Fuentes web
Entradas
Comentarios

Un desengaño

¡Cuántos y cuan variados placeres nos ofrece la vida! Hay infinitas posibilidades de disfrutar si estamos predispuestos a ello. Yo tengo un abanico enorme al que echar mano, pero uno de mis favoritos es estar en casa. Me gusta muchísimo estar en casa.
Me gusta la envolvente atmósfera que hemos creado, los rincones decorados con el único propósito de ser disfrutados, vividos. Me encanta llegar a casa y ponerme ropa vieja, tan poco favorecedora como cómoda. Me gusta revolotear por la cocina con la radio puesta. Me gusta tumbarme en un sofá con una mantita de mucho pelo a criticar los programas de la tele. ¡Y qué voy a contaros de mi pequeña biblioteca! Ordeno y desordeno; me regocijo con sólo mirar mi pequeño tesoro de apenas doscientos libros…
De todas las horas del día, la que más me gusta es la de bajar las persianas. La sensación que más me agrada es la de seguridad, la de saber que nada ni nadie puede ya incordiar mi descanso. Saberme a salvo del mundo, con todo lo potencialmente malo al otro lado de las paredes, lejos de miradas indiscretas, a cubierto de lluvias, de vientos… Estar en casa es como estar lejos de cualquier peligro, protegida. Esa es la palabra: protegida.
Pero ¿y si todo eso se viene abajo? Y cuando digo venirse abajo me refiero a literalmente. ¿Y si se me cae encima el techo que debería protegerme? ¿Cuántos segundos duraría mi desconcierto, mi desilusión, mi desengaño? Supongo que pocos, pero el dolor, a veces, se hace más intenso en un segundo que en toda una vida, y el dolor del desengaño es más mortífero que cientos de toneladas de escombros.

Un recuerdo

¡Qué mundo tan complejo este de internet!
A mi me gusta especialmente. No hay las odiosas barreras de nuestro otro mundo. Aquí no se ve lo feo, lo guapo, lo alto, lo bajo, lo gordo, lo flaco… Aquí se ve lo de dentro. Yo no creo que la gente aproveche el anonimato para ser quien no es, sino que aprovecha esa situación precisamente para mostrarse tal cual es, sin miedo a que esa cualidad de “ser” quede oculta por lo externo.
Este pseudopensamiento me asalta a raíz de un recuerdo, o, para ser más exactos, de alguien a quien recuerdo muy a menudo, alguien con quien sentía una conexión especial y que se ha diluido en este mundo virtual sin dejar rastro.
He comenzado a leer un libro, una trilogía, que ella, pues es una chica, me recomendó muy apasionadamente. Y esto me hace tenerla muy presente estos días.
He comenzado a leer Verdes valles, colinas rojas, Cov, mi maravillosa Cov, y me acuerdo de ti.

Problemas

Hay temas jodidos de abordar para mi, porque sé que puedo no ser objetiva y eso es algo que siempre me asusta un poco.
Hace días que en todos los medios de comunicación fue noticia un niño de Orense con sobrepeso. Yo le presté especial atención porque en mi casa tengo ese “problema”, y ahora explicaré el por qué de las comillas. No voy a pronunciarme sobre el caso concreto de esa familia porque desconozco muchísimos detalles, pero expondré mi experiencia concreta para que tengamos, en lo posible, otra visión del tema.
Mi mediana tiene sobrepeso. Tiene once años y pesa alrededor de setenta kilos. Aquí daré también un dato que a mi me ha faltado siempre en todo este tema, y es la altura, que aunque no lo parezca es fundamental, ya que no es lo mismo pesar setenta kilos midiendo 1.40 que pesar setenta kilos midiendo 1.70, que es lo que mide mi hija. Arrastramos este “problema” desde prácticamente su nacimiento. A los dos meses ya doblaba lo normal en el percentil (esto es la tabla de referencia para pesos y tallas que utilizan los pediatras) cuando sólo se alimentaba de leche, por lo que no creo que sea un problema de mala alimentación. Y nunca, nunca, ha estado dentro de los parámetros normales.
Las visitas al pediatra para las revisiones a mi me provocan siempre unos nervios terribles, porque ya me sé de memoria el sermón: esta niña tiene demasiado peso, a esta niña hay que controlarle más la comida, esta niña debe hacer más ejercicio, esta niña…… bla, bla, bla.
Llevo sin dejar disfrutar una comida a esta niña unos siete años, con el consiguiente estrés emocional que eso conlleva, para ella y para el resto de la familia. Llevo todo ese tiempo dándole a las otras un mimo en forma de galleta de príncipe o de onza de chocolate siempre a escondidas de su hermana, algo que para mi sí es un problema. Pero a los médicos sólo les importa la puta salud física, y hacen caso omiso de la salud mental. Nos bombardean con campañas contra la anorexia, contra la importancia excesiva que damos al aspecto físico, sin embargo si te pasas de peso te ma-cha-can. Pero, ojo, te machacan de boquilla, porque a la que pides un endocrino para que te ayude a controlar ese “problema”, lo primero con lo que te enuentras es con una negativa, ya que “a estas edades” no es recomendable un régimen tal como lo conocemos. Todo lo que hacen es darte una serie de consejos (consejos que cualquiera con dos dedos de frente ya ha puesto en marcha) como pueden ser lo de no cenar en exceso, no comer entre horas, comidas a la plancha, frutas y verduras… y te dan un papelito con la pirámide de los alimentos. A eso se reduce la ayuda, a eso y a tener un control de peso, que no es otra cosa que aparecer por allí una vez al mes a que se pese la niña, y a recibir la bronca porque no ha bajado nada (así que tengo motivos para pensar que el “seguimiento” al que se refieren en la noticia también se reduce a eso).
Luego estan las contradicciones entre médicos. La anterior pediatra de mi hija me dijo, cuando la niña tenía seis o siete años, que no se puede hacer adelgazar a un niño de esa edad, sino que lo hay que conseguir es que no suba de peso, y la psicóloga que ahora la atiende lo primero que le ha retirado es ese control estricto sobre la comida, porque le afectaba, y mucho, a su autoestima, incluso más que el complejo físico, que a decir verdad nunca ha sido muy acentuado. Mi hija cada vez que hace un gesto tan normal como alargar la mano para coger un último trocito de pan, o para coger de la bandeja algo que no está en su plato, lo hace tan furtivamente, mirando de reojo a quien le pueda echar la bronca, y con tanto miedo que estoy convencida de que no puede ser sano para su autoestima lo que hacemos con ella, como ya queda constatado con la necesidad que ahora tiene de ser asitida por un psicólogo, ya que los problemas de conducta que presenta tienen origen, en un grado bastante elevado, en las diferencias que ha tenido que soportar en la mesa en relación a sus hermanas.
No dudo que haya padres que atiborren a sus hijos, no pongo en duda la buena fe de algunos médicos, pero cuando intuyes que la genética está jugando en contra, y esos médicos te tratan haciendo caso a la generalidad, te entran ganas de cagarte en todo.
Aclaro que mis otras dos hijas tienen un peso completamente normal. Aclaro que mi mediana es la que más sano come de las tres. Aclaro que en mi casa no entra un sólo bollo, ni una sóla comida precocinada, ni golosinas, ni gominolas, ni caramelos, ni ná, y lo poco que entra, como digo, es o galletas o chocolates y a escondidas, algo que os aseguro rasga el corazón más duro. Y aclaro, por último, que pocas cosas hay más dolorosas que negar, no una, ni dos, ni tres veces, sino toda una vida (triste período de once años) la comida a un hijo.

