…no está nada mal, ¿no creéis?
Nunca me he sentido especialmente atraída por la pintura de Pablo Picasso. Y parece ser que esto al pintor le incomoda, habida cuenta de la persecución que sobre mí realiza de un tiempo a esta parte. A saber:
Hace como cuatro a cinco años me plantó delante el Guernica. Sí, así como suena. He de decir que no era éste un cuadro por el que yo tuviera especial predilección. Es más, casi podría decirse que era una obra a la que yo no le encontraba la “gracia” por ninguna parte, y todo ello, como buena ignorante, sin haberlo visto más que en fotos, todo hay que decirlo. Como decía, me lo plantó delante de las narices. Sucedió en el Reina Sofía. Habíamos ido al museo sin saber que allí se encontraba dicha obra temporalmente, y me enamoré. Yo, que tanto había denostado ese cuadro, quedé impresionada del dolor que transmite. Yo pude sentir ese dolor. Me quedé en un rincón de la sala por tiempo indefinido, sin poder apartar mis ojos de él. No quería irme, estaba hipnotizada. Boss y las niñas siguieron el recorrido por el museo, pero yo me quedé allí hasta que tuvimos que irnos.
Siendo fiel a mi manera de ser, no moví un solo dedo por saber más de la obra de Picasso. Me impresionó el Guernica, sí, pero seguí con mi vida. Hasta hace un mes. Me fuí a Madrid con la excusa de ver El descendimiento, de Caravaggio, y de la tienda del Prado salí con “Vida con Picasso” bajo el brazo. ¿La razón? ¡quién puede saberla! Lo ha escrito una de sus mujeres, Fançoise Gilot, y lo estoy devorando. En él Françoise nos cuenta cómo era el pintor, cómo encaraba sus trabajos, cómo los veía él, las impresiones que cambiaba con sus contemporáneos… en fin, que me está absorviendo. Y relata, en la página 66, el momento en que Picasso le enseñó una carpeta llena de grabados, concretamente cien, que realizó para el marchante Ambroise Vollard.
Siempre voy por el mundo con el libro de turno en el bolso. Ayer fui a Santiago, sin otro afán que el de pasear por sus calles y pasar un buen día. Y en una de esas calles me “tropecé” con un gran cartel que ponía: Picasso, Suite Vollard. Sip. Los cien grabados de “mi libro” estaban al otro lado de la pared del edificio que tenía delante, esperándome.
En fin. Picasso, según Gilot, era obstinado. Y yo lo constato.
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Vaya por delante que no sé muy bien sobre qué puñetas quiero barallar hoy. Es decir, tengo clara la idea que me ronda toda la tarde por la cabeza, pero no sé cual es el fin concreto que persigo contándolo aquí.
A veces, cuando estoy sola, murmuro, con el tono de voz suficiente como para poder oirme, que no puedo más. Y cada vez que lo hago, cada vez que lo verbalizo, soy consciente de que jamás nadie me ha escuchado decir tal frase. Y lo puedo decir sin temor a equivocarme. Nadie, nadie, ha escuchado de mi boca las palabras “no puedo”. Y, lo que vislumbro que pueda ser el origen de este post, es que no sé si hago bien o mal. Ni siquiera sé si tal dilema debería planteárseme. ¿Por qué habría de ser bueno o malo? Cada uno es como es. El problema de todo esto es que todo el mundo me lo reprocha. Pero todos los que me lo reprochan no son en absoluto coherentes con su propio discurso ya que ellos también se aprovechan de mi inexistente “no puedo”.
