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Archive for the ‘Decepciones’ Category

Camino. Lo hago despacio, cansada. Sigo a mis pies, qué remedio, que se esfuerzan por llegar a casa. Los adoquines absorben mis pasos y, a veces, mi pensamiento. Los miro de manera mecánica y descubro que mi mirada va zigzagueando y se posa con una exactitud asombrosa en el lugar exacto donde luego pisaré. Para detener ese vaivén de mis ojos levanto la vista. El paisaje, precioso: una calle, estrecha, flanqueada por hileras de casas, estrechas también. No hay espacio para más. La sucesión es simple tanto en horizontal como en vertical. En el primer caso, el tabique izquierdo de una es a su vez el diestro de la otra. En el segundo, puerta y ventanuco a pie de calle, balconcito y tejado. Así una tras otra. Juntas, pegadas, pero no exactas; como de plastilina, así me lo parecen. Iguales pero irregulares. Diferentes revestimientos, diferentes carpinterías, distintos moradores, pero, ay, todas con la ropa al sol. Todas, sin excepción. Recreo la vista. Sábanas, camisas, toallas, ropa interior . . . Prendas en danza constante con la brisa, de la que se aprovechan para esparcir olor a límpio. ¿O es mi mirada la que huele?
En todo caso me pregunto por qué eso sólo se ve en calles no principales, quiero decir, qué lumbrera decidió que airear los trapos límpios no es bonito?. Donde está ahora ese iluminado, que le quiero hacer entender que es infinitamente más horrible que los de su misma profesión, léase políticos, ya no que aireen, sino que acumulen en los cestos de sus vidas, los sucios.
Puta sociedad absurda

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Vaya por delante que no sé muy bien sobre qué puñetas quiero barallar hoy. Es decir, tengo clara la idea que me ronda toda la tarde por la cabeza, pero no sé cual es el fin concreto que persigo contándolo aquí.

A veces, cuando estoy sola, murmuro, con el tono de voz suficiente como para poder oirme, que no puedo más. Y cada vez que lo hago, cada vez que lo verbalizo, soy consciente de que jamás nadie me ha escuchado decir tal frase. Y lo puedo decir sin temor a equivocarme. Nadie, nadie, ha escuchado de mi boca las palabras “no puedo”. Y, lo que vislumbro que pueda ser el origen de este post, es que no sé si hago bien o mal. Ni siquiera sé si tal dilema debería planteárseme. ¿Por qué habría de ser bueno o malo? Cada uno es como es. El problema de todo esto es que todo el mundo me lo reprocha. Pero todos los que me lo reprochan no son en absoluto coherentes con su propio discurso ya que ellos también se aprovechan de mi inexistente “no puedo”.
A ver si me explico mejor. Supongamos que cada parcela de mi vida es una letra, así podríamos decir que mi familia más directa, esto es, padres, hermanos, etc, son A, que mis amigos son B, que mi trabajo es C, y así sucesivamente. Pues bien, A se queja de cómo me comporto en relación a C, C en relación a B y B en relación a A. Así hasta el infinito. Todos ven la paja en el ojo ajeno; todos me animan a quejarme, a no ceder, y hacen verdaderos esfuerzos en convencerme para que diga “no puedo”, Pero no es esto lo que me defrauda de ellos, sino, repito, la incoherencia de sus discursos, ya que todos, sin excepción, de una manera u otra me piden lo mismo que me reprochan. Y, aunque nunca lo parezca, me duele que ninguno sepa ver más allá; ninguno ve, ni valora, que no sé otra manera de hacer las cosas que no sea dando de mí un doscientos por cien. Pero esto no se le reconoce a humilde ser humano de a pie. Si todo este esfuerzo que realizo lo hubiese volcado en la pintura, o en la música, o en la medicina, o en cualquier otra actividad con reconocimiento social, mi comportamiento sería, sin lugar a dudas, digno de alabanza, Pero sólo soy Vitruvia, la tonta de la que todo el mundo se aprovecha (¡ojo!, esto siempre según todos ellos)
Lo que me jode de todo esto es que sé que muy en el fondo tengo una pequeña necesidad de toparme con alguien que valore mi manera de vivir, mi manera de entregarme en todo y a todos, alguien que me vea medio llena y no medio vacía. Pero que nadie me pregunte de qué manera me gustaría que ese alguien me hiciera notar que sí me ve como soy, porque no se me ocurre absolutamente nada que no choque frontalmente con mi aparente convencimiento de que es suficiente que con que yo sepa como soy. Y es que hasta que he escrito esta entrada así lo creía.
En fin.

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Tengo dos manos, y en cada una de ellas cinco dedos con sus correspondientes uñas, y si me las quiero morder, me las muerdo. Tengo dos piernas, y si quiero coger una piedra y darme con ella en cada una de mis dos espinillas lo hago, y si me sale del moño cojo un canto y me doy en los dientes. Nadie, absolutamente nadie, propondría leyes que me prohibieran hacerlo. Ahora bien, tengo un sexo y lo utilizo para follarme a otro con un sexo de idénticas características y unos cuantos, demasidos para mi gusto, deciden que no puedo hacerlo. Como no pueden meterme un corcho para que no lo haga, utilizan ardides rastreros y vergonzosos para coartarme: quieren ampararse en leyes. Leyes para que no formalice mi relación, leyes para que no pueda tener y/o educar hijos. Pobres idiotas, que me tachan de diferente y sin embargo apelan, quedando en flagrante evidencia, a lo que saben que nos hace iguales, completamente iguales: los sentimientos.
Todos estos pobres seres verían bien que dos monjas, por poner un ejemplo, acogiesen y educasen a un par de niños, independientemente de que sean ambas del mismo sexo, porque se presupone que no lo practican; por lo que no es una cuestión de género que estén en contra de que dos hombres o dos mujeres adopten, tengan, eduquen, amen…
Señoras y señores retrógrados e intransigentes del mundo, mi sexo es tan mío como mis uñas o mi pelo, y hago con él lo que quiero, y ello no merma en absoluto mi capacidad de amar y educar como mejor pueda hacerlo.
Y ustedes lo saben.

