dice que no debemos dejarnos vencer por el miedo y que la mejor salida es “clavárselo (el bastón) hasta el corazón” sin dudar. Me parece estar viéndola, acompañando la frase con la energía de quién está visualizando lo que ha de hacer y enfatizando en su forma de hablar.

Esa buena mujer, en una situación extrema, mataría a un hombre sin dudarlo con la misma tranquilidad, entendiendo tranquilidad como algo que es necesario, con la que mata un pollo para comer. Y eso es lo que me hace reflexionar a menudo sobre ella y su manera de actuar. Ese primigenio instinto que persiste en muchas personas en su misma situación y que les ayuda a separar los sentimientos de los actos. Y es que o matan o mueren. Así de sencillo era todo hasta hace muy pocos años. Ahora tenemos a quién mate por nosotros, para encontrarnos el filete de pollo en una bandeja. Y juez que decida si quién nos ha hecho daño debe ser castigado. Y en este último caso entiendo que así debe ser en una sociedad civilizada, pero algo me dice que esta mujer no iría por ahí clavando el bastón a la gente. Sólo a quién le atacara, y bastaría medio segundo para saber quién es el culpable y el otro medio para juicio, veredicto y ejecución. El problema de nuestra sociedad actual es que hay tanto ser humano corrompido que nos hemos visto obligados a desconfiar de todo el mundo, hasta tal punto que es necesario un juicio con abogado defensor para el “malo”. Porque hoy en día el “malo” ya no es de ley, no va de frente atacando y exponiéndose al castigo de manera inmediata. Ahora el “malo” se viste de señora mayor y dice que la han atacado por lo que hace falta un juicio para intentar dilucidar la verdad. Y a veces la verdad no aflora y el juicio es injusto, y yo me pregunto si vale la pena disfrutar de la comodidad de encontrarnos el filete de pollo en la bandeja, o deberíamos tener que mancharnos las manos de sangre para no perder la perspectiva de la realidad.

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…no está nada mal, ¿no creéis?

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Tengo una teoría sobre la muerte. Absurda y disparatada, como todas mis teorías, pero vamos, hubo un tiempo en el que alguien afirmó que la Tierra no era plana, y mira.
Me pongo seria. Tengo una teoría sobre la muerte, concretamente sobre cuándo nos llega. Creo que no es hasta que nos rendimos que nos aborda. Esto es, decidimos cuándo morirnos.
En este punto cada uno de vosotros me diría que nada más lejos de la realidad, porque todos conocemos a alguien que se ha muerto y ni se nos pasa por la cabeza creer que esa persona quisiera morir. Y esto, seguramente, es cierto. El quid no está en desear morir, sino en tener un pensamiento, por muy fugaz que sea, de rendición, de hartura. Aquello, tan cierto, de “ten cuidado con lo que deseas que se puede cumplir”. Luego podríamos darle mil vueltas al cómo. Y, evidentemente, no hablo de una sincronía entre el pensamiento y el momento del óbito. Pienso que hay la distancia temporal suficiente para que se dé la circunstancia adecuada. Podríamos hablar del enfermo que está harto de luchar, o del que el día anterior al accidente de tráfico tiró la toalla. Y cuando me refiero a todo lo mencionado no hablo de una frase soltada así, sin más, sino que hablo de algo tan personal y tan íntimo que ni siquiera uno es consciente de lo que está deseando.
Puede parecer esta una entrada banal, más no lo es. Al menos no para mí. Pienso a menudo sobre ello, y me cuido muy mucho de no desfallecer, aunque también sé que cuando se tiene una edad, todos, sin excepción, acabamos pidiendo la hora..

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Untitled

CIRCULAR INFORMATIVA Nº 5

Estimados padres/madres:

Comunicamos a todos los padres y madres de los alumnos/as que mañana martes día 27 de septiembre los profesores/as tutores/as de 2ºC, 3ºC, 4ºC, 5ºB y 6ºC, así como también los especialistas plástica en inglés, inglés 2º ciclo, educación física (3º y 4ºD) y las orientadoras del centro secundarán la huelga general convocada por las plataformas sindicales.
El 30,3% del profesorado está en huelga. El resto del profesorado que no acude a la huelga atenderá al alumnado que venga al centro.

