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Archive for the ‘Y volver a nacer cada día’ Category

Qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos decidir lo que nos gusta o lo que nos emociona. Igualmente, qué diferente sería si pudiéramos elegir nuestros recuerdos. Afortunadamente esto no pasa. Ellos solitos se buscan el hueco que creen más apetecible, para perdurar el tiempo que les da la real gana.

Uno de esos recuerdos con entidad propia que pueblan y confieren personalidad ajena a mí a mi espíritu se escenifica de la siguiente manera: yo, en tamaño comino, subida a una silla de manera que mi madre alcanzara mi cintura sin necesidad de doblar el riñón para subirme, y abrocharme, los pantalones, mientras conversamos sobre la conveniencia de que yo fuese adoptada por un señor que no podía tener hijos. En el transcurso de esta conversación no hay desasosiego en mí por trasladarme a vivir con otra familia, sino que hay la emoción típica de la inconsciencia propia de una edad durante la cual la mayoría de las niñas sueñan con ser princesas. En el devenir de esas ensoñaciones no cabe nada de la parte “mala” de un cambio semejante. No hay traumas porque todo es ideal a nuestros ojos. La salvedad es que yo no quería ser princesa, quería ser la hija de un señor que no podía tenerlos. Pero no por altruismo ¡ojo! que a esa edad predomina el egoísmo, el más falto de mala intención que se pueda ejercer, sí, pero egoísmo puro al fin y al cabo.

El señor en cuestión me encandilaba como pocas cosas lo han hecho en mi vida. Ahora que lo reflexiono desde mis 43 años creo que no era tanto él la fuente del encandilamiento como su profesión y lo que de ella sustraía mi siempre ávida de sensaciones parte melómana. Me soñaba con banda sonora perenne sonando por doquier, envolviéndome de pies a cabeza en esas notas que, hasta ese momento, sólo pero siempre, arrastraban a mis pies cuando formaban una composición sonora concreta: el pasodoble.

Esta mi temprana obsesión frustrada de cambiar de padre me ha perseguido siempre en forma de broma familiar. Puede que por eso ayer, cuando alguien cercano a mí conocía la muerte de Manolo Escobar, me miraba como dándome el pésame, porque de alguna manera saben que yo, ayer, me quedé huérfana.

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“Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo. No tengo nada para impresionar, ni por fuera ni por dentro”
Así empieza una de mis canciones preferidas. Y qué verdad que es. Empiezo a darme cuenta de la satisfacción que proporciona pasárselo todo por el forro; privilegio que se consigue con los años. Lamentablemente tengo pocos, años quiero decir. Sólo cuarentayuno. Ainssss. Me harían falta unos cuantos más para alcanzar la plenitud en cuanto a… ¿cómo denominarlo? ¿introdesobediencia? Y es que todavía lucho cada día contra mi puñetero, y exageradamente pronunciado para mi gusto, sentido de la responsabilidad.
Para comprensar tengo un objetivo que he de alcanzar sí o sí: no pienso morirme hasta que no pueda escuchar y empatizar al ciento por ciento con uno de mis tótems musicales. Y pobre del que no se proponga lo mismo.

Helo aquí

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No sé cuándo ocurrirá. Todo cuanto me permite mi intuición es saber que sí ocurrirá. Así que ya me he visualizado paseando por Malasaña, sin prisa pero con rumbo: el número 49 de la calle la Palma. Habrán transcurrido quién sabe cuántos años desde la última vez que estuve allí, pero los recuerdos serán tan frescos que podré entrar en el local que un día ocupó La Clandestina con los ojos cerrados, y podré dirigirme y pararme exactamente, sin conceder ni un solo milimetro al error, en el lugar en el que me abracé con Mariano un día tan importante como lo fué el día de la inauguración.

Ese día no sólo se inauguraba una librería; ese día nos pusimos piel unos a otros aquellos que ya habíamos hecho piña sin movernos de nuestras guaridas. Así que con su clausura no sólo se pierde una librería, se diluye también el epicentro físico de una pequeña comunidad adoradora de libros, tanto por continente como por contenido, pero que nadie se equivoque, La Clandestina se hará aún más fuerte en el recuerdo, como todo gran mito.

