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Archive for the ‘Peripecias vitales’ Category

Estoy convencida de que pocas cosas hay con mayor carga, o descarga, elije, sensitiva que un buen cruce de miradas. Pienso que, sensorialmente, está por encima, incluso, del roce de la piel, aun cuando el vocablo que estoy utilizando, me refiero a “sensitivo”, haga referencia principalmente a este último órgano. Sin embargo, lo que no tengo tan claro es cuánto se ha de prolongar en el tiempo el susodicho para ser más placentero, si el cruce largo y mantenido, duelo maravilloso que, dependiendo de que lo ganemos o no, nos da mil y una posibles lecturas, o el inesperado y fugaz, plagado de reminiscencias que permiten alargar su disfrute.
Ayer vino a mi memoria, por alguno de esos misterios que preñan la mente mía, uno, sino el primero, de los cruces de mirada que recuerdo más a menudo, no ya por lo que significó para mí en aquel momento, sino por ser, esta vez sí, el primero que mantuve consciente de lo que estaba haciendo.
Quince años no dan para mucho, todo es repentino y falto de control. “Pam”. Sucede y ya está. Sin embargo, en aquella ocasión alguna neurona mía se encargó de que centrara toda mi atención y todos mis sentidos en los ojos de Benjamín, viejo conocido y algo mayor que yo, que me miraba desde la otra mesa (aquí debería agregar un postit imaginario con la recomendación de volver sobre el tema para disertar sobre cómo una mirada puede conseguir que te guste alguien en quién ni habías reparado) Lejos de apartar la mirada me quedé leyendo en sus ojos lo mucho que yo le gustaba, al tiempo que descubría cuán poderoso te puedes llegar a sentir en tales duelos si sabes que te alzarás con la victoria. Es un poder ambicioso y adictivo, tremendamente adictivo. Pero dicho poder, paradójicamente, sólo es tal, y sólo proporciona placer, si se ejerce sobre el rival adecuado, esto es, alguien que busca lo mismo que tú: ganar.
Lo siento, conmigo perderás siempre.

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Todos, imagino, tenemos un lugar físico al que siempre queremos volver. Una, normalita donde las haya, no iba a ser la excepción.
Efectivamente tengo un lugar, y está considerablemente alto con respecto al mar, algo que, por otro lado, también es tremendamente normal en mí. La vista y las sensaciones que me provoca estar allí arriba son, sencillamente, brutales.
Ayer, de buena mañana, sonó mi telefono y quien llamaba no era otro que el encargado de, esta vez, hacer que mi destino encaje milimétricamente con mis deseos. Llamaba para invitarme a volar, literalmente. Dije que sí. No pregunté destino, no inquirí ruta. Me dejé llevar, segura como estaba de que llegaría exactamente adonde debía hacerlo para cuasi explotar de gozo. Las exclamaciones y las explicaciones de cuanto llegué a sentir las guardé para verterlas aquí. Y aquí las dejo: después de haber visto uno de mis lugares favoritos desde mil metros de altura sé que sólo querré volver allí por la misma vía, porque cualquier otra perpectiva que tenga de la desembocadura del Miño me sabrá a poco.
Volar para sentir, hasta ayer, sólo lo había conseguido soñando, y, desde ayer, ni los sueños me sirven. Hace más de veinticuatro horas que aterricé pero menda sigue en una nube.
Gracias, yanqui.

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Esta noche, ¡las vueltas que da la mente en sus escarceos con el insomnio!, he recordado a uno de tantos personajes que pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, aunque en un determinado momento nos parezca el ser más importante de sobre la faz de la tierra. Recuerdo su nombre por feo, y recuerdo mi desconcierto ante este hecho siendo él tan guapo, algo que ahora pongo en duda, pero en fin. Mis diez años, frente a sus dieciocho, me convertían, sencillamente, en invisible, aunque yo ésto lo ignoraba; privilegios de la inocencia. Determinado día, por razones que no influyen para nada en la comprensión de esta pequeña confesión, se quedó a comer en mi casa, y yo, por primera vez en mi vida, no dejé en el plato nada que no fuesen desperdicios. Yo, que encontraba cada día en mi comida ingredientes trampa para cualquier niño: cebolla, pimiento, guisantes…, había dejado atrás la infancia, y, sin ser consciente de ello hasta que empezamos a recoger, dejé mi plato como cualquier otro mayor. Recuerdo que cuando me levanté de la mesa, llegué a creer, incluso, que era más alta. Así me sentía, tan henchida como estaba de orgullo.
Para los más curiosos decir que “lo nuestro” no prosperó.
Sorprende que cualquiera pueda ser el protagonista de un momento importante de nuestras vidas. Sorprende porque a prori podría parecer que este privilegio debiera pertencerle a personas muy cercanas a nosotros, pero ésto, como tantas y tantas cosas, no es decisión nuestra.