El Claustro les quiere aclarar algunos de los motivos por los que se hace la huelga:

·Los graves recortes a la Enseñanza Pública
·Reducción de profesorado
·Inclusión de labores que no le son propios como control de alumnado a la entrada y salida del transporte escolar.
·Profesores que imparten materias de las que no son especialistas.
·Servicios complementarios deficitarios.
·Menos tiempo para la elaboración de material y para la atención individualizada del alumnado que lo necesite.

En alguna casa por la noche un docente está preparando actividades que le dará a tu hijo en el Colegio mientras tú trabajas o ves la televisión. En este mismo instante docentes de todo el mundo están usando su “tiempo libre” para la educación, prosperidad y futuro de tu hijo/a.
Respetar el trabajo docente y no desprestigiarnos a nosotros y a nuestra labor. Pedimos el apoyo de las familias a nuestro trabajo como profesores.

Redondela, 26 de septiembre de 2011.

La Directora

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Estoy convencida de que pocas cosas hay con mayor carga, o descarga, elije, sensitiva que un buen cruce de miradas. Pienso que, sensorialmente, está por encima, incluso, del roce de la piel, aun cuando el vocablo que estoy utilizando, me refiero a “sensitivo”, haga referencia principalmente a este último órgano. Sin embargo, lo que no tengo tan claro es cuánto se ha de prolongar en el tiempo el susodicho para ser más placentero, si el cruce largo y mantenido, duelo maravilloso que, dependiendo de que lo ganemos o no, nos da mil y una posibles lecturas, o el inesperado y fugaz, plagado de reminiscencias que permiten alargar su disfrute.
Ayer vino a mi memoria, por alguno de esos misterios que preñan la mente mía, uno, sino el primero, de los cruces de mirada que recuerdo más a menudo, no ya por lo que significó para mí en aquel momento, sino por ser, esta vez sí, el primero que mantuve consciente de lo que estaba haciendo.
Quince años no dan para mucho, todo es repentino y falto de control. “Pam”. Sucede y ya está. Sin embargo, en aquella ocasión alguna neurona mía se encargó de que centrara toda mi atención y todos mis sentidos en los ojos de Benjamín, viejo conocido y algo mayor que yo, que me miraba desde la otra mesa (aquí debería agregar un postit imaginario con la recomendación de volver sobre el tema para disertar sobre cómo una mirada puede conseguir que te guste alguien en quién ni habías reparado) Lejos de apartar la mirada me quedé leyendo en sus ojos lo mucho que yo le gustaba, al tiempo que descubría cuán poderoso te puedes llegar a sentir en tales duelos si sabes que te alzarás con la victoria. Es un poder ambicioso y adictivo, tremendamente adictivo. Pero dicho poder, paradójicamente, sólo es tal, y sólo proporciona placer, si se ejerce sobre el rival adecuado, esto es, alguien que busca lo mismo que tú: ganar.
Lo siento, conmigo perderás siempre.

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Tengo dos manos, y en cada una de ellas cinco dedos con sus correspondientes uñas, y si me las quiero morder, me las muerdo. Tengo dos piernas, y si quiero coger una piedra y darme con ella en cada una de mis dos espinillas lo hago, y si me sale del moño cojo un canto y me doy en los dientes. Nadie, absolutamente nadie, propondría leyes que me prohibieran hacerlo. Ahora bien, tengo un sexo y lo utilizo para follarme a otro con un sexo de idénticas características y unos cuantos, demasidos para mi gusto, deciden que no puedo hacerlo. Como no pueden meterme un corcho para que no lo haga, utilizan ardides rastreros y vergonzosos para coartarme: quieren ampararse en leyes. Leyes para que no formalice mi relación, leyes para que no pueda tener y/o educar hijos. Pobres idiotas, que me tachan de diferente y sin embargo apelan, quedando en flagrante evidencia, a lo que saben que nos hace iguales, completamente iguales: los sentimientos.
Todos estos pobres seres verían bien que dos monjas, por poner un ejemplo, acogiesen y educasen a un par de niños, independientemente de que sean ambas del mismo sexo, porque se presupone que no lo practican; por lo que no es una cuestión de género que estén en contra de que dos hombres o dos mujeres adopten, tengan, eduquen, amen…
Señoras y señores retrógrados e intransigentes del mundo, mi sexo es tan mío como mis uñas o mi pelo, y hago con él lo que quiero, y ello no merma en absoluto mi capacidad de amar y educar como mejor pueda hacerlo.
Y ustedes lo saben.