Sus creadores afirman que no es una noticia triste así que no seré yo la que protagonice el duelo, por más que haya sentido una dolorosa punzada en las entrañas mientras leía el mail que nos lo comunicaba. Por lo que a mí respecta me tragaré el dolor, y levanto mi copa por ellos, por tener las agallas de abrir algo tan hermoso como un sueño, y por tener los cojones de cerrarlo dándonos ánimos a los demás.

La Clandestina cierra, ¡viva La Clandestina!

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Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.

Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?

Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.

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No quiero, ni podría, olvidarme de ella.

Qué ciegos estamos a veces. Me pregunto que resortes saltarán, o al revés, qué resortes se bloquearán para impedirnos ver algo que tenemos en los mismísimos bigotes.

Marlene me dejó una punzada en el estómago de difícil calificación. Marlene me dió pena, profunda, muy profunda, y me dió ejemplo; Marlene me conmovió, y me fascinó; ella se convirtió en mi heroína y su recuerdo en mi recurso para salir de mis pozos, tan diferentes del suyo, agujero infernal al que ha de bajar sí o sí; tan real como terrible y tan temible como el hambre que supondría negarse a bajar. Y, pese a recordarla cada día, pese a encender mi ordenador cada día, jamás la busqué en este mundo que todo lo puede. Pensé, tan ignorante como atrevida, que había calado sólo en mí. Pensé que aún me dolía sólo a mí.
Hoy tuve que hacerlo, tuve que buscarla, porque no recordaba su país, vergonzoso olvido que me aflije, y me encontré con esto. Marlene llegó a muchos corazones y los puso patas arriba, los removió como hace cada día con la tierra de la mina. Veremos en qué acaba la cosa. Yo, de momento, tengo un hilito del que empezar a tirar para sacarla de allí.

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Pensaba escribir hoy sobre lo destructivo que es el orgullo. Sobre lo enfermizo que puede llegar a ser en determinadas personas. Sobre si debemos o no tolerarlo si quién lo padece nos importa. Pensaba escribir sobre lo duro que resulta el día a día para quién tiene relación con un orgulloso por naturaleza, dando por sentado que así es, que le viene dado, ya que no creo posible que algo así sea seña de identidad por voluntad propia.
Pero he decidido no hacerlo, no amargarme dándole vueltas. Hoy escribo sobre lo bonito que nos va a quedar, A Boss y a mí, el centro que vamos a hacer con piedras preciosas que rescatamos de la playa cuando baja la marea. Todo un tesoro de cristalitos que el roce de la arena y los años han pulido, dejándolos suaves y sin aristas. El paso del tiempo los ha transformado; han dejado de ser trozos de cristal amenazantes, que alejaban de sí cualquier intención de acariciarlos, y los ha convertido en objetos maravillosos que a cualquiera que ame la delicadeza le gustaría poseer.
Lástima que a algunas personas no les suceda lo mismo.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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Tuve, la otra noche, varios episodios de vigilia mezclados con sopor que me dejaron un recuerdo difícil de definir. A pesar de lo molestas que resultan estas situaciones, a mí, esta vez, me resulta agradable recordarlo, y tal vez ahí resida mi dificultad para ponerle una definición a dicho episodio.
Para empezar soñé, si se puede describir así, porque ya digo que no era sueño como tal, sino un ligero duermevela, que podía elevarme y ver mi pueblo desde el aire. Esto sólo me había sucedido una vez, hace muchos años, y era algo que me apetecía mucho que se repitiera porque es una sensación realmente agradable. Lo malo es que debía volver constantemente a la vigilia como tal, y hacerlo poco a poco, porque sino sólo lo hacía mi mente pero no mi cuerpo, impidiéndome moverme. Es decir, yo movía los dedos, por poner un ejemplo, y tenía la sensación de que éstos se movían, pero en realidad era incapaz de moverlos. Sé que es difícil de entender, tanto, como lo es de explicar. Ésta sí es una situación angustiosa, la de despertarse y querer moverse, o hablar para pedir ayuda y no poder durante varios segundos, porque el cuerpo no responde a ningún impulso por más que la mente ya esté consciente. Y por ese miedo a que se repitiera, ya que antes me sucedía más a menudo de lo que es deseable, no me abandonaba del todo al sueño.
Lo siguiente que visualicé, porque a esto sí que no puedo llamarle sueño, es a mis hijas cuando yo ya no esté en este mundo. Esto sí que no sé explicarlo. Fue un tomar conciencia de que todos los seres humanos desaparecemos un día y esto, más allá del dolor que pueda causarles a ellas en el momento de suceder, no influirá para nada en el desarrollo de la vida. Es decir, visualicé el futuro de ellas desde la óptica del ser humano y no desde la de madre, por lo que fue como quitarme de un plumazo un trauma.
Estoy releyendo y creo que no he cnseguido explicar exactamente el episodio referente al futuro, pero en realidad fue muy, muy, agradable. Y con eso me quedo.