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La naturaleza, pese a parecerlo, no es perfecta. Ha logrado mantener la apariencias durante millones de años, pero ha cometido un error de bulto: escupir seres humanos al mundo dotados con la capacidad del pensamiento. Una de dos, o es cruel o temeraria; kamikaze incluso, diría yo, porque descubierto el error podemos, en nuestra desesperación, volvernos contra ella.
Cualquier otro ser vivo lleva en sus genes una sencilla hoja de ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir. No aspiran a más. Nosotros, en cambio, no tenemos claro qué leches pintamos aquí. En un triste afán por encontrar nuestro cometido nos dedicamos, desde que fuimos conscientes de nuestra diferencia, a fabricar cosas innecesarias para nuestra supervivencia. Y no encontrarlo, no saber, nos lleva a seguir llenando el planeta de trastos inservibles, trastos cuya construcción mantiene ocupadas nuestras mentes protegiéndonos así de caer en la cuenta de cuán desgraciados somos: podemos pensar, pero jamás hallaremos conclusiones, sino que cada respuesta hallada nos abocará, indefectiblemente, a nuevas preguntas, espiral tan infinita como infinito es el universo.
Y si todo esto no es cierto, si estoy equivocada, quien defienda lo contrario que me conteste: ¿por qué me muero por un abrazo y a cualquier intento respondo con un zarpazo?

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Matemáticas

Sindicato: 1. m. Asociación de trabajadores constituida para la defensa y promoción de intereses profesionales, económicos o sociales de sus miembros.
+ Coacción: 1. f. Fuerza o violencia que se hace a alguien para obligarlo a que diga o ejecute algo.
+ Huelga: 1. f. Espacio de tiempo en que alguien está sin trabajar.
= Fascista: 3. adj. Excesivamente autoritario.

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Hacía tiempo que no me pasaba algo así. De hecho, ahora que lo pienso, no recuerdo que me hubiera pasado nunca desde que tal afición se asentó en mí. Me estoy refiriendo, como no, a la lectura, y en cuanto al hecho nunca acaecido hablo de no ser capaz de leer. Así es. Tengo, algo inédito también, ya que siempre había de ralentizar las lecturas a la espera de tener algo más para leer, ocho libros amontonados en mi mesilla. Y no soy capaz de avanzar con ninguno.
Al principio pensé que se debía a que Crimen y castigo se me hacía un poco espeso, pero una vez que he probado a leerme algunas primeras páginas de cualquiera de los otros (a saber: Memorial del convento, Los gozos y las sombras II y III, La insoportable levedad del ser, El viaje del elefante, Veintemil leguas de viaje submarino…) me he dado cuenta de que es por falta de concentración. Se me va la mente. Dos líneas y me descubro pensando en facturas, listas de material escolar, dónde comprar ropa y calzado relativamente barato…
Nunca quise dar crédito, aunque lo intuía, a que quedarse sin paro fuese sinónimo de quedarse sin capacidad para disfrutar, pero visto lo visto… espero que el amor, como dice la canción, no salte por la ventana.

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Imaginemos, por un momento, que una persona honrada decide un día emular a las grandes empresas y jugar con los plazos y los márgenes de, pongamos por caso, la lectura del gas. Imaginemos que tras ocho años dando la lectura real como un clavo, decide un día liarse la manta a la cabeza y da una lectura “maquillada” a la baja en cuanto a lectura real, aunque paradójicamente sea al alza en relación a meses anteriores, a la espera de una hipotética, a la par que ansiada, recuperación económica. Imaginemos que por hazar en ese período llega a la puerta, sin aviso previo, un inspector que jamás había aparecido, y que, ante las dudas sobre su autenticidad, habida cuenta de lo que se oye por ahí sobre estafadores, la persona honrada decide no abrir hasta no constatar por teléfono con la empresa que le suministra el gas, que ese inspector, efectivamente, existe. Imaginemos que, para más inri, ese mismo día nuestro honrado protagonista descubre que está roto el finísimo cablecillo del precinto del contador.
¿Qué hará el, supongamos cabreado, inspector cuando vuelva? ¿Qué consecuancias tendrá el haberle dejado en la calle? ¿Cual será su reacción frente al cable roto? ¿Tendrá en cuenta que, estando roto el precinto, lo normal sería que la lectura fuese mucho menor, o al menos igual, y no bastante mayor? ¿Tendrá en cuenta que en el mueble donde está el contador se guardan, cada mes, 70 litros de leche, y que alguna de las hijas de nuestro honrado protagonista puede haberle dado un mal golpe en el trasiego diario? ¿Sabrá diferenciar las excusas reales del nuestro honrado amigo de las que, seguro, está acostumbrado a oir de “profesionales” de la estafa? ¿Cómo puñetas se apañarán estos estafadores para poder llevar a cabo sus empresas? porque una, que lo ha intentado con ahínco, ha fracasado estrepitosamente, y con el añadido de la mala suerte.
Ah! y he robado una toalla de playa, pero vamos por partes. Las condenas, de una en una, por favor.

