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Archive for the ‘Relatillos’ Category

Beatríz

Se abrió la puerta y asomó medio cuerpo de una enfermera.

– ¡Beatríz! gritó.

Una sola vez.

Nadie contestó, si por contestar entendemos que alguien le dé la réplica identificándose. En cambio, si por contestar entendiéramos que hubo alguien que íntimamente saltó de su asiento … … … entonces yo sí respondí.

Mi Beatríz era menuda. Más que menuda, liviana; tanto, que a veces me daba miedo que la brisa marina se la llevase consigo. Todas las tardes de aquel verano las dedicó a coger, y escoger, caracolas. Nunca me contó, cierto es que tampoco nunca le pregunté, qué criterio seguía en aquel frenesí recopilador. Y nunca le pregunté, entre otras cosas, por miedo a que una explicación lógica echase a perder la magia que desprendía aquel ritual suyo de agacharse, coger, comparar y rechazar.

Beatríz era menuda, y liviana, mas no era una mujer débil. La fuerza de Beatríz salía de mucho más adentro que del adentro de cualquiera. No era especialmente guapa, ni especialmente fea. Nada en aquel pequeño cuerpo destacaba como para ser digno de ser señalado, mas tampoco nada desentonaba. Puestos a elegir algo  me quedo con sus ojos. No tenían la negrura suficiente para inspirar a componedores de canciones, ni eran tan azules como el cielo que nos vigilaba; si tan siquiera fuesen verdes… Pero no, sus ojos eran ojos comunes y corrientes, ojos de un marrón repetido cientos y cientos de veces en otras tantas caras. Sin embargo, había algo en ellos que era capaz de retenerte preso de su manera de mirar por tiempo indefinido.

Acostumbraba Beatríz a merendar en la playa, hecho tras el que se dedicaba a dar largos paseos. Fue en uno de esos paseos donde sus pisadas coincidieron con las mías. Yo iba; ella venía. Beatríz siempre parecía venir de vuelta.

– ¿No crees que es una suerte que nos encontremos aquí y ahora?

Tal pregunta me sacó de mi ensimismamiento. No pareció darse cuenta de mi cara de asombro, si es que llegué a ponerla, porque así como la vi se creó en mi ánimo una corriente de cercanía para con ella que creí que nos conocíamos de todas las vidas.

– Mira este cielo. Asombroso, verdad?

Miré.

– Cierto

Reanudó la marcha sin decir nada más. Llegué a pensar, incluso, que tal intercambio de frases podría haber sido una ilusión mía. Tras mirar cómo se alejaba, hice lo mismo.

No soy capaz de ponerle fecha a ese día. Estoy por pensar que toda mi vida transcurrió en ese verano, que toda mi existencia la pasé en esa playa, intentando que mi camino trazase la misma línea que el de Beatríz. A partir de ese encuentro, y a consecuencia de él, cogí por costumbre bajar a la playa sólo para verla, por lo que tarde sí y tarde también mis pasos cogían, indefectiblemente, el camino del arenal. Nunca fui quién de dirigirme a ella ¡quién sabe por qué razón! Mas ella siempre se dirigía a mí. Siempre. Nunca tuvimos grandes conversaciones, cierto. Todo lo más pequeños saludos, cosas sencillas, vacías de contenido trascendental. Con todo, a mí me bastaba oír su voz para que todo mi mundo tuviese sentido. Y mientras no llegaba la hora de intercambiar aquellas pequeñas frases que me daban la vida, me dedicaba a recorrer la playa despacio, mirándola a ella y disimulando, mirándola y memorizando cada uno de sus movimientos. Paseaba ella y paseaban sus ojos, repartiendo miradas entre el suelo y el cielo, sin prisas en el primero de los casos y con deleite en el segundo. De vez en cuando se agachaba para coger una nueva caracola, comparando esa última con la que en aquel instante tuviese en la mano. Era ese el gesto más hermoso y más conmovedor de todos cuantos pudiese hacer aquella mujer.

Podría decir, si yo fuese quién de ponerme en su piel, que le dolía cada elección, que debatía duramente consigo misma cual de las piezas era merecedora de ser la elegida. Nunca se quedaba con más de una en la mano. Bendita manera de pasar las tardes: agacharse, coger, comparar y rechazar …

Una corriente de aire, un portazo. Una enfermera:

-¡Cándido!

De nuevo nadie se identifica.

– A saber donde anda – pienso.