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La naturaleza, pese a parecerlo, no es perfecta. Ha logrado mantener la apariencias durante millones de años, pero ha cometido un error de bulto: escupir seres humanos al mundo dotados con la capacidad del pensamiento. Una de dos, o es cruel o temeraria; kamikaze incluso, diría yo, porque descubierto el error podemos, en nuestra desesperación, volvernos contra ella.
Cualquier otro ser vivo lleva en sus genes una sencilla hoja de ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir. No aspiran a más. Nosotros, en cambio, no tenemos claro qué leches pintamos aquí. En un triste afán por encontrar nuestro cometido nos dedicamos, desde que fuimos conscientes de nuestra diferencia, a fabricar cosas innecesarias para nuestra supervivencia. Y no encontrarlo, no saber, nos lleva a seguir llenando el planeta de trastos inservibles, trastos cuya construcción mantiene ocupadas nuestras mentes protegiéndonos así de caer en la cuenta de cuán desgraciados somos: podemos pensar, pero jamás hallaremos conclusiones, sino que cada respuesta hallada nos abocará, indefectiblemente, a nuevas preguntas, espiral tan infinita como infinito es el universo.
Y si todo esto no es cierto, si estoy equivocada, quien defienda lo contrario que me conteste: ¿por qué me muero por un abrazo y a cualquier intento respondo con un zarpazo?

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Matemáticas

Sindicato: 1. m. Asociación de trabajadores constituida para la defensa y promoción de intereses profesionales, económicos o sociales de sus miembros.
+ Coacción: 1. f. Fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo.
+ Huelga: 1. f. Espacio de tiempo en que alguien está sin trabajar.
= Fascista: 3. adj. Excesivamente autoritario.

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Días buenos

Pese a todas las previsiones que dan para esta zona lluvia, o nubes, o cualquier otra adversidad meteorológica que mantenga a raya a posibles viajeros que pretendan cambiar sus planes de irse al mediterráneo y acercarse por aquí, hoy (y ayer, y antes de ayer…) hace un día espléndido.
Este tema ya tuvo entrada en este blog, pero siento la necesidad de seguir denunciando esta injusticia, y gritar: ¡sí, señoras y señores, hoy, trece de septiembre, sigue haciendo día de playa en Galicia!
Estoy por convencer a alguna de mis niñas para que se meta reportera meteorológica y dinamite desde dentro a ese ente que se empeña en hacer campaña a favor de esas zonas turísticas “tipical spanish” a costa de repetir una y otra vez que aquí hace mal tiempo.
Este tema me puede, así que para relajarme me voy a dar un bañito mañanero en la playa, y ya voy tarde, que son las diez y ya aprieta el calorcillo.
Buenos días.

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Sobre gustos…

Las ocho.
Hasta no hace mucho a estas horas ya estaba el sol alto. En mi cuarto, de noche, no he bajado las persianas en todo el verano; me vuelve loca despertarme con luz natural y contar los rayos de sol a medida que se van colando en la habitación. Y ahora mira, casi he de encender ya las luces para escribir a estas horas.
Debería ser siempre verano. Debería salir el sol cada día, para despertarnos, y luego ya que hiciera lo que le diera la gana: que el día quiere nublarse, que lo haga, que prefiere llover, que llueva, que llueva, la virgen de la cueva… que no, que lo que quiere es quedarse, adelante. Bueno, de hecho siempre está ahí, osea que lo que hay que hacer es comprar ventiladores gigantes para que soplen cada mañana a la hora de despertarse. Luego los apagamos y punto. O no, porque también me gusta el viento. Me encanta el viento. Noto como si me recargara de energía. Me siento capaz de mover el mundo cuando sopla el viento. Y sobre todo cuando son vientos de agua. Vientos de agua… Pero ocurre que después de éstos viene la lluvia, y el olor a tierra mojada es, sencillamente, extraordinario. Extraordinario.
¡Vaya! va a resultar que me gusta el mundo tal y como es.

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Hasta hace muy pocos días me fascinaba la tecnología. Quiero decir, me fascinaba lo que es capaz de conseguir. Cada vez hay más aparatos, más completos y complejos, capaces de almacenar en el mínimo espacio una cantidad abrumadora de datos. Cientos y cientos de datos almacenados en un trozo de plástico, que también hemos creado, minúsculo. Y todo eso lo ha creado el ser humano de la nada. Me paro a pensarlo y me parece realmente admirable, más allá de que los utensilios creados sirvan para mejorar nuestras vidas o para condicionarlas, e incluso, en el peor de los casos, para destruirlas.
Y, sin embargo, esto que a mi me fascinaba tanto, resulta que ya estaba inventado. No hay más que tener en la mano una semilla de cualquier planta para darnos cuenta de que estamos en pañales. Y no hablemos de la información que hay en un espermatozoide.

