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Archive for the ‘Inolvidar’ Category

Qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos decidir lo que nos gusta o lo que nos emociona. Igualmente, qué diferente sería si pudiéramos elegir nuestros recuerdos. Afortunadamente esto no pasa. Ellos solitos se buscan el hueco que creen más apetecible, para perdurar el tiempo que les da la real gana.

Uno de esos recuerdos con entidad propia que pueblan y confieren personalidad ajena a mí a mi espíritu se escenifica de la siguiente manera: yo, en tamaño comino, subida a una silla de manera que mi madre alcanzara mi cintura sin necesidad de doblar el riñón para subirme, y abrocharme, los pantalones, mientras conversamos sobre la conveniencia de que yo fuese adoptada por un señor que no podía tener hijos. En el transcurso de esta conversación no hay desasosiego en mí por trasladarme a vivir con otra familia, sino que hay la emoción típica de la inconsciencia propia de una edad durante la cual la mayoría de las niñas sueñan con ser princesas. En el devenir de esas ensoñaciones no cabe nada de la parte “mala” de un cambio semejante. No hay traumas porque todo es ideal a nuestros ojos. La salvedad es que yo no quería ser princesa, quería ser la hija de un señor que no podía tenerlos. Pero no por altruismo ¡ojo! que a esa edad predomina el egoísmo, el más falto de mala intención que se pueda ejercer, sí, pero egoísmo puro al fin y al cabo.

El señor en cuestión me encandilaba como pocas cosas lo han hecho en mi vida. Ahora que lo reflexiono desde mis 43 años creo que no era tanto él la fuente del encandilamiento como su profesión y lo que de ella sustraía mi siempre ávida de sensaciones parte melómana. Me soñaba con banda sonora perenne sonando por doquier, envolviéndome de pies a cabeza en esas notas que, hasta ese momento, sólo pero siempre, arrastraban a mis pies cuando formaban una composición sonora concreta: el pasodoble.

Esta mi temprana obsesión frustrada de cambiar de padre me ha perseguido siempre en forma de broma familiar. Puede que por eso ayer, cuando alguien cercano a mí conocía la muerte de Manolo Escobar, me miraba como dándome el pésame, porque de alguna manera saben que yo, ayer, me quedé huérfana.

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Estoy convencida de que pocas cosas hay con mayor carga, o descarga, elije, sensitiva que un buen cruce de miradas. Pienso que, sensorialmente, está por encima, incluso, del roce de la piel, aun cuando el vocablo que estoy utilizando, me refiero a “sensitivo”, haga referencia principalmente a este último órgano. Sin embargo, lo que no tengo tan claro es cuánto se ha de prolongar en el tiempo el susodicho para ser más placentero, si el cruce largo y mantenido, duelo maravilloso que, dependiendo de que lo ganemos o no, nos da mil y una posibles lecturas, o el inesperado y fugaz, plagado de reminiscencias que permiten alargar su disfrute.
Ayer vino a mi memoria, por alguno de esos misterios que preñan la mente mía, uno, sino el primero, de los cruces de mirada que recuerdo más a menudo, no ya por lo que significó para mí en aquel momento, sino por ser, esta vez sí, el primero que mantuve consciente de lo que estaba haciendo.
Quince años no dan para mucho, todo es repentino y falto de control. “Pam”. Sucede y ya está. Sin embargo, en aquella ocasión alguna neurona mía se encargó de que centrara toda mi atención y todos mis sentidos en los ojos de Benjamín, viejo conocido y algo mayor que yo, que me miraba desde la otra mesa (aquí debería agregar un postit imaginario con la recomendación de volver sobre el tema para disertar sobre cómo una mirada puede conseguir que te guste alguien en quién ni habías reparado) Lejos de apartar la mirada me quedé leyendo en sus ojos lo mucho que yo le gustaba, al tiempo que descubría cuán poderoso te puedes llegar a sentir en tales duelos si sabes que te alzarás con la victoria. Es un poder ambicioso y adictivo, tremendamente adictivo. Pero dicho poder, paradójicamente, sólo es tal, y sólo proporciona placer, si se ejerce sobre el rival adecuado, esto es, alguien que busca lo mismo que tú: ganar.
Lo siento, conmigo perderás siempre.