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Si existiese alguna clase de dios o, mejor dicho, de lo que entendemos por dios, ¿qué sentiría al observarnos desde su atalaya, contemplando nuestras idas y venidas sin que seamos conscientes de ello, y sabiendo de nosotros cosas que, tal vez, hasta ignoramos?

Nuestros caminos se cruzan con una frecuecia de tres o cuatro veces por semana; él en su, imagino, devenir diario hacia quién sabe dónde, y yo en mi cotidianeidad a menudo desacompasada. Camina lentamente, ritmicamente, algo a lo que contribuye una más que evidente cojera, resaltada por una bota con alza que nivela la diferente altura de sus piernas. Camisa siempre arremangada en los puños y pantalón siempre lleno de lamparones. En nuestro coincidente transitar pone su mirada en mí con la misma indiferencia con que la pone en cualquier otro transeunte. Ni se imagina, no teniendo motivos ni para planteárselo, que una noche estuvo entre mis brazos, que me fue necesario estrecharle fuerte contra mi, que nos llenamos del mismo fango que arrastraba la lluvia, y que esa mirada suya, tan azul, y ahora tan indiferente, fue la encargada de agradecerme entre balbuceos impregnados de alcohol, que le sacara de la puñetera zanja que aquella noche le había tendido una trampa a su bota con alza.