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Desprestigio

A esta que escribe le gustaría ser una rara avis en determinadas cosas. Tener gustos extravagantes, diferentes a los del grueso de la sociedad, de esos que te dan un punto de extravagancia que hace que los demás te miren con otros ojos. A una le gustaría, por ejemplo, ser una fanática del tiro con arco o del rugby submarino, pero no, una es una integrante más de la masa y es futbolera hasta médula. Y sí, lloré mucho con el mundial. Una, que ha pasado tantas veces por el amargo trago de caer a las primeras de cambio, sigue en una nube, o seguía, porque ahí estaba Argentina para bajarme, pero ese es otro tema.
Y claro, podría pensarse por esto que estoy feliz con que se le haya concedido a la selección española de fútbol el premio Príncipe de Asturias, pero nada más lejos de la realidad. Por más que hayamos disfrutado del triunfo en la eurocopa, primero, y en el mundial, después; por más orgullo que sintamos frente al buen ambiente que se refleja en el grupo, sin envidias aparentes, sin ambiciones individuales, en definitiva, sin malos rollos, por decirlo de la manera más coloquial, no hemos conseguido nada extraordinario digno de tal premio. Sólo hemos conseguido algo que cada cuatro años han venido consiguiendo un número considerable de selecciones de fútbol. ¿Donde está el mérito?.
Para mí, mérito, y por lo tanto es infinitamente más merecedora de tal premio, es el que tiene Edurne Pasaban y lo que ha conseguido. Pero claro, no tiene tanto tirón mediático. En fin.

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Pensaba escribir hoy sobre lo destructivo que es el orgullo. Sobre lo enfermizo que puede llegar a ser en determinadas personas. Sobre si debemos o no tolerarlo si quién lo padece nos importa. Pensaba escribir sobre lo duro que resulta el día a día para quién tiene relación con un orgulloso por naturaleza, dando por sentado que así es, que le viene dado, ya que no creo posible que algo así sea seña de identidad por voluntad propia.
Pero he decidido no hacerlo, no amargarme dándole vueltas. Hoy escribo sobre lo bonito que nos va a quedar, A Boss y a mí, el centro que vamos a hacer con piedras preciosas que rescatamos de la playa cuando baja la marea. Todo un tesoro de cristalitos que el roce de la arena y los años han pulido, dejándolos suaves y sin aristas. El paso del tiempo los ha transformado; han dejado de ser trozos de cristal amenazantes, que alejaban de sí cualquier intención de acariciarlos, y los ha convertido en objetos maravillosos que a cualquiera que ame la delicadeza le gustaría poseer.
Lástima que a algunas personas no les suceda lo mismo.

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Hasta hace muy pocos días me fascinaba la tecnología. Quiero decir, me fascinaba lo que es capaz de conseguir. Cada vez hay más aparatos, más completos y complejos, capaces de almacenar en el mínimo espacio una cantidad abrumadora de datos. Cientos y cientos de datos almacenados en un trozo de plástico, que también hemos creado, minúsculo. Y todo eso lo ha creado el ser humano de la nada. Me paro a pensarlo y me parece realmente admirable, más allá de que los utensilios creados sirvan para mejorar nuestras vidas o para condicionarlas, e incluso, en el peor de los casos, para destruirlas.
Y, sin embargo, esto que a mi me fascinaba tanto, resulta que ya estaba inventado. No hay más que tener en la mano una semilla de cualquier planta para darnos cuenta de que estamos en pañales. Y no hablemos de la información que hay en un espermatozoide.

Deberíamos dejar de inventar lo ya inventado, y dedicarnos a rebautizar las cosas, porque mira que le hemos puesto un nombre feo a nuestra semilla, caramba.

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Una no está tocada por la gracia celestial para determinadas cosas. Así es, no se puede ser perfecta, y yo, chica obediente donde las haya, no lo soy.
Mi despiste crónico es célebre entre mis allegados. Para todo lo relacionado con facturas, vacunas -muchas; cosas de tener prole- y cosas por el estilo, he de pegar folios enteros con avisos, tras la puerta de la calle, para darme de bruces al salir y así no olvidarme de llevar a cabo lo que se tercie.
Pese a este particular despiste no soy olvidadiza. Algo incongruente, no lo niego. Cierto es que lo uno está llamado a pelearse con lo otro. Pero en mí se dan la mano, ¡qué le vamos a hacer!.
Así que, aun con despiste y todo, recuerdo una campaña, no ha muchos años, orquestada por algún grupo con intereses que ahora parecen quedar al aire, en la que se nos bombardeaba con advertencias sobre lo poco saludable que era consumir agua no embotellada. Recuerdo especialmente el consejo de comprobar siempre que el precinto de garantía estuviese en su sitio, ya que, según los informativos que nos daban tales consejos, era frecuente que en bares y restaurantes rellenaran dichas botellas con agua del grifo. Y hablo bien. Tal campaña no era publicidad al uso. Era, como digo, una noticia más en los telediarios. Y en esos mismos telediarios vi hace dos días la recomendación de olvidarnos del agua embotellada, aduciendo que era una moda nada ecológica y muy esnob, y animándonos a pedir sin complejos agüita del grifo.
Sip. Los telediarios ya no informan. Aburren.