Deberíamos dejar de inventar lo ya inventado, y dedicarnos a rebautizar las cosas, porque mira que le hemos puesto un nombre feo a nuestra semilla, caramba.

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Radio Visibilidad

Me he acogido estos días a una esas maravillosas ofertas que nos hacen las diversas compañías de telefonía móvil haciéndonos creer que los favorecidos por ellas, por las ofertas, somos nosotros, para cambiar de teléfono móvil. Yo les dejo creer que lo consiguen, lo de convencerme, quiero decir, o puede que, realmente, me convenzan, a saber. El caso es que tengo así un nuevo juguete. Porque lo de hoy en día no son teléfonos, son juguetes para mayores. Anoche estuve hasta ni recuerdo la hora escuchando alguna de las miles de radios que hay por el mundo emitiendo por irternet. Me enteré del tiempo en una remota región de Argentina, y seguro que también del que hacía en Namibia o en China, pero esos no los entendía; temperatura, humedad ambiental, velocidad del viento y, lo que me sorprendió: los kilómetros de visibilidad. Cada pueblo, o provincia o región, supongo, que nombraban, tenía diferentes kilómetros de visibilidad, siempre oscilando la cifra entre dos y cuatro. Imagino, una, a veces, tan negativa, que será cosa de la contaminación. O puede que, ahora que lo pienso, y poniéndome positiva, sea cosa de la altitud de esos pueblos.
En fin, qué cosas, empieza una queriéndo hablar de los avances de la tecnología y acaba hablando del altiplano argentino, y, claro, no voy ahora a retomar. Así ya tengo entrada para mañana, que las neuronas también necesitan un kitkat.

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Una no está tocada por la gracia celestial para determinadas cosas. Así es, no se puede ser perfecta, y yo, chica obediente donde las haya, no lo soy.
Mi despiste crónico es célebre entre mis allegados. Para todo lo relacionado con facturas, vacunas -muchas; cosas de tener prole- y cosas por el estilo, he de pegar folios enteros con avisos, tras la puerta de la calle, para darme de bruces al salir y así no olvidarme de llevar a cabo lo que se tercie.
Pese a este particular despiste no soy olvidadiza. Algo incongruente, no lo niego. Cierto es que lo uno está llamado a pelearse con lo otro. Pero en mí se dan la mano, ¡qué le vamos a hacer!.
Así que, aun con despiste y todo, recuerdo una campaña, no ha muchos años, orquestada por algún grupo con intereses que ahora parecen quedar al aire, en la que se nos bombardeaba con advertencias sobre lo poco saludable que era consumir agua no embotellada. Recuerdo especialmente el consejo de comprobar siempre que el precinto de garantía estuviese en su sitio, ya que, según los informativos que nos daban tales consejos, era frecuente que en bares y restaurantes rellenaran dichas botellas con agua del grifo. Y hablo bien. Tal campaña no era publicidad al uso. Era, como digo, una noticia más en los telediarios. Y en esos mismos telediarios vi hace dos días la recomendación de olvidarnos del agua embotellada, aduciendo que era una moda nada ecológica y muy esnob, y animándonos a pedir sin complejos agüita del grifo.
Sip. Los telediarios ya no informan. Aburren.

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Jugar con fuego

Heme aquí, intentando inquirir cómo se comporta una frente a los rumores ya que no siempre reacciono igual. Unas veces me los creo; otras no.
Rumor tiene una definición preciosa: voz que corre entre el público. Sin embargo, le tenemos cuasi como sinónimo de falsedad. Consecuencias de ir de boca en boca, supongo.
Sea como fuere, hay un rumor que vengo escuchando desde niña que habla de los incendios provocados. Y este rumor, aunque tenga una definición bonita, tiene un contenido feo, ya que la voz que corre es que todo incendio provocado tiene detrás a quién paga por extinguirlo. Es vox populi que pagan al tonto del pueblo y le meten la cerilla en la mano. Y a una le gustaría no creerlo. Le gustaría tener razones que dinamitaran cualquier posibilidad de que ello fuera cierto. Pero España y sus costumbres juegan en contra. En nuestro adorado país de pandereta estar a la espectativa no es productivo. No está bien visto pagar por estar de brazos cruzados. Así que, démosle trabajo a los brigadistas, que no se pasen el verano mano sobre mano, pongamos un fuego en sus vidas que les haga sudar el salario.
Y luego pasa lo que pasa. Enterramos a los muertos, y aquí paz y después gloria.