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Lunes, 26 de octubre;
7:00 am: Saltar de la cama (con perecilla, pero salto)
9:00 am: Desayuno (por denominar de algún modo a un vaso de leche fresca tomado a la carrera)
9:30 am: Cita con el pediatra (mi mayor)
10:30 am: Compra morrocotuda (tras el finde, nevera vacía)
11:45 am: Vuelta a casa con compra morrocotuda y dolor de chepa; casa por arreglar, pasta de croquetas por hacer, comida por hacer…
2:15 pm: Por fin un segundo con las posaderas en una sillita mientras engullo comida.
3:00 pm: Tras servir el segundo turno de comidas (mi mayor sale a las 14:30) fregar cocina, colgar lavadora, hacer de profe con la peque…
4:15 pm: A patinar con la peque mientras haga solecito (yo no patino, leo, pero de pie; en la pista no hay bancos, grrrrr)
6:15 pm: P´a casita (meriendas, coger ropa, doblar ropa, colocar ropa*)
8:00 pm: Preparar cena niñas, administrar cena niñas, preparar cena de Boss (que tiene turno de tarde), dar forma a la masa de croquetas anteriormente citadas…
9:30 pm: Teléfono (papá que me trae a mamá para que les acompañe a urgencias por dolor abdominal)
10:30 pm: Salimos de urgencias -Redondela- camino del hospital de Vigo (imposible la emisión de diagnóstico por falta de medios en Redondela)
11:30 pm: Llegada y entrada al hospital (eso sí, perfectamente encajadas en un mínimo rincón de una sala de espera con oberbooking)
00:00**: Esperando…
1:00 am: Esperando…
2:00 am: Esperando…
3:00 am: Esperando…
3:15 am: Pasamos (por fin) a un box, donde tras exploración se solicita lo de costumbre: analítica y placas, sabiendo ya que el resultado de la primera se obtendrá al cabo de, como mínimo, tres horitas de ná.
3:30 am: Cambiamos el incorfortable box por un maravilloso rincón de un pasillo con vistas a: fila de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la derecha; filas de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la izquierda; largo mirador al frente desde donde contemplamos a discreción el trajin de los 12 boxs.
4:00 am: Esperar…
5:00 am: Esperar…
5:30 am: Traslado a box (para comunicarnos que debemos esperar hasta las 8.00 am para hacer un escaner de la parte dolorosa y dolorida)
5:35 am: Cambiamos a mamá de la silla de ruedas a una inconfortable camilla para pasar el resto de la noche
5:40 am: Reubicación en un nuevo sitio de pasillo pero con idénticas (o casi) vistas.
6:00 am: Esperar…
7:00 am: Salir (antes de morir) a tomar un café, llamar a Boss (ya son horas), a papá (ya son horas), pagar el ticket de la zona azul (a partir de las nueve hay que ponerlo y ya preveía una mañanita larga…)
7:50 am: vuelta a mi inconfortable rincón del pasillo (sin novedad)
8:00 am: Esperar…
9:00 am: Esperar…
10:00 am: Esperar…
10:15 am: Acompañar a mamá al baño a miccionar (por fin algo emocionante)
10:20 am: Amable enfermera que se acerca y nos entrega un botecito para que mamá haga pis (¡¡a buenas horas!!)
10:30 am: Esperar…
11:00 am: Acabado el período pagado de zona azul, y ante la imposibilidad de mantener los ojos abiertos lo suficiente para no parecer dormida, decido abandonar el hospital para ir a por refuerzos (papá) no sin antes llamar a un cuñado que pasaba por allí para que se quede con mamá mientras no llega papá. (Aquí debo aclarar que he dramatizado la escena en pos de mantener la atención del lector, ya que mi marcha se debió al acoso y derribo al que me sometieron mi madre por un lado y mi padre por otro)
11:50 am: llego viva a casa de papá (de milagro, porque conducir con mi nivel de agotamiento para salir de un Vigo como siempre congestionado tiene lo suyo)
12:30 am: Llego a mi casa (ahhhhhhhhhhhh…) y como algo, porque desde el día anterior a la hora de la comida no ha ido a mi estómago más que el café de las 7:00 am.
12:45 pm: ducha… (maravillosa, reconfortante, cuasi orgásmica)
1:00 pm: En un último esfuerzo pongo la mesa para que las niñas al llegar se pongan la comida que Boss les ha dejado preparada antes de irse a trabajar.
1:05 pm: Me tiro en el sofá (no confundir con: me tiro al sofá)
1:15 pm: Tras 30 horas con los ojos como platos empiezo a notar el peso de los párpados.
1:20 pm: Ya no noto el peso de los párpados, aunque intuyo que ronco.
1:30 pm: (Pero) suena el teléfono (e increíblemente lo oigo, lo que me obliga a ir por toda la casa dando tumbos hasta encontrarlo, pero en un estado de descoordinación absoluta, resultado indefectible de que mi mente no acompaña a mi cuerpo; la muy zorra sigue dormida en el sofá)
1:35 pm: Me visto como puedo para salir a buscar (andando) a mi mayor, que me acaba de llamar del cole porque se encuentra mal.
1:45 pm: Llego al cole y empiezo a sospechar de que hay una confabulación judeo-masónica contra mi, ya que he de rellenar de mi puño y letra el justificante de abandono de centro escolar en hora lectiva (juro que fui incapaz de saber a qué día y hora estábamos, teniendo que pedir ayuda a una secretaria que quedó convencida de que yo iba completamente drogada)
2:00 pm: Llego de nuevo a casa (ahhhhhhhhhhhhhhhhhh………) y me vuelvo a tirar en el sofá (no confundir con… …)
2:15 pm: Quedaba una hermana por avisar. La llamo y le cuento lo acontecido.
2:30 pm: Suena el móvil (mi otra hermana -que a esas horas ya acompaña a mi padre- me cuenta que ¡¡¡¡a las 2:00 pm!!!! le han hecho el escaner a mi madre).
2:45 pm: Empiezo a dormitar 32 horas después de que comenzara mi día (ruido de fondo de mi niñas comiendo, susurrando para dejarme dencansar, discutiendo olvidándose de mi, reconciliándose….)
4:00 pm: Se acabó la siesta: trajín de teléfono con resultados, medidas a tomar, entradas y salidas de niñas a actividades extrescolares…
4:30 pm: Trajín de teléfonos (¡qué gran día para vodafone!) para confirmarme que mámá se queda en observación.
5:00 pm: Intento de ordenar mínimamente la cocina, hacer cena que pronto vendrá papá a recoger, hacer meriendas y cincuentamil cosas más que me mantengan activa o me desplomo en cualquier esquina.

Llegados a este punto me parece agotador seguir relatando (y que sigáis leyendo) el resto del día paso a paso. Sólo diré que los médicos cambiaron de idea, mandaron a mi madre para casa con antibióticos, yo seguí dale que te pego hasta las siete que me fui a su casa para hacerle también a ella la cena, y que conseguí irme a la cama a las 22.30 absolutamente agotada.