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No me da miedo la muerte.
Estando embarazada de mi primera hija, tenía, a ratos, tal angustia, que debía echar mano de la lógica para serenarme un poco: todas las mujeres, durante miles y miles de años, han parido, y aquí estamos los humanos. Pensaba esto para no morirme de miedo, pero no era miedo a morir, era, supongo, miedo a lo desconocido.
Con respecto a la muerte no me da miedo, ni siquiera, lo desconocido. El sentimiento que me provoca no es ni más ni menos que rabia. No una rabia transcendental que esconda reflexiones muy profundas. Es rabia de andar por casa. La misma que me entraría si sacase la entrada del cine y por alguna razón hubiera de salirme de la sala a media película.
El mundo es tan grande, y lo que podemos llegar a vivir es, en comparación, tan corto, que me jode no tener tiempo para todo.
Y lo que es más jodido es que no hay margen de error. O coges a tiempo el camino acertado o te vas a la mierda. Así de sencillo.
Siempre hay el que le echa bemoles y cambia de rumbo, pero son los menos. A mi me faltan agallas, porque lo que me juego no es mío. Una tiene el defecto de la responsabilidad. Lo que en el pasado era mi futuro no es ahora otra cosa que tres presentes, y lo que acojona es no tener nada que ofrecerles.
El tiempo pasa, y el paro, como el mundo, es casi infinito, pero la subvención, como la vida, es limitada.

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No me tengo por feminista, aunque vete a saber si lo soy. Lo que tengo claro es que no creo que la manera de acabar con el machismo sea incidir en las diferencias que ya hay entre géneros, aunque cambie el beneficiario, que es lo que yo creo que hacen las feministas, o al menos eso es lo que parece que hacen las más radicales. Que me perdonen si no es así.
Mi entrada de hoy, aunque pueda no parecerlo, es para denunciar una injusticia, independientemente de que las grandes perjudicadas sean mujeres.
Este invierno pude asistir a un obradoiro (taller/cursillo) sobre la importancia de la mujer, a lo largo de la historia, tanto ante una cámara, o un pintor, como tras la misma o portando la paleta. Y mi estupor aumentaba día a día tras comprobar que lo que nos decía la profesora era cierto: hay cientos de mujeres pintoras, buenas pintoras, de las que no se habla en ningún sitio. El último diccionario enciclopédico que yo adquirí está editado en 2003 ¡antesdeayer! y no se nombra a ninguna. A ninguna. Y creedme, hay mujeres pintoras de tal importancia, como puede ser el caso de Fede Galizia, que incluso tienen el honor de haber sido el primer artista italiano, allá por el siglo XVI, en firmar un bodegón, discicplina en la que realmente destacó. O como Lavinia Fontana que fue elegida pintora oficial de la corte del Papa Clemente VIII. Y hace solamente 30 años que una galería estadounidense expuso obras de algunas de estas mujeres, ya que hasta entonces era como si no existieran.
Gracias a quien lo creara ha llegado internet y ya hay blogs fantásticos que dan luz a estas artistas, pero me sigue pareciendo ver-gon-zo-so que no haya constancia de ellas en papel, salvo honrosas excepciones, quiero imaginar, porque no tengo noticia de ellas.

Os dejo unos enlaces interesantes:
Mujeres pintoras
Figuration féminine

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Hay un refrán por estos lares al que yo me agarro mucho cuando se trata de echarle valor a algo. Reza así: “O que no cu ten que levar, non ten nada que esperar”, que traducido viene a ser algo así como que el que tiene que pasar por algún trance poco agradable, cuanto antes lo haga, mejor. Pues bien, esta vez no me está siendo de mucha ayuda el refrancito, y es que estoy postergando una conversación pendiente que me da pánico afrontar.
Dicha conversación tiene por objeto una reconciliación que, reconozco, creo que no deseo mucho, y es que la misma no me reportaría más que seguir sometida a una amistad que sólo presume de serlo. Y digo esto porque si fuera una amistad verdadera, para empezar, ya no me daría miedo la conversación.
La otra parte está deseando retomar el contacto, pero, como digo, yo no lo tengo tan claro. No sé cómo hacerle entender que no vemos la amistad de la misma manera, y sé, porque la conozco desde que nació, que no le gustará nada que le haga ver que yo quiero otra clase de relación. Una relación que no me obligue a, entre otras cosas, tener las puertas de mi casa abiertas hasta las taitantas de la madrugada porque a ella no le apetece irse a la suya, o a tener que coger el teléfono sí o sí, porque si no le cojo molesta a toda mi familia hasta que dé conmigo, o bien luego me lo reprocha de manera subrepticia.
Yo soy consciente de que tengo más de ermitaña que de relaciones públicas, pero soy feliz así y no me parece de recibo que me reprochen esto.
De una cosa estoy segura, me quiere. Pero a veces, querer no es suficiente.