(Beatríz no hizo otra cosa que cuidar de su marido, Cándido, enfermo de alzheimer, el último verano de sus vidas)

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Las pequeñas manías no son asunto de juicio. Cada uno sobrelleva las suyas como puede.
Pude conocer a una chica cuya manía era pasear por la playa cuando la marea se retiraba a coger impulso para cubrir de nuevo los objetos que abandonaba tras de sí y que nadie había recogido en su cronometrada ausencia. Pude escuchar de su boca la historia de un amor estragado. De una búsqueda eterna avalada por una esperanza efímera. Pude saber de una promesa gritada a destiempo, alzando el uno la voz por encima del rugido del mar con objeto de que las palabras alcanzaran los oídos de la otra. Pude entender que dicha promesa giraba en torno a un pequeño bote de cristal lleno de tinta para pluma. Pude, si hubiera querido, interpelar a la desdichada para obtener los pormenores de lo prometido. Pude haber tomado tantos caminos…
Mas, he decidido invertármelos. Y así cuento que ella busca con la esperanza de no encontrar. Que él se aferra, desesperado, al bote, para no perder. Y que el mar va y viene para disimular.

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A tu vera

Lo primero que se deducía al ver cómo agarraba el bolso es que le faltaba la costumbre de hacerlo. Las manos juntas y apretadas contra el pecho, casi retorciendo el asa; la espalda recta y las piernas encogidas, tensas, formando el regazo sobre el que descansaba la preciada pertenencia; la mirada alerta a cualquier movimiento. Así estaba él.
Ella, en cambio, se esmeraba en mantener la poca dignidad que una raída camisola abierta en la espalda permite. Eso sí, los zapatos impecables, el moño en su sitio y los labios … … bueno, hay perfiladores que no saben sortear con tino los surcos que dejan los años.
Podría parecer que la conversación huía, que el silencio entre ellos era absoluto, más si uno presta atención puede enterarse de todo.
A tu vera Él gritando con el gesto que les dejasen volver juntos a casa, ella suplicando calladamente poder irse con aquel calamidad que no se valía sin ella.
Y al bolso bastaba mirarlo para sentir la angustia de estar siendo estrangulado, que uno también sufre, a pesar de ser sólo un viejo, curtido y manoseado trozo de piel.

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(Aquí empezó esto)

Ahora que tengo ante mi los miles de caminos que pienso recorrer comprendo que este era mi destino. No tengo horarios, ni prisas. No tengo la cama hecha ni la comida pensada, pero tengo algo mejor aun, tengo hambre y sueño, que me hacen sentir más viva que nunca. Y frío, tengo frío.

He robado un bolígrafo y una libreta. Hoy por hoy son las únicas y verdaderas necesidades que tengo, y mi único patrimonio, mil veces más valioso que cualquier otra posesión. Ellos son el único espejo en el que pienso mirarme. Puede que a veces no me vea guapa, pero siempre me veré tal como soy. Anotaré aquí todo lo que algún día quiera recordar. La mente la mantendré siempre libre, abierta. 

He notado que hay personas que me miran con lástima, y a mi me dan lástima ellas. No saben ver más allá de harapos y arrugas. Aunque consiguieran adivinar la luz de mis ojos no sabrían descifrar su significado. No las culpo, nadie les ha enseñado que hay vida más allá del confort que da la calefacción o de la tranquilidad de la rutina. A veces siento el deseo de hablarles, de contarles que ahora soy feliz, más de lo que ellos serán jamás, pero me da pereza. He ansiado tantas veces librarme de la atadura de un idioma que, por limitado, nunca he conseguido dominar hasta el punto de poder expresarme, que me parece absurdo volver a someterme a su dictadura. Prefiero seguir con mis silencios y su ilimitado mundo. Nada ni nadie le pone límite al silencio. Sin embargo las palabras sí se acaban. Y empiezas a oír las mismas una y otra vez, llegando a olvidar su significado, convertidas en sonidos tediosos por tantas veces oídos.