*: Como habréis sospechado no siempre plancho antes de colocar
**: Sí, un nuevo día ha comenzado

PD: Mamá está perfectamente.
PD2: No me esperéis aun por vuestros blogs; sigo intentando recuperarme, ya que todo lo narrado coincidió en el tiempo con un proceso catarral que me trae de cabeza.

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Hay ciertas cosas en mi vida que, aunque no lo parezca, me avergüenza confesar. Y la de hoy es una de ellas. Lo que ocurre es que sopesando los pros y los contras de contarlo, la balanza se inclina hacia los pros, así que valor y al toro.
Aprendí a conducir con diecisiete años recien cumplidos, de la mano de mi primer novio “serio”. Las prácticas, evidentemente, no eran en circuitos cerrados sino en carreteras corrientes y molientes, de las que están llenas de coches a todas horas. Aprendí pronto, y pronto empecé a conducir de manera asidua. Cuando acabó mi relación de noviazgo con mi maestro empecé a salir en pandilla, y yo era la encargada de conducir noche sí y noche también sin haber pasado por ninguna autoescuela. Confiaban en mi.
Una noche, de regreso a casa, no se nos ocurrió nada mejor que hacer carreritas, y uno de los adelantamientos que realicé lo hice a 140 km por hora. A esas edades las “hazañas” no son tales si no se alardea de ellas, y al día siguiente en la plaza del pueblo presumos de aventurita. Y aquí llego a lo que quería contar. No me faltaron admiradores, cabezas locas como yo que se alucinaban y me jalonaban por mi “valentía”. Afortunadamente, entre todos los que estábamos allí, en esa reunión dominical, había un chico algunos años mayor que nosotros, Antonio, a la sazón hermano de mi mejor amiga. Al oirme puso una mueca mezcla de desprecio y reproche que me hizo sentir la persona más estúpida del mundo. ¡Y cuánto me ha servido recordar esa mueca a lo largo de mi vida! Esa simple mueca me hizo reaccionar y recapacitar; algo hizo click dentro de mi cabeza. Creo que ese día adquirí de golpe el sesenta por ciento de una madurez inexistente en mi hasta ese momento.
Desde entonces no desaprovecho nunca la oportunidad de “educar” a cualquiera que se me ponga a tiro. No hacen falta largos y tediosos discursos para hacer ver lo equivocado de una acción. Un gesto, una mirada o una frase simple y contundente en el momento oportuno son suficientes para que alguien que está errando abra los ojos.

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Poco a poco vuelvo a la rutina. A mi añorada rutina. Aunque nunca sé si es servidora la que vuelve a ella o es ella la que se arrima de nuevo a una. Sea como fuere, es, y yo, encantada.
Curiosamente ahora que nos acercamos al otoño a mi casa han llegado los brotes verdes, que le han devuelto a Boss el trabajo. Eso sí, temporalmente, pero no vuelvo para quejarme. Hoy no.
Llegó septiembre y, con él, el cole. Y claro, toca gastarse el fruto de los brotes verdes, pero… … no he vuelto para quejarme. Hoy no.
Cada año encargo los libros de texto en la misma librería: Hijos de Amador Pérez, aquí, en Redondela. Y cada año, el chico de la librería, me anima a solicitar las ayudas para libros. Unas veces he entrado en el grupo de los optantes a ellas y otras no. Este año la cosa es, creo yo, más fácil que nunca. No hay tanto papeleo como otras veces, y aun así pasé por alto un documento concreto. Pero ahí estaba el chico de la librería para recordármelo. Estas pequeñas conversaciones también suelen tener cierta rutina, pero como no soy nada radical no me molesta si ésta se rompe de manera agradable. Y esta vez, el chico de la librería, la rompió. Y lo hizo para darme “la enhorabuena” cuando me disponía a salir por la puerta. Con una cara que imagino era un poema, me giré para, con una mueca, averiguar el motivo de la felicitación. No me dió tiempo, porque me sacó de dudas en seguida con un “Muy bueno el blog”. Oir esto y atropellarse decenas de preguntas en el borde mismo de los labios fue todo uno. Esa fue la sensación. Mi cerebro era la parte ancha de un embudo y mi boca la parte estrecha. Sólo fue capaz de colarse un tímido y pobre “Gracias”, y salí de allí sin apenas tocar el suelo.
La satisfacción de topar de frente, cara a cara, con un lector del blog, es indescriptible. Y la duración del escalofrío que me acompañó por las calles de Redondela no hay ciencia capaz de medirla.

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