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Yo soy de emoción fácil, lo reconozco, pero disfruto tanto de esa fugaz alteración del ánimo que me negaría a cambiar de manera de ser, en caso de que tal acción fuese posible.
Las cosas que a mí me emocionan son muy variopintas, por lo que es imposible hacerse una idea de en qué momento me puede ocurrir. Hay ocasiones en que me resulta embarazoso que se haga evidente mi emoción, como me ocurrió hace pocos días en una librería, otras veces estoy a solas y no he de reprimir esa humedad en los ojos que conlleva emocionarse.
Como ejemplo de situación tonta que a mí me puede emocionar contaré que hace pocos días, estando asomada a una ventana, presencié el paso de una ambulancia por el centro Pontevedra, y ver la colaboración de los coches me llevó a sentirme orgullosa del género humano, aunque sólo fuese durante el breve segundo que me duró la punzada de emoción.
Es practicamente imposible poner de acuerdo en algo a un grupo de personas que no han sido avisadas, previamente, de que han de hacer algo todos a una. Sin embargo, a veces, ocurre el milagro. Al paso de una ambulancia, todos, sin excepción, hacen lo que deben, y nadie se niega, ni se pone chulo, ni cabezón, y esto, en nosotros, es algo tan inusual que cuando se comtempla hay que disfrutarlo.

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Una siempre cree que lo tiene todo calculado. Y por más que una y otra vez constate que a la vida no pueden aplicársele las matemáticas, no hay manera de aplicarme el cuento.
Empecé a escribir de nuevo el blog teniendo muy claro que iba a hacer eso, a escribir. Mi vuelta se ampara en poder llevarlo a cabo. No voy a ser cansina con aquello del bloqueo, la falta de tiempo… Se acabó aquella etapa de interactuar tanto con otros bloguers, algunos, además, amigos, etapa por otro lado maravillosa e irrepetible, para dedicarme a lo que más deseo, que no es otra cosa que escribir. Y cuando tomé la decisión de empezar de nuevo barajé incluso la posibilidad de hacerlo en un nuevo blog, por aquello de evitar que todos esos lectores/escritores se sintieran obligados a comentar, ya que en esta nueva etapa yo no les correspondo, al menos no con la misma dinámica de antes, pero es que adoro este blog y lo que significa para mí.
Decía lo del tenerlo todo calculado porque di por hecho, y asumí sin ninguna clase de traumas, que estaría mucho tiempo con la casilla “comentarios” a cero. Y me fue fácil asumirlo porque, aunque es muy agradable atender a todo lo que la gente tiene que decir, no tener comentarios no reduce lo más mínimo el placer de escribir.
Me habéis refregado por las narices, con todo el descaro, además, que las matemáticas no son lo mío, ya que cada día, a medida que os vais enterando que he vuelto, estáis ahí.
Y todo este rollo se resume en una palabra: Gracias

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Cada día me reafirmo más en mi creencia en que de todo, en esta vida, se obtiene algo positivo. Cualquier circunstancia es adecuada para aprender de ella, para sacar alguna conclusión que nos ayude a ser mejores personas, o cuando menos a intentarlo.
Tengo en casa, circunstancial y temporalmente, a alguien que destila odio a manos llenas*. Boss y yo le damos muchas vueltas al tema, y le buscamos una y otra vez explicación a tal hecho, aunque sin éxito. Nos está resultando realmente incómoda esta convivencia, que es, en cualquier caso, inevitable cada verano.
Por otro lado, ayer, tarde de playa y reflexiones, efecto colateral lo segundo de lo primero, elogiábamos, en el transcurso de una conversación que muta de lo trivial a lo serio con la misma facilidad con que uno se levanta o se sienta, elogiábamos, decía, a un familiar cercano por su generosidad, virtud de la que no presume pero que salta a la vista de cualquiera que le conozca minimamente. Es, realmente, la persona más generosa que conozco, tanto si nos referimos a bienes materiales como a asuntos de cualquier otra índole.
Hablando y hablando llegamos al punto casi inevitable de relacionar y comparar, algo feísimo por otro lado, al primer personaje citado hoy con el segundo, y la conclusión unánime fue que nuestro odiador, odiadora en este caso, vería intereses ocultos en la generosidad de nuestro hombre, y es que, desgraciadamente, a veces, las virtudes y los defectos de la gente no están tanto en quién los porta sino en los ojos de quién los mira.