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Mona de feria

A veces me pongo a soñar despierta, que es la única forma que conozco para dominar los sueños y elegir el tema a mi antojo. Y me gusta soñar qué haría si tuviera un porrón de pasta. Sí, sé que el dinero no da la felicidad, pero no seamos hipócritas, tenerlo quita preocupaciones, y no tener éstas ayuda muy mucho a ser feliz. Luego le doy la vuelta a la tortilla y empiezo a pensar que tener mucho dinero no te deja vivir tranquilo, porque aunque los motivos para tener las susodichas tengan otro cariz, en esencia te hacen sentir lo mismo.
Lo que nunca me ha dado por soñar es con tener poder. Qué cosas. Será que para tener dinero vale cualquiera, y por lo tanto soy tan buena candidata como él que más, y puede que para tener poder se necesite un cuajo del que yo carezco. Porque tal como yo veo el patio los poderosos de ahora lo son de pacotilla y en vez de ejercer el poder están sometidos a él, y para muestra, los Obama.
Y llegados a este punto una para de soñar para ponerse a elucubrar, con la nada desdeñable intención de averiguar qué carajo de deuda tendrá los de eeuu (así, con minúsculas, que este es un blog de tono coloquial) con nosotros, los españolitos, para tener que mandar nada menos que a su primera dama a lucirse como un mono de feria.
Me voy a la playa, eso sí, en escapada privada, que yo ni poder ni dinero. No hay mal que por bien no venga; nadie fotografiará mis Michel(le)ines.

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Leo en la prensa de ayer, y copio literalmente:
“Numerosos conductores jóvenes, (…) llegan a recorrer hasta 70 kilómetros de más por vías secundarias y pistas forestales para evitar los controles de alcoholemia de regreso a casa. La guardia civil asegura conocer estas rutas alternativas y advierte que también están bajo vigilancia. Los jóvenes llegan incluso a enviar un coche por delante, con un conductor que no ha bebido, para detectar el control y avisar al resto de su ubicación”

¿Pensáis lo mismo que yo?

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Miserias

Una es bilingüe porque tiene la suerte de serlo.
Hasta no hace mucho, una sabía qué debía hablar para no parecer una paleta, y es que aquí, hablar gallego era, y creo que sigue siendo, para desgracia de quién así piensa porque de lo mismo que nos etiqueta se retrata, sinónimo de incultos, y ésto a su vez era, de manera más lógica, creo yo, sinónimo de pobreza. Esto parece que ha cambiado, pero mi convicción es que sólo lo parece. Es políticamente incorrecto decirlo, pero la evidencia es terca, y, encima, no entiende de disimulos.
Si hay algo que un gallegoparlante sabe con toda seguridad, es distinguir a otro de entre los cientos que lo hablan a golpe de decreto, o a golpe de ley, que una de los tejemanejes políticos no entiende más allá de votar. Ahora hay que hablar gallego, por cojones, por lo que es habitual ver a los políticos en sus plenos, con el acento inconfundible de quién no lo habla en su vida cotidiana, o a los presentadores de la televisión autonómica, que se atrancan ante palabras que, lo reconozco, son complicadas para quién no ha mamado esta lengua.
Y una asiste como convidada de piedra a este gran teatro, mientras piensa que una lengua no se impone, porque lo impuesto, por historia, acaba siendo odiado. Una piensa, ¡una piensa tantas cosas! que si algo está condenado a desaparecer, sea, y que es mejor recordarlo con nostalgia que sufrirlo. Y el quiera entender lo aquí expuesto, que lo entienda, y el que no, es que no sabe leer entre líneas.

