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Archive for the ‘Declaración de intenciones’ Category

Estoy convencida de que pocas cosas hay con mayor carga, o descarga, elije, sensitiva que un buen cruce de miradas. Pienso que, sensorialmente, está por encima, incluso, del roce de la piel, aun cuando el vocablo que estoy utilizando, me refiero a “sensitivo”, haga referencia principalmente a este último órgano. Sin embargo, lo que no tengo tan claro es cuánto se ha de prolongar en el tiempo el susodicho para ser más placentero, si el cruce largo y mantenido, duelo maravilloso que, dependiendo de que lo ganemos o no, nos da mil y una posibles lecturas, o el inesperado y fugaz, plagado de reminiscencias que permiten alargar su disfrute.
Ayer vino a mi memoria, por alguno de esos misterios que preñan la mente mía, uno, sino el primero, de los cruces de mirada que recuerdo más a menudo, no ya por lo que significó para mí en aquel momento, sino por ser, esta vez sí, el primero que mantuve consciente de lo que estaba haciendo.
Quince años no dan para mucho, todo es repentino y falto de control. “Pam”. Sucede y ya está. Sin embargo, en aquella ocasión alguna neurona mía se encargó de que centrara toda mi atención y todos mis sentidos en los ojos de Benjamín, viejo conocido y algo mayor que yo, que me miraba desde la otra mesa (aquí debería agregar un postit imaginario con la recomendación de volver sobre el tema para disertar sobre cómo una mirada puede conseguir que te guste alguien en quién ni habías reparado) Lejos de apartar la mirada me quedé leyendo en sus ojos lo mucho que yo le gustaba, al tiempo que descubría cuán poderoso te puedes llegar a sentir en tales duelos si sabes que te alzarás con la victoria. Es un poder ambicioso y adictivo, tremendamente adictivo. Pero dicho poder, paradójicamente, sólo es tal, y sólo proporciona placer, si se ejerce sobre el rival adecuado, esto es, alguien que busca lo mismo que tú: ganar.
Lo siento, conmigo perderás siempre.

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“Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo. No tengo nada para impresionar, ni por fuera ni por dentro”
Así empieza una de mis canciones preferidas. Y qué verdad que es. Empiezo a darme cuenta de la satisfacción que proporciona pasárselo todo por el forro; privilegio que se consigue con los años. Lamentablemente tengo pocos, años quiero decir. Sólo cuarentayuno. Ainssss. Me harían falta unos cuantos más para alcanzar la plenitud en cuanto a… ¿cómo denominarlo? ¿introdesobediencia? Y es que todavía lucho cada día contra mi puñetero, y exageradamente pronunciado para mi gusto, sentido de la responsabilidad.
Para comprensar tengo un objetivo que he de alcanzar sí o sí: no pienso morirme hasta que no pueda escuchar y empatizar al ciento por ciento con uno de mis tótems musicales. Y pobre del que no se proponga lo mismo.

Helo aquí

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Tengo dos manos, y en cada una de ellas cinco dedos con sus correspondientes uñas, y si me las quiero morder, me las muerdo. Tengo dos piernas, y si quiero coger una piedra y darme con ella en cada una de mis dos espinillas lo hago, y si me sale del moño cojo un canto y me doy en los dientes. Nadie, absolutamente nadie, propondría leyes que me prohibieran hacerlo. Ahora bien, tengo un sexo y lo utilizo para follarme a otro con un sexo de idénticas características y unos cuantos, demasidos para mi gusto, deciden que no puedo hacerlo. Como no pueden meterme un corcho para que no lo haga, utilizan ardides rastreros y vergonzosos para coartarme: quieren ampararse en leyes. Leyes para que no formalice mi relación, leyes para que no pueda tener y/o educar hijos. Pobres idiotas, que me tachan de diferente y sin embargo apelan, quedando en flagrante evidencia, a lo que saben que nos hace iguales, completamente iguales: los sentimientos.
Todos estos pobres seres verían bien que dos monjas, por poner un ejemplo, acogiesen y educasen a un par de niños, independientemente de que sean ambas del mismo sexo, porque se presupone que no lo practican; por lo que no es una cuestión de género que estén en contra de que dos hombres o dos mujeres adopten, tengan, eduquen, amen…
Señoras y señores retrógrados e intransigentes del mundo, mi sexo es tan mío como mis uñas o mi pelo, y hago con él lo que quiero, y ello no merma en absoluto mi capacidad de amar y educar como mejor pueda hacerlo.
Y ustedes lo saben.

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Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en una primera acepción, que un “curioso” es aquel con “deseo de saber o averiguar lo que no le concierne”, y en una segunda dice que es un  “vicio que lleva a alguien a inquirir lo que no debiera importarle”.

Cada vez que veo en las noticias algun reportaje realizado a pie de calle, en el que el reportero complementa su información recalcando el hecho de la afluencia de “curiosos”, alguna vez incluso en tono despectivo, no puedo evitar sentir un poco de indignación.

O mucho me equivoco o el primer “curioso” es el propio periodista. O bien damos por buena la profesión y no la enmarcamos dentro del término, y así también los “curiosos” dejan de serlo para convertirse en periodistas que quieren tener la información de primera mano.

En conclusión ¿por qué un periodista es aquel que quiere llegar el primero al lugar de los hechos para poder recavar y compartir su información con el mundo y un señor de a pie que quiere lo mismo es simplemente un “curioso”?.

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