Y me callo mi opinión sobre la condición gitana del niño, y me callo la opinión que me merecen estos “veladores de la salud” que quitan niños por sobrepeso pero no quitan niños con déficit de alimentación porque los síntomas no son tan evidentes. En fin, me callo.

Un día vitruviano

Lunes, 26 de octubre;
7:00 am: Saltar de la cama (con perecilla, pero salto)
9:00 am: Desayuno (por denominar de algún modo a un vaso de leche fresca tomado a la carrera)
9:30 am: Cita con el pediatra (mi mayor)
10:30 am: Compra morrocotuda (tras el finde, nevera vacía)
11:45 am: Vuelta a casa con compra morrocotuda y dolor de chepa; casa por arreglar, pasta de croquetas por hacer, comida por hacer…
2:15 pm: Por fin un segundo con las posaderas en una sillita mientras engullo comida.
3:00 pm: Tras servir el segundo turno de comidas (mi mayor sale a las 14:30) fregar cocina, colgar lavadora, hacer de profe con la peque…
4:15 pm: A patinar con la peque mientras haga solecito (yo no patino, leo, pero de pie; en la pista no hay bancos, grrrrr)
6:15 pm: P´a casita (meriendas, coger ropa, doblar ropa, colocar ropa*)
8:00 pm: Preparar cena niñas, administrar cena niñas, preparar cena de Boss (que tiene turno de tarde), dar forma a la masa de croquetas anteriormente citadas…
9:30 pm: Teléfono (papá que me trae a mamá para que les acompañe a urgencias por dolor abdominal)
10:30 pm: Salimos de urgencias -Redondela- camino del hospital de Vigo (imposible la emisión de diagnóstico por falta de medios en Redondela)
11:30 pm: Llegada y entrada al hospital (eso sí, perfectamente encajadas en un mínimo rincón de una sala de espera con oberbooking)
00:00**: Esperando…
1:00 am: Esperando…
2:00 am: Esperando…
3:00 am: Esperando…
3:15 am: Pasamos (por fin) a un box, donde tras exploración se solicita lo de costumbre: analítica y placas, sabiendo ya que el resultado de la primera se obtendrá al cabo de, como mínimo, tres horitas de ná.
3:30 am: Cambiamos el incorfortable box por un maravilloso rincón de un pasillo con vistas a: fila de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la derecha; filas de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la izquierda; largo mirador al frente desde donde contemplamos a discreción el trajin de los 12 boxs.
4:00 am: Esperar…
5:00 am: Esperar…
5:30 am: Traslado a box (para comunicarnos que debemos esperar hasta las 8.00 am para hacer un escaner de la parte dolorosa y dolorida)
5:35 am: Cambiamos a mamá de la silla de ruedas a una inconfortable camilla para pasar el resto de la noche
5:40 am: Reubicación en un nuevo sitio de pasillo pero con idénticas (o casi) vistas.
6:00 am: Esperar…
7:00 am: Salir (antes de morir) a tomar un café, llamar a Boss (ya son horas), a papá (ya son horas), pagar el ticket de la zona azul (a partir de las nueve hay que ponerlo y ya preveía una mañanita larga…)
7:50 am: vuelta a mi inconfortable rincón del pasillo (sin novedad)
8:00 am: Esperar…
9:00 am: Esperar…
10:00 am: Esperar…
10:15 am: Acompañar a mamá al baño a miccionar (por fin algo emocionante)
10:20 am: Amable enfermera que se acerca y nos entrega un botecito para que mamá haga pis (¡¡a buenas horas!!)
10:30 am: Esperar…
11:00 am: Acabado el período pagado de zona azul, y ante la imposibilidad de mantener los ojos abiertos lo suficiente para no parecer dormida, decido abandonar el hospital para ir a por refuerzos (papá) no sin antes llamar a un cuñado que pasaba por allí para que se quede con mamá mientras no llega papá. (Aquí debo aclarar que he dramatizado la escena en pos de mantener la atención del lector, ya que mi marcha se debió al acoso y derribo al que me sometieron mi madre por un lado y mi padre por otro)
11:50 am: llego viva a casa de papá (de milagro, porque conducir con mi nivel de agotamiento para salir de un Vigo como siempre congestionado tiene lo suyo)
12:30 am: Llego a mi casa (ahhhhhhhhhhhh…) y como algo, porque desde el día anterior a la hora de la comida no ha ido a mi estómago más que el café de las 7:00 am.
12:45 pm: ducha… (maravillosa, reconfortante, cuasi orgásmica)
1:00 pm: En un último esfuerzo pongo la mesa para que las niñas al llegar se pongan la comida que Boss les ha dejado preparada antes de irse a trabajar.
1:05 pm: Me tiro en el sofá (no confundir con: me tiro al sofá)
1:15 pm: Tras 30 horas con los ojos como platos empiezo a notar el peso de los párpados.
1:20 pm: Ya no noto el peso de los párpados, aunque intuyo que ronco.
1:30 pm: (Pero) suena el teléfono (e increíblemente lo oigo, lo que me obliga a ir por toda la casa dando tumbos hasta encontrarlo, pero en un estado de descoordinación absoluta, resultado indefectible de que mi mente no acompaña a mi cuerpo; la muy zorra sigue dormida en el sofá)
1:35 pm: Me visto como puedo para salir a buscar (andando) a mi mayor, que me acaba de llamar del cole porque se encuentra mal.
1:45 pm: Llego al cole y empiezo a sospechar de que hay una confabulación judeo-masónica contra mi, ya que he de rellenar de mi puño y letra el justificante de abandono de centro escolar en hora lectiva (juro que fui incapaz de saber a qué día y hora estábamos, teniendo que pedir ayuda a una secretaria que quedó convencida de que yo iba completamente drogada)
2:00 pm: Llego de nuevo a casa (ahhhhhhhhhhhhhhhhhh………) y me vuelvo a tirar en el sofá (no confundir con… …)
2:15 pm: Quedaba una hermana por avisar. La llamo y le cuento lo acontecido.
2:30 pm: Suena el móvil (mi otra hermana -que a esas horas ya acompaña a mi padre- me cuenta que ¡¡¡¡a las 2:00 pm!!!! le han hecho el escaner a mi madre).
2:45 pm: Empiezo a dormitar 32 horas después de que comenzara mi día (ruido de fondo de mi niñas comiendo, susurrando para dejarme dencansar, discutiendo olvidándose de mi, reconciliándose….)
4:00 pm: Se acabó la siesta: trajín de teléfono con resultados, medidas a tomar, entradas y salidas de niñas a actividades extrescolares…
4:30 pm: Trajín de teléfonos (¡qué gran día para vodafone!) para confirmarme que mámá se queda en observación.
5:00 pm: Intento de ordenar mínimamente la cocina, hacer cena que pronto vendrá papá a recoger, hacer meriendas y cincuentamil cosas más que me mantengan activa o me desplomo en cualquier esquina.

