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Archive for the ‘Gente buena’ Category

Qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos decidir lo que nos gusta o lo que nos emociona. Igualmente, qué diferente sería si pudiéramos elegir nuestros recuerdos. Afortunadamente esto no pasa. Ellos solitos se buscan el hueco que creen más apetecible, para perdurar el tiempo que les da la real gana.

Uno de esos recuerdos con entidad propia que pueblan y confieren personalidad ajena a mí a mi espíritu se escenifica de la siguiente manera: yo, en tamaño comino, subida a una silla de manera que mi madre alcanzara mi cintura sin necesidad de doblar el riñón para subirme, y abrocharme, los pantalones, mientras conversamos sobre la conveniencia de que yo fuese adoptada por un señor que no podía tener hijos. En el transcurso de esta conversación no hay desasosiego en mí por trasladarme a vivir con otra familia, sino que hay la emoción típica de la inconsciencia propia de una edad durante la cual la mayoría de las niñas sueñan con ser princesas. En el devenir de esas ensoñaciones no cabe nada de la parte “mala” de un cambio semejante. No hay traumas porque todo es ideal a nuestros ojos. La salvedad es que yo no quería ser princesa, quería ser la hija de un señor que no podía tenerlos. Pero no por altruismo ¡ojo! que a esa edad predomina el egoísmo, el más falto de mala intención que se pueda ejercer, sí, pero egoísmo puro al fin y al cabo.

El señor en cuestión me encandilaba como pocas cosas lo han hecho en mi vida. Ahora que lo reflexiono desde mis 43 años creo que no era tanto él la fuente del encandilamiento como su profesión y lo que de ella sustraía mi siempre ávida de sensaciones parte melómana. Me soñaba con banda sonora perenne sonando por doquier, envolviéndome de pies a cabeza en esas notas que, hasta ese momento, sólo pero siempre, arrastraban a mis pies cuando formaban una composición sonora concreta: el pasodoble.

Esta mi temprana obsesión frustrada de cambiar de padre me ha perseguido siempre en forma de broma familiar. Puede que por eso ayer, cuando alguien cercano a mí conocía la muerte de Manolo Escobar, me miraba como dándome el pésame, porque de alguna manera saben que yo, ayer, me quedé huérfana.

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Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.

Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?

Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.

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No quiero, ni podría, olvidarme de ella.

Qué ciegos estamos a veces. Me pregunto que resortes saltarán, o al revés, qué resortes se bloquearán para impedirnos ver algo que tenemos en los mismísimos bigotes.

Marlene me dejó una punzada en el estómago de difícil calificación. Marlene me dió pena, profunda, muy profunda, y me dió ejemplo; Marlene me conmovió, y me fascinó; ella se convirtió en mi heroína y su recuerdo en mi recurso para salir de mis pozos, tan diferentes del suyo, agujero infernal al que ha de bajar sí o sí; tan real como terrible y tan temible como el hambre que supondría negarse a bajar. Y, pese a recordarla cada día, pese a encender mi ordenador cada día, jamás la busqué en este mundo que todo lo puede. Pensé, tan ignorante como atrevida, que había calado sólo en mí. Pensé que aún me dolía sólo a mí.
Hoy tuve que hacerlo, tuve que buscarla, porque no recordaba su país, vergonzoso olvido que me aflije, y me encontré con esto. Marlene llegó a muchos corazones y los puso patas arriba, los removió como hace cada día con la tierra de la mina. Veremos en qué acaba la cosa. Yo, de momento, tengo un hilito del que empezar a tirar para sacarla de allí.

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Meteorología

Me gusta asomarme a la ventana.
Vivo en un barrio donde las vecinas se sientan en los bancos a la sombra, cuando cae la tarde. Donde todos se conocen desde hace años, puede que desde que fueron naciendo. O desde que fueron recalando aquí, procedentes de a saber qué pueblo o aldea. Los coches pasan a escasos centímetros de las pantuflas, y el perro de uno se regodea en las carantoñas de todos.
Vivo en un barrio donde se mira al cielo crepuscular para saber que tiempo hará mañana. Donde se huelen los vientos para saber dónde está el incendio o de donde vendrá la lluvia.
Una, que no hace otra cosa que hacer viajes del supermercado a casa, nunca les ha visto llegar con la compra. Arte de comer cada día sin agotar la despensa. Nunca corren de aquí para allá. Cuando yo subo las persianas, de buena mañana, ellas bajan ya las suyas, protegiendo así su morada del polvo ávido de colarse por cualquier rendija mal guarecida.
Nuestro vermut es su esperar al panadero en el banco de la calle, mientras, supongo, reposa el puchero.
Vivo en un barrio donde los urbanitas, afortunadamente, no entran; se quedan a las puertas, a menos de tres minutos a pie, entre luminosos que no dejan ver el cielo.
Mañana les pilla el chaparrón, seguro.

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Yo soy de emoción fácil, lo reconozco, pero disfruto tanto de esa fugaz alteración del ánimo que me negaría a cambiar de manera de ser, en caso de que tal acción fuese posible.
Las cosas que a mí me emocionan son muy variopintas, por lo que es imposible hacerse una idea de en qué momento me puede ocurrir. Hay ocasiones en que me resulta embarazoso que se haga evidente mi emoción, como me ocurrió hace pocos días en una librería, otras veces estoy a solas y no he de reprimir esa humedad en los ojos que conlleva emocionarse.
Como ejemplo de situación tonta que a mí me puede emocionar contaré que hace pocos días, estando asomada a una ventana, presencié el paso de una ambulancia por el centro Pontevedra, y ver la colaboración de los coches me llevó a sentirme orgullosa del género humano, aunque sólo fuese durante el breve segundo que me duró la punzada de emoción.
Es practicamente imposible poner de acuerdo en algo a un grupo de personas que no han sido avisadas, previamente, de que han de hacer algo todos a una. Sin embargo, a veces, ocurre el milagro. Al paso de una ambulancia, todos, sin excepción, hacen lo que deben, y nadie se niega, ni se pone chulo, ni cabezón, y esto, en nosotros, es algo tan inusual que cuando se comtempla hay que disfrutarlo.

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Cada día me reafirmo más en mi creencia en que de todo, en esta vida, se obtiene algo positivo. Cualquier circunstancia es adecuada para aprender de ella, para sacar alguna conclusión que nos ayude a ser mejores personas, o cuando menos a intentarlo.
Tengo en casa, circunstancial y temporalmente, a alguien que destila odio a manos llenas*. Boss y yo le damos muchas vueltas al tema, y le buscamos una y otra vez explicación a tal hecho, aunque sin éxito. Nos está resultando realmente incómoda esta convivencia, que es, en cualquier caso, inevitable cada verano.
Por otro lado, ayer, tarde de playa y reflexiones, efecto colateral lo segundo de lo primero, elogiábamos, en el transcurso de una conversación que muta de lo trivial a lo serio con la misma facilidad con que uno se levanta o se sienta, elogiábamos, decía, a un familiar cercano por su generosidad, virtud de la que no presume pero que salta a la vista de cualquiera que le conozca minimamente. Es, realmente, la persona más generosa que conozco, tanto si nos referimos a bienes materiales como a asuntos de cualquier otra índole.
Hablando y hablando llegamos al punto casi inevitable de relacionar y comparar, algo feísimo por otro lado, al primer personaje citado hoy con el segundo, y la conclusión unánime fue que nuestro odiador, odiadora en este caso, vería intereses ocultos en la generosidad de nuestro hombre, y es que, desgraciadamente, a veces, las virtudes y los defectos de la gente no están tanto en quién los porta sino en los ojos de quién los mira.

Actualización necesaria tras nueva reflexión: ¿Estará el defecto de nuestra odiadora en nuestros ojos? ¡Joder, que complicado es esto de jugar a filósofos!

*En este punto la palabra inicial era “espuertas”, pero una vez más el diccionario me ha devuelto la patada.

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Parece que ha llegado el otoño. A pesar de ser mi estación favorita este año me está costando desprenderme del síndrome de abstinencia que la huida del verano me provoca cada vez que se va. Me dura poco, es cierto, porque en cuanto me doy un buen paseo por algun paraje sembrado de hojas secas ya no me apetece ningun otro clima, pero…… hace sólo tres días estaba bañándome en la playa.
No deja de ser curioso el hecho de que cada último día de playa, de cada año, se quede en mi memoria por algo. Hace años, el último día de playa llegué a casa y me encontré con el horror del 11-S. Otro año, en cambio, y afortunadamente, lo recuerdo por algo mucho más agradable, y es que había mareas vivas que inundaron completamente el arenal dándonos la oportunidad de disfrutar del agua de otra manera.
Este año no podía ser menos, y tuve la oportunidad de presenciar un concierto que nos ofrecieron -a mi chica y a mi- unos alemanes que a todas luces estaban haciendo el camino de Santiago. LLegaron hasta aquel rincón seguramente guiados por alguien que les explicó donde está la playa. Sucede que, a veces, se alejan del albergue para remojar los doloridos pies. Tras un “hola” que ya establece una complicidad especial se intalaron a nuestro lado en la arena. Mi chica con un cuento y yo con un libro. El resto de la playa solitaria. Primero un tímido tarareo por parte de una de ellas. Se la veía tan a gusto, con los pantalones arremangados, los ojos cerrados y la cara buscando el sol… Se fue animando y empezó a cantar. Buscó mi sonrisa para comprobar que no me molestaba, y al encontrarla se animó. Sus compañeros primero se reían aunque luego acabaron acompañándola. Por el ritmo y las carcajadas deduzco que eran canciones populares y con retranca.
Fue una tarde de lo más agradable. Tengo la seguridad de que ellos la recordarán como algo especial, y yo ya tengo mi recuerdo para mi último día de playa de este año.

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