Actualización necesaria tras nueva reflexión: ¿Estará el defecto de nuestra odiadora en nuestros ojos? ¡Joder, que complicado es esto de jugar a filósofos!

*En este punto la palabra inicial era “espuertas”, pero una vez más el diccionario me ha devuelto la patada.

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Un día, alguien aparece por la puerta y te ofrece un trasto que se les ha quedado obsoleto; y una lo recoje, como hace con todo, y lo hace con la mejor de las sonrisas, ya que ir aprovechando es la única manera de tener algo que de otro modo sería impensable poseer. Estoy hablando, perdonadme el desorden narrativo, de mi mastodóntico ordenador.
Tiempo después llega esa cosa llamada Internet. Y como suele suceder, aunque no tengamos para pan compramos estampitas. Y a fuerza de navegar y navegar una va conociendo puertos y ansía nave propia, y, paso inevitable, abre un blog. ¡Qué año tan maravilloso! Pero tras la euforia llega la desidia e, indefectiblemente, el abandono.
Ayer, con motivo de mi inscripción en la quinta edición de los Premios 20Blogs, tocó desempolvar. He de confesar que sentí pena al ver en qué se ha convertido algo que tuvo tanta actividad. Y dudé.
Tal vez esta inscripción llega muy a deshora, estoy convencida de ello, ahora que el blog no es ni sombra de lo que fue. Seguramente no es bueno forzar la máquina, y ésta parecía muy a gusto en su reposo tras los últimos y vanos intentos de reflotarla, pero debo sacarme esta espinita que tengo con los premios. Mi despiste crónico me dejó a las puertas los dos últimos años, y uno de mis mayores defectos es la perseverancia.

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“Todos los días son iguales y ninguno se parece”
Pag. 420 de Levantado del suelo. José Saramago.

Hoy quisiera escribir y escribir, pero sólo me salen palabras. Y lágrimas. Hoy querría librarme del dolor de la horfandad que me acaba de envolver. Se acaba de volatilizar la placidez que sentía al saberme en el mundo al mismo tiempo que mi adorado Saramago, y sólo me salen palabras. Y lágrimas.

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Parece que ha llegado el otoño. A pesar de ser mi estación favorita este año me está costando desprenderme del síndrome de abstinencia que la huida del verano me provoca cada vez que se va. Me dura poco, es cierto, porque en cuanto me doy un buen paseo por algun paraje sembrado de hojas secas ya no me apetece ningun otro clima, pero…… hace sólo tres días estaba bañándome en la playa.
No deja de ser curioso el hecho de que cada último día de playa, de cada año, se quede en mi memoria por algo. Hace años, el último día de playa llegué a casa y me encontré con el horror del 11-S. Otro año, en cambio, y afortunadamente, lo recuerdo por algo mucho más agradable, y es que había mareas vivas que inundaron completamente el arenal dándonos la oportunidad de disfrutar del agua de otra manera.
Este año no podía ser menos, y tuve la oportunidad de presenciar un concierto que nos ofrecieron -a mi chica y a mi- unos alemanes que a todas luces estaban haciendo el camino de Santiago. LLegaron hasta aquel rincón seguramente guiados por alguien que les explicó donde está la playa. Sucede que, a veces, se alejan del albergue para remojar los doloridos pies. Tras un “hola” que ya establece una complicidad especial se intalaron a nuestro lado en la arena. Mi chica con un cuento y yo con un libro. El resto de la playa solitaria. Primero un tímido tarareo por parte de una de ellas. Se la veía tan a gusto, con los pantalones arremangados, los ojos cerrados y la cara buscando el sol… Se fue animando y empezó a cantar. Buscó mi sonrisa para comprobar que no me molestaba, y al encontrarla se animó. Sus compañeros primero se reían aunque luego acabaron acompañándola. Por el ritmo y las carcajadas deduzco que eran canciones populares y con retranca.
Fue una tarde de lo más agradable. Tengo la seguridad de que ellos la recordarán como algo especial, y yo ya tengo mi recuerdo para mi último día de playa de este año.

