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Archive for the ‘Felicitaciones’ Category

…no está nada mal, ¿no creéis?

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Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.

Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?

Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.

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Esta que escribe envidia pocas cosas. Las justas para que este feo defecto no sea marca de identidad. Podría seguir pasando inadvertido, en caso de que esto viniera ocurriendo, y no siendo así aquí quedo también de ingenua, rasgo éste que no alcanza categoría de defecto quedando así compensada la balanza del carácter, si no fuera porque hoy he decidido confesarme. Y heme aquí diciendo: sí, soy una envidiosa. Envidio terriblemente a quién ha tenido la idea de llenar mi pueblo de poesía; de convertir los pasos peatonales en parada obligada para deleite espiritual: decenas de franjas blancas llenas de versos escritos a mano alzada que llenan, desde ayer, las calles de Redondela.
Envidio al escritor por su precisa y preciosa caligrafía, y envidio al elector de los versos por su gusto excepcional: César Vallejo, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Goytisolo…
Envidio las paredes del local donde se fraguó la idea, ya sea bar, biblioteca, garaje de mala muerte o morada infame de creador en hora suprema.
Por envidiar envidio incluso al asfalto que recoge los pasos de los improvisados lectores, que continúan su camino con otra cadencia, reconfortados, sin duda, por la inesperada lectura.

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Hasta hace muy pocos días me fascinaba la tecnología. Quiero decir, me fascinaba lo que es capaz de conseguir. Cada vez hay más aparatos, más completos y complejos, capaces de almacenar en el mínimo espacio una cantidad abrumadora de datos. Cientos y cientos de datos almacenados en un trozo de plástico, que también hemos creado, minúsculo. Y todo eso lo ha creado el ser humano de la nada. Me paro a pensarlo y me parece realmente admirable, más allá de que los utensilios creados sirvan para mejorar nuestras vidas o para condicionarlas, e incluso, en el peor de los casos, para destruirlas.
Y, sin embargo, esto que a mi me fascinaba tanto, resulta que ya estaba inventado. No hay más que tener en la mano una semilla de cualquier planta para darnos cuenta de que estamos en pañales. Y no hablemos de la información que hay en un espermatozoide.

Deberíamos dejar de inventar lo ya inventado, y dedicarnos a rebautizar las cosas, porque mira que le hemos puesto un nombre feo a nuestra semilla, caramba.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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Yo soy de emoción fácil, lo reconozco, pero disfruto tanto de esa fugaz alteración del ánimo que me negaría a cambiar de manera de ser, en caso de que tal acción fuese posible.
Las cosas que a mí me emocionan son muy variopintas, por lo que es imposible hacerse una idea de en qué momento me puede ocurrir. Hay ocasiones en que me resulta embarazoso que se haga evidente mi emoción, como me ocurrió hace pocos días en una librería, otras veces estoy a solas y no he de reprimir esa humedad en los ojos que conlleva emocionarse.
Como ejemplo de situación tonta que a mí me puede emocionar contaré que hace pocos días, estando asomada a una ventana, presencié el paso de una ambulancia por el centro Pontevedra, y ver la colaboración de los coches me llevó a sentirme orgullosa del género humano, aunque sólo fuese durante el breve segundo que me duró la punzada de emoción.
Es practicamente imposible poner de acuerdo en algo a un grupo de personas que no han sido avisadas, previamente, de que han de hacer algo todos a una. Sin embargo, a veces, ocurre el milagro. Al paso de una ambulancia, todos, sin excepción, hacen lo que deben, y nadie se niega, ni se pone chulo, ni cabezón, y esto, en nosotros, es algo tan inusual que cuando se comtempla hay que disfrutarlo.

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Poco a poco vuelvo a la rutina. A mi añorada rutina. Aunque nunca sé si es servidora la que vuelve a ella o es ella la que se arrima de nuevo a una. Sea como fuere, es, y yo, encantada.
Curiosamente ahora que nos acercamos al otoño a mi casa han llegado los brotes verdes, que le han devuelto a Boss el trabajo. Eso sí, temporalmente, pero no vuelvo para quejarme. Hoy no.
Llegó septiembre y, con él, el cole. Y claro, toca gastarse el fruto de los brotes verdes, pero… … no he vuelto para quejarme. Hoy no.
Cada año encargo los libros de texto en la misma librería: Hijos de Amador Pérez, aquí, en Redondela. Y cada año, el chico de la librería, me anima a solicitar las ayudas para libros. Unas veces he entrado en el grupo de los optantes a ellas y otras no. Este año la cosa es, creo yo, más fácil que nunca. No hay tanto papeleo como otras veces, y aun así pasé por alto un documento concreto. Pero ahí estaba el chico de la librería para recordármelo. Estas pequeñas conversaciones también suelen tener cierta rutina, pero como no soy nada radical no me molesta si ésta se rompe de manera agradable. Y esta vez, el chico de la librería, la rompió. Y lo hizo para darme “la enhorabuena” cuando me disponía a salir por la puerta. Con una cara que imagino era un poema, me giré para, con una mueca, averiguar el motivo de la felicitación. No me dió tiempo, porque me sacó de dudas en seguida con un “Muy bueno el blog”. Oir esto y atropellarse decenas de preguntas en el borde mismo de los labios fue todo uno. Esa fue la sensación. Mi cerebro era la parte ancha de un embudo y mi boca la parte estrecha. Sólo fue capaz de colarse un tímido y pobre “Gracias”, y salí de allí sin apenas tocar el suelo.
La satisfacción de topar de frente, cara a cara, con un lector del blog, es indescriptible. Y la duración del escalofrío que me acompañó por las calles de Redondela no hay ciencia capaz de medirla.

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