Paso horas y horas caminando hacia ningún lugar, mirándolo todo sin ver nada, escuchándolo todo sin oír nada. Si lo hiciera, si viera u oyera, podría caer involuntariamente en la tentación de prejuzgar por lo visto u oído, y me niego. Las costumbres que aun arrastro podrían jugarme una mala pasada, pero creo que sabré mantenerlas a raya, al menos hasta que consiga librarme de ellas. Puede que ya lo haya conseguido, de ahí que no quiera oír ni ver. ¿Quién sabe? No pienso apresurarme ni siquiera en someterme a mi misma a exámenes absurdos. Todo lo que ha de ser, será. Por eso mismo no me preocupa el hecho de recordaros cada noche. Había decidido viajar sin recuerdos, dejarlos atrás, pero uno no siempre consigue lo que se propone, y ahora sois lo único que me acompaña en mis noches de buscada soledad, y comparte espacio con ella sin confrontarse. Ahora sé que hice lo correcto. No podía seguir engañándoos. Aquella que vivía con vosotros no era yo. Yo soy esta, yo soy así. Tal vez estéis pensando que no os quiero, tal vez estéis en lo correcto. ¿Quién decide si un sentimiento es o no verdadero?. ¿Qué acción mide su intensidad?. Yo podría gritar que os he querido más que a nada, y no por ello es esto más verdad que vuestra verdad callada, íntimo dolor que ahora os embarga, esa que intuyo asomó a vuestros ojos al tiempo que leíais mi carta. Pero no me arrepiento. El tiempo pasará y convertirá vuestro dolor en un leve recuerdo, y a mi me dará el lugar que realmente merezca en vuestro pensamiento. No ambiciono un gran lugar, ni siquiera un lugar pequeño. Me basta con saber que durante un periodo en nuestra vida compartimos tiempo y espacio. Puede que algún día adivinéis mis razones, aunque no espero que lleguéis a comprenderlas. Yo misma he tardado muchos años en mirarlas de frente y aceptar sus consecuencias.

La vida no se detiene, sólo cambian sus protagonistas. Yo he decidido protagonizar mi propio guión, poner cada punto y cada coma, incluso barajo la posibilidad de poner yo misma el punto final.       

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Clandestino Rodriguez

Me miró A los ojos Algo más de un mes y menos de dos. Intervalo eterno de un segundo en que mi corazón me gritaba: ¡Dispara!. Yo, sólo yo, sólo un bobo, no acerté más que a decir: No me llames Clandes que me pongo colorado, cuando en realidad quería susurrar: Engánchate conmigo.

Para mi el sexo no tiene ningun interés, no es Mi enfermedad. Mi único punto débil está en La parte de atrás de mi alma, en un rincón con ventanas a La calle Sacramento. Si ves Cien pájaros volando, no me busques, no me encuentres, porque Estoy muy cansado, no puedo con mi alma. Tan sólo deliro……Canal 69…… ¿sí, dígame?……Señorita……Cuarta de cubierta……

Tú eres La mujer de un amigo, yo Debería escribir más, huir de La mirada del adios, pero No me sale nada, es lo que tiene estar enamorado. Peor es nada. Debo volver al trabajo, centrarme en mis cosas: -Me tienes que redireccionar eso que te he dicho-. Olvidarme de este Sol y sombra constante de tus Ojos verdes. Nunca he tenido Buena suerte, y ahora tengo Un día menos. Si al menos pudiera perderme en tu Tormenta de arena, en tu conversación insaciable; me empaparía de tu voz, me cubriría con tus palabras hasta volverme loco. Creo que voy a eyacular.

Demasiado tarde. 

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Secretos (IV)

(….)

El suave roce de una pelota, que llegó exhausta cuando tocó sus piernas, la trajo de nuevo al parque. Qué sensación tan extraña la de regresar a un sitio del que tu cuerpo no se ha movido, aunque tu mente te hubiera llevado lejos. Sintió vértigo al abandonar de repente aquella desvencijada habitación para aterrizar de nuevo en su banco del parque, incluso le molestó fugazmente la luz del sol. Un niño se acercó temeroso a recoger la pelota. Ella aprobó su acción con una sonrisa y él recuperó su juguete y dejó escapar una mueca de alivio.

Se cercioró a golpe de vista de que estaba donde debía estar, en el parque, y que lo que acababa de revivir era solo un recuerdo, un mal recuerdo. El chico de las novelas seguía frente a ella y en ese momento la miraba, como si hubiese presentido que ella necesitaba una mirada tranquilizadora. Calculó el tiempo que había estado inmersa en sus recuerdos guiándose por la altura que había alcanzado el sol. Sin duda había sido algo más de una hora. La ciudad, a su espalda, ya empezaba a despertarse y eso llevaba implícito que el silencio saliera corriendo. Hasta ella llegaban ya cientos de conversaciones lejanas e ininteligibles que, mezcladas con claxones y motores, volvieron a transportarla muchos años atrás. Pero esta vez sin vértigo.