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Recuerdo perfectamente el día que sufrí mi primera crisis de vértigo, aunque en aquel momento no sabía de qué se trataba, ya que debía tener unos nueve o diez años. Este es uno de esos episodios de nuestra vida que por alguna razón se queda en la memoria por encima de los demás, y por lo tanto ni se deforma ni se pierde en recovecos de los que pueda salir mutilado, así que, cuando acude a nuestro presente, lo hace de forma tan nítida que parece que acaeciera ayer.
Aquel día, aquella tarde, me había quedado sola en casa y a cargo de dos tareas: colgar la ropa de la lavadora y mantener encendida la cocina de leña. Por aquel entonces la sala principal de la casa era, también, mi habitación. Mi cama estaba pegada a la pared, paralela a la mesa donde comía toda la familia. Enfrente, dos armarios roperos, los únicos de la casa, y entre ellos, la tele.
Con esa edad, en aquel ambiente y en esa época, era completamente normal que una cría estuviera tumbada viendo la tele. Cuando decidí ponerme con las tareas no pude levantarme, porque hacerlo era como poner el pie en una noria. Sólo podía estar tumbada, sin moverme, intentando poner la vista fija en un punto del techo, que tampoco paraba de bailar. Y una sola preocupación: mi madre me mata si no hago las tareas.
Me eché al suelo, me tumbe de espaldas y me arrastré hasta la cocina flexionando y estirando las piernas. Conseguí, desde el suelo, vaciar la lavadora y poner la ropa en una tinaja, pero me rendí ante la evidencia de que no podría colgarla. Era imposible hacerlo desde el suelo. El fuego, evidentemente, se apagó.
Mi madre al llegar, como yo había augurado, no me creyó. De aquel vendabal de la bronca recuerdo las acusaciones de urdir aquella mentira del mareo para encubrir mi holgazanería.
Desde entonces llevo sufriendo crisis de vértigo. La última este lunes. A veces me dura unas horas, a veces días enteros.
Este martes, por fin, vencí mi cazurrería y acudí a consultárselo al médico, y la respuesta, despreciable donde las haya, de éste, no fue otra que: si no has venido en 40 años es que no son tan graves.
El que haya sufrido alguna de estas crisis estará de acuerdo conmigo en que la sensación que se origina durante una de ellas es de lo más angustioso que uno puede sentir.
En fin, que quiere verme durante una de esas crisis, así que ahora puede que tenga que esperar otros 40 años hasta que tenga la suerte de que la crisis me asalte de lunes a viernes, y de nueve a dos, porque hasta entonces nos nos pondremos manos a la obra para encontrar la causa y el remedio, suponiendo que yo decida acudir a consulta, ya que, viviendo en un segundo sin ascensor y sin coche, yo, durante esa terrible situación, sólo quiero que se acabe el mundo y no estoy, precisamente, para moverme por el mismo.

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Cangrejos

Hace unos días me vi en la obligación de denunciar un grupo de Feisbuc, gracias a mi hermana que me instó a ello vía enlace, cuyo nombre ya lo dice todo: “Hay que pegar a las mujeres una vez cada tres meses para que se ubiquen”. Cualquier calificativo que ahora mismo me vuelve a brotar mezclado con la náusea se queda corto. Y más nauseabundo me parece que tuviera xmil seguidores, de los que, por lo que pude ver mientras buscaba el punto concreto donde pinchar para denunciar, algunas, aunque imagino eran más de unas pocas, desgraciadamente, eran mujeres. Y las preguntas, como supongo que os sucederá a vosotros, me vienen a borbotones, aunque se resumen en una: ¿cómo carajo, siendo mujer, puedes hacerte fan de algo así?
Que nadie se lleve a engaño, que ser hombre y ser fan es igualmente abominable, pero siendo frios, y analizandolo por encima el hecho, tras cada hombre que se hubiera hecho fan de tal grupo podría esconderse un maltratador con lo que la lógica imperaría, pero ¡¡una mujer!!
No hay conciencia social de lo grave que es este asunto, no la hay, y mientras esto no suceda, habrá mujeres, como podríamos ser cualquiera de nosotras ¡coño!, que no verán la luz al final del puto túnel.

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Hace días que tengo un sueño recurrente. El escenario cambia y cambian las circunstancias, pero los protagonistas somos los mismos un día tras otro: mi padre, mi madre y yo. El diálogo tampoco varía mucho, aunque nunca acierto a saber el resultado de dicha conversación.
El sueño me viene abordando desde que mis relaciones fraternales se enfriaron a causa de mi empeño en demostrarle a mi padre la clase de monstruo que es mi madre. Pobre, 40 años y todavía no he aprendido que contra ella no se puede luchar. Intentarlo es como darse de bruces contra un muro, y parece como si yo estuviera programada para ello. ¡Con lo fácil que debe ser bordearlo! Pues no, señores, yo, de frente. Una y otra vez. Una y otra vez. Es realmente agotador.
Pasan los días y llego a pensar que lo llevo bien. Incluso le veo el lado positivo a esta nueva fase de no relación: tardes de siesta sin interrupciones telefónicas por un “quítame allá este aburrimiento”, fin de mis broncas maritales por trabajos absurdos derivados de caprichos propios de la vejez… en fin, esas pequeñas cosas que surgen de cualquier relación con un mayor. Pero los sueños me revelan que dentro de mí esta situación me supera.
Y leer La sonrisa etrusca no me lo pone más fácil, porque, aunque si bien refleja como nadie la distorsionada visión que tienen, a veces, los mayores de determinadas situaciones, pienso si no seremos nosotros, los jovenes, los que no sabemos comprender las cosas una vez observadas desde su punto de vista.