A ver si me explico mejor. Supongamos que cada parcela de mi vida es una letra, así podríamos decir que mi familia más directa, esto es, padres, hermanos, etc, son A, que mis amigos son B, que mi trabajo es C, y así sucesivamente. Pues bien, A se queja de cómo me comporto en relación a C, C en relación a B y B en relación a A. Así hasta el infinito. Todos ven la paja en el ojo ajeno; todos me animan a quejarme, a no ceder, y hacen verdaderos esfuerzos en convencerme para que diga “no puedo”, Pero no es esto lo que me defrauda de ellos, sino, repito, la incoherencia de sus discursos, ya que todos, sin excepción, de una manera u otra me piden lo mismo que me reprochan. Y, aunque nunca lo parezca, me duele que ninguno sepa ver más allá; ninguno ve, ni valora, que no sé otra manera de hacer las cosas que no sea dando de mí un doscientos por cien. Pero esto no se le reconoce a humilde ser humano de a pie. Si todo este esfuerzo que realizo lo hubiese volcado en la pintura, o en la música, o en la medicina, o en cualquier otra actividad con reconocimiento social, mi comportamiento sería, sin lugar a dudas, digno de alabanza, Pero sólo soy Vitruvia, la tonta de la que todo el mundo se aprovecha (¡ojo!, esto siempre según todos ellos)
Lo que me jode de todo esto es que sé que muy en el fondo tengo una pequeña necesidad de toparme con alguien que valore mi manera de vivir, mi manera de entregarme en todo y a todos, alguien que me vea medio llena y no medio vacía. Pero que nadie me pregunte de qué manera me gustaría que ese alguien me hiciera notar que sí me ve como soy, porque no se me ocurre absolutamente nada que no choque frontalmente con mi aparente convencimiento de que es suficiente que con que yo sepa como soy. Y es que hasta que he escrito esta entrada así lo creía.
En fin.
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“Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo. No tengo nada para impresionar, ni por fuera ni por dentro”
Así empieza una de mis canciones preferidas. Y qué verdad que es. Empiezo a darme cuenta de la satisfacción que proporciona pasárselo todo por el forro; privilegio que se consigue con los años. Lamentablemente tengo pocos, años quiero decir. Sólo cuarentayuno. Ainssss. Me harían falta unos cuantos más para alcanzar la plenitud en cuanto a… ¿cómo denominarlo? ¿introdesobediencia? Y es que todavía lucho cada día contra mi puñetero, y exageradamente pronunciado para mi gusto, sentido de la responsabilidad.
Para comprensar tengo un objetivo que he de alcanzar sí o sí: no pienso morirme hasta que no pueda escuchar y empatizar al ciento por ciento con uno de mis tótems musicales. Y pobre del que no se proponga lo mismo.
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Todos, imagino, tenemos un lugar físico al que siempre queremos volver. Una, normalita donde las haya, no iba a ser la excepción.
Efectivamente tengo un lugar, y está considerablemente alto con respecto al mar, algo que, por otro lado, también es tremendamente normal en mí. La vista y las sensaciones que me provoca estar allí arriba son, sencillamente, brutales.
Ayer, de buena mañana, sonó mi telefono y quien llamaba no era otro que el encargado de, esta vez, hacer que mi destino encaje milimétricamente con mis deseos. Llamaba para invitarme a volar, literalmente. Dije que sí. No pregunté destino, no inquirí ruta. Me dejé llevar, segura como estaba de que llegaría exactamente adonde debía hacerlo para cuasi explotar de gozo. Las exclamaciones y las explicaciones de cuanto llegué a sentir las guardé para verterlas aquí. Y aquí las dejo: después de haber visto uno de mis lugares favoritos desde mil metros de altura sé que sólo querré volver allí por la misma vía, porque cualquier otra perpectiva que tenga de la desembocadura del Miño me sabrá a poco.
Volar para sentir, hasta ayer, sólo lo había conseguido soñando, y, desde ayer, ni los sueños me sirven. Hace más de veinticuatro horas que aterricé pero menda sigue en una nube.
Gracias, yanqui.
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No sé cuándo ocurrirá. Todo cuanto me permite mi intuición es saber que sí ocurrirá. Así que ya me he visualizado paseando por Malasaña, sin prisa pero con rumbo: el número 49 de la calle la Palma. Habrán transcurrido quién sabe cuántos años desde la última vez que estuve allí, pero los recuerdos serán tan frescos que podré entrar en el local que un día ocupó La Clandestina con los ojos cerrados, y podré dirigirme y pararme exactamente, sin conceder ni un solo milimetro al error, en el lugar en el que me abracé con Mariano un día tan importante como lo fué el día de la inauguración.
Ese día no sólo se inauguraba una librería; ese día nos pusimos piel unos a otros aquellos que ya habíamos hecho piña sin movernos de nuestras guaridas. Así que con su clausura no sólo se pierde una librería, se diluye también el epicentro físico de una pequeña comunidad adoradora de libros, tanto por continente como por contenido, pero que nadie se equivoque, La Clandestina se hará aún más fuerte en el recuerdo, como todo gran mito.