Esta vez, viajó al momento en que su corazón aceleraba el ritmo de los latidos a medida que se acercaba al andén en el que se encontraba estacionado su tren. La gente iba y venía con auténtico frenesí. El ruido atronador de las máquinas no conseguía ahogar del todo la algarabía de la gente, y la voz que abandonaba los altavoces parecía quedar flotando en el ambiente, mezclada con el humo que teñía de blanco cada rincón en el que se posase la vista. Había recogido su billete tal y como le habían indicado, y no le resultó difícil encontrar su tren. Su equipaje se reducía a una pequeña bolsa de viaje, por lo que no necesitó ayuda alguna para subirlo. Con una rápida ojeada calculó, con una precisión más que aceptable, cual era su asiento. El vagón estaba casi completo, pero el asiento contiguo al suyo seguía vacío y deseó con toda su alma que permaneciera así. Ocupó su lugar y buscó distracción en el movimiento que seguía incesante al otro lado de la ventanilla. De entre todas las personas que se veían desde su posición, solo una de ellas llamó su atención, consiguiendo con ello apartar momentáneamente de su cabeza los temores que la mantenían secretamente atenazada. Era un hombre alto, elegante. Departía alegremente con dos hombres más y parecía tener con ellos mucha confianza, a juzgar por la manera en que se apoyaban unos en el hombro de otros. En el interior del vagón, los pocos asientos que minutos antes estaban vacíos habían sido ocupados, salvo el de su acompañante. No soportaba aquella impaciente espera y decidió dar un pequeño paseo por el interior del tren. Faltaban solo unos minutos para la salida, y en su cabeza resonaba un único deseo: que él no llegase a tiempo…

(Si quieres, puedes leerlo desde el principio haciendo click  aquí  

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Secretos (III)

(….)

Y repasó mentalmente aquella carta palabra por palabra. Recordó con la misma claridad su contenido y el impacto que causó en ella, como recordaba tambien el escalofrío que recorrió su espalda.

LLegó en un sobre pequeño, delicado, sin franqueo y sin remitente. Tan solo su nombre, escrito en azul, destacaba sobre el fondo blanco. El papel tan fino con el que estaba hecho atrapaba con dificultad las instrucciones que sabía venían dentro. Lo abrió cuidadosamente, intentando controlar la impaciencia de sus dedos, que se afanaban en realizar la acción sin rasgar el sobre más de lo necesario. Sacó el papel pero no lo leyó inmediatamente. Buscó un lugar para sentarse. Tenía miedo de que sus piernas se contagiasen del temblor de sus manos. La miró detenidamente, sin leerla, el tiempo suficiente para serenarse, mientras admiraba, ¡qué paradoja!, el trazo cuidadoso de la letra sobre las lineas imaginarias. Cuando por fin se atrevió a leerla, lo que allí había escrito desterró de su alma las pocas esperanzas que le quedaban de que aquello fuera una pesadilla.

“El viernes, a las cuatro, en la estación sur. Tu billete está reservado y él será tu compañero de asiento. No puedes fallar.” 

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Secretos (II)

(….)

Empezó a emerger de sus pensamientos a medida que llegaban paseantes al parque. Los abandonó momentaneamente a la deriva para sumergirse en deleites tan vulgares como mirar a esos desconocidos conocidos con los que compartía mañanas enteras. A esas horas, solo los adictos a madrugar aparecían por allí. La primera en llegar era una chica joven, muy guapa, siempre en compañía de su perro. Luego, el madurito que hacía footing. Iba y venía trazando siempre el mismo itinerario. Unas veces de izquierda a derecha, otras, de derecha a izquierda. Tal vez lo practicara por recomendación médica, o quizás por coquetería, el caso es que esas carreritas le sentaban bien. Aunque la verdad, a ella, todo hombre que estuviera por debajo de los sesenta, le parecía un buen mozo.