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Un desengaño

¡Cuántos y cuan variados placeres nos ofrece la vida! Hay infinitas posibilidades de disfrutar si estamos predispuestos a ello. Yo tengo un abanico enorme al que echar mano, pero uno de mis favoritos es estar en casa. Me gusta muchísimo estar en casa.
Me gusta la envolvente atmósfera que hemos creado, los rincones decorados con el único propósito de ser disfrutados, vividos. Me encanta llegar a casa y ponerme ropa vieja, tan poco favorecedora como cómoda. Me gusta revolotear por la cocina con la radio puesta. Me gusta tumbarme en un sofá con una mantita de mucho pelo a criticar los programas de la tele. ¡Y qué voy a contaros de mi pequeña biblioteca! Ordeno y desordeno; me regocijo con sólo mirar mi pequeño tesoro de apenas doscientos libros…
De todas las horas del día, la que más me gusta es la de bajar las persianas. La sensación que más me agrada es la de seguridad, la de saber que nada ni nadie puede ya incordiar mi descanso. Saberme a salvo del mundo, con todo lo potencialmente malo al otro lado de las paredes, lejos de miradas indiscretas, a cubierto de lluvias, de vientos… Estar en casa es como estar lejos de cualquier peligro, protegida. Esa es la palabra: protegida.
Pero ¿y si todo eso se viene abajo? Y cuando digo venirse abajo me refiero a literalmente. ¿Y si se me cae encima el techo que debería protegerme? ¿Cuántos segundos duraría mi desconcierto, mi desilusión, mi desengaño? Supongo que pocos, pero el dolor, a veces, se hace más intenso en un segundo que en toda una vida, y el dolor del desengaño es más mortífero que cientos de toneladas de escombros.

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Ecce homo

Nunca me ha dado miedo cambiar de opinión. Es una de las cosas que más he hecho en mi vida, creo. A diferencia de mucha gente que conozco no lo veo como algo “malo” porque mis cambios de opinión no se rigen por la conveniencia; no salgo ni beneficiada con ellos, salvo a nivel espiritual, ni perjudicada más allá de las decepciones personales que puedan darse a causa del derrumbe de determinadas convicciones, antes consideradas inamovibles en mi pequeño mundo.
Y en mi pequeño mundo cada vez va tomando más fuerza el rechazo a la religión, a casi cualquier religión. ¡Quien lo diría!. Yo, que estuve tantos años suscrita a una revista misionera, Los aguiluchos, editada por misioneros combonianos. Incluso llegué a querer ser de mayor misionera, porque esa etapa de mi vida corresponde a la época escolar. No he desterrado esa idea, la de irme por esos mundos a ayudar a quien lo necesite, pero ahora tengo muy claro que jamás lo haría siguiendo preceptos religiosos. A medida que me voy haciendo mayor voy sintiendo un rechazo tremendo hacia todo lo que tenga que ver con la religión, sobre todo con las más cercanas o conocidas. Cualquiera de ellas rezuma tal cantidad de egoísmo e hipocresía que se hace dificil de soportar. Pienso que de todas la cristiana es la que se lleva la palma, aunque este veredicto puede no ser nada justo debido a mi desconocimiento de las demás. Todo lo que mueve a un buen cristiano no es la bondad per se, algo que, indecentemente, tienen a gala, sino un constante afán de evitar la condenación eterna, de buscarse un buen lugar en el reino de los cielos, adonde sólo van los bondadosos de corazón. La gran hipocresía de la religión, de casi cualquier religión, donde uno de los preceptos de los que se jactan sus seguidores es aparentemente la entrega, es que lo fundamental de sus actos no tiene otro fin que no sea la salvación de uno mismo. ¡Puede haber un egoísmo mayor! Irónicamente es este comportamiento el que les puede llevar de cabeza a los infiernos.

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Mira que era difícil superar a la Lessing. Mira que el listón del aburrimiento y el tostón había quedado alto. Pues bien, ha venido Elizabeth Kostova y ha dicho: “Yo puedo escribir una historia tan incoherente o más, tan infumable o más y tan aburrida o más”
Y aquí me tenéis, intentando deshacerme de La historiadora para poder entregarme a los que me esperan en la mesilla y que son delicatessen. Y esto me pasa por pobre, así de simple, porque si no me hubiera quedado sin nada que leer no hubiera aceptado el préstamo.
Ahora he tenido un golpe de suerte y tengo en la mesilla tres, ¡tres!, que me esperan impacientes. Bueno, tampoco es eso, la impaciente soy yo. Pero no me digáis que no os encantaría leer La elegancia del erizo, Jane Eyre o Pedro Páramo. El primero ya es muy especial para mi porque a dos personas les ha parecido reconocerme en uno de sus personajes. Jane Eyre porque me apetece mucho comparar a las hermanas Brontë. Y Pedro Páramo… …qué puedo decir que no se sepa; me he leído sólo la primera página (nunca he sabido lo que es la paciencia) y ya no me aguanto más. Intuyo que se convertirá en uno de mis libros favoritos.
En fin, que a ver si este fin de semana me libro de la Kostova y vuelvo a disfrutar de la lectura.