Sus creadores afirman que no es una noticia triste así que no seré yo la que protagonice el duelo, por más que haya sentido una dolorosa punzada en las entrañas mientras leía el mail que nos lo comunicaba. Por lo que a mí respecta me tragaré el dolor, y levanto mi copa por ellos, por tener las agallas de abrir algo tan hermoso como un sueño, y por tener los cojones de cerrarlo dándonos ánimos a los demás.
La Clandestina cierra, ¡viva La Clandestina!
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Tras un mes de hibernación forzosa, ayer, por fin, volví a la vida.
Casi un mes de hacer y servir cafés como una autómata. Casi un mes de aclimatación, donde cada segundo libre era aprovechado única y exclusivamente para descansar, ya que mis maltrechas piernas, pobladas de pertinaces varices, soportan mal las rutinas de la camarera que he vuelto a ser.
Pero como no hay mal que cien años dure ayer marché en busca de aire fresco, y lo encontré en el MARCO de Vigo. Virgilio Vieitez fue el encargado de insuflarme oxigeno puro. Galerías llenas de retratos maravillosos que me han hecho olvidar mi nueva situación para devolverme durante unos instantes a ese mi mundo paralelo donde prima la piel de gallina. Fotografías tan límpias que en algunas pude hasta descubrir un simple hilo suelto del bajo de una falda. Retratos de gentes, en su mayoría humildes, con sus mejores galas, pero con un denominador común que delata la ficción que Virgilio atrapaba: zapatos muy viejos. Imágenes, en definitiva, que me emocionaron profundamente y que serán durante un tiempo mi nexo con mi mundo.
Por cierto, Mundo, ya tengo Tren nocturno a Lisboa.
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Yo podría explicar qué es querer si lo supiera, pero sólo sé qué siento; si es querer o no que otro lo diga.
Detractores hay para todo así que alguno habrá también para lo mío, mala suerte sería carecer de tan cotidiano adversario, y es que difícil resulta hacer hueco a cuantas maneras de querer se presentan, habiéndo tantas como seres hay en la faz de la tierra, que no tiene uno memoria para todas. Ni falta que hace. Cada uno que se quede con la suya si ésta le place y a disfrutar sin buscar explicaciones, que si lo hacemos igual salimos escaldados, malacostumbrados como estamos a razonar lo irrazonable.
Hace el roce el cariño, pero también es él quien lo desgasta. Pongamos entonces tierra de por medio y ésto durará cuanto queramos, y queriendo yo que sea mucho me atrevo a vaticinar que será hasta el infinito, que el infinito nadie lo sabe medir, así que si mañana terminara no habría sido poco, ni menos intenso, ¿o es que se mide el amor con la misma unidad que el tiempo?
Palabras hay para decirlo todo, sólo hay que saberlas juntar. Una, que lo intenta cada día, no ha encontrado manera mejor de explicar sus sentimientos. Quede así, por tanto y por lo tanto, esta pequeña declaración de amor.
Que tengas un muy feliz cumpleaños, mi querida Irreverente.
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No quiero, ni podría, olvidarme de ella.
Qué ciegos estamos a veces. Me pregunto que resortes saltarán, o al revés, qué resortes se bloquearán para impedirnos ver algo que tenemos en los mismísimos bigotes.
Marlene me dejó una punzada en el estómago de difícil calificación. Marlene me dió pena, profunda, muy profunda, y me dió ejemplo; Marlene me conmovió, y me fascinó; ella se convirtió en mi heroína y su recuerdo en mi recurso para salir de mis pozos, tan diferentes del suyo, agujero infernal al que ha de bajar sí o sí; tan real como terrible y tan temible como el hambre que supondría negarse a bajar. Y, pese a recordarla cada día, pese a encender mi ordenador cada día, jamás la busqué en este mundo que todo lo puede. Pensé, tan ignorante como atrevida, que había calado sólo en mí. Pensé que aún me dolía sólo a mí.
Hoy tuve que hacerlo, tuve que buscarla, porque no recordaba su país, vergonzoso olvido que me aflije, y me encontré con esto. Marlene llegó a muchos corazones y los puso patas arriba, los removió como hace cada día con la tierra de la mina. Veremos en qué acaba la cosa. Yo, de momento, tengo un hilito del que empezar a tirar para sacarla de allí.