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Un consejo

Me levanto de la cama siguiendo mi secreto ritual de posar primero el pie izquierdo, mientras mi mente intenta hallar una respuesta a por qué, por enésima vez, no he oído el despertador del teléfono móvil. Nunca antes me había sucedido tan a menudo. En la última semana seis de seis. Menos mal que el puto despertador biológico no me falla.
Mi primer destino es el cuarto donde está el ordenador. He de ponerlo en marcha para que esté a punto en unos quince minutos, justo el tiempo que empleo yo en conseguir abrir del todo los ojos y espabilar un poco la mente, primero en el baño y luego en la cocina. Mi desayuno es sencillo: leche templada, con un pellizco de colacao y sin azúcar.
Con la taza en la mano me encamino de nuevo pasillo adelante. Me siento frente al ordenador y miro por la ventana abierta. Puedo quedarme minutos enteros embelesada mirando los tejados, mientras permito al frío de la mañana rebotar contra mi pecho. Miro la pantalla del ordenador, los tejados, la leche, los tejados…
He de limpiar estos cristales o pronto me impedirán mirar lo que hay al otro lado.
Miro de nuevo la pantalla, la taza de leche… Y de nuevo los tejados. Recuerdo entonces el primer punto del decálogo de Augusto Monterroso sobre la escritura: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.
En fin

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Una incógnita

Cuando me pongo a escribir, el primer enlace que abro, para tenerlo a mano, es el de la Real Academia Española, (por dios, que rimbombante me ha sonado eso), osea el diccionario. Es un vicio. Me encanta saber exactamente qué escribo.
Me he dado muchas veces de bruces con palabras que usamos con una asiduidad extraordinaria y que resulta que no existen. Hoy, sin ir más lejos, para el tema sobre el que en principio iba a ir mi entrada, he querido saber el significado concreto de “civilizado” y me ha salido en rojo, como suele ser habitual en estos casos y como si de una acusación se tratase “La palabra civilizado no está en el Diccionario”. Lo primero que he pensado es que no lo había escrito bien, pero tras comprobar una y otra vez que cada letra estaba en su justo orden no me ha quedado otra que creérmelo. Como también soy una quisquillosa para los matices, he pensado que tal vez ese “no está en el diccionario” se refería a que no está en ese diccionario concreto, en el de la red. Pero, tirando de diccionario enciclopédico de toda la vida, el de la estantería de mi pared, el resultado ha sido el mismo. Civilizar y civilización sí están, “civilizado” no está.
Y ahora me pregunto ¿por qué no está? Ya sé que hay palabras nuevas que se van incorporando a medida que su uso se va haciéndo cada vez más común, pero yo oigo “civilizado” desde que tengo uso de razón. Entonces…
He probado, en mi tozudez por entender las cosas ipso facto, a poner otras palabras terminadas en “ado”. Desayunado no está, pero desmayado sí. He pensado entonces que lo acabado en “ado” puede ser que no esté ya que son tiempos verbales. Para comprobar mi hipótesis he metido a destajo palabras acabadas en “ado”: obcecado, estructurado, analizado, condecorado… y todas con el mismo resultado: No está. Perfecto, podría decirse que he dado con la clave. Pero ¿por qué sí está “desmayado”?

Ainsss, ¡qué falta nos hace Don Gerundio!

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Si existiese alguna clase de dios o, mejor dicho, de lo que entendemos por dios, ¿qué sentiría al observarnos desde su atalaya, contemplando nuestras idas y venidas sin que seamos conscientes de ello, y sabiendo de nosotros cosas que, tal vez, hasta ignoramos?

Nuestros caminos se cruzan con una frecuecia de tres o cuatro veces por semana; él en su, imagino, devenir diario hacia quién sabe dónde, y yo en mi cotidianeidad a menudo desacompasada. Camina lentamente, ritmicamente, algo a lo que contribuye una más que evidente cojera, resaltada por una bota con alza que nivela la diferente altura de sus piernas. Camisa siempre arremangada en los puños y pantalón siempre lleno de lamparones. En nuestro coincidente transitar pone su mirada en mí con la misma indiferencia con que la pone en cualquier otro transeunte. Ni se imagina, no teniendo motivos ni para planteárselo, que una noche estuvo entre mis brazos, que me fue necesario estrecharle fuerte contra mi, que nos llenamos del mismo fango que arrastraba la lluvia, y que esa mirada suya, tan azul, y ahora tan indiferente, fue la encargada de agradecerme entre balbuceos impregnados de alcohol, que le sacara de la puñetera zanja que aquella noche le había tendido una trampa a su bota con alza.

