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Archive for the ‘Verdades como puños’ Category

Nada me provoca más repugnancia que un ser incapaz de llevar sus ideas a sus últimas consecuencias porque se rinde ante la comodidad que le proporciona renunciar a ellas.

Lo más mezquino de los integrantes de ETA no es que maten. Perdonadme, por dios, las víctimas. Lo más mezquino es que tras ese acto no hay ideales sino una incoherencia flagrante entre lo que dicen y lo que hacen. Perdonadme, por dios, sus familiares. Lo más terrible es que tras cada disparo no hay nada. Y lo han demostrado cada vez que se han acogido a nuestras leyes para beneficiarse, y esta última vez no iba a ser menos. Y eso es lo que, en definitiva, más duele. No el hecho en sí de que salgan beneficiados, que también, sino que con ese acogimiento queda más a la vista, si cabe, que nunca han tenido un ideal, porque, de haberlo tenido, jamás, jamás, se hubieran aprovechado de nuestras normas.

Gentes de bien, por dios, perdonadme.

Pueden matarnos por cientos o por miles, y pueden ampararse en otros tantos discursos sobre sus razones para hacerlo. Pero todas ellas quedarán desamparadas cada vez que se acojan a unas leyes que no reconocen para obtener aunque sea el más leve beneficio. Eso solo lo hacen los cobardes. Aunque, que lo son,  ya lo sabíamos, no?

 

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Camino. Lo hago despacio, cansada. Sigo a mis pies, qué remedio, que se esfuerzan por llegar a casa. Los adoquines absorben mis pasos y, a veces, mi pensamiento. Los miro de manera mecánica y descubro que mi mirada va zigzagueando y se posa con una exactitud asombrosa en el lugar exacto donde luego pisaré. Para detener ese vaivén de mis ojos levanto la vista. El paisaje, precioso: una calle, estrecha, flanqueada por hileras de casas, estrechas también. No hay espacio para más. La sucesión es simple tanto en horizontal como en vertical. En el primer caso, el tabique izquierdo de una es a su vez el diestro de la otra. En el segundo, puerta y ventanuco a pie de calle, balconcito y tejado. Así una tras otra. Juntas, pegadas, pero no exactas; como de plastilina, así me lo parecen. Iguales pero irregulares. Diferentes revestimientos, diferentes carpinterías, distintos moradores, pero, ay, todas con la ropa al sol. Todas, sin excepción. Recreo la vista. Sábanas, camisas, toallas, ropa interior . . . Prendas en danza constante con la brisa, de la que se aprovechan para esparcir olor a límpio. ¿O es mi mirada la que huele?
En todo caso me pregunto por qué eso sólo se ve en calles no principales, quiero decir, qué lumbrera decidió que airear los trapos límpios no es bonito?. Donde está ahora ese iluminado, que le quiero hacer entender que es infinitamente más horrible que los de su misma profesión, léase políticos, ya no que aireen, sino que acumulen en los cestos de sus vidas, los sucios.
Puta sociedad absurda

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Acabo de llegar del cole, de llevar a la pequeña, y por unas cosas o por otras siempre me vengo barallando. Es que no entiendo que puede pasar por la cabeza de determinadas personas para actuar como actuan.

Los niños para entrar al cole han de hacer su fila, y a estas alturas hay muy pocos indisciplinados. En las reuniones previas al comienzo de curso, nos dan una serie de indicaciones para que todo transcurra con un cierto orden, como es la puntualidad, tanto a la llegada como a la salida, y también el que dejemos un espacio entre las filas de niños y los padres, con el lógico fin de que todos podamos verlos y que los propios niños vean hacia donde van. Pues bien, no hay manera.

Siempre hay la típica madre que se queda al lado del niño en la fila, no vaya a ser que el niño sepa apañárselas solo, y entonces ¿qué haría ella?. Esto que parece una bobada se convierte es una falta de respeto, en primer lugar a las profes, a sus normas y a su empeño en conseguir la autosuficiencia necesaria para llevar a buen término cualquier proyecto que emprendan con los niños. En segundo lugar a los niños, ya que les niegan la oportunidad de valerse por sí mismos, que es lo que más les satisface. Y en tercer lugar al resto de padres, que nos quedamos “detrás de la barrera”, porque nos impide ver y babear al verlos irse cogiditos a la chaqueta del de delante, que por otro lado, no sueltan, aunque el de delante trace una impresionante curva que deja en evidencia, si es que cabe, que la curva siempre es infinitamente más larga que la recta.

Todo esto no sería tan grave, si esa “típica” fuese solo una, pero va a ser que no.

PD: Releído, he de decir que la falta de respeto a los niños debe ir en primer lugar.

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Ayer por la mañana, tras la locura de duchas y afeitados que se lía en mi casa por las mañanas, conseguimos salir a la calle a la una y media, con la intención de que nos diera tiempo para hacer algo de compra y tomarnos un ……(¿cómo puñetas se escribe  vermú?) aperitivo. Pero viendo la hora que era, decidimos cambiar el orden y tomarnos algo e ir después al super, por aquello de no ir a la cafetería cargados de bolsas (no, no tenemos troncomóvil).