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Esta noche, ¡las vueltas que da la mente en sus escarceos con el insomnio!, he recordado a uno de tantos personajes que pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, aunque en un determinado momento nos parezca el ser más importante de sobre la faz de la tierra. Recuerdo su nombre por feo, y recuerdo mi desconcierto ante este hecho siendo él tan guapo, algo que ahora pongo en duda, pero en fin. Mis diez años, frente a sus dieciocho, me convertían, sencillamente, en invisible, aunque yo ésto lo ignoraba; privilegios de la inocencia. Determinado día, por razones que no influyen para nada en la comprensión de esta pequeña confesión, se quedó a comer en mi casa, y yo, por primera vez en mi vida, no dejé en el plato nada que no fuesen desperdicios. Yo, que encontraba cada día en mi comida ingredientes trampa para cualquier niño: cebolla, pimiento, guisantes…, había dejado atrás la infancia, y, sin ser consciente de ello hasta que empezamos a recoger, dejé mi plato como cualquier otro mayor. Recuerdo que cuando me levanté de la mesa, llegué a creer, incluso, que era más alta. Así me sentía, tan henchida como estaba de orgullo.
Para los más curiosos decir que “lo nuestro” no prosperó.
Sorprende que cualquiera pueda ser el protagonista de un momento importante de nuestras vidas. Sorprende porque a prori podría parecer que este privilegio debiera pertencerle a personas muy cercanas a nosotros, pero ésto, como tantas y tantas cosas, no es decisión nuestra.
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Hacía tiempo que no me pasaba algo así. De hecho, ahora que lo pienso, no recuerdo que me hubiera pasado nunca desde que tal afición se asentó en mí. Me estoy refiriendo, como no, a la lectura, y en cuanto al hecho nunca acaecido hablo de no ser capaz de leer. Así es. Tengo, algo inédito también, ya que siempre había de ralentizar las lecturas a la espera de tener algo más para leer, ocho libros amontonados en mi mesilla. Y no soy capaz de avanzar con ninguno.
Al principio pensé que se debía a que Crimen y castigo se me hacía un poco espeso, pero una vez que he probado a leerme algunas primeras páginas de cualquiera de los otros (a saber: Memorial del convento, Los gozos y las sombras II y III, La insoportable levedad del ser, El viaje del elefante, Veintemil leguas de viaje submarino…) me he dado cuenta de que es por falta de concentración. Se me va la mente. Dos líneas y me descubro pensando en facturas, listas de material escolar, dónde comprar ropa y calzado relativamente barato…
Nunca quise dar crédito, aunque lo intuía, a que quedarse sin paro fuese sinónimo de quedarse sin capacidad para disfrutar, pero visto lo visto… espero que el amor, como dice la canción, no salte por la ventana.
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Imaginemos, por un momento, que una persona honrada decide un día emular a las grandes empresas y jugar con los plazos y los márgenes de, pongamos por caso, la lectura del gas. Imaginemos que tras ocho años dando la lectura real como un clavo, decide un día liarse la manta a la cabeza y da una lectura “maquillada” a la baja en cuanto a lectura real, aunque paradójicamente sea al alza en relación a meses anteriores, a la espera de una hipotética, a la par que ansiada, recuperación económica. Imaginemos que por hazar en ese período llega a la puerta, sin aviso previo, un inspector que jamás había aparecido, y que, ante las dudas sobre su autenticidad, habida cuenta de lo que se oye por ahí sobre estafadores, la persona honrada decide no abrir hasta no constatar por teléfono con la empresa que le suministra el gas, que ese inspector, efectivamente, existe. Imaginemos que, para más inri, ese mismo día nuestro honrado protagonista descubre que está roto el finísimo cablecillo del precinto del contador.
¿Qué hará el, supongamos cabreado, inspector cuando vuelva? ¿Qué consecuancias tendrá el haberle dejado en la calle? ¿Cual será su reacción frente al cable roto? ¿Tendrá en cuenta que, estando roto el precinto, lo normal sería que la lectura fuese mucho menor, o al menos igual, y no bastante mayor? ¿Tendrá en cuenta que en el mueble donde está el contador se guardan, cada mes, 70 litros de leche, y que alguna de las hijas de nuestro honrado protagonista puede haberle dado un mal golpe en el trasiego diario? ¿Sabrá diferenciar las excusas reales del nuestro honrado amigo de las que, seguro, está acostumbrado a oir de “profesionales” de la estafa? ¿Cómo puñetas se apañarán estos estafadores para poder llevar a cabo sus empresas? porque una, que lo ha intentado con ahínco, ha fracasado estrepitosamente, y con el añadido de la mala suerte.