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Todos, imagino, tenemos un lugar físico al que siempre queremos volver. Una, normalita donde las haya, no iba a ser la excepción.
Efectivamente tengo un lugar, y está considerablemente alto con respecto al mar, algo que, por otro lado, también es tremendamente normal en mí. La vista y las sensaciones que me provoca estar allí arriba son, sencillamente, brutales.
Ayer, de buena mañana, sonó mi telefono y quien llamaba no era otro que el encargado de, esta vez, hacer que mi destino encaje milimétricamente con mis deseos. Llamaba para invitarme a volar, literalmente. Dije que sí. No pregunté destino, no inquirí ruta. Me dejé llevar, segura como estaba de que llegaría exactamente adonde debía hacerlo para cuasi explotar de gozo. Las exclamaciones y las explicaciones de cuanto llegué a sentir las guardé para verterlas aquí. Y aquí las dejo: después de haber visto uno de mis lugares favoritos desde mil metros de altura sé que sólo querré volver allí por la misma vía, porque cualquier otra perpectiva que tenga de la desembocadura del Miño me sabrá a poco.
Volar para sentir, hasta ayer, sólo lo había conseguido soñando, y, desde ayer, ni los sueños me sirven. Hace más de veinticuatro horas que aterricé pero menda sigue en una nube.
Gracias, yanqui.

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No sé cuándo ocurrirá. Todo cuanto me permite mi intuición es saber que sí ocurrirá. Así que ya me he visualizado paseando por Malasaña, sin prisa pero con rumbo: el número 49 de la calle la Palma. Habrán transcurrido quién sabe cuántos años desde la última vez que estuve allí, pero los recuerdos serán tan frescos que podré entrar en el local que un día ocupó La Clandestina con los ojos cerrados, y podré dirigirme y pararme exactamente, sin conceder ni un solo milimetro al error, en el lugar en el que me abracé con Mariano un día tan importante como lo fué el día de la inauguración.

Ese día no sólo se inauguraba una librería; ese día nos pusimos piel unos a otros aquellos que ya habíamos hecho piña sin movernos de nuestras guaridas. Así que con su clausura no sólo se pierde una librería, se diluye también el epicentro físico de una pequeña comunidad adoradora de libros, tanto por continente como por contenido, pero que nadie se equivoque, La Clandestina se hará aún más fuerte en el recuerdo, como todo gran mito.

Sus creadores afirman que no es una noticia triste así que no seré yo la que protagonice el duelo, por más que haya sentido una dolorosa punzada en las entrañas mientras leía el mail que nos lo comunicaba. Por lo que a mí respecta me tragaré el dolor, y levanto mi copa por ellos, por tener las agallas de abrir algo tan hermoso como un sueño, y por tener los cojones de cerrarlo dándonos ánimos a los demás.

La Clandestina cierra, ¡viva La Clandestina!

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No quiero, ni podría, olvidarme de ella.

Qué ciegos estamos a veces. Me pregunto que resortes saltarán, o al revés, qué resortes se bloquearán para impedirnos ver algo que tenemos en los mismísimos bigotes.

Marlene me dejó una punzada en el estómago de difícil calificación. Marlene me dió pena, profunda, muy profunda, y me dió ejemplo; Marlene me conmovió, y me fascinó; ella se convirtió en mi heroína y su recuerdo en mi recurso para salir de mis pozos, tan diferentes del suyo, agujero infernal al que ha de bajar sí o sí; tan real como terrible y tan temible como el hambre que supondría negarse a bajar. Y, pese a recordarla cada día, pese a encender mi ordenador cada día, jamás la busqué en este mundo que todo lo puede. Pensé, tan ignorante como atrevida, que había calado sólo en mí. Pensé que aún me dolía sólo a mí.
Hoy tuve que hacerlo, tuve que buscarla, porque no recordaba su país, vergonzoso olvido que me aflije, y me encontré con esto. Marlene llegó a muchos corazones y los puso patas arriba, los removió como hace cada día con la tierra de la mina. Veremos en qué acaba la cosa. Yo, de momento, tengo un hilito del que empezar a tirar para sacarla de allí.