Tras arrasar con la empanadita de chocos que nos pusieron de tapita, (aprovecho para invitaros a todos a Redondela la semana que viene a degustar ese manjar) nos fuimos a invadir el super. Estando en pleno debate de si llevamos o no esa longaniza pallesa con una pinta que te mueres, se me acerca la mayor y dice: “ah!!, má, champú”. ¿Champú?, pero si compré el martes.

Tenía razón la criatura, no quedaba champú. Es una realidad aplastante, las niñas salen más caras que los niños.

Tengo tres, preciosas, y con unas melenas dignas de Sandokán. Pero la melena cuesta, y aquí es donde vamos a empezar a desglosar ( me ha quedado un poco fama, no?)

Empecemos, pues, por el champú. Un niño no gasta tanto como una niña. Con un poquito que se eche ya se lava en condiciones. Pero una niña necesita más, como también necesita más agua, y esto acarrea más gasto de gas. No es lo mismo aclararle el pelo a un niño que a una niña.
Nos salimos de la ducha y hay que secar el pelo. Un niño con un soplido del secador está listo. Ahora sécale a una niña: más gasto en luz. Vamos a la peluquería. Los precios entre niño y niña, nada que ver. Y no cuento aún que pronto empezaremos con depilaciones y demás, y que si la cremita, que si el maquillaje. ¡Ah! y un gasto añadido: cuando en el tercer embarazo nos dijeron que era otra niña, mi marido soltó: “¡No voy a ganar para compresas!”. Cutre pero cierto.

¿Nos vamos a comprar ropa? Nada que ver el precio de un vestido con el de un pantalón y una camisa juntos, por no hablar de los complementos, como lacitos o pinzas para el dichoso pelo ( eso sí, son opcionales, pero que menos que ponerlas monas).

Y vámonos de comunión. Yo tengo la segunda dentro de tres meses ( jajajaja, no la segunda comunión, sino la primera comunión de la segunda niña) y con lo que cuesta sólo el vestido de la niña ya le compraría todo al niño, repito, sólo el vestido, añadámosle el cancán, los guantes, el adorno del pelito, y de nuevo la dichosa peluquería.

Estoy segura de que aún hay más detalles que marcan la diferencia, pero no quiero deprimirme más. ¿Es más caro o no es más caro tener niñas?.

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Hoy me ha despertado el teléfono. Era mi madre : “¿todavía no te has levantado? hoy hace un día radiante”.

Efectivamente, el día de hoy es espectacular, con un cielo límpio de cualquier nube, con un azul cegador y una claridad que permite ver hasta lo que no está.

Pero esto no es noticia. No para mí.

Vivo en Redondela, un pueblo situado entre Vigo y Pontevedra, en plena Ría de Vigo, esto es, al sur de Galicia, y días como este tenemos docenas.

Pero el resto de España no lo sabe, a alguien no le interesa que se sepa. Desconozco quien es ese alguien, como desconozco también si es una persona concreta (algo que dudo mucho) o es un sector. El caso es que cuando en Galicia hace buen tiempo alguien se lo calla.

Hemos tenido un mes de abril de lujo, con sol cada día, e incluso con calor, no bajábamos de los 22 grados, pero en las noticias eso no se reseñaba, sin embargo sí era noticia el mal tiempo de toda España. Y digo yo, si que haga mal tiempo donde por lo general lo hace bueno es digno de ser noticia, ¿no lo es igualmente que haga buen tiempo donde todos creen que lo hace malo? Yo creo que sí lo es. Pero en esos días, nada, nadie mencionó que aquí nos moríamos de calor, no vaya a ser que el turismo que siempre se va a la parte oriental del país decida venirse para aquí.

Pero esta teoría mía no se basa sólo en eso, en la falta de noticias, sino que en cuanto el tiempo volvió a su supuesta normalidad, se daba como noticia eso, que en Alicante, Málaga and company, volvía a reinar el sol, y añadían un pequeño detalle, que en Galicia llovía. Solo fue un fin de semana, ¡¡ah, se siente!!, pero llueve.

No os dejéis engañar, en Galicia tenemos más sol del que os imagináis, y sin querer ofender al norte, si venís al sur aún más.

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Cada vez son más los supermercados que nos ofrecen pequeñas soluciones para proteger el medioambiente, tales como vendernos una bolsa reutilizable, o bien, y sobre esta propuesta quiero barallar hoy, cobrarnos las bolsas que vamos a utilizar.

A mí tanto la una como la otra me parecen medidas perfectas, pero creo siceramente que los centros que ofrecen estas medidas deberían hacer una campaña de divulgación, con el fin de explicar a determinados sectores de la sociedad que el motivo por el cual cobran las bolsas no es otro (o sí, vete tú a saber) que el de reducir el número de ellas que se utiliza, evitando así cierto grado de contaminación.

Todo lo dicho viene al caso porque, como una es una recicladora enfermiza, de lo que pueden dar fé Boss y mis niñas, cada vez que me olvido las bolsas en casa me veo en la obligación de calcular en una fracción de segundo cuántas bolsas voy a necesitar para apiñar la compra en la menor cantidad de ellas posible, todo esto bajo la insidiosa mirada del resto de compradores, en cuyos ojos adivino el rechazo que les produce la tacañería que me atribuyen. Por no hablar de la cajera, para la que esa fracción de segundo que yo empleo en mi dificil decisión, tras su …….”¿le pongo bolsa?”, es un aliciente más en su carrera consigo misma por conseguir el récord personal de no dejar asomar una pizca de amabilidad.

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