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Una mirada

Tengo una manía. En realidad tengo… … ¡uff! En fin. Tengo la manía de quedarme mirando a los ojos a las personas que aparecen en fotos o cuadros, y que miran, a su vez, fijamente al objetivo o al pintor, según el caso. Lo hago con la intención de escudriñar qué pensaban o sentían en el momento de quedar inmortalizados. Siempre espero, o deseo, no sé, un pequeño movimiento, una conversación telepática, o algún que otro tipo de comunicación paranormal, en definitiva.
Cada cierto tiempo nos traemos de casa de mi madre los suplementos dominicales que ellos, mis padres, acumulan en sus respectivas bolsitas, y sin abrir, a la espera de encontrarles un uso provechoso muy alejado del que en principio tienen asignado, que es la lectura. Luego, en mi casa, los leemos aunque sea, logicamente, muy a destiempo.
Ayer me quedé mirando la portada de uno de esos dominicales, publicado allá por marzo del 2009. En ella tres hombres miran directamente al lector por obra y gracia de la tecnología. Son tres actores, uno maduro y dos jovencitos. De estos dos últimos, uno, Tamar Novas concretamente, llamó muchísimo mi atención. Me costó unos segundos reconocerle, porque ha crecido convirtiéndose en un tipo cañón, pero fue tropezar con su mirada y quedar completamente anulada cualquier tipo de atracción física, y es que este, por aquel entonces, niño, me cautivó con su interpretación de sobrino de Ramón Sampedro en Mar adentro. Le miro a los ojos y son tantas las emociones que regresan a mi, que llego a la conclusión de que, por muy bueno que esté, me sería imposible tener un affaire con él.
Definitivamente si algún día decido echar una cana al aire deberé buscarme a uno que tenga la cabecita completamente hueca.

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Un día, alguien aparece por la puerta y te ofrece un trasto que se les ha quedado obsoleto; y una lo recoje, como hace con todo, y lo hace con la mejor de las sonrisas, ya que ir aprovechando es la única manera de tener algo que de otro modo sería impensable poseer. Estoy hablando, perdonadme el desorden narrativo, de mi mastodóntico ordenador.
Tiempo después llega esa cosa llamada Internet. Y como suele suceder, aunque no tengamos para pan compramos estampitas. Y a fuerza de navegar y navegar una va conociendo puertos y ansía nave propia, y, paso inevitable, abre un blog. ¡Qué año tan maravilloso! Pero tras la euforia llega la desidia e, indefectiblemente, el abandono.
Ayer, con motivo de mi inscripción en la quinta edición de los Premios 20Blogs, tocó desempolvar. He de confesar que sentí pena al ver en qué se ha convertido algo que tuvo tanta actividad. Y dudé.
Tal vez esta inscripción llega muy a deshora, estoy convencida de ello, ahora que el blog no es ni sombra de lo que fue. Seguramente no es bueno forzar la máquina, y ésta parecía muy a gusto en su reposo tras los últimos y vanos intentos de reflotarla, pero debo sacarme esta espinita que tengo con los premios. Mi despiste crónico me dejó a las puertas los dos últimos años, y uno de mis mayores defectos es la perseverancia.

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Tal vez sería más correcto titular esta entrada de otra manera. Se me ocurre, por ejemplo, que debiera llamarse “una obsesión”, pero, como no lo tengo claro, la dejaré tal cual está.
Y es que una de mis aficiones ha devenido en “ello” (léase “pasión” u “obsesión” una vez leída el resto de la entrada).

La cuestión quedaría perfectamente resumida en una frase: He pasado de ocupar mis ratos libres leyendo a buscar y acumular desesperadamente ratos que dedicar a la lectura.
He pasado de comprar los libros de uno en uno a comprármelos de dos en dos. Como cualquier otro adicto con cualquier otra adicción he necesitado echar mano de restos mal aprovechados en tiempos de bonanza, rescatando así libros, los pocos, que formaban parte de mi biblioteca sin que hubieran pasado por mis ojos. Y he tenido una muy seria conversación con Boss, ya que soy plenamente consciente de que “ello” no ha hecho más que empezar, por lo que el gasto que nos acarrea nos privará de otros pequeños, aunque cotidianos, placeres, y de que habrá días, esos que él, generosamente, se olvida de mi, que no daré ni los buenos días, como ya viene sucediendo con las maratones sillón/libro de los domingos.
Afortunadamente sabe cocinar, así que no moriremos de hambre.

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