Mientras recreaba su escasa vista en el jovencito de sesenta, se había sentado frente a ella, en un banco idéntico al suyo, el chico de las novelas, como ella lo llamaba. Le gustaba la compañía unilateral de ese chico. Tenía el pelo largo, pulcramente recogido en una coleta, y una barbita que parecía gritar su descontento por estar tan poco poblada. Las gafas no parecían estorbarle, al contrario, eran como una necesaria prolongación de su estética intelectual. Alguna vez se habían cruzado sus miradas. Él, reflexionando, sin duda. Ella, divagando. Eran choques amables, cómplices, como dando aceptación, cada uno, a la cercanía cómoda del otro. Cada vez que esto se producía,  ella recibía una descarga de tranquilidad abrumadora. Nunca se le intuía prisa, como si lo hubiera hecho todo en la vida, y no tuviera más ocupación que la de sentarse en un banco y vivir. Algunas veces leía, pero las más, escribía. Lo hacía sin prisas, sin dificultades, como plasmando un dictado imaginario vertido incesantemente desde su mente, encadenando en su pequeña libreta letra tras letra, palabra tras palabra, hasta convertir lo que otrora fueran solo incoherencias, en brillantes párrafos llenos de esencia. O eso le gustaba imaginar a ella. Había un detalle en él que lo hacía aun más merecedor de su simpatía, si cabe: era zurdo; y siempre, siempre, escribía con bolígrafos de tinta azul. Este último detalle volvió a sumergirla en lo más profundo de su memoria…..    

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Secretos

La luz de la mañana tenía el poder de maravillarla. El silencio sonaba, a aquellas horas, de otra manera, y los primeros rayos de sol le templaban el alma. Se dirigió a su banco de siempre y se dispuso a ocupar el lugar de siempre, mientras recordaba la definición que un antiguo jefe suyo hacía siempre de ella: “animal de costumbres”, refiriéndose a su metódica manera de colocar los productos que manejaba. Siempre el mismo orden, siempre el mismo lugar. Se sentó no sin dificultad. Llegados a una edad los años pasan a razón de uno por mes, o al menos así lo sentían sus articulaciones. ¡Qué nombre más feo!…. pensó. ¡Articulaciones! ¡qué poca poesía!

Una vez acomodó su frágil cuerpo, se dedicó a observar la quietud. Podía pasarse horas con la vista vagando por el verdor del parque mientras su mente paseaba entre sus recuerdos, ordenándolos, dándole a unos prioridad sobre otros, desempolvando los más antiguos.

Se miró las manos al tiempo que realizaba con ellas movimientos desentumecedores, y después les buscó acomodo en su regazo. Levantó la vista de nuevo, pero ya no veía el parque, porque sus ojos seguían viendo sus manos, cuando, desiertas de arrugas, todavía tenían la fuerza de asir aquello que deseaba. Ahora, solo podían con el callado, pero antaño sirvieron, incluso, para desposeer a un cuerpo de su miserable vida.

Desechó de repente aquel recuerdo, escondiéndolo bien, donde pudiera pasar desapercibido la próxima vez que viera sus manos.

……

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De momento, sin título

  Se tocó la frente con la mano derecha, con la intención de mitigar así los martillazos incesantes que resonaban en su cabeza, pero resultó un gesto inútil. Las frases escupidas el día anterior compartían espacio con su jaqueca. Ecos irritantes, mezclados con sopor. Fijó la mirada en un punto inconcreto del techo de su dormitorio. Sin poder evitarlo, su mente repasaba, una y otra vez,  la conversación mantenida, pero el orden que seguía era aleatorio, y los fragmentos se atropellaban unos a otros. Se revolvió incómoda en la cama, hasta adoptar una postura fetal que pudiera aliviarla de su dolor. Pero el dolor no disminuía, incluso creyó que crecía, a medida que pasaban los segundos. Cada uno de ellos se arrastraba pesadamente, recordándole que Jorge se había ido. Cada uno de ellos era la certificación de que aquello no era un mal sueño.

La luz del día consiguió colarse por las rendijas de la persiana mal bajada la noche anterior. ¡Qué lejos se le antojaba la noche anterior!  Apenas diez horas que parecían diez años. Diez horas interminables, con el oído agudizado intentando encontrar, entre sollozo y sollozo, un lejano chasquido de llaves en la puerta. Pero el silencio no lo interrumpía nada más que su llanto. Diez horas dan para descubrir muchas clases de llanto. 

Se sentía incapaz de levantarse de la cama, pero las necesidades fisiológicas no entienden de desengaños amorosos. Le daba miedo enfrentarse al espejo del cuarto de baño. Sabía con toda seguridad que la imagen que en él se reflejase no haría más que aumentar su angustia. Rodeó la cama con desgana, siguiendo a sus pies. El baño estaba a solo unos pasos. Evitó encender la luz gracias a que conocía el territorio, y así retrasó por un instante la certificación de su desdicha reflejada en el espejo. Después de aliviar su vejiga se refrescó la cara. Sus manos recorrieron su rostro hinchado por el llanto, casi desfigurado, y comenzó a llorar de nuevo. Pausadamente primero, con vehemencia después. Vehemencia que le recordó su jaqueca.