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Hay ciertas cosas en mi vida que, aunque no lo parezca, me avergüenza confesar. Y la de hoy es una de ellas. Lo que ocurre es que sopesando los pros y los contras de contarlo, la balanza se inclina hacia los pros, así que valor y al toro.
Aprendí a conducir con diecisiete años recien cumplidos, de la mano de mi primer novio “serio”. Las prácticas, evidentemente, no eran en circuitos cerrados sino en carreteras corrientes y molientes, de las que están llenas de coches a todas horas. Aprendí pronto, y pronto empecé a conducir de manera asidua. Cuando acabó mi relación de noviazgo con mi maestro empecé a salir en pandilla, y yo era la encargada de conducir noche sí y noche también sin haber pasado por ninguna autoescuela. Confiaban en mi.
Una noche, de regreso a casa, no se nos ocurrió nada mejor que hacer carreritas, y uno de los adelantamientos que realicé lo hice a 140 km por hora. A esas edades las “hazañas” no son tales si no se alardea de ellas, y al día siguiente en la plaza del pueblo presumos de aventurita. Y aquí llego a lo que quería contar. No me faltaron admiradores, cabezas locas como yo que se alucinaban y me jalonaban por mi “valentía”. Afortunadamente, entre todos los que estábamos allí, en esa reunión dominical, había un chico algunos años mayor que nosotros, Antonio, a la sazón hermano de mi mejor amiga. Al oirme puso una mueca mezcla de desprecio y reproche que me hizo sentir la persona más estúpida del mundo. ¡Y cuánto me ha servido recordar esa mueca a lo largo de mi vida! Esa simple mueca me hizo reaccionar y recapacitar; algo hizo click dentro de mi cabeza. Creo que ese día adquirí de golpe el sesenta por ciento de una madurez inexistente en mi hasta ese momento.
Desde entonces no desaprovecho nunca la oportunidad de “educar” a cualquiera que se me ponga a tiro. No hacen falta largos y tediosos discursos para hacer ver lo equivocado de una acción. Un gesto, una mirada o una frase simple y contundente en el momento oportuno son suficientes para que alguien que está errando abra los ojos.

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La profe Ana

la profe AnaMi chica, con tres años, tenía un anorak al que se le atascaba la cremallera al desabrocharla. Una mañana, en el patio del colegio, yo, como cada día, se la quise desabrochar para ahorrarle un trabajo a su profe. Ella, mi chica, se puso a llorar, porque vete a saber tú por qué razón quería entrar con ella abrochada. Su profe, que nos vió en el tira y afloja, vino a interesarse por la razón del llanto, y cuando le dije el motivo ella misma se arrodilló para abrocharle la cremallera, aun sabiendo que luego se atascaría, diciéndole a Claudia que tenía toda la razón, que ya la desabrocharían en clase. Ese día me rendí a sus pies.
La profe Ana no es una profesora más. La profe Ana es el resultado de mezclar la ternura con la dosis justa de mano firme. La profe Ana es la vitalidad en un “buenos días”; es ver siempre la botella medio llena y encarar los problemas con una sonrisa. La profe Ana irradia pasión por su trabajo y por sus niños y consigue que cada uno de ellos se sienta su preferido.
Ahora que mi chica deja infantil para pasar a primaria sé que la sombra de la profe Ana será alargada, pero en absoluto será una sombra fría, al contrario, será una sombra apetecible a la que siempre será agradable volver, aunque sólo sea a través del recuerdo.
Puede que con el tiempo tengamos que pintar la habitación de Claudia y borrar así el retrato que ella misma pintó de su profe en la cabecera de su cama hace ya un par de años, pero hay un sitio del que no se borrará jamás: su corazón.
Estoy segura de que a la profe Ana se le parte el corazón en veintitantos cachitos cada tres años, pero también sé que sabrá recomponerlo para recibir en septiembre a otros veintitantos afortunados, que aun no saben que van a tener a la mejor profe del mundo.