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La vi por el retrovisor, mientras aparcaba. La alegría de vernos duró el tiempo justo que tardé en preguntarle por los “niños”: ¡Se me ha muerto Sofía, ¿ya sabes, no?! 

Nunca sabré describir la resignación que vi en sus ojos, como si haber tirado la toalla le proporcionase alivio a tanto dolor. Debe haber agotado el llanto de tal manera que hasta las propias lágrimas desfallecían, no pudiendo avanzar más allá de la mejilla sino que allí mismo desaparecían, absolutamente agotadas de tanto derramarse.

Sofía era la segunda hija de Leonor. Tenía mis mismos años y un aneurisma cerebral se la llevó con 36, de una manera terrible, mientras cenaba con su marido y su niño de diez años. Así, sin tiempo para protejerse de unas miradas que no podrán olvidar lo que vieron.

No sería sincera si dijese que Sofía era mi amiga, pero tampoco lo sería si afirmase que es necesaria la amistad para sentir afecto por alguien. Las palabras de Leonor no han parado de rebotar dentro mía desde que las oí. Es dramáticamente curioso comprobar que la muerte de alguien no es lo que nos provoca el dolor, sino que éste aparece en el momento que nos enteramos de ello. No es cierto, entonces, aquello de que el tiempo amortigua el dolor. Han pasado casi tres años y a mi me duele como si fuese ayer.

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Y no olvidar

El 11 de marzo de 2004 todos morimos 191 veces.

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Mi aldea

Muchas veces me habréis oído hablar de la aldea, y a veces me pregunto cómo os la imagináis. Tengo la sensación de que transmito un mensaje erróneo cada vez que la nombro, quiero decir, que pueda parecer que son cuatro casas perdidas en medio de una montaña. Y no, aunque creo que me gustaría que así fuera. Es cierto que está en un terreno elevado con respecto a Redondela, por ejemplo, que está a ras de mar.

En tiempos había tres “tiendas”, locales en los que podías adquirir un paquete de manzanilla, o de sopa, o una bobina de hilo, al tiempo que te sobresaltabas con los puñetazos ejecutados con furia a una mesa de distancia,  sobre un tapete verde, lleno de marcas de cigarrillos abandonados y olvidados en el fragor de partidas intensas, donde cuatro inocupados demostraban su pericia jugando al tute, y donde cantar las cuarenta no satisfacía de igual manera si no iba de la mano del puñetazo sobre el tapete verde, todo envuelto en una atmósfera mitad cargante mitad deliciosa, resultado de mezclar el humo del tabaco con el aroma del cocido que se fraguaba tras la apolillada puerta que separaba el negocio del hogar.

Hoy están cerradas las tres. A falta de éstas, una espabilada ha abierto un proyecto de supermercado, con precios abusivos, estantes de quíntuple mano y desorden generalizado, donde puedes encontrar absolutamente de todo, pero donde descubres que ese todo no está para satisfacción del cliente, sino que reponde a una ambición sin límite. Y crece y crece gracias al inconveniente que le supone a los vecinos desplazarse al núcleo urbano más cercano.

Hoy las naves industriales estan cercando la aldea. Avanzan como fieras en estampida, dejando a su paso nubes inmensas de polvo que solidifican allí donde surgen. Paredes y paredes grises, frías, feas. Paredes grises, frías y feas que me obligan a plantearme cómo denominar ahora a un lugar donde, hasta hace muy poco, sólo había un monte atravesado por un regato al que han obligado a empezar de cero en su labor de agrietar la tierra para no derramarse. Siglos y siglos de trabajo constante, de tenacidad silenciosa, tapados en segundos por excavadoras  que todo lo pueden.

Me temo que pronto tendré que dejar de llamarlo aldea, mi aldea. Pronto será un próspero pueblo. Pronto se vestirá de largo, engalanado para conquistar más y más pretendientes con trajes grises, fríos y feos. Me queda el consuelo de que las excavadoras aun no tienen palas capaces de arrancar el alma.