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Una gran superficie que opera en España ha decidido retirar las bolsas de plástico que hasta ahora venía sirviendo gratuitamente a sus clientes con el fin de que éstos se llevasen los productos que adquieren a casa. Otra cadena, ésta española, te descuenta un céntimo por cada bolsa que no utilices (aquí habría tema para urgar, porque, puestos a no utilizar, no utilizo ninguna de las … … pongamos … mil bolsas? que en ese momento puede haber en el local). Otras dos, las menos hipócritas creo yo, directamente te las cobra. Todas se ponen medallas aduciendo que adoptan estas medidas para preservar el medio ambiente. ¡Y una mierda! (con perdón) Medidas son las que yo tomo, que estoy hasta el moño de reciclar. Sip, lo reconozco. Ayer me miré en el espejo y me vi un ojo verde (para el vidrio), una uña negra (para los desechos orgánicos) un mejunje amarillo saliendo de mis orejas (para las latas y briks) y el pelo azul (para el cartón). Bueno, vale, aun no tengo el pelo azul, pero es que no me coje el tinte.
Va, me pongo seria.
No sé si esta medida responde a alguna ley, porque como algunos sabéis yo estoy en el mundo porque tengo que estar, pero lo que sé es que no me parece serio que nos quieran hacer tragar que lo hacen con fines medioambientales. Si así fuera las retirarían y punto, no dando lugar a que los insensatos les puedan dar un fin incorrecto. Si así fuera, si lo hicieran por no contaminar, no estarían las charcuteras a tres metros de la linea de cajas quitando el film transparente al queso, para cortarte tu trozo, y volviendo a envolverlo en un nuevo film, y así cuarenta veces si cuarenta clientas se llevan queso.
Una vez más, y en un tema más, vuelve a ser necesario el sentido común. Yo, recicladora enfermiza donde las haya, no tengo reparos en pedir e utilizar una bolsa de plástico si la necesito. Eso sí, luego sé qué he de hacer con ella. Los que me asustan son los que van de verdes y en su casa hay sólo un negro y sucio cubo donde va toda la basura.

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Yo, mi, me, conmigo

Al poquito tiempo de estar metida en este mundo de la blogosfera leí un comentario, no recuerdo en qué blog ni cual era el tema expuesto, en el que la autora se quejaba de que un fontanero cobraba más que ella. El argumento en el que amparaba su queja era que ella tenía una carrera y el fontanero no. Recuerdo que me molestó profundamente y así se lo hice saber. Fué una discusión estéril, ya que como me temía la comentarista en cuestión era una cerrada de mollera de aupa.
Hoy, leyendo esos mensajes tan habituales en las tertulias televisivas, he leído algo parecido y me ha vuelto a tocar la fibra. Rezaba algo así: “Soy licenciada, tengo un máster y cobro mil euros. ¿Cuánto quiere ganar un mozo?”
Yo no tengo más estudios que la antigua EGB, tal vez por eso no alcanzo a entender por qué una carrera ha de otorgar derecho alguno a su poseedor sólo por el hecho de haber podido acceder a ella. Puede que por mi condición de “no estudiante” no me cuadren esos argumentos, o puede que sea porque valoro más las valías personales demostrables y demostradas que los títulos.
He oido tantas veces lo de que “hay que estudiar para asegurarse un futuro” que creo que no es discutible que el que estudia lo hace pensando en que así tendrá más oportunidades de una vida mejor, lo que nos lleva a pensar que está invirtiendo su tiempo con la intención de sacarle el mejor provecho posible, en lugar de hacerlo para crecer como persona o por el placer de adquirir unos conocimientos que le den la satisfacción que ello conlleva. Entonces por qué no ha de ser válido que el fontanero haga lo mismo, es decir, que invierta, o en este caso no invierta, su tiempo en lo que el cree que le otorgará un beneficio considerable con el añadido de conseguirlo en menor plazo de tiempo. ¿Por qué uno de los inversores no ha de tener derecho a que su inversión sea la más rentable, ya sea por valía o porque el mercado valora más sus servicios en un momento dado? ¿O por suerte, incluso, o porque se den las tres circunstancias a la vez?.
Pero es que yo voy más allá. Tampoco creo que fuera injusto que el que ha hecho una carrera y se mete a fontanero cobrara más que el que ha sido fontanero toda su vida, si el primero demuestra que puede hacerlo igual de bien o mejor, y si me apuráis, incluso haciéndolo mal si el que paga quiere pagarle a él. Y a la inversa tres cuartos de lo mismo.
Sé que mi postura no es muy popular, pero es que no entiendo a los que utilizan una y otra vez el término intrusismo. La misma palabra me produce repulsa, y es que para mi, no hay mucha diferencia entre los que opinan que un trabajo les pertenece y los que opinan que un país les pertenece, por poner sólo un ejemplo.

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premios20blogs Hace más o menos un año tuve la brillante idea de inscribirme en un famoso concurso de blogs (el de 20minutos, evidentemente), y cuando vi que mi querido Mariano estaba inscrito creí -por aquellas absurdeces mías- que no estaba bien que me apuntara yo también. No le deis vueltas. El caso es que tras pensarlo, y volverlo a pensar, y repensarlo de nuevo, me di cuenta de la absurdez y me puse a rellenar el formulario. Cubrí todos y cada uno de los apartados mientras invertía mentalmente el dinero del premio. Vale, sí, estaba plagiando el cuento de la lechera. Y el cántaro se me rompió al darle a “enter”. Tal cual. El mensaje que apareció a las doce y diez de la noche de aquella noche fue: “Lo sentimos, pero el plazo de inscripción ha finalizado”. ¡Ahhhhhhhhh! ¡Diez minutos! Os lo juro, creí que me cargaba el ordenador. Ya conocéis mi máxima: “todo sucede en el momento adecuado”, y me consolé pesando en ello. No era mi edición.
Anoche ataqué de nuevo tras comunicar a mi familia que iba a dedicarme a ello de pleno (a relanzar el blog, quiero decir).
Es sorprendente la facilidad que tengo para abstraerme de ciertas cosas. Este año no daba con la página de inscripción, así que al ver que era requisito indispensable estar adscrito a la Blogoteca recordé que yo ya era usuario, y tras jugar a la ruleta con el posible nombre y contraseña dí con la página adecuada sin que se me pasara ni por la imaginación que pudiera haber concluido el plazo de inscripción. Hasta que…..¡Zas! ¡Ha acabado el ocho de Julio!
Decididamente tengo que poner una alarma en el móvil