Llegados a este punto me parece agotador seguir relatando (y que sigáis leyendo) el resto del día paso a paso. Sólo diré que los médicos cambiaron de idea, mandaron a mi madre para casa con antibióticos, yo seguí dale que te pego hasta las siete que me fui a su casa para hacerle también a ella la cena, y que conseguí irme a la cama a las 22.30 absolutamente agotada.

*: Como habréis sospechado no siempre plancho antes de colocar
**: Sí, un nuevo día ha comenzado

PD: Mamá está perfectamente.
PD2: No me esperéis aun por vuestros blogs; sigo intentando recuperarme, ya que todo lo narrado coincidió en el tiempo con un proceso catarral que me trae de cabeza.

Excusatio non petita…,

Mi mayor hoy no ha podido ir al cole. Tras ducharse y prepararse me ha dicho que no podía con su cuerpo. He comprobado que tenía fiebre, acompañada de dolor de cabeza y dolor en el pecho al respirar. Hasta aquí todo normal, incluido mi procedimiento, que en estos casos suele ser de expectativa. Nunca salgo corriendo al médico hasta tener claro que hay algo. Le he dado ibuprofeno y hala, al sofacito con un montón de mantas y la siempre, en estos casos al menos, socorrida tele para mantenernos entretenidos.
Hace una media hora han llamado al teléfono y yo no podía ponerme así que ha sido ella, que ya se encuentra mucho mejor, la que ha contestado. Era del cole, según ella cree era el director, que preguntaba por mi. En cuanto he podido he llamado, creyendo que la razón de la llamada sería inquirir el motivo de la falta de asistencia. La secretaria me ha dicho que el direcctor estaba reunido pero que seguramente llamaban para tranquilizarme (¡¡ein!!).
Tal y como están las cosas yo creo saber por donde va el tema, pero vamos, si preguntaran primero el motivo tranquilizarían más, porque vamos, si yo no fuese un témpano de hielo en estos casos, ahora mismo estaría histérica perdida.
Lo que yo te diga: Excusatio non petita…, accusatio manifesta

Ein Sonntagnachmittag

Parece que ha llegado el otoño. A pesar de ser mi estación favorita este año me está costando desprenderme del síndrome de abstinencia que la huida del verano me provoca cada vez que se va. Me dura poco, es cierto, porque en cuanto me doy un buen paseo por algun paraje sembrado de hojas secas ya no me apetece ningun otro clima, pero…… hace sólo tres días estaba bañándome en la playa.
No deja de ser curioso el hecho de que cada último día de playa, de cada año, se quede en mi memoria por algo. Hace años, el último día de playa llegué a casa y me encontré con el horror del 11-S. Otro año, en cambio, y afortunadamente, lo recuerdo por algo mucho más agradable, y es que había mareas vivas que inundaron completamente el arenal dándonos la oportunidad de disfrutar del agua de otra manera.
Este año no podía ser menos, y tuve la oportunidad de presenciar un concierto que nos ofrecieron -a mi chica y a mi- unos alemanes que a todas luces estaban haciendo el camino de Santiago. LLegaron hasta aquel rincón seguramente guiados por alguien que les explicó donde está la playa. Sucede que, a veces, se alejan del albergue para remojar los doloridos pies. Tras un “hola” que ya establece una complicidad especial se intalaron a nuestro lado en la arena. Mi chica con un cuento y yo con un libro. El resto de la playa solitaria. Primero un tímido tarareo por parte de una de ellas. Se la veía tan a gusto, con los pantalones arremangados, los ojos cerrados y la cara buscando el sol… Se fue animando y empezó a cantar. Buscó mi sonrisa para comprobar que no me molestaba, y al encontrarla se animó. Sus compañeros primero se reían aunque luego acabaron acompañándola. Por el ritmo y las carcajadas deduzco que eran canciones populares y con retranca.
Fue una tarde de lo más agradable. Tengo la seguridad de que ellos la recordarán como algo especial, y yo ya tengo mi recuerdo para mi último día de playa de este año.

Ecce homo

Nunca me ha dado miedo cambiar de opinión. Es una de las cosas que más he hecho en mi vida, creo. A diferencia de mucha gente que conozco no lo veo como algo “malo” porque mis cambios de opinión no se rigen por la conveniencia; no salgo ni beneficiada con ellos, salvo a nivel espiritual, ni perjudicada más allá de las decepciones personales que puedan darse a causa del derrumbe de determinadas convicciones, antes consideradas inamovibles en mi pequeño mundo.
Y en mi pequeño mundo cada vez va tomando más fuerza el rechazo a la religión, a casi cualquier religión. ¡Quien lo diría!. Yo, que estuve tantos años suscrita a una revista misionera, Los aguiluchos, editada por misioneros combonianos. Incluso llegué a querer ser de mayor misionera, porque esa etapa de mi vida corresponde a la época escolar. No he desterrado esa idea, la de irme por esos mundos a ayudar a quien lo necesite, pero ahora tengo muy claro que jamás lo haría siguiendo preceptos religiosos. A medida que me voy haciendo mayor voy sintiendo un rechazo tremendo hacia todo lo que tenga que ver con la religión, sobre todo con las más cercanas o conocidas. Cualquiera de ellas rezuma tal cantidad de egoísmo e hipocresía que se hace dificil de soportar. Pienso que de todas la cristiana es la que se lleva la palma, aunque este veredicto puede no ser nada justo debido a mi desconocimiento de las demás. Todo lo que mueve a un buen cristiano no es la bondad per se, algo que, indecentemente, tienen a gala, sino un constante afán de evitar la condenación eterna, de buscarse un buen lugar en el reino de los cielos, adonde sólo van los bondadosos de corazón. La gran hipocresía de la religión, de casi cualquier religión, donde uno de los preceptos de los que se jactan sus seguidores es aparentemente la entrega, es que lo fundamental de sus actos no tiene otro fin que no sea la salvación de uno mismo. ¡Puede haber un egoísmo mayor! Irónicamente es este comportamiento el que les puede llevar de cabeza a los infiernos.