  

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Vengo nueva. Me hacía mucha falta una semana de desconexión. En un principio pensaba leer las entradas atrasadas, pero ya se sabe que cuanto menos hace uno menos quiere hacer. Y además he aprovechado para cambiarle el disco duro al ordenador. El que tenía era de ocho Gb (sí, habéis leído bien) y ahora le hemos puesto uno de cuarenta, aunque sólo me admite 31.4 Gb, pero si hemos sobrevivido dos años con ocho, treinta y uno es el paraiso.

Bueno, ni que decir tiene que la pila de ropa para planchar sigue en el mismo sitio. Soy la number one proponiéndome objetivos, pero para llevarlos a cabo soy algo menos… … eficiente.

Ha sido una semana especial por varias razones. Boss tenía turno de tarde y por las mañanas me acompañaba a tomar el café. En un principio decidió que no me acompañaría, quería respetar “mi hora” sagrada, pero le convencí para que viniera: él con su libro (el que le regalé por su cumple) y yo con el mío. Hemos descubierto una nueva manera de compartir momentos. Una vez que nos servían el café nos despedíamos y nos enfrascábamos en nuestras respectivas lecturas. Supongo que a algunos de los clientes de la cafetería les podía resultar raro ver a dos personas en la misma mesa sin hacerse ni el más mínimo caso. Para nosotros ha sido mágico: estar uno en Londres y otro en Alemania, pero compartiendo desayuno, ha sido realmente especial. 

El viernes fue el día estrella de estas minivacaciones blogueriles. Boss terminó de comer y se encerró a terminar el libro. Ese día no trabajaba y sentía la necesidad de terminarlo. Mientras él leía, acompañé a las hadas a clase de defensa personal. Cuando volví había terminado, y sus ojos estaban maravillosamente rojos y húmedos. Sin decirnos nada nos abrazamos largamente; por fin un libro le había absorvido. Sentí una envidia brutal porque Lessing no me acaba de enganchar, y como voy muy adelantada con respecto a algunos de vosotros (voy por la 343) me permití el lujo de leer el libro de Boss. Aprovechando mi muy dolorosa menstruación me tumbé en mi cama con el libro y una mantita. Eran las cinco y media y lo terminé a las 10 menos cuarto. Me tocó muy profundo y, a la vez, sentí una enorme satisfacción por haber acertado, sin querer, con el título con el que Boss inicia su propia colección. 

Hacedle un pequeño hueco en vuestras listas a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Merece la pena. 

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Es increible cómo, a veces, un hecho cotidiano y rutinario es capaz de desembocar en una estampida de recuerdos que pugnan por destacar todos a la vez, y a tal velocidad, que la mente pasa de unos a otros sin que dé tiempo, en una primera revisión, a saborear ninguno. A mi me acaba de pasar.

El principio de todo ha sido la cartilla de vacunas de mi mayor. Tengo que buscar la original para contrastar la información que hay en la secundaría. Y buscando buscando, aparece de todo menos la susodicha.  En su lugar aparece todo tipo de papeles y pequeños objetos, todos ellos susceptibles de evocar algún recuerdo. Y me hace replantearme mi manía de guardarlo todo, porque me parece indigno tratar de semejante forma algo que debería tener un lugar privilegiado en mi memoria.  En cambio reposan aplastados unos por otros en cajas o carpetas alejadas ya no sólo de mi mente, sino también de mi vista, a la espera de que algún motivo ajeno a ellos les devuelva su razón de ser y les devuelva el estatus de tesoros. Y creo que es un trato muy injusto.

Y desde este pensamiento de la injusticia he saltado a una foto mental que hice hace muchos años, en la época en que mi vida era una pura locura.

Yo salía con un tipo casado. Sí, mucha locura, pero mucha vida. Ya he comentado que adoro las motos. Y él se compró una moto. Tardó su tiempo, (siguen saliendo recuerdos) porque aunque también su pasión eran las motos, quiso esperar hasta que la matrícula de la misma tuviera nuestras iniciales. Cuando la tuvo venía a recogerme, evidentemente, en moto.  Una tarde de sol maravillosa que él estaba apoyado en la moto, me aleje un poco y con las manos imité una cámara fotográfica. Emití un chasquido con la boca y guardé aquella imagen en mi mente. Y cuando por alguna razón la recuerdo, la veo más nítida que cualquier foto real que pueda guardar en un cajón.

Sé que no tiraré nada de lo que tengo por ahí guardado, pero cada vez que piense guardar algo más, me lo pensaré un poquito. Pensaré si prefiero otorgarle la libertad de entrar y salir que le proporciona  un lugar en mi memoria, o condenarlo al olvido encerrado en una caja. 

  

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(Aquí empezó esto)

Ahora que tengo ante mi los miles de caminos que pienso recorrer comprendo que este era mi destino. No tengo horarios, ni prisas. No tengo la cama hecha ni la comida pensada, pero tengo algo mejor aun, tengo hambre y sueño, que me hacen sentir más viva que nunca. Y frío, tengo frío.

He robado un bolígrafo y una libreta. Hoy por hoy son las únicas y verdaderas necesidades que tengo, y mi único patrimonio, mil veces más valioso que cualquier otra posesión. Ellos son el único espejo en el que pienso mirarme. Puede que a veces no me vea guapa, pero siempre me veré tal como soy. Anotaré aquí todo lo que algún día quiera recordar. La mente la mantendré siempre libre, abierta. 

He notado que hay personas que me miran con lástima, y a mi me dan lástima ellas. No saben ver más allá de harapos y arrugas. Aunque consiguieran adivinar la luz de mis ojos no sabrían descifrar su significado. No las culpo, nadie les ha enseñado que hay vida más allá del confort que da la calefacción o de la tranquilidad de la rutina. A veces siento el deseo de hablarles, de contarles que ahora soy feliz, más de lo que ellos serán jamás, pero me da pereza. He ansiado tantas veces librarme de la atadura de un idioma que, por limitado, nunca he conseguido dominar hasta el punto de poder expresarme, que me parece absurdo volver a someterme a su dictadura. Prefiero seguir con mis silencios y su ilimitado mundo. Nada ni nadie le pone límite al silencio. Sin embargo las palabras sí se acaban. Y empiezas a oír las mismas una y otra vez, llegando a olvidar su significado, convertidas en sonidos tediosos por tantas veces oídos.

Paso horas y horas caminando hacia ningún lugar, mirándolo todo sin ver nada, escuchándolo todo sin oír nada. Si lo hiciera, si viera u oyera, podría caer involuntariamente en la tentación de prejuzgar por lo visto u oído, y me niego. Las costumbres que aun arrastro podrían jugarme una mala pasada, pero creo que sabré mantenerlas a raya, al menos hasta que consiga librarme de ellas. Puede que ya lo haya conseguido, de ahí que no quiera oír ni ver. ¿Quién sabe? No pienso apresurarme ni siquiera en someterme a mi misma a exámenes absurdos. Todo lo que ha de ser, será. Por eso mismo no me preocupa el hecho de recordaros cada noche. Había decidido viajar sin recuerdos, dejarlos atrás, pero uno no siempre consigue lo que se propone, y ahora sois lo único que me acompaña en mis noches de buscada soledad, y comparte espacio con ella sin confrontarse. Ahora sé que hice lo correcto. No podía seguir engañándoos. Aquella que vivía con vosotros no era yo. Yo soy esta, yo soy así. Tal vez estéis pensando que no os quiero, tal vez estéis en lo correcto. ¿Quién decide si un sentimiento es o no verdadero?. ¿Qué acción mide su intensidad?. Yo podría gritar que os he querido más que a nada, y no por ello es esto más verdad que vuestra verdad callada, íntimo dolor que ahora os embarga, esa que intuyo asomó a vuestros ojos al tiempo que leíais mi carta. Pero no me arrepiento. El tiempo pasará y convertirá vuestro dolor en un leve recuerdo, y a mi me dará el lugar que realmente merezca en vuestro pensamiento. No ambiciono un gran lugar, ni siquiera un lugar pequeño. Me basta con saber que durante un periodo en nuestra vida compartimos tiempo y espacio. Puede que algún día adivinéis mis razones, aunque no espero que lleguéis a comprenderlas. Yo misma he tardado muchos años en mirarlas de frente y aceptar sus consecuencias.

La vida no se detiene, sólo cambian sus protagonistas. Yo he decidido protagonizar mi propio guión, poner cada punto y cada coma, incluso barajo la posibilidad de poner yo misma el punto final.       

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Sí, ya sé que Mariano quiere descansar un poquito de su tinta, pero es que hay novedades en el caso “La Tinta que quiso darse un garbeo“, y que a partir de este momento pasaremos a denominar: Tras el rastro de la Tinta que quiso darse un garbeo.
El informe, en caso de haberlo, sería más o menos así:
Día: ayer
Hora: 17`45 pm
Lugar: un pequeño parque para la tercera edad
Hechos: Estando la, hasta su pérdida, dueña del ejemplar perdido, más conocida como Vitruvia, disfrutando de la maravillosa tarde en compañía de un maravilloso escritor portugués, y encontrándose sus niñas disfrutando como jabatas de esos “columpios” para la tercera edad, que no son menos maravillosos que la tarde y el portugués, acercósele una de sus niñas, concretamente su mayor, que haciendo un alto en los ejercicios, igualmente maravillosos, que se pueden realizar en dichos aparatos, decidió comunicarle lo siguiente: ¡Má!, una compañera de clase está leyendo “La tinta azul de la memoria” (véase aquí la maravillosa normalidad con la que sus vástagas hacen alusión a lo que consideran ya el tesoro de su madre)
Párese aquí el relato de los hechos y pasemos a meternos en la mente de Vitruvia: Vale, vale, vale. Que se pare el tiempo un segundo, que no puedo pensar tan rápido. Sabiendo como sé, que el ya nombrado libro es casi imposible de conseguir por estas latitudes, y teniendo en cuenta la edad de la niña, once añitos, a menos que los reyes magos hayan decidido contribuir a la distribución de La tinta… son sus padres los que han aprovechado un libro encontrado para hacer más bulto entre los paquetes de regalo. O bien la niña es superespabilada, y habiéndo visto tal libro por su casa, aprovechó que se sabía el título para meterle una bola al profesor cuando éste preguntó qué libro estaba leyendo cada alumno. Sea como fuere, hay más de una hipótesis de cómo mi tinta ha podido llegar a manos de esa mocosa, y todas son factibles.
Ahora redactemos un plan: ¡Mayor! Mañana mismo interrogas sibilinamente a esa compañera y le preguntas dónde ha comprado ese libro. La engatusas para que lo traiga al cole y te lo enseñe. Si ves la dedicatoria le pides el teléfono de su madre. No, el teléfono pídeselo igualmente, no vaya a ser que perdamos este importante rastro hallado por fuerza del destino.
Y hasta aquí puedo leer. Puede que haya encontrado un hilo más de esos que se deshilachan del universo para que yo los ate, y gracias a los que mi vida está siempre dándome sustos y alegrías.
 
Mi Tinta… me está llamando,
tranquilos, seguiré informando.
 

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…pero qué puede hacer un hombre si tiene mujer e hijos, unos renacuajos que se empinan sobre los pies, apoyan la barbilla en la mesa escasa y, con el dedo mojado en saliva, van atrapando las migajas como si atraparan hormigas… …la noche será larga, como si estuviéramos en invierno. Sobre los tejados, lo habitual, estrellas, un desperdicio, aunque se pudieran comer, están lejos…  …las tripas vacías protestan, trabajan en falso… … la mujer, al lado, no duerme, pero ni apetece ponerse encima…

Levantado del suelo (José Saramago)

Me gusta ir atando los cabos de algun hilo invisible que se ha descolgado, quien sabe en qué punto del universo, para que yo lo siga. Es como estar en una constante cita a ciegas con mi destino. Hay una canción que me encanta de mi adorada Dulce Pontes, que se titula Meu Alentejo. Torpe yo, como muchas veces, intenté traducir Alentejo, y siempre el mismo resultado: Alentejo es Alentejo. No desistí, pero tampoco insistí. Sé que cada cosa llega en su momento, y esa es la única máxima para la que tengo paciencia, para esperar a que aparezca el siguiente cabo. Y el cabo estaba, quien lo diría, en una tarde en esa gran superficie francesa que hoy no me da la gana nombrar. Sección atrayente como ninguna otra, libros por doquier de cara a las navidades, y allí estaba, bajo títulos cuidadosamente colocados por estrategias mercantiles. Me buscó, me llamó, y me embaucó. La contraportaba rezaba:

Un escritor es un hombre como otros: sueña. Y mi sueño fue el poder decir de este libro, cuando lo terminase: “Esto es el Alentejo”

Me tomé la licencia de gastarme un dinero del que Boss debería disponer, al mes siguiente, en mi regalo de reyes. Si este libro que está ahora aquí, a mi derecha, se hubiese quedado bajo aquella torre infame, no me lo hubiese perdonado nunca, ni el libro, ni yo misma.

Desde el momento que lo tuve en mis manos, lejos de cualquier bolsa inmerecida, presentí las muchas sensaciones que vendrían. Y como a veces todo confluye mágicamente, su lectura acontece en ese rincón que ya es mío, en esa tranquilidad mañanera, sólo comparable a noches de soledad llegadas en buen momento. Cada letra, palabra, párrafo y página me mantienen suspendida en el borde del llanto más profundo y más calmado, el de conocer ya la historia de boca del que la ha sufrido y no la cuenta, sino que la refleja en el rostro cada día de su vida, y que te ha amamantado, y a veces desalentado, pero no es momento éste de juzgar a nadie, y no lo haré, porque, además, no soy quien.

Nada sé más seguro que que Saramago es mi autor preferido, desde hace ya mucho tiempo, y ahora sé algo más, sé lo que es el Alentejo, y nadie, nadie, podía habérmelo explicado mejor.    

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Querida abuela:

Hoy es nochebuena, y como cada nochebuena me acuerdo de ti, y de tu última nochebuena, ¿la recuerdas?, esa en que reuniste por primera vez en navidad a todos tus hijos y nietos porque sabías que era la última. Yo era demasido joven para creerte. Ahora, con la madurez, voy recordando, reconociendo y aceptando, esas despedidas. Pero no pienso llevar a cabo la parte que me corresponde en la tuya. No pienso despedirme. Y no es rebeldía, es imposibilidad.

Otro año más termina sin que haya llevado a cabo mi necesidad de visitar tu casa. Como ya sabes, me gusta ver la botella medio llena, así que no le daré más vueltas, será que aun no era el momento adecuado. La tía Carolina es la que me preocupa. La han operado hace unos días. Y estoy asustada. No quiero dejar de ver tus ojos en los suyos. Aunque siempre me quedará mi espejo para ver su cara.

Este año ha sido fabuloso. He conocido a un motón de gente nueva. Gente como a mi me gusta: interesante, inteligente, con mucho sentido del humor y con mucha calidad humana, un poco locos, pero maravillosos. Ya te contaré quienes son, porque tengo miedo de que ahora, con las prisas, se me olvide alguno.

Abuela, esta noche saldré al balcón y te enviaré un beso por el aire. Espero que te llegue, pero si no es así, si desvía su camino hacia alguien más necesitado de cariño, lo daremos por bueno, ¿te parece?. De todos modos ya sabes que en mi corazón tienes cientos esperando para echársete encima el día que conozca la manera de entregártelos cara a cara.

Te dejo ya, que aun tengo que felicitarles la noche a todos esos locos de los que te hablé, aunque creo que ya saben que les deseo lo mejor de lo mejor. Sé que la mayoría no celebra la Navidad como tal, pero eso no importa, yo tampoco la celebro, pero me aprovecho de ella para dar rienda suelta a toda la ternura que pueda generar, y hacer así feliz a quien pueda necesitarlo. ¡Qué más da la época del año en que se haga! El caso es que se haga, ¿no crees?

Feliz Navidad.

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Va por ellas

.

………  Y entonces volveré a cruzar este cielo y este mar, y volaré, volaré sin parar, una vuelta a la tierra entera, y haré nidos de luna llena; despues me dormiré en la arena……
 

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Mi familia, pensaréis que como todas, es una familia muy rarita. Pero creedme que lo es. Sino, como esplicáis que jamás fuésemos a Santiago de Compostela, viviendo a 60 Km. Mis padres nunca se han interesado mucho por lo que a ellos no les ha llamado la atención, y no estoy echando nada en cara, no tengo valor para hacerlo de frente, no lo voy a hacer aquí. Simplemente es el camino para poner en antecedentes, sobre lo que voy a contar, a quien lea lo que voy a escribir. Tardé 35 años en ir a Santiago por varios motivos, entre ellos el que he explicado y que me fuí muy joven a vivir fuera de Galicia. Cuando regresé, nunca era el momento. Por unas cosas o por otras no podía, y confieso que me daba vergüenza que se supiera que no conocía Santiago. Cuando por fin se dieron las condiciones para ir, no quise. Y la razón no era otra que la de que llevaba un tiempo rumiando que, tal vez, había un motivo por el cual no había podido ir nunca. Y ese motivo podía ser que debía hacerlo, debía ir, andando. Y así empecé a planearlo, a cuadrar fechas que, teniendo tres niñas, no es nada fácil. Me di cuenta que Santiago no estaba lejos de mi en cuanto a kilómetros, sino en cuanto a cirscunstancias. Habían de coincidir muchos factores para que yo pudiese iniciar la marcha. Y así, un 7 julio del 2004, comenzamos el camino. La noche anterior apenas dormí pero me levante fresca como nunca, con una energía desbordante y saboreé cada momento. Quería comerme el camino. Salimos de Tuy. Mi primer sello fue como un diamante para mí. Para alguien como yo, que se siente en la naturaleza en su habitat natural, cualquier detalle que presencie mientras camina es un regalo, por lo que esa luz temprana del sol bordeando el Miño . . . . . . . ya me contaréis.

Nos hicimos dos etapas ese día, algo de locos, lo sé, pero yo me las hubiera hecho todas del tirón. No pudo ser. Mi hermana, compañera en ese viaje (y “delicadita”, todo sea dicho; un beso, guapa) acabó hecha polvo, y hubo que parar. A la porra, ya no podíamos seguir hasta quién sabe cuándo. Os lo diré: hasta diciembre. Era increíble, pensé que no podría ir nunca.

En diciembre retomamos, y fué fantástico. El día que llegamos era domingo. Habíamos utilizado una especie de guía que nos destacaba lugares que podían pasar inadvertidos. Entrando ya en la ciudad, mi hermana, que estaba harta de visitarla, quiso abandonar el trazado de la guía, ya que conocía el pueblo. Pero yo quería seguir la ruta, y decidimos separarnos y buscar la Catedral cada una por su lado. Pienso que en el fondo no me atreví a decirle a ella que yo necesitaba seguir sola. No soy nada religiosa, no quiero llevar a nadie a equívocos. Creo que el camino de Santiago es algo más que un asunto religioso. Es una búsqueda interna. Quedamos en vernos en la catedral, y continué sola, bajo una lluvia suave, con un único deseo… … llegar, por fin, a ver con mis ojos, aquella maravilla que tantas veces había visto a través de imágenes artificiales. Cada paso que dí y cada vez que me paré para consultar el libro, estaban, sin yo saberlo, siguiendo un ritmo marcado por mi destino, que tendría su culmen en mi llegada, pero ni lo presentía siquiera.

Domingo lluvioso, temprano; calles solitarias, de gentes y de coches pero, sin embargo, respeté un semáforo en rojo para peatones, sin esconderme de la lluvia, retrasando algo que no quería que llegase, porque todo final es doloroso, incluso aquel que se ansía. Verde. Cruzo y me adentro en el casco antiguo, veo entre los tejados una tajada de catedral, y me estremezco. Se va abriendo ante mí la plaza del Obradoiro y decido cruzarla sin mirar a la catedral hasta llegar al otro lado de la plaza y así poder contemplarla entera, de frente, como se merece. Crucé mirando al suelo, luchando contra mis ganas de girar la cabeza y mirarla de reojo. Llegada al punto que mi pensamiento  había decidido en una primera mirada, me giro y, antes de completarlo, empiezan a sonar, en una conjunción de sincronías que todavía hoy no me explico, todas las campanas de la catedral en una sintonía que no puedo, ni quiero, quitarme de la cabeza, y que me envolvió de tal manera que no sé cuanto tiempo estuve allí, parada , sin apartar mis ojos de la fachada, sin poder parar de llorar, sin querer parar de llorar, y con tal mezcla de sensaciones que algo mío quedó allí, de pie, para siempre. Aún no he vuelto a Santiago.

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