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Decepciones

Infinidad de veces he oído cosas como que cuando uno no mira a los ojos algo tiene que ocultar. Y, como siempre, no es hasta que no se experimenta que uno no se da cuenta del verdadero significado, y de cuan lejos estamos del verdadero sentido, de esas frases que repetimos una y otra vez de una manera completamente vacía de contenido hasta entonces.
Hay alguien en mi vida que no se está portando bien, alguien que de repente aparece para poner de manifiesto que siempre hay quien no ve más allá de sí mismo y que piensa que el sitio que ocupa, siguiendo el orden que le proporciona la edad, es suficiente crédito para que se le perdone todo. Ese alguien ha ido perdiendo mi afecto con la misma celeridad con la que despilfarra lo que luego yo tendré que abonarle para que desaparezca.
De frente Yo siempre miro a los ojos, siempre. Es esencial para mi. Es mi manera de decir: aquí estoy, así soy. Como un árbol en invierno, desnudo, sin nada que esconder. Pues a esta persona soy incapaz de mirarla a los ojos. Alguien podría pensar que escondo algo, y efectivamente escondo algo: me escondo yo entera, me oculto de quien no quiero que me conozca, porque le considero inmerecedora de ello.

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Llevo, ahora mismo, 40 horas sin dormir, y no es por falta de sueño. Mi chica está malita y ando cual pelota de tenis, rebotada del centro de salud al hospital y viceversa.

Definitivamente tengo un imán que atrae a los hijos de puta. Ayer auscultó a mi niña un superhombre con un superfonendoscopio capaz de escuchar el pitido bronquial bajo tres capas de ropa. Sí, así es, cuando vuestro médico os levante la ropa para auscultaros decidle que se ha quedado en el pleistoceno medio, que eso ya está anticuado, que ahora lo que pega es auscultar a los niños con la ropa puesta. Pero fijaos que ese es el menor de mis males. Toparse con seres así pasa a un segundo plano en el justo momento en que otro hijo de puta decide salirte al paso, de repente, y te aborda en el rellano para darle a tu soga una vuelta más sin anestesia. Mi casero ha decidido, ahora, a dos meses de la renovación (tras cinco años de no darle ni un solo problema), y después de habernos asegurado hace cuatro meses que nos renovaba el contrato con una suba de 20 euros, que su piso vale, de golpe, 120 euros más al mes. Sí, amigos, ahora los pisos que están en la parte más pobre de un pueblo pequeño, donde se llega tras una cuesta brutal, y teniendo que subir después, en mi caso, a un segundo sin ascensor, vale 120 euros más al mes. Supongo que aun obviando las ventajas ya citadas el piso vale ese dinero y más, ya que pocos pisos quedan con estatus de zona arqueológica protejida, sino ya me contaréis donde podemos encontrar pisos que tengan aun los cristales de las ventanas unidos al marco con masilla; o que tengan una instalación electrica digna de museo que se sustenta en los plomos de toda la vida ( sí, esos diminutos cilindros alojados en una plaquita, y a los que, si le da por fundirse, sólo has de viajar en el tiempo para poder comprar un recambio y ponérselo tú mismo); donde por la mañana no has de hacer café, ya que te basta con abrir cualquier grifo para que salga agua marroncita con sabor a óxido; donde dos de cada cinco persianas se descuelga de sus oxidados y anticuadísimos rulos con una regularidad mensual que destila tufillo a polstergeist; donde cada mañana has de barrer el polvillo que cada noche ha dejado la carcoma tras su banquete en cada puerta; donde las humedades son tan abundantes y persistentes que con lo que saca mi deshumidificador cada día podría abastecer a toda Cataluña yo solita, y debido a la cual mis paredes pierden su precioso color a los quince días de haber pintado; donde la mitad de los enchufes simplemente estan de adorno, imagino que debido a ese sospechoso polstergeist; y así hasta el infinito.

Ya sé que salir de este piso más que un disgusto podría ser una bendición. Pero hay unos pequeños detalles que lo impiden. En dos meses no encuentro un piso que se adecue a mis necesidades ni por un precio que se adecue a mis necesidades. Y otro detalle más: una vez que nos aseguró que nos renovaba el contrato con una condiciones que nos parecieron aceptables hemos pintado toda la puta casa, dejándonos una puta pasta. Hemos puesto tanto trabajo y tanta ilusión que no es justo que nos haga esto, que a dos meses nos diga que si queremos un nuevo contrato debemos pagar 120 euros más al mes. Sé que la vida está muy cara, que en todas partes los pisos estan por las nubes, pero creedme, esta mierda de piso en Redondela no vale 60 mil putas pesetas al mes. 

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