Ah! y he robado una toalla de playa, pero vamos por partes. Las condenas, de una en una, por favor.
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Subo la cuesta que me aleja de la playa en compañía de mi chica, y a una pregunta suya, que no recuerdo, contesto con una mentira. Y me quedo pensando si he hecho bien o si debería haberle dado con la realidad en las narices.
Ocupo mi mente durante el resto del camino dándole vueltas. Las conclusiones son varias, pero hay dos que tienen, para mí, más relevancia que las demás. Una: que la sinceridad está sobrevalorada. Los libros, los grandes libros, son, en su mayoría, una gran mentira, mundos inventados para nuestro disfrute. Y por qué hacerlo, por qué disfrutar, sólo durante el rato que dura la lectura, por qué no dejar que alguien nos mienta y nos convenza de que somos princesas. La mentira sólo es dañina si se descubre, o dependiendo de cómo se descubra, pero no per sé. La mentira, bien usada, puede aportar infinitamente más felicidad que la verdad.
Y dos: que a veces se saca tanto o más provecho de una conversación con una cría de siete años que el que podríamos sacar de un café con un gran filósofo.
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Vuelve a pasarme.
Mi vida es tan rutinariamente feliz que no sé de qué escribir.
Podría hacer una guía sobre cómo hay que apañárselas en casa de un parado para mandar a tres niñas de vuelta al cole. Podría intentar un ensayo sobre cómo sobrevivir a la amargura de no hablarse con la madre durante, ya, dos meses largos. O podría sucumbir al desespero frente a los constantes avisos de mi carraca recordándome que “no hay espacio en disco” y mandarlo todo a la porra, teclado de colacao incluído.
Pero hay algo que me lo impide. Y esta vez sí sé su nombre, aunque desconozca cuánto durará, cuánto tardará en abandonarme, dejándome de nuevo ávida de hoja/pantalla en blanco para llenarla con mis miserias; no hay mal que por bien no venga. Así que voy a aprovecharme de él, de mi buen estado de ánimo, para acumular energía que necesitaré cuando vuelvan, porque volverán, mis vacas flacas particulares.
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No debe quedar nadie por aquí que no sepa que me gustan los libros; que amén de leer me gustan físicamente, como objeto. Tienen sobre mí un poder hipnotizador que me supera.
Me gusta, como a casi todo lector, el olor de los nuevos, pero me gustan infinitamente más los libros con historia, esos que tienen, a veces, tanto, o más, que contar por fuera como por dentro; arte de transmitir a través de la piel, la nuestra, ya que no están ellos envueltos en tan singular tela, por más que algunos fuesen, si la justicia oficiara en estos menesteres, merecedores de ella.
Y hete aquí que servidora ha encontrado “el lugar”. Cientos, si no miles, de libros de segunda mano, o de tercera o cuarta, quién puede saberlo, que se amontonan, al fondo a la izquierda, en un almacén de antigüedades, donde están a merced de quién llegue primero, una o el polvo, para hacerse con ellos a un precio vergonzoso.
Siendo la que firma una pobre incauta aspirante a escritora debería recomendar otra cosa que no sea comprar novelas a destiempo por unos miserables céntimos, pero qué le vamos a hacer, una prefiere ejercer el oficio y morirse de hambre hoy para que dentro de cien años alguien alimente su espíritu con mis letras, así que aquí les presento el que será mi epitafio:
“No se puede ser romántico y querer comer”.
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A esta que escribe le gustaría ser una rara avis en determinadas cosas. Tener gustos extravagantes, diferentes a los del grueso de la sociedad, de esos que te dan un punto de extravagancia que hace que los demás te miren con otros ojos. A una le gustaría, por ejemplo, ser una fanática del tiro con arco o del rugby submarino, pero no, una es una integrante más de la masa y es futbolera hasta médula. Y sí, lloré mucho con el mundial. Una, que ha pasado tantas veces por el amargo trago de caer a las primeras de cambio, sigue en una nube, