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Archive for the ‘Libros’ Category

Nunca me he sentido especialmente atraída por la pintura de Pablo Picasso. Y parece ser que esto al pintor le incomoda, habida cuenta de la persecución que sobre mí realiza de un tiempo a esta parte. A saber:
Hace como cuatro a cinco años me plantó delante el Guernica. Sí, así como suena. He de decir que no era éste un cuadro por el que yo tuviera especial predilección. Es más, casi podría decirse que era una obra a la que yo no le encontraba la “gracia” por ninguna parte, y todo ello, como buena ignorante, sin haberlo visto más que en fotos, todo hay que decirlo. Como decía, me lo plantó delante de las narices. Sucedió en el Reina Sofía. Habíamos ido al museo sin saber que allí se encontraba dicha obra temporalmente, y me enamoré. Yo, que tanto había denostado ese cuadro, quedé impresionada del dolor que transmite. Yo pude sentir ese dolor. Me quedé en un rincón de la sala por tiempo indefinido, sin poder apartar mis ojos de él. No quería irme, estaba hipnotizada. Boss y las niñas siguieron el recorrido por el museo, pero yo me quedé allí hasta que tuvimos que irnos.
Siendo fiel a mi manera de ser, no moví un solo dedo por saber más de la obra de Picasso. Me impresionó el Guernica, sí, pero seguí con mi vida. Hasta hace un mes. Me fuí a Madrid con la excusa de ver El descendimiento, de Caravaggio, y de la tienda del Prado salí con “Vida con Picasso” bajo el brazo. ¿La razón? ¡quién puede saberla! Lo ha escrito una de sus mujeres, Fançoise Gilot, y lo estoy devorando. En él Françoise nos cuenta cómo era el pintor, cómo encaraba sus trabajos, cómo los veía él, las impresiones que cambiaba con sus contemporáneos… en fin, que me está absorviendo. Y relata, en la página 66, el momento en que Picasso le enseñó una carpeta llena de grabados, concretamente cien, que realizó para el marchante Ambroise Vollard.
Siempre voy por el mundo con el libro de turno en el bolso. Ayer fui a Santiago, sin otro afán que el de pasear por sus calles y pasar un buen día. Y en una de esas calles me “tropecé” con un gran cartel que ponía: Picasso, Suite Vollard. Sip. Los cien grabados de “mi libro” estaban al otro lado de la pared del edificio que tenía delante, esperándome.

En fin. Picasso, según Gilot, era obstinado. Y yo lo constato.

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Una vida, varios mundos

Tras un mes de hibernación forzosa, ayer, por fin, volví a la vida.

Casi un mes de hacer y servir cafés como una autómata. Casi un mes de aclimatación, donde cada segundo libre era aprovechado única y exclusivamente para descansar, ya que mis maltrechas piernas, pobladas de pertinaces varices, soportan mal las rutinas de la camarera que he vuelto a ser.
Pero como no hay mal que cien años dure ayer marché en busca de aire fresco, y lo encontré en el MARCO de Vigo. Virgilio Vieitez fue el encargado de insuflarme oxigeno puro. Galerías llenas de retratos maravillosos que me han hecho olvidar mi nueva situación para devolverme durante unos instantes a ese mi mundo paralelo donde prima la piel de gallina. Fotografías tan límpias que en algunas pude hasta descubrir un simple hilo suelto del bajo de una falda. Retratos de gentes, en su mayoría humildes, con sus mejores galas, pero con un denominador común que delata la ficción que Virgilio atrapaba: zapatos muy viejos. Imágenes, en definitiva, que me emocionaron profundamente y que serán durante un tiempo mi nexo con mi mundo.
Por cierto, Mundo, ya tengo Tren nocturno a Lisboa.

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Hacía tiempo que no me pasaba algo así. De hecho, ahora que lo pienso, no recuerdo que me hubiera pasado nunca desde que tal afición se asentó en mí. Me estoy refiriendo, como no, a la lectura, y en cuanto al hecho nunca acaecido hablo de no ser capaz de leer. Así es. Tengo, algo inédito también, ya que siempre había de ralentizar las lecturas a la espera de tener algo más para leer, ocho libros amontonados en mi mesilla. Y no soy capaz de avanzar con ninguno.
Al principio pensé que se debía a que Crimen y castigo se me hacía un poco espeso, pero una vez que he probado a leerme algunas primeras páginas de cualquiera de los otros (a saber: Memorial del convento, Los gozos y las sombras II y III, La insoportable levedad del ser, El viaje del elefante, Veintemil leguas de viaje submarino…) me he dado cuenta de que es por falta de concentración. Se me va la mente. Dos líneas y me descubro pensando en facturas, listas de material escolar, dónde comprar ropa y calzado relativamente barato…
Nunca quise dar crédito, aunque lo intuía, a que quedarse sin paro fuese sinónimo de quedarse sin capacidad para disfrutar, pero visto lo visto… espero que el amor, como dice la canción, no salte por la ventana.

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Subo la cuesta que me aleja de la playa en compañía de mi chica, y a una pregunta suya, que no recuerdo, contesto con una mentira. Y me quedo pensando si he hecho bien o si debería haberle dado con la realidad en las narices.
Ocupo mi mente durante el resto del camino dándole vueltas. Las conclusiones son varias, pero hay dos que tienen, para mí, más relevancia que las demás. Una: que la sinceridad está sobrevalorada. Los libros, los grandes libros, son, en su mayoría, una gran mentira, mundos inventados para nuestro disfrute. Y por qué hacerlo, por qué disfrutar, sólo durante el rato que dura la lectura, por qué no dejar que alguien nos mienta y nos convenza de que somos princesas. La mentira sólo es dañina si se descubre, o dependiendo de cómo se descubra, pero no per sé. La mentira, bien usada, puede aportar infinitamente más felicidad que la verdad.
Y dos: que a veces se saca tanto o más provecho de una conversación con una cría de siete años que el que podríamos sacar de un café con un gran filósofo.

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“El lugar”

No debe quedar nadie por aquí que no sepa que me gustan los libros; que amén de leer me gustan físicamente, como objeto. Tienen sobre mí un poder hipnotizador que me supera.
Me gusta, como a casi todo lector, el olor de los nuevos, pero me gustan infinitamente más los libros con historia, esos que tienen, a veces, tanto, o más, que contar por fuera como por dentro; arte de transmitir a través de la piel, la nuestra, ya que no están ellos envueltos en tan singular tela, por más que algunos fuesen, si la justicia oficiara en estos menesteres, merecedores de ella.

Y hete aquí que servidora ha encontrado “el lugar”. Cientos, si no miles, de libros de segunda mano, o de tercera o cuarta, quién puede saberlo, que se amontonan, al fondo a la izquierda, en un almacén de antigüedades, donde están a merced de quién llegue primero, una o el polvo, para hacerse con ellos a un precio vergonzoso.
Siendo la que firma una pobre incauta aspirante a escritora debería recomendar otra cosa que no sea comprar novelas a destiempo por unos miserables céntimos, pero qué le vamos a hacer, una prefiere ejercer el oficio y morirse de hambre hoy para que dentro de cien años alguien alimente su espíritu con mis letras, así que aquí les presento el que será mi epitafio:

“No se puede ser romántico y querer comer”.

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Tal vez sería más correcto titular esta entrada de otra manera. Se me ocurre, por ejemplo, que debiera llamarse “una obsesión”, pero, como no lo tengo claro, la dejaré tal cual está.
Y es que una de mis aficiones ha devenido en “ello” (léase “pasión” u “obsesión” una vez leída el resto de la entrada).

La cuestión quedaría perfectamente resumida en una frase: He pasado de ocupar mis ratos libres leyendo a buscar y acumular desesperadamente ratos que dedicar a la lectura.
He pasado de comprar los libros de uno en uno a comprármelos de dos en dos. Como cualquier otro adicto con cualquier otra adicción he necesitado echar mano de restos mal aprovechados en tiempos de bonanza, rescatando así libros, los pocos, que formaban parte de mi biblioteca sin que hubieran pasado por mis ojos. Y he tenido una muy seria conversación con Boss, ya que soy plenamente consciente de que “ello” no ha hecho más que empezar, por lo que el gasto que nos acarrea nos privará de otros pequeños, aunque cotidianos, placeres, y de que habrá días, esos que él, generosamente, se olvida de mi, que no daré ni los buenos días, como ya viene sucediendo con las maratones sillón/libro de los domingos.
Afortunadamente sabe cocinar, así que no moriremos de hambre.

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Un recuerdo

¡Qué mundo tan complejo este de internet!
A mi me gusta especialmente. No hay las odiosas barreras de nuestro otro mundo. Aquí no se ve lo feo, lo guapo, lo alto, lo bajo, lo gordo, lo flaco… Aquí se ve lo de dentro. Yo no creo que la gente aproveche el anonimato para ser quien no es, sino que aprovecha esa situación precisamente para mostrarse tal cual es, sin miedo a que esa cualidad de “ser” quede oculta por lo externo.
Este pseudopensamiento me asalta a raíz de un recuerdo, o, para ser más exactos, de alguien a quien recuerdo muy a menudo, alguien con quien sentía una conexión especial y que se ha diluido en este mundo virtual sin dejar rastro.
He comenzado a leer un libro, una trilogía, que ella, pues es una chica, me recomendó muy apasionadamente. Y esto me hace tenerla muy presente estos días.
He comenzado a leer Verdes valles, colinas rojas, Cov, mi maravillosa Cov, y me acuerdo de ti.

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De válvulas y tacones

Tarde de viernes. Un calor que ni en el Congo. Mi chica y servidora en la playa. Yo en el agua haciendo experimentos con el móvil y una hoja de un árbol cualquiera, y ella que se me acerca tapándose con las manos toda parte púdica:
– Má, ¿qué haces?
– Fotos. ¡Hombre!, ahora te ha dado por taparte el chirimiri.
– Si. Por cierto, ¿sabes que en realidad se llama “válvula”?, (¡!)
Os juro que todavía me cuesta no reirme cuando lo recuerdo, jajajajajaj. Evidentemente se refería a la vulva.
Con motivo de esta nueva perla de mi chica he decidido que abriré una nueva página en el blog (las pestañitas de arriba) dedicada sólo a estas pequeñas joyas que suelta, y que actualizaré, independientemente de las entradas diarias del blog, a medida que vaya abriendo la boca. Si algún día estáis de bajón daros un paseo.
Casualmente hace ya días que me rondaba por la cabeza abrir otra pestaña, pero ésta con pifias que me encuentro en algún que otro libro. Y el honor de inaugurar esa nueva sección no podía tenerlo otra que………(trrrrrrrr): La Kostova, por una frase en La historiadora que paso a reproducir:
“Entre las minifaldas y espantosas botas de pesados tacones de moda, calzaba ajustados zapatos negros de fino tacón” (Pág. 236)
¡Ea!

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Mira que era difícil superar a la Lessing. Mira que el listón del aburrimiento y el tostón había quedado alto. Pues bien, ha venido Elizabeth Kostova y ha dicho: “Yo puedo escribir una historia tan incoherente o más, tan infumable o más y tan aburrida o más”
Y aquí me tenéis, intentando deshacerme de La historiadora para poder entregarme a los que me esperan en la mesilla y que son delicatessen. Y esto me pasa por pobre, así de simple, porque si no me hubiera quedado sin nada que leer no hubiera aceptado el préstamo.
Ahora he tenido un golpe de suerte y tengo en la mesilla tres, ¡tres!, que me esperan impacientes. Bueno, tampoco es eso, la impaciente soy yo. Pero no me digáis que no os encantaría leer La elegancia del erizo, Jane Eyre o Pedro Páramo. El primero ya es muy especial para mi porque a dos personas les ha parecido reconocerme en uno de sus personajes. Jane Eyre porque me apetece mucho comparar a las hermanas Brontë. Y Pedro Páramo… …qué puedo decir que no se sepa; me he leído sólo la primera página (nunca he sabido lo que es la paciencia) y ya no me aguanto más. Intuyo que se convertirá en uno de mis libros favoritos.
En fin, que a ver si este fin de semana me libro de la Kostova y vuelvo a disfrutar de la lectura.

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… Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. siguemeAcérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

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Una de esas cosas que me suelen suceder, y que más placer me produce, es que un libro me busque.  Libros que caen en mis manos inesperadamente y que, además, cada uno de ellos busca una nueva e imaginativa vía para llegar hasta mi. Me sucedió con Levantado del suelo, que me gritó desde el fondo de una pila de libros que le estaban afixiando; y me pasó también algo muy especial con La tinta azul de la memoria, que decidió darse una vuelta por Redondela, para luego regresar a mis manos; y algo parecido con Juegos de la edad tardía, que me esperaba tranquilamente en un banco del parque donde a veces me siento a leer. Libros de de los que desconocía, salvo el de Mariano, hasta su existencia, y que decidieron ser leídos por mi. Afortunadamente me ha vuelto a ocurrir.

El noventaynueve por ciento de mis libros llegan a mi de la manera más tradicional. Esto es, me voy a  Moliere, pido el libro y ellos ya se encargan de buscarme una edición baratita, porque ya saben, por mi boca, que leo más de lo que me puedo permitir. Pero hete aquí que de esto ya se ha enterado el último que me ha buscado.

viciosHace unas semanas Mariano recomendó La higuera, de Ramiro Pinilla, y allá que me fui. Todo sucedió segun dicta mi costumbre, es decir, dar a conocer título y autor, y hasta dentro de unos días. Fue al ir a recogerlo cuando se rompió la cotidianidad. Quiso el destino que el posit con mi nombre tapara el nombre del autor, quedando sólo descubierto el título, La Higuera, con lo cual me lo llevé a casita sin sospechar siquiera que no era el libro que yo había pedido.

No fue hasta dos días después cuando descubrí que el autor de mi particular higuera no era Pinilla, sino que al retirar el posit quedó por fin a la vista el nombre de François Maspero. Debido a estas charlas que se tienen, los libreros me recordaron la posibilidad de devolverlo. Ni imaginaban que estaban proponiéndome poco menos que un crimen, ¡devolver un libro yo!. No sé qué me deparará la lectura de éste libro que hoy empiezo, pero a priorí, y teniendo en cuenta las anteriores experiencias con libros de vida propia, no creo que me defraude una historia que, para más inri, es de libros y libreros. Y que nadie se alarme, ya está en mi mesilla la otra higuera, la de Ramiro Pinilla. Este viejo vicio mío no ha hecho más que empezar.

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Oler a papel

El primer día que este blog estuvo colgado en la red recibió catorce visitas. Ahora que sé las cifras en las que se mueven algunos, me parece, y a cualquiera con dos dedos de frente, una cantidad irrisoria. Pero a mi, aquel día, mis catorce visitas, me hicieron feliz. Alguien, sin querer, buscando quién sabe qué, llegó a Xuntaletras, y quiero imaginar que tratando de encontrar en el texto aquello que buscaba, leyó algo que yo había escrito. Suficiente. Nunca pedí más. Nunca aspiré a más. No sé, ni pretendo saber, en qué momento dejaron de llegar visitas equivocadas para ser sustituidas por visitas a conciencia. Sólo sé que me leían. Y escribir empezó a tener otro sentido. Ya no era un simple, y adictivo, acto de juntar letras para construir palabras que trazaran mi  mapa vital. Ya cualquiera podía seguir mi rastro. Pero un rastro está incompleto si le falta el olor. Y yo sé exactamente qué olor quiero para dejar tras de mi: el olor a papel.

blogs-de-papelSé perfectamente que lo primero que haré al recibir “mi Blog de papel” será abrirlo y olerlo. Y me basta presentirlo para reconocerlo.

Y mezclado con mi olor habrá, qué casualidad, catorce rastros más. Todos iguales en la misma medida que diferentes. Todos distintos a pesar de ser iguales.

Quiero imaginar que algún día, alguien, buscando quién sabe qué, acabe leyendo lo que yo he escrito en Blogs de papel, y para mi volverá a ser suficiente, porque en el aire quedará flotando mi olor a papel.

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Puntos y comas

Hacía tiempo que no tropezaba conmigo misma. Hace ya un tiempo que mi devenir diario fluye sin contratiempos incontrolables. Es decir, vivo y me suceden cosas, pero ninguna consigue, últimamente, bloquearme. Ya sabéis, lo que no te mata te hace más fuerte. Y en ello estoy.

Decía lo de tropezarme conmigo misma porque lo analizo todo de manera enfermiza. Y si lo que has de analizar es algo importante, pues mira, son cosas que pasan, pero si es una chorrada…

Dándole vueltas creo que analizar no es el término correcto. Y, dándole más vueltas aun, no sé cual podría serlo. El caso es que estoy leyendo El hombre duplicado, de José Saramago. Siempre me ha resultado fácil y muy gratificante leer a Saramago. De hecho mi libro favorito, y a mucha distancia de todos los demás libros, y autores, es suyo.  Como digo estoy con El hombre duplicado, y llevo parada una semana en la página 73 por culpa de un párrafo que no logro comprender. Y esto no sería mayor problema si mi tozudez a la hora de buscarle sentido a todo me permitiera aceptar la explicación que creo haber encontrado para seguir leyendo, que no es otra que substutuir una coma por un punto, sin darle más vueltas, sin querer saber por qué está ahí esa coma, sin necesidad de ponerle nombre: errata, fallo en la traducción…. Estos dos supuestos no son por sí mismos una gran amenaza, ya que no me costaría mucho aceptarlos. Lo que los hace peligrosos es que conviven con una tercera opción: la de que el texto esté bien redactado y traducido. Ahí está el cincuenta por ciento de mi problema; si el texto está bien para mi se convierte en incomprensible. El otro cincuenta por ciento es no poder pasar página hasta no hallar la verdadera explicación. No la más adecuada o la más probable, sino la verdadera. Y como esto no es posible mi cabeza seguirá dándole vueltas y vueltas hasta que decida rendirse. Y mientras el libro permanecerá cerrado en mi mesilla, a la espera de que algún resorte en mi mente haga click sin que mi consciente se percate de ello, y pueda seguir leyendo éste y todos los que vienen detrás.

Fijaos que creo haber tropezado ahora mismo, mientras escribo, con el nombre que le viene al pelo a mi problemilla: falta de seguridad en mi y en mis criterio frente a determinadas cuestiones.

 

Y a partir de aquí que sólo lean los que estén dispuestos a comerse el tarro conmigo.  El párrafo en cuestión es el siguiente:

     “No es exactamente así. Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar algo tan simple como Esta boca es mía, o Esa boca es tuya, y mucho menos para preguntar Por qué tenemos las bocas juntas. A las personas de ahora ni les pasa por la cabeza el trabajo que costó crear esos vocablos, en primer lugar, y quién sabe si no habrá sido, de todo, lo más difícil, fue necesario comprender que se necesitaban, después, hubo que llegar a un consenso sobre el significado de sus efectos inmediatos, y finalmente, tarea que nunca acabará de completarse, imaginar las consecuencias que podrían advenir, a medio y a largo plazo, de los dichos efectos y de los dichos vocablos.”

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Y así es tal como yo creo debería ser:

      “No es exactamente así. Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar…”

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¿Sabéis qué?, dejaré que cada uno me dé sus opciones de dónde debería ir un punto en lugar de una coma. Mi opción aquí

 

      

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Vendetta

Hace dieciséis años menda lerenda trabajaba en el oficce de una pizzería tras haber pasado por todas las secciones de ésta, lo que me permitía librarme por fin del yugo del uniforme, de la tiranía de algunos clientes y de tener que escuchar el puñetero hilo musical de la misma. Determinado día decidí llevarme una pequeña radio con auriculares porque había un importante partido de futbol que no quería perderme. No recuerdo qué partido era, ni de qué competición, ni quienes jugaban, aunque creo que Alemania estaba implicada, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es que ése ha sido el primer y último partido de futbol que he escuchado por la radio. Creí que me daba un infarto. Estar a merced de un locutor, sin más información que la que proviene de su voz, acompasando tu repiración a los gritos que él profiere, ora de susto, ora de alivio, mientras se recrea creando pausas interminables durante las cuales no sabes si ha sido o no falta, o gol, o vete tú a saber qué, no va conmigo. No tengo paciencia para esperar a que me informe, necesito verlo.

Pero ayer decidí que no vería el España-Italia, porque sabía que me pondría de los nervios, y porque aun odio a Tassotti.

Así que cuando Boss se fue a casa a ver el partido, yo saqué del bolso a mi Don Juan y me dispuse a disfrutar de él y de una cañita en una terraza cerca del río. Pero hete aquí que por todas partes se oían “hayes” y “uyes” que me hacían aguzar bien el oído para enterarme de lo que iba pasando, y la sensación era poco más o menos que la de estar oyéndolo por la radio. Así que cerré mi libro y me fui a casa. Y, ¡¡cómo disfruté!!, pero… ¡¡cómo sufrí!!.  Menos mal que yo confiaba en mi Iker, porque, colchoneros  de mi vida y culé de mi corazón, ¡¡cómo es mi Iker!!… (y no es pasión de merengona) ¡viva la madre que lo parió!

Han pasado catorce años, pero hemos vengado a Luis Enrique. 

 

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¿Qué os parece si hacemos una quedada en el infierno? Tal y como se están poniendo las cosas creo que más de uno daremos con nuestros huesillos allí, así que podríamos aprovechar la ocasión.

Hoy toca de nuevo confesión. Sí, amigos y amigas, os estoy usando de curas de cabecera. Por dios, sed benévolos con muá.

Yo leo, vosotros leéis, mis hijas leen. Bueno, vale, leen menos de lo que me gustaría, pero leen, que no es poco. El caso es que hay por ahí mucho niño que no lee res de res, y los profes de cuarto este año se han sacado de la manga un impreso para que cada padre anote lo que leen sus hijos cada día: día de lectura, hora de comienzo, tiempo empleado, número de páginas leídas, título del libro… A mi me pareció muy apropiado, y acogí la idea de muy buen grado, hasta que descubrí que mi despiste y mi desorganización también salpicarían tal iniciativa. La ñina lee, y una piensa: “luego lo apunto”. Los días pasan, y una piensa: “tengo que empezar a anotar ya, que se me olvidará todo”. Las semanas pasan, y una desesperada: “Tengo que encontrar un hueco ¡¡YA!! y sentarme a recordar para apuntar todo lo leído por la niña”. La niña, inocente, preguntando de vez en cuando: “¿má, cuando vas a anotar lo que leo?” (…)

LLegó el día D. Ayer me recuerda que hoy ha de llevar el impreso con todo lo leído desde ¡¡¡octubre!!!. Glupss. Me quería morir. Pero aun así no fue suficiente el susto (mi despiste no conoce límites)  y ayer tarde se nos volvió a olvidar.

Jueves. Siete de la mañana. Despliegue nunca visto para recopilar por la casa todos los libros leídos hasta hoy. Calcular tiempo empleado por página, calcular a grosso modo el orden en que fueron leídos, cambiar de boli para que parezca más creíble el “engaño”… …

En fin, estoy de los nervios. Me imagino a la profe cotejando datos, descubriendo el engaño y poniéndole un cero a la niña. Voy al infierno en bussines class, fijo.  

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Aquellos que sean un poco observadores ya habran adivinado, viendo mi barra lateral, que por fin me he librado de la Lessing. No lo he dejado, no. Lo he terminado (podéis hacerme la ola).

Este post me parecía necesario porque sé que muchos seguís al pie del cañón. Según vayáis terminando, o abandonando, dejadme aviso para poder barajar fechas para el post. No hay prisa, al menos por mi parte, ya que la elección no ha sido la más acertada y cuesta. Espero que esto no os retraiga de participar en más ediciones de esta locura. La primera vez de todo suele tener estas cosas. Ya veréis como la siguiente edición disfrutamos más.

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Vengo nueva. Me hacía mucha falta una semana de desconexión. En un principio pensaba leer las entradas atrasadas, pero ya se sabe que cuanto menos hace uno menos quiere hacer. Y además he aprovechado para cambiarle el disco duro al ordenador. El que tenía era de ocho Gb (sí, habéis leído bien) y ahora le hemos puesto uno de cuarenta, aunque sólo me admite 31.4 Gb, pero si hemos sobrevivido dos años con ocho, treinta y uno es el paraiso.

Bueno, ni que decir tiene que la pila de ropa para planchar sigue en el mismo sitio. Soy la number one proponiéndome objetivos, pero para llevarlos a cabo soy algo menos… … eficiente.

Ha sido una semana especial por varias razones. Boss tenía turno de tarde y por las mañanas me acompañaba a tomar el café. En un principio decidió que no me acompañaría, quería respetar “mi hora” sagrada, pero le convencí para que viniera: él con su libro (el que le regalé por su cumple) y yo con el mío. Hemos descubierto una nueva manera de compartir momentos. Una vez que nos servían el café nos despedíamos y nos enfrascábamos en nuestras respectivas lecturas. Supongo que a algunos de los clientes de la cafetería les podía resultar raro ver a dos personas en la misma mesa sin hacerse ni el más mínimo caso. Para nosotros ha sido mágico: estar uno en Londres y otro en Alemania, pero compartiendo desayuno, ha sido realmente especial. 

El viernes fue el día estrella de estas minivacaciones blogueriles. Boss terminó de comer y se encerró a terminar el libro. Ese día no trabajaba y sentía la necesidad de terminarlo. Mientras él leía, acompañé a las hadas a clase de defensa personal. Cuando volví había terminado, y sus ojos estaban maravillosamente rojos y húmedos. Sin decirnos nada nos abrazamos largamente; por fin un libro le había absorvido. Sentí una envidia brutal porque Lessing no me acaba de enganchar, y como voy muy adelantada con respecto a algunos de vosotros (voy por la 343) me permití el lujo de leer el libro de Boss. Aprovechando mi muy dolorosa menstruación me tumbé en mi cama con el libro y una mantita. Eran las cinco y media y lo terminé a las 10 menos cuarto. Me tocó muy profundo y, a la vez, sentí una enorme satisfacción por haber acertado, sin querer, con el título con el que Boss inicia su propia colección. 

Hacedle un pequeño hueco en vuestras listas a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Merece la pena. 

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Son las 21:35, y acabo de colgar el teléfono: el resultado de la llamada no podía haber sido más satisfactorio.

El número de teléfono llevaba más de quince días aburriéndose bajo un imán en la puerta de la nevera. Cada vez que abría ésta, el número me gritaba: ¡cobarde!. Y no le faltaba razón. El miedo a no conseguir mi objetivo me disuadía de llamar, y me convencía de la conveniencia de seguir parapetada tras la incertidumbre y el pesimismo. Ansiaba que tal vez el destino diera un nuevo giro a mi favor, y me librara de esta angustia perenne de tener que utilizar el teléfono para resolver algo cuyo estatus de “pendiente” duraba ya demasido tiempo. 

Hoy he reunido el valor suficiente para llamar. Me lo pensé mucho antes de marcar los números que me pondrían en contacto con mi interlocutora. Los nervios se apoderaron de mi estómago nada más tomar la decisión de realizar la llamada. Una llamada que podría resolverlo todo o convertirlo en un enigma para siempre. Mi indefensión ante la persona que descolgara era una realidad incontestable. La ansiedad se prolongó a causa de no hallar respuesta en los tres primeros intentos. No había nadie. Tal vez no les guste contestar a desconocidos. Las nuevas tecnologías permiten ejercer tal derecho.

Al cuarto intento contestaron. Me identifiqué y expuse mi petición todo lo claramente que mis nervios me permitieron. Contesté a todas y cada una de las preguntas que me hicieron. Nombre, aspecto, color, olor…… Me las sabía de memoria. La respuesta que a priori podría parecer más difícil salió de mi boca fluyendo desde el corazón: largo texto aprendido desde la admiración, visualizado una y otra vez en una memoria de la que nadie podría haberlo arrancado. Ni la muerte hubiera podido borrarlo: Para Vitruvia (ML)…

Tras una mezcolanza de agradecimientos y excusas no pedidas, me despedí y colgué. He recuperado Mi tinta azul de la memoria.

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cgfa_cezanne14.jpg En la pared, encima del ordenador, había una reproducción del Mardi Gras, de Cézanne…

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¿¿¿Si unimos mi pereza de hoy con mi escaso tiempo y con que la verdadera fiesta está en los comentarios de la entrada anterior, que nos da??? Ainssss, pues que hay que ir abajo, jajajaja. Besos.

¡Ah! y esto es visita obligada: El libro de Vitruvia

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Bien, queridos, ante la impaciencia de algunas, la deseperación de otras, y la peligrosidad que supone para las uñas de otros el no haber empezado ya a leer a Lessing, propongo que decidamos día de una vez.

Yo había pensado empezar el viernes tarde-noche, ya que todos disponemos del finde por delante, incluso el sábado por la mañana, pero también he pensado en que esos días son aprovechados por la mayoría para el relax en compañía, por lo que  hacerlo el lunes sería otra opción. Pero claro, ahí se me cae la ilusión, porque yo empezaré seguro de buena mañana, y todos, o casi todos, estaréis trabajando, por lo que mi idea superromántica de empezar a la vez, osea, mismo día misma hora, por aquello de la quedada mental, se cae completamente. Tercera opción es empezar lunes por la noche, así la idea original de “todos a la vez” sería posible.

Lo dejo en manos de la mayoría, y por supuesto se pueden aportar más opciones, tantas como participantes.

Otra cuestión pendiente es la de fijar un día para colgar la entrada, y ahí no me atrevo a proponer porque cada uno tiene un ritmo de lectura, y no todos disponenmos del mismo tiempo. Delego en vosotros.

Venga, va, que aunque “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” me tiene absorvida, estoy que me subo por la paredes por empezar. 

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Vale, las listas son las siguientes:

Primera, la de los que hemos hecho los deberes y ya tenemos el libro: Errante, Blasfuemia, Mariano, Belén, Banderas, Maite, Irreverens, Eifonso, Estilográfic, Lola, Iván, Clandestino y yo misma.

Segunda, la de los que se apuntaron pero aun no han hecho los deberes: Interrogación, Chú.

Tercera, la de los que se apuntaron pero no estoy segura de si siguen queriendo o no: Paco, Alfman.

Cuarta: La de los que votaron pero sospecho que no sabían ni qué, jajajaja: Jovekovic.

Cambiaré vuestros nombres de lista a medida que me confirméis o no vuestro lugar en ellas.

Permitidme la bordería de deciros que si alguien no quiere o no puede nos lo comunique ya, básicamente por que algunos nos subimos por las paredes y tenemos que tener el libro atado con cuerdas para resistir la tentación de echarle una ojeada a las primeras letras (me refiero principalmente a mi). Tened piedad.

PD: Que sepáis que nos han linkado ( y digo nos, porque en esta bonita locura estamos todos)  en algún rincón de este gran universo que es Internet, bajo el título “Esto sí que es fomento de la lectura”, y tienen razón ¡qué coño!

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Hoy, batiburrillo

Vamos a ver por donde empiezo. Hoy es el cumpleaños de mi padre. Sí, el día siguiente al mío. Y lo que son las cosas, Boss cumple el 22 y mi peque al día siguiente. Casualidades. Ayer tuve dos regalos sorpresa. Por un lado mi hermana me regalo una preciosa pluma (lo siento Mariano, no pretendo darte envidia) con la que pienso escribir todas las cartas que envíe a partir de ahora. Y por otro lado, una amiga suya que vino a tomar café me regaló un presioso marcapáginas metálico, con un elefantito encima con su trompa para arriba, que dicen que da buena suerte. Supongo que mi hermana la habrá puesto en antecedentes ya que nos conocemos hace poco, pero es que ha dado de pleno. Me ha venido que ni pintado para empezar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Sí, caí, no pude evitarlo. Me lo encontré nada más entrar en la librería, y una vez calculado el precio de ambos juntos, me lo regalé por mi cumple. El de Doris Lessing lo encargué, mañana me lo traen, y en una edición bien baratita, así pude comprarme los dos.

El marcapáginas ya tiene su pequeña historia, cómo no. Mis costumbres van por temporadas. Ahora me ha dado por no llevar bolso. Sólo me llevo el DNI, la tarjeta, dinero suelto y un libro. Así me fui esta mañana al super tras mi hora de cafetería. Ya no voy a Luada, ya sabeis, pero sigo dándome mi hora de lectura en otra. Bueno, llego al super, compro, y me pongo a la cola para pagar. Miro el libro: ¡¡no hay marcapáginas!! ¡¡Dios!!, salgo despavorida a desandar el pequeño recorrido. Gracias a dios tengo muy buena  memoria a corto plazo y presumo de mucho sentido de la orientación. Miré todo y nada. Pregunté por todas partes, casi no hay gente, el suelo muy limpio y despejado. Nada. Vuelvo a la caja acordándome de San Antonio (ya os contaré otro día la historia) y allí estaba, dentro del cesto de la compra. Ainsssss, mi corazón un día de estos dirá: ¡ahí te quedas! 

Lo de corazón también lo digo por las agradables sorpresas que me llevo. Ayer, sin ir más lejos, desde Vigo me hicieron un precioso regalo. Miradlo aquí. Gracias querido Banderas.

Y nada más. Estoy esperando un envío de Belén que me tiene en ascuas. Sea lo que sea: postal, carta o rinoceronte, me hace muchísima ilusión, pero nada, que no llega. Ainsss, pobre corazón mío.

 .

ACTUALICEIXON: Errante, Blasfuemia, Mariano y Belén ya tienen el libro. Alguien más?

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Ya llego, ya llego. Ando que ya no sé si ando. Tengo a Boss de médico en mutua y tiro porque me toca. Tengo a la peque de pediatra con mocos y flemas. Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…..ah!, no eso era otro tema.

Bueno, si no he contado mal, y ahí estan los votos para que alguien me corrija, Doris se he erigido vencedora por un voto de diferencia con el japonés y cuatro sobre Clara Sánchez. Los que no han votado estan a tiempo de hacerlo si lo consideran necesario, o de no hacerlo si están de acuerdo. 

Ahora es el momento de presentar fechas para empezar la lectura. Yo propongo que cada uno calcule el tiempo que necesitará para tener el libro. No quiero meter prisa a nadie, pero opino que cuanto antes mejor,  porque parece que al final participará  mucha gente y estaría bien que nadie hiciera esperar al resto demasiado tiempo. Yo me aventuro a decir que un par de semanas es un tiempo aceptable para comprar el libro. ¿Qué opinais?

Una vez aceptada por consenso la fecha límite para disponer del libro estableceremos el día en que iniciaremos la lectura. Y si estoy resultando demasiado sargento me lo decís, ¿vale?

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Estoy encantada de que la idea haya tenido tan buena acogida. En serio, que alguien comparta estas locuras me maravilla y me  hace dar botes hasta en la cocina, cosa que hice ayer tras los primeros comentarios, jajajajaja. No podía parar de saltar.

Bien, ha habido varias propuestas. También ha habido ya, en el post anterior, varios comentarios inclinándose por unas u otras. A continuación pongo la lista de los títulos sugeridos y enlaces en donde podemos consultar precios, páginas y sinopsis de todos ellos.

PRESENTIMIENTOS  de Clara Sánchez. Información aquí y aquí

EXPIACIÓN  de Ian Mcwan. Información aquí  

CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO  de Haruki Murakami. Información aquí y aquí

DE NUEVO EL AMOR  de Doris Lessing. Información aquí y aquí

LA HISTORIA DEL AMOR  de Nicole Krauss. Información aquí y aquí

PERSÉPOLIS  de Marjani Satrapi. Información aquí y aquí

ACTUALIZACIÓN:  Doris Lessing va venciendo al segundo más nombrado, que es el de Haruki Murakami, por tres votos a dos, (o cuatro a tres, si tenemos en cuenta que Doña Inte a nombrado a los dos pero no se ha decidido por ninguno, jajajaja). Tambien tengo dudas de si Eifonso va a participar o sólo ha votado porque le gusta el libro. Eifonso, manifiéstate, jajajaja.

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