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Hace tiempo que me ronda por la cabeza llevar a cabo uno de esos deseos/caprichos muy al alcance de la mano que siempre vamos posponiendo precisamente por lo factibles que son. Esto es: dejarlo siempre para mañana.
El deseo en cuestión no es otro que el de meterme en un tren por el mero placer de sentarme en el asiento y mirar por la ventanilla, mientras dejo fluir a su antojo todas las sensaciones y pensamientos que puedan acudir a mi espíritu y a mi mente, mientras escucho música o dormito, o ambas cosas a la vez….. Me daría igual el destino, ya que una vez alcanzado éste no haría otra cosa que meterme en un nuevo tren que haga el recorrido a la inversa.
Por una de esas casualidades que nunca alcanzamos a comprender, siento que estoy haciendo ese mismo viaje, pero de manera metafórica, desde hace una o dos semanas. Han sucedido determinados cambios en mi estado de ánimo que me hacen sentir la plenitud que le intuyo al infinito... viaje real. De repente me siento metida en un tren del que lo que menos me preocupa es saber la estación a la que se dirige. Siento que avanzamos a un ritmo perfecto y preciso, ni demasiado deprisa ni muy lento. Tan placentero es el paisaje que no me importaría incluso sufrir una pequeña avería. Sólo hay un detalle que difiere del viaje real, y es que, en este caso, cuando llegue a mi destino, pienso quedarme allí.

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Comer langostinos al menos una vez por semana (He estado echando cuentas y fumar me saldría mucho más caro)
Ser más consciente de mi buena suerte. Me he dado cuenta de que tengo mucha más de la que pudiera parecer.
Disfrutar al máximo de cada segundo, sin preocuparme de lo que venga mañana.
Inventar más momentos a mi medida, como los que he tenido esta semana y durante los que he sido absolutamente feliz. Sólo diré “Gracias, Clandestinos
Ser más tolerante conmigo misma, echarme los fallos a la espalda y seguir caminando, tarde o temprano encontraré una papelera donde tirarlos.
De nuevo el sexto dia....En definitiva, aprovechar todos y cada uno de estos 365 días que hoy empiezan y que son los últimos de la treintena. 39 añazos sólo se tienen una vez en la vida.

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Supongo que hay muchas maneras de encontrarse a una misma. Supongo que todo es cuestión de proponérselo.

Ayer, mientras me duchaba, me vi. Me vi a través de lo que percibí con mis manos. Fue una visión muy fugaz, apenas milésimas de segundos, pero la imagen fue sorprendentemente nítida, y la sensación me transportó durante ese breve espacio de tiempo a un yo absolutamente primitivo, brutalmente básico y físico, sin adornos de ningún tipo; sin artificios. Me sentí, como nunca antes, parte viva e importante, pero a la vez prescindible, del universo. Sí, lo sé, suena a locura, pero ese mínimo instante se alargó lo suficiente para darme tiempo a ser consciente de quien soy. Bastó únicamente que mis manos acariciaran mi cabeza desnuda para visualizar lo que en 38 años aún no había visto: que soy, ni más ni menos, un ser humano, y que no soy ni más ni menos que cualquier ser humano. 

Raparse el pelo al tres no es una cuestión estética, es un viaje interior que me está reportando muchas y muy buenas sensaciones.

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(Aquí empezó esto)

Ahora que tengo ante mi los miles de caminos que pienso recorrer comprendo que este era mi destino. No tengo horarios, ni prisas. No tengo la cama hecha ni la comida pensada, pero tengo algo mejor aun, tengo hambre y sueño, que me hacen sentir más viva que nunca. Y frío, tengo frío.

He robado un bolígrafo y una libreta. Hoy por hoy son las únicas y verdaderas necesidades que tengo, y mi único patrimonio, mil veces más valioso que cualquier otra posesión. Ellos son el único espejo en el que pienso mirarme. Puede que a veces no me vea guapa, pero siempre me veré tal como soy. Anotaré aquí todo lo que algún día quiera recordar. La mente la mantendré siempre libre, abierta. 

He notado que hay personas que me miran con lástima, y a mi me dan lástima ellas. No saben ver más allá de harapos y arrugas. Aunque consiguieran adivinar la luz de mis ojos no sabrían descifrar su significado. No las culpo, nadie les ha enseñado que hay vida más allá del confort que da la calefacción o de la tranquilidad de la rutina. A veces siento el deseo de hablarles, de contarles que ahora soy feliz, más de lo que ellos serán jamás, pero me da pereza. He ansiado tantas veces librarme de la atadura de un idioma que, por limitado, nunca he conseguido dominar hasta el punto de poder expresarme, que me parece absurdo volver a someterme a su dictadura. Prefiero seguir con mis silencios y su ilimitado mundo. Nada ni nadie le pone límite al silencio. Sin embargo las palabras sí se acaban. Y empiezas a oír las mismas una y otra vez, llegando a olvidar su significado, convertidas en sonidos tediosos por tantas veces oídos.

Paso horas y horas caminando hacia ningún lugar, mirándolo todo sin ver nada, escuchándolo todo sin oír nada. Si lo hiciera, si viera u oyera, podría caer involuntariamente en la tentación de prejuzgar por lo visto u oído, y me niego. Las costumbres que aun arrastro podrían jugarme una mala pasada, pero creo que sabré mantenerlas a raya, al menos hasta que consiga librarme de ellas. Puede que ya lo haya conseguido, de ahí que no quiera oír ni ver. ¿Quién sabe? No pienso apresurarme ni siquiera en someterme a mi misma a exámenes absurdos. Todo lo que ha de ser, será. Por eso mismo no me preocupa el hecho de recordaros cada noche. Había decidido viajar sin recuerdos, dejarlos atrás, pero uno no siempre consigue lo que se propone, y ahora sois lo único que me acompaña en mis noches de buscada soledad, y comparte espacio con ella sin confrontarse. Ahora sé que hice lo correcto. No podía seguir engañándoos. Aquella que vivía con vosotros no era yo. Yo soy esta, yo soy así. Tal vez estéis pensando que no os quiero, tal vez estéis en lo correcto. ¿Quién decide si un sentimiento es o no verdadero?. ¿Qué acción mide su intensidad?. Yo podría gritar que os he querido más que a nada, y no por ello es esto más verdad que vuestra verdad callada, íntimo dolor que ahora os embarga, esa que intuyo asomó a vuestros ojos al tiempo que leíais mi carta. Pero no me arrepiento. El tiempo pasará y convertirá vuestro dolor en un leve recuerdo, y a mi me dará el lugar que realmente merezca en vuestro pensamiento. No ambiciono un gran lugar, ni siquiera un lugar pequeño. Me basta con saber que durante un periodo en nuestra vida compartimos tiempo y espacio. Puede que algún día adivinéis mis razones, aunque no espero que lleguéis a comprenderlas. Yo misma he tardado muchos años en mirarlas de frente y aceptar sus consecuencias.

La vida no se detiene, sólo cambian sus protagonistas. Yo he decidido protagonizar mi propio guión, poner cada punto y cada coma, incluso barajo la posibilidad de poner yo misma el punto final.       

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Hoy no es un buen día para mí. Hoy es un día más en la vida de los pobres.

Boss se ha quedado sin trabajo, y le han conseguido uno en Alemania, y afortunados somos de que así haya sido. Otros no tienen tanta suerte. Cuando no se tiene ningún tipo de preparación no queda otra que aceptar estos giros del destino. Ir y venir a merced de dioses aburridos que se entretienen en escribir guiones enrevesados. Pero el dolor que me causa separarme de Boss es ínfimo, comparado con el que me atraviesa por separarme de mi “chica”.

Hemos hablado y hablado, y pasado noches en vela, hablando, y llorando, y hemos concluido que lo mejor que podemos hacer es mandarla con mi hermana a Pontevedra, para que yo pueda trabajar. Las mayores ya se defienden solas, pero aun no las puedo responsabilizar de un ser tan indefenso. Podré tenerla los fines de semana. Ella estará bien; le encanta ir a casa de su tía, pero yo moriré por dentro. Ya no buscará mis ojos para apartar de sí miedos y dudas, ya no buscará mi abrazo al salir del colegio, me perderé sus desaires ante comidas que no quiere, me perderé cada bostezo mañanero, cada llanto nocturno. Me perderé en su recuerdo, y sólo seré, con suerte, una tía más. 

Puede que Boss, cuando vuelva, si vuelve, no sea el mismo, puede que se sienta extraño entre unas sábanas compradas sin consenso, puede que yo olvide la ubicación de cada uno de sus lunares, que ya no reconozca su piel, ni él reconozca mi olor, ni tolere que arrime mis fríos pies a sus piernas. Puede que nos miremos con recelo, desconfiando de la identidad mutua. El tiempo no pasa en balde y el roce hace el cariño y el que dijo todo esto, si aun lo recordamos, es porque algo de razón tendría. Dicen que comer y rascar todo es empezar, puede que no ver y olvidar sea todo uno. 

Y aun no sucediendo todo esto ¿qué sería peor? Olvidarnos el uno del otro y la hija de la madre, o querernos a morir y morir de dolor, lejos el uno del otro y la madre de la hija. De cualquier modo, morir es morir, aquí y en Alemania, y a nosotros nos quedan sólo unas horas de vida. 

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Ya me conocéis. Unas veces arriba y otras hundida. El viento me rige y a él me abandono. Hoy sopla fuerte, muy fuerte, como a mí me gusta, y con él me voy. Miraré las cosas que dejo desde la perspectiva que me dé el tiempo que transcurra entre este momento y mi próxima parada. Puede que me arrepienta, puede que no. Pero he de hacerlo; pura supervivencia. No tengo más expectativa que la de llegar hasta donde aguante sin vosotros. No me llevo nada, ni siquiera buena o mala conciencia. Este viaje lo haré desnuda. Y allá adonde llegue desnuda seguiré, no quiero adornos ridículos que me hagan parecer lo que no soy. Ansío ser volátil, etérea. Quiero librarme de manías y recuerdos, que sólo servirían para mantenerme atada a la pata de la cordura. No seguiré ninguna ruta establecida, si acaso me guiaré por las luces y las sombras de mi estado anímico, absoluta verdad irrebatible, que me llevará exactamente adonde necesite estar. En cualquier caso, lejos de aquí, lejos de sogas y naufragios absurdos, porque nunca lo son del todo. Lejos de errores y aciertos; de amores inciertos, meros espejismos creados al amparo del deseo. Nunca volveréis a saber de mí, porque yo como tal ya no existiré. No me busquéis, salvo cuando recordéis vuestro pasado. Ese es el único sitio que no puedo abandonar.  

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Hoy hace un mes que abrí esta ventanita. Necesitaba aire fresco, ya que todavía coleaba a mi alrededor una borrasca que me amargó durante un tiempo.

Por una decisión de Taosen con respecto a su blog, abrí el mío. Este. Yo ya tenía uno, Murmullos,  que sigue abierto, pero cuya función es otra. Nunca había intercambiado impresiones con la poca gente que alguna vez dejó comentario. Aquel es otro mundo.

Aquí, en cambio, me tropecé con Desesperada y con Wilde, o con Wilde y Desesperada, no recuerdo bien, y tras ellos vino esta fantástica marabunta bloguera.

Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera tener alguna visita, ni siquiera contemplaba dicha posibilidad ¡¡con la de blogs que hay por ahí!! Y mucho menos que se molestaran en dejar comentarios. Pero ayer, cuando recibí la visita dos mil, uff, pensé que lo mismo este bicho se equivoca. No puede ser que cuatro gilipolleces  mal escritas le interesen a alguien.

En mi vida real no encuentro a gente con la que me entienda, sé que tiene que haberla, pero no la encuentro. Estoy rodeada de mamás de ideas machistas, de gente desocupada y aburrida, con la que no me une ningún interés común. También sé que en parte es culpa mía. Sé que la imagen que proyecto en los demás es de borde. Nadie conoce mi timidez, mis complejos . . . Que más que complejos son realidades que trato de esconder.

No acabo de encontrar mi ubicación en un mundo al que siempre pienso que no pertenezco. Mi lugar es otro.

Mi lugar es un lugar donde la tolerancia prime por encima de todas las cosas, donde los sueños e ilusiones no se vean truncados por la ignorancia colectiva de quienes sólo buscan objetivos impuestos por una sociedad hipócrita. Mi lugar no entiende de colores, ni de formas, ni siquiera de nombres. Mi lugar está lejos, pero tengo la esperanza de vivir lo suficiente para morir en él.

Y mientras vivo y espero, en mi otro mundo he encontrado mi lugar en vosotros, en todos y cada uno.

Y pienso quedarme hasta que me echeis a patadas.

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