Salió del baño y  fue en busca de algún analgésico que Jorge hubiera dejado. Era de las cosas que más le molestaban de él, su eterna manía de arrasar con los calmantes y no avisar de ello. Con los calmantes y con lo que fuese. Debía pensar que las cosas llegaban solitas al lugar que les habían asignado en la despensa. Jamás reponía nada. Buscó en su bolso alguna pastilla, y por suerte encontró una, con peor aspecto que el suyo propio, pero que le aliviaría aunque fuese gracias a un efecto placebo. Necesitaba aire fresco, y decidió levantar un poco más la persiana y abrir la ventana de su habitación. Fue una decisión dura, comparable al momento de quitarse el luto y ponerse el alivio. Sabía que los rayos del sol la conducirían de nuevo al llanto. Intentó no dejarse llevar, debía controlarse, su dolor de cabeza necesitaba una tregua. 

Se sentó en borde de la cama, con la mirada perdida. ¿Cómo iba a contárselo a su familia?. Le echarían a ella la culpa, le recordarían que ya la habían advertido, que una mujer se debe a su hombre. Siempre se posicionaban a favor de Jorge en sus discusiones por las libertades femeninas, más allá de las obligaciones maritales. Ella solo pretendía no perder su parcela. No hacía nada malo con querer ir sola a un cine, o a un karaoque con sus amigas. A Jorge le molestaba, pensaba que si quería ir sola era por que no le quería, pero siempre acababan escondiendo el enfado entre las sábanas. Tras los revolcones, ninguno de los dos se acordaba de él, pero seguía ahí, en su dormitorio, latente, compartiendo colchón con ellos. Era cuestión de tiempo que apareciese. Y abandonó su escondite la noche anterior.

Necesitaba un café. Era lo más fuerte que se podía meter a esas horas. Puso la cafetera en marcha. La había dejado cargada la noche anterior.

¡La noche anterior!…… ¡La noche anterior!…..  

Tomaba el café solo y con mucho azúcar. Cuando se lo preparaba para ella, también preparaba el de Jorge, con la diferencia de que a él le gustaba cortado con unas gotas de leche, pero solo unas gotas. Alguna vez se le había ido la mano, y nunca consiguió entender el enfado de Jorge por algo tan nimio como un poco más o menos de leche, pues resultaba fácil arreglarlo añadiendo más café. Pero no, él pensaba que con tanto sumar café y restar leche, el desayuno perdía su encanto. Ella se esforzaba por hacerlo bien. Le gustaba la sensación de hacer las cosas exactamente a su gusto, como una señal más de su predestinación. 

Se fue de la cocina con la taza en la mano. No tenía rumbo fijo. Vagó por la casa sin detenerse en ningún lugar, mirándolo todo, pero sin ver nada. Simplemente se movía. Caminaba como remolcando el reloj hacia una hora indeterminada, lejana. Aparentemente todo estaba en su sitio. Sin embargo ya nada estaba igual. Todos los objetos de su casa, se habían estremecido con la discusión de la noche anterior. Estaba empezando a odiar esa expresión. 

Después de su insólito tour, se decidió por el cuarto de estar para sentarse a descansar. Se sentía agotada, como llegada de un largísimo e incómodo viaje. Pensó que sentarse a oscuras era lo que mejor le venía a su dolor de cabeza. Pero nada más entrar sus pies se enredaron en algo, y en su afán por no perder el equilibrio, olvidó seguir agarrando su taza de café, que llegó al suelo antes de que ella pudiera evitarlo. No le hizo falta la luz para comprobar el estropicio. Ni para saber qué era lo que se había enredado en sus pies. Durante un solo segundo, se dio cuenta de las muchas manías y feas costumbres que tenía el hombre que la había dejado. Pero solo fue un momento. En cuanto encendió la luz y reconoció sus zapatillas no fue capaz de retrasar un nuevo episodio de llanto. Se sentó en el sofá, encogiéndose para no necesitar un aire que se le iba en quejidos……

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PD: Esto intentaba ser un relato para  la colección Blogs de papel, pero una vez que leí en el blog de Clandestino que había fecha más o menos límite, me bloqueé y así sigue, parado.

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