Click

Hay ciertas cosas en mi vida que, aunque no lo parezca, me avergüenza confesar. Y la de hoy es una de ellas. Lo que ocurre es que sopesando los pros y los contras de contarlo, la balanza se inclina hacia los pros, así que valor y al toro.
Aprendí a conducir con diecisiete años recien cumplidos, de la mano de mi primer novio “serio”. Las prácticas, evidentemente, no eran en circuitos cerrados sino en carreteras corrientes y molientes, de las que están llenas de coches a todas horas. Aprendí pronto, y pronto empecé a conducir de manera asidua. Cuando acabó mi relación de noviazgo con mi maestro empecé a salir en pandilla, y yo era la encargada de conducir noche sí y noche también sin haber pasado por ninguna autoescuela. Confiaban en mi.
Una noche, de regreso a casa, no se nos ocurrió nada mejor que hacer carreritas, y uno de los adelantamientos que realicé lo hice a 140 km por hora. A esas edades las “hazañas” no son tales si no se alardea de ellas, y al día siguiente en la plaza del pueblo presumos de aventurita. Y aquí llego a lo que quería contar. No me faltaron admiradores, cabezas locas como yo que se alucinaban y me jalonaban por mi “valentía”. Afortunadamente, entre todos los que estábamos allí, en esa reunión dominical, había un chico algunos años mayor que nosotros, Antonio, a la sazón hermano de mi mejor amiga. Al oirme puso una mueca mezcla de desprecio y reproche que me hizo sentir la persona más estúpida del mundo. ¡Y cuánto me ha servido recordar esa mueca a lo largo de mi vida! Esa simple mueca me hizo reaccionar y recapacitar; algo hizo click dentro de mi cabeza. Creo que ese día adquirí de golpe el sesenta por ciento de una madurez inexistente en mi hasta ese momento.
Desde entonces no desaprovecho nunca la oportunidad de “educar” a cualquiera que se me ponga a tiro. No hacen falta largos y tediosos discursos para hacer ver lo equivocado de una acción. Un gesto, una mirada o una frase simple y contundente en el momento oportuno son suficientes para que alguien que está errando abra los ojos.

Laborando

Seguro que alguno de vosotros ya está pensando que he vuelto a abandonar el blog. Pero no. He estado con otra de mis grandes aficiones, algo que más de uno ya sabe, y que no es otra que la de hacer muebles varios. Bueno, los hace Boss, pero yo soy también parte importante, tanto e diseño como en realización. Hemos llegado a la conclusión de que cada uno somos parte importante e imprescible de un todo, que no puede uno llevar a cabo su tarea sin la necesaria presencia del otro. Total, que somos un equipo.
¿Y qué hemos hecho esta vez?. Pues bien, primero hemos reformado un poco la habitación de las niñas, de las pequeñas, ya que al empezar la chica el cole de mayores necesitaba su propia mesa para estudiar, y hasta ahora sólo había una mesa. Nos las hemos apañado para meter dos mesas en la misma habitación sin tener que recurrir a poner las camas en litera, algo que no nos apetecía nada. Por falta de espacio la mesa no puede llevar cajones, que son muy necesarios, así que hemos hecho un gran cajón al que se accede levantando la tapa. Con ello matamos dos pájaros de un tiro, ya que conseguimos que no se vea el lógico desorden sin que ellas se vean obligadas a renunciar, en pos del orden, a su derecho a tener el cajón cómo les venga en gana. Y hemos añadido una balda supercuca de lado a lado de la habitación. Ya sólo falta hacer una cajonera estrecha que va entre las camas y comprar unos cabeceritos, que queremos que sean de forja, por lo que hemos de ahorrar primero.
También hemos hecho un gran escritorio para mi sobrino, que consta de tres módulos y dos encimeras en esquina que hay que encajar perfectamente. Puede parecer fácil, pero os aseguro que labrar a mano los zócalos da su trabajo, trabajo que realiza Boss pacientemente, igual que los soportes de las baldas de la habitación de las nuestras. Es todo artesanal cien por cien. La habitación de mi sobrino ha quedado muy bonita gracias a la originalidad de pintar un grafitti que ocupa toda la pared. Podéis verlo todo paseando por aquí

Osadías

Hace unos días oí en algun informativo que el dueño de El circo de sol iba a viajar al espacio y pensé “otro que no tiene en qué gastarse el dinero”. He de reconocer que esta frase no me deja en muy buen lugar, habida cuenta de que suelo abogar porque cada quien haga lo que más le plazca con su dinero; pero a veces, una, también sucumbe a la gilipollez. Afortunadamente para mi conciencia este sentimiento duró poco tiempo, ya que a medida que iba prestando atención a la noticia éste iba disminuyendo. Resulta que “Guy Laliberte, el empresario multimillonario canadiense y fundador del Circo del Sol visitará este mes el espacio y anunció que hará un evento en vivo desde la órbita el 9 de octubre para promover la importancia del acceso al agua potable en todo el mundo”. Así, con dos cojones.
Hoy me voy a permitir un baño en la osadía para tachar a este tipo de estúpido. Porque hay que serlo, y mucho, para atreverse a decir que te gastas 35 millones de dólares en un viaje para concienciar a los demás humanos de “la importancia del acceso al agua potable en todo el mundo”, en lugar de emplearlos directamente en hacer algo para que alguien de este mundo pueda acceder a ese agua.
Amén de estúpido, osado.

- Un paquete de paciencia (tamaño familiar)
- Agrandador de zapatos infantiles
- Lentejas automultiplicables
- Inhibidor de agujeros en los calcetines
- Repelente de cabreos varios (en cantidades industriales)
- Expendedor de botellas medio llenas
- Desinflador de facturas
- Inflador de cuentas corrientes
- Memoria de pez (para los malos rollos)
- Memoria de elefante (para los momentos agradables)
- Un paquete de arco iris

Maneras de vivir

Si estás atento, la vida, a veces, te muestra su mejor cara. Y de entre mis muchos defectos, a veces, sale la virtud de estar atenta, de ser consciente de que he presenciado escenas, según mi manera de entender la vida, sencillamente maravillosas.
Una vez más regreso a la aldea, una vez más me agarro a ella para saborear lo mejor de mi existencia.
Recuerdo hoy con mucho cariño a una persona que ya no está. Visitar su casa, de niña, era como entrar en un cuadro surrealista. Todo el mundo contaba que el cerdo no estaba encerrado en una cuadra, sino que campaba a sus anchas por el exterior de la casa colándose cuando le apetecía en el interior de la cocina, que tenía el suelo de tierra. Cuando pude comprobarlo por mi misma sonaba de fondo un piano, uno de verdad, y el sonido se derramaba por los ventanales del primer piso. La melodía era una sucesión de acordes repetidos una y otra y otra vez. Imaginad la escena: abajo, la más absoluta miseria, arriba, la vanguardia. La galería en la que estaba situado el piano la recuerdo, ahora, perfectamente, y me veo a mi misma arrimada a una esquina del piano mientras miro fíjamente las manos de Manolo tocando. A mi madre no le gustaba mucho que mi hermana y yo frecuentásemos su compañía. En una aldea a finales de los setenta alguien que deja entrar al cerdo en la cocina y que aspira a tocar el piano está considerado, cuando menos, un pobre infeliz poco cuerdo. Puede que lo fuese, ¡quién es capaz de afirmar o negar algo rotundamente!, pero yo admiraba la manera tan diferente que tenían de vivir la vida, aunque en aquellos años no era consciente de ello. Simplemente me atraía aquella casa y su ambiente.
Hace dos días estuve de nuevo en esa casa, aunque no dentro. Lamentablemente. La casualidad quiso que tuviese que estar en la finca, y todo lo que acabo de describir, y que tenía olvidado, me vino de golpe a la mente. Manolo ya no vive, pero sí su madre, que charlaba con la mía mientras yo saqueaba la higuera para ellas dos, henchida de la misma satisfacción de quien reparte caramelos entre los niños.

Siempre me han dado miedo los catastrofistas, que como dice aquel “haberlos haylos”.
Estos días son muchos los pueblos que están sufriendo inundaciones, graves inundaciones, que no son deseables para nadie. Y en estos casos nunca faltan voces que se alzan para asustarnos con la llegada del cambio climático. Y a mi me da la risa. Lo siento, pero no me lo creo.
Y no me lo creo porque cada vez que los catastrofistas, o lo que a veces es lo mismo, los medios de comunicación, nos presentan las estadísticas, estas mismas son las que me tranquilizan. A saber: la noticia puede ser que “estas son las peores inundaciones en 85 años”. ¡Ah, caramba! osea que hace 85 años ya pasaba esto, con la suposición añadida de que seguramente antes de esos 85 años todavía no se dejaba constancia, o no se llevaran a cabo, este tipo de estadísticas, algo muy probable. Cuando a mi me digan “Estas son las peores inundaciones conocidas” entonces empezaré a asustarme, aunque no confío mucho en que puedan dar esa noticia, la verdad, y sino que se lo pregunten a Noé, que hace unos dos mil añitos ya andaba con el arca de aquí para allá. Yo no soy creyente, pero eso no quita que esté convencida de que el que escribió la Biblia oyó campanas aunque no supiera donde. Eso sí, antes no había corresponsales por doquier que dieran información de qué se ha inundado y qué no, por lo que el dichoso diluvio pudo haber sido cuatro gotas que cayeron todas juntas en un punto concreto, anegándolo, y a tres mil km de allí luciera un sol de aupa, que el mundo es muy grande, leches.
Conclusión, que sí creo que hubiera diluvio, que sí creo que el que vio auga en 100 km a la redonda creyera que el mundo estaba, todo él, así. Otro tema es que crea que el “diluvio” lo mandó dios.

Donde fueres… …

Tengo un poco de miedo a, con el tema de hoy, estar jugando con fuego. Como siempre, todo lo que vierto aquí es sólo mi opinión, y no tiene más valor que el que cada uno quiera darle.
He tenido muy a menudo discusiones con una prima mía debido a las normas del colegio en nivel infantil. La razón es casi siempre la misma: poder llevar o no mochila, poder merendar un determinado alimento o no, y así hasta el infinito. Siempre me ha costado convencerla de que no se trata del tamaño de la mochila, o del gusto de la niña, sino de acostumbrarlos a cumplir y respetar las normas, sean las que sean. Pues nada, ella se empeña en… ¿cómo podría decirlo?, individualizar esas normas y centrarse en que su niña no molesta a nadie llevando mochila y no la obligatoria bolsita de merienda que han de llevar. Si hay normas hay que cumplirlas, nos gusten o no, y sino nos vamos a donde las que haya nos gusten o podamos saltárnoslas.
Si extrapolamos esta conclusión a lo que ha pasado con Fátima Hssisni no es difícil imaginar lo que pienso. Me arriesgo a ser tratada de racista, y me daría pena que eso sucediera. No conozco en profundidad todo lo que hay detrás de este tema, así que generalizaré. Y generalizando entiendo que hay gente que se va de su país porque las cosas allí no van bien, y generalizando más, pero centrándonos en paises de mayoría musulmana, las cosas no suelen ir bien porque el equilibrio entre religión y sentido común está descompensado, absorviendo la primera todos los esfuerzos de la gente. Y esa gente huye a países donde las cosas funcionan mejor. Y yo, con todo mi ignorancia por delante, me pregunto: si aquí las cosas funcionan mejor que allí, ¿por qué no aceptarlo? ¿por qué perpetuar aquí lo que no ha funcionado allí, y que cada día sigue destruyendo pueblos y vidas?
Me gustaría mucho comprenderlo, porque lo entiendo pero no lo comprendo, e invito a cualquiera a que me dé una razón o una explicación convincente a todo ello.

De válvulas y tacones

Tarde de viernes. Un calor que ni en el Congo. Mi chica y servidora en la playa. Yo en el agua haciendo experimentos con el móvil y una hoja de un árbol cualquiera, y ella que se me acerca tapándose con las manos toda parte púdica:
- Má, ¿qué haces?
- Fotos. ¡Hombre!, ahora te ha dado por taparte el chirimiri.
- Si. Por cierto, ¿sabes que en realidad se llama “válvula”?, (¡!)
Os juro que todavía me cuesta no reirme cuando lo recuerdo, jajajajajaj. Evidentemente se refería a la vulva.
Con motivo de esta nueva perla de mi chica he decidido que abriré una nueva página en el blog (las pestañitas de arriba) dedicada sólo a estas pequeñas joyas que suelta, y que actualizaré, independientemente de las entradas diarias del blog, a medida que vaya abriendo la boca. Si algún día estáis de bajón daros un paseo.
Casualmente hace ya días que me rondaba por la cabeza abrir otra pestaña, pero ésta con pifias que me encuentro en algún que otro libro. Y el honor de inaugurar esa nueva sección no podía tenerlo otra que………(trrrrrrrr): La Kostova, por una frase en La historiadora que paso a reproducir:
“Entre las minifaldas y espantosas botas de pesados tacones de moda, calzaba ajustados zapatos negros de fino tacón” (Pág. 236)
¡Ea!

Tanto monta…

Mira que era difícil superar a la Lessing. Mira que el listón del aburrimiento y el tostón había quedado alto. Pues bien, ha venido Elizabeth Kostova y ha dicho: “Yo puedo escribir una historia tan incoherente o más, tan infumable o más y tan aburrida o más”
Y aquí me tenéis, intentando deshacerme de La historiadora para poder entregarme a los que me esperan en la mesilla y que son delicatessen. Y esto me pasa por pobre, así de simple, porque si no me hubiera quedado sin nada que leer no hubiera aceptado el préstamo.
Ahora he tenido un golpe de suerte y tengo en la mesilla tres, ¡tres!, que me esperan impacientes. Bueno, tampoco es eso, la impaciente soy yo. Pero no me digáis que no os encantaría leer La elegancia del erizo, Jane Eyre o Pedro Páramo. El primero ya es muy especial para mi porque a dos personas les ha parecido reconocerme en uno de sus personajes. Jane Eyre porque me apetece mucho comparar a las hermanas Brontë. Y Pedro Páramo… …qué puedo decir que no se sepa; me he leído sólo la primera página (nunca he sabido lo que es la paciencia) y ya no me aguanto más. Intuyo que se convertirá en uno de mis libros favoritos.
En fin, que a ver si este fin de semana me libro de la Kostova y vuelvo a disfrutar de la lectura.

Merengues amarg(ad)os

Que mis niñas no son normales lo sé desde hace tiempo.
Caramba, suena feo. Creo que empezaré de nuevo.
Que mis niñas son especiales lo sé casi desde que nacieron. Supongo, bueno no supongo, sé, que para cada padre y madre los suyos tienen algo que los hace diferentes, pasiones aparte.
Yo voy a contaros y vosotros juzgaréis sí lo son o no.
Mi mediana sólo tiene once años y ya casi me mira por encima del hombro, de la altura que tiene, quiero decir.
Mi chica se ha pasado el verano en la playa en pelota picada, eso sí, cada vez que iba a bañarse tenía que ponerse el bañador.
Ahora bien, la palma se la lleva mi mayor. Trece años. Este verano el sofá ha tomado la forma de su culo, pero no por ver Hannas Montanas varias o vídeos musicales de niños monos. No, mi mayor se ha chupado hasta el último campeonato de todos los deportes habidos y por haber. Que yo recuerde se ha tragado el de natación de Roma y el de atletismo de Berlín; El giro, el tour y la vuelta; nada que decir de los de moto Gp, 250 y 125; por supuesto la F1; están también en el saco los Roland Garros, Wimblendon, copa Davis, masters mil…; etc, etc…Ay queridos, pero hay un deporte que me la lleva por la calle da la amargura. Sí, el fútbol. Y encima me ha salido culé. Mi niña no me pide el Nuevo Vale, no, mi niña me pide el Sport. Y no se conforma con nuestra liga, sino que se sigue la italiana, la premier, y lo que le echen. Es tal su pasión por este deporte que el juego que más le gusta de la Play Station no es otro que el Fifa noséqué. ¿Y qué dos equipos creéis que se coge? Correcto, el Madrid-Barça o Barça-Madrid, y ¿con qué equipo creéis que juega ella? Pues no. Aquí ya rizamos el rizo. Mi mayor juega con el Madrid. Sí, sí, preguntadme el por qué de esta contradicción. Yo os lo digo, mi mayor se coge al Madrid para que gane el Barça. Se mete goles en propia puerta como churros hay en una verbena. Pero ella no elige a cualquiera para que los meta, ella se los hace meter a Raul, y cada vez que lo consigue alcanza el delirio y se recrea de una manera inhumana, viéndole a él y a Casillas poniendo cara de agobio y desesperándose.
Ahora decidme si esto es normal.

Verde que te quiero verde

Una gran superficie que opera en España ha decidido retirar las bolsas de plástico que hasta ahora venía sirviendo gratuitamente a sus clientes con el fin de que éstos se llevasen los productos que adquieren a casa. Otra cadena, ésta española, te descuenta un céntimo por cada bolsa que no utilices (aquí habría tema para urgar, porque, puestos a no utilizar, no utilizo ninguna de las … … pongamos … mil bolsas? que en ese momento puede haber en el local). Otras dos, las menos hipócritas creo yo, directamente te las cobra. Todas se ponen medallas aduciendo que adoptan estas medidas para preservar el medio ambiente. ¡Y una mierda! (con perdón) Medidas son las que yo tomo, que estoy hasta el moño de reciclar. Sip, lo reconozco. Ayer me miré en el espejo y me vi un ojo verde (para el vidrio), una uña negra (para los desechos orgánicos) un mejunje amarillo saliendo de mis orejas (para las latas y briks) y el pelo azul (para el cartón). Bueno, vale, aun no tengo el pelo azul, pero es que no me coje el tinte.
Va, me pongo seria.
No sé si esta medida responde a alguna ley, porque como algunos sabéis yo estoy en el mundo porque tengo que estar, pero lo que sé es que no me parece serio que nos quieran hacer tragar que lo hacen con fines medioambientales. Si así fuera las retirarían y punto, no dando lugar a que los insensatos les puedan dar un fin incorrecto. Si así fuera, si lo hicieran por no contaminar, no estarían las charcuteras a tres metros de la linea de cajas quitando el film transparente al queso, para cortarte tu trozo, y volviendo a envolverlo en un nuevo film, y así cuarenta veces si cuarenta clientas se llevan queso.
Una vez más, y en un tema más, vuelve a ser necesario el sentido común. Yo, recicladora enfermiza donde las haya, no tengo reparos en pedir e utilizar una bolsa de plástico si la necesito. Eso sí, luego sé qué he de hacer con ella. Los que me asustan son los que van de verdes y en su casa hay sólo un negro y sucio cubo donde va toda la basura.

Mêns sana o corpore sano

Con motivo del comienzo del curso escolar, y de la vuelta al trabajo de Boss, vuelvo a tener un montón de tiempo para mi; concretamente una horita escasa. Y no sé qué hacer con ella. Entendámonos, no sé por cual de las mil tropecientas cosas que quiero hacer decidirme.
Antes lo tenía muy claro y, como ya di cuenta en este blog, esa hora la dedicaba a leer en una cafetería mientras me tomaba el cafecito. Con la inclusión de Boss en las listas del paro esa costumbre quedó un poquito aparcada. A raíz de una recomendación médica, Boss empezó a caminar por las mañanas para coger un poquito de fondo y empezar a correr, pero hete aquí que la que le cogió el gusto al ejercicio mañanero fui yo. Ahora me debato entre irme a leer o irme a (casi) correr, habida cuenta de que cualquiera de las dos actividades he de realizarlas no antes de las nueve, que es cuando dejo a las niñas en el cole, y no más allá de las diez, que es cuando ha de empezar mi jornada de ama de casa.
Ainsss, puede parecer una bobada pero no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma, y todo por tozuda, porque la mejor opción es dedicar días alternos a ambas actividades, pero es que quiero las dos cada día, y no me cuadran los horarios. Evidentemente ya he barajado la posibilidad de levantarme a las seis e irme a correr antes de que haya vida en mi casa, pero tengo serias dudas sobre poder llevarlo a cabo, ya que apenas duermo por las fantasías de mi chica, que ve fantasmas noche sí noche también.
Lo que está claro es que tengo que cerrar el planing ya, porque cuando no leo todo lo quiero (que es mucho) me pongo de un humor que no me lo soporto ni yo misma, y, por otro lado, mi volumen ya no lo soportan ni mis huesos ni mi ego.

El valor de la valentía

Con motivo de obligarme a escribir estoy llevando a cabo un ejercico que me está resultando muy duro, y que pone de manifiesto que nunca seré capaz de librarme de mi gran lastre en esta vida. Nada como escribir para poner las cartas boca arriba y ver las cosas claras. Nada como mirarme por dentro para saber que nunca haré lo que debo.
Ella no varía un ápice su manera de comportarse y yo sigo poniendo la otra mejilla. El ejercicio me lleva a imaginar la vida sin ella, sin mi madre, y la sensación de desamparo se hace tan latente que me siento incapaz de afrontarla. Y entonces lloro. Lloro hasta la desesperación por haberla perdido, por no haber aprovechado ni una sola oportunidad de esconder las cicatrices de su trato y enseñarle mi mejor cara, por no haber puesto toda mi humanidad a su servicio. Y entonces dejo de escribir y me descubro estúpida, por adelantarme a un sufrimiento que puede que no llegue a sentir. Y siento vergüenza al llorar por alguien que está más viva que la misma vida. Y darme cuenta de que está viva me lleva de nuevo al sufrimiento, a ser consciente de que todo eso llegará y sentiré un arrepentimiento que no existiría si tuviese valor ahora. Valor de mirarla a los ojos y decirle que la amo a pesar de todo, valor de poner mi mano en su mejilla y hacerle sentir algo que quizá no ha sentido jamás. Valor de llevar al límite mi capacidad de olvido para volver, por enésima vez, a empezar de cero.

Yo, mi, me, conmigo

Al poquito tiempo de estar metida en este mundo de la blogosfera leí un comentario, no recuerdo en qué blog ni cual era el tema expuesto, en el que la autora se quejaba de que un fontanero cobraba más que ella. El argumento en el que amparaba su queja era que ella tenía una carrera y el fontanero no. Recuerdo que me molestó profundamente y así se lo hice saber. Fué una discusión estéril, ya que como me temía la comentarista en cuestión era una cerrada de mollera de aupa.
Hoy, leyendo esos mensajes tan habituales en las tertulias televisivas, he leído algo parecido y me ha vuelto a tocar la fibra. Rezaba algo así: “Soy licenciada, tengo un máster y cobro mil euros. ¿Cuánto quiere ganar un mozo?”
Yo no tengo más estudios que la antigua EGB, tal vez por eso no alcanzo a entender por qué una carrera ha de otorgar derecho alguno a su poseedor sólo por el hecho de haber podido acceder a ella. Puede que por mi condición de “no estudiante” no me cuadren esos argumentos, o puede que sea porque valoro más las valías personales demostrables y demostradas que los títulos.
He oido tantas veces lo de que “hay que estudiar para asegurarse un futuro” que creo que no es discutible que el que estudia lo hace pensando en que así tendrá más oportunidades de una vida mejor, lo que nos lleva a pensar que está invirtiendo su tiempo con la intención de sacarle el mejor provecho posible, en lugar de hacerlo para crecer como persona o por el placer de adquirir unos conocimientos que le den la satisfacción que ello conlleva. Entonces por qué no ha de ser válido que el fontanero haga lo mismo, es decir, que invierta, o en este caso no invierta, su tiempo en lo que el cree que le otorgará un beneficio considerable con el añadido de conseguirlo en menor plazo de tiempo. ¿Por qué uno de los inversores no ha de tener derecho a que su inversión sea la más rentable, ya sea por valía o porque el mercado valora más sus servicios en un momento dado? ¿O por suerte, incluso, o porque se den las tres circunstancias a la vez?.
Pero es que yo voy más allá. Tampoco creo que fuera injusto que el que ha hecho una carrera y se mete a fontanero cobrara más que el que ha sido fontanero toda su vida, si el primero demuestra que puede hacerlo igual de bien o mejor, y si me apuráis, incluso haciéndolo mal si el que paga quiere pagarle a él. Y a la inversa tres cuartos de lo mismo.
Sé que mi postura no es muy popular, pero es que no entiendo a los que utilizan una y otra vez el término intrusismo. La misma palabra me produce repulsa, y es que para mi, no hay mucha diferencia entre los que opinan que un trabajo les pertenece y los que opinan que un país les pertenece, por poner sólo un ejemplo.

Poco a poco vuelvo a la rutina. A mi añorada rutina. Aunque nunca sé si es servidora la que vuelve a ella o es ella la que se arrima de nuevo a una. Sea como fuere, es, y yo, encantada.
Curiosamente ahora que nos acercamos al otoño a mi casa han llegado los brotes verdes, que le han devuelto a Boss el trabajo. Eso sí, temporalmente, pero no vuelvo para quejarme. Hoy no.
Llegó septiembre y, con él, el cole. Y claro, toca gastarse el fruto de los brotes verdes, pero… … no he vuelto para quejarme. Hoy no.
Cada año encargo los libros de texto en la misma librería: Hijos de Amador Pérez, aquí, en Redondela. Y cada año, el chico de la librería, me anima a solicitar las ayudas para libros. Unas veces he entrado en el grupo de los optantes a ellas y otras no. Este año la cosa es, creo yo, más fácil que nunca. No hay tanto papeleo como otras veces, y aun así pasé por alto un documento concreto. Pero ahí estaba el chico de la librería para recordármelo. Estas pequeñas conversaciones también suelen tener cierta rutina, pero como no soy nada radical no me molesta si ésta se rompe de manera agradable. Y esta vez, el chico de la librería, la rompió. Y lo hizo para darme “la enhorabuena” cuando me disponía a salir por la puerta. Con una cara que imagino era un poema, me giré para, con una mueca, averiguar el motivo de la felicitación. No me dió tiempo, porque me sacó de dudas en seguida con un “Muy bueno el blog”. Oir esto y atropellarse decenas de preguntas en el borde mismo de los labios fue todo uno. Esa fue la sensación. Mi cerebro era la parte ancha de un embudo y mi boca la parte estrecha. Sólo fue capaz de colarse un tímido y pobre “Gracias”, y salí de allí sin apenas tocar el suelo.
La satisfacción de topar de frente, cara a cara, con un lector del blog, es indescriptible. Y la duración del escalofrío que me acompañó por las calles de Redondela no hay ciencia capaz de medirla.

Desnudeces

Este año habrá más de un meteorólogo contento: por fin llueve en Galicia en verano. Sí, decididamente, éste está siendo un verano de mierda. Así que voy poco a la playa. Bueno, esto no es del todo cierto, yo voy aunque me llueva, como me pasó antes de ayer, que pensé que mi mediana me salpicaba y lo que ocurría es que empezaba a llover.
A lo que voy. Mi playita es pequeña, apenas una franja de unos 50 metros de largo por tres de ancho cuando la marea está alta. Vamos prácticamente los mismos usuarios todos los días, incluso podría decirse que tenemos cada uno nuestro sitio. Alguna vez viene alguien que no es habitual y no levanta más expectación que la propia de lo inusual. Es decir, evidentemente vemos que hay alguien nuevo pero nada más. Pero este año hay una chica nueva. Viene casi cada día. Unas veces sola y otras acompañada. Y con los días que hace que viene ya deberíamos -bueno, hablo por mi- haberme acostumbrado a su presencia si no fuera por un pequeño detalle: practica el nudismo.
Presumo de tolerante, pero esta niña me ha puesto en las narices que no lo soy, al menos no tanto como creía. Y me da mucha rabia. Cada día me pregunto a mi misma por qué me molesta que esté desnuda en la playa. Mis hijas lo ven tan natural que ni siquiera han reparado en ella. Y si me preguntaran sobre ella, sobre la chica, tengo clarísimo que defendería su actitud, y les haría ver que la desnudez es tan natural como comerse un bocata de chorizo, porque realmente así lo creo. Entonces por qué puñetas me molesta su presencia.
Hace unos días llegué a la conclusión de que lo que me molesta no es que esté desnuda sino que lo que me enfada es que se salte las “normas”. Vale ¿qué normas? En la playa hay carteles que indican la prohibición de tirar basura, de llevar perros en época estival, etc… … pero no hay carteles que impidan practicar nudismo, por lo que la norma está en nuestra estúpida cabeza. No hace daño a nadie. Nadie parece molestarse con su presencia, a pesar de que casi todas las habituales pasan de los sesenta -algo que me hace sentir cierto orgullo interno-, entonces, donde está el problema.
Creo sinceramente que lo que me molesta, en realidad, es que me ha dejado desnuda a mi, sin mi bonito traje de tolerante.

premios20blogs Hace más o menos un año tuve la brillante idea de inscribirme en un famoso concurso de blogs (el de 20minutos, evidentemente), y cuando vi que mi querido Mariano estaba inscrito creí -por aquellas absurdeces mías- que no estaba bien que me apuntara yo también. No le deis vueltas. El caso es que tras pensarlo, y volverlo a pensar, y repensarlo de nuevo, me di cuenta de la absurdez y me puse a rellenar el formulario. Cubrí todos y cada uno de los apartados mientras invertía mentalmente el dinero del premio. Vale, sí, estaba plagiando el cuento de la lechera. Y el cántaro se me rompió al darle a “enter”. Tal cual. El mensaje que apareció a las doce y diez de la noche de aquella noche fue: “Lo sentimos, pero el plazo de inscripción ha finalizado”. ¡Ahhhhhhhhh! ¡Diez minutos! Os lo juro, creí que me cargaba el ordenador. Ya conocéis mi máxima: “todo sucede en el momento adecuado”, y me consolé pesando en ello. No era mi edición.
Anoche ataqué de nuevo tras comunicar a mi familia que iba a dedicarme a ello de pleno (a relanzar el blog, quiero decir).
Es sorprendente la facilidad que tengo para abstraerme de ciertas cosas. Este año no daba con la página de inscripción, así que al ver que era requisito indispensable estar adscrito a la Blogoteca recordé que yo ya era usuario, y tras jugar a la ruleta con el posible nombre y contraseña dí con la página adecuada sin que se me pasara ni por la imaginación que pudiera haber concluido el plazo de inscripción. Hasta que…..¡Zas! ¡Ha acabado el ocho de Julio!
Decididamente tengo que poner una alarma en el móvil

No me gustan…

incívicoNo me gustan los que primero frenan y luego ponen el intermitente.
No me gustan los que hacen muecas de impaciencia frente a la lentitud de los mayores en la cola del super.
No me gustan los que confunden amabilidad con servilismo.
No me gustan los que salen de cualquier local creyendo que la calle estará vacía.
No me gustan los que, por cuarenta centímetros, aparcan invalidando la plaza anterior o posterior.
No me gustan los que se meten con el paraguas abierto hasta la cocina.
No me gustan los que cruzan un paso de peaton sin variar su ritmo de paseo.
No me gustan los que no respetan la máxima de dejar salir para poder entrar.
No me gustan los que nunca utilizan el por favor y el gracias.


Que se compren un mundo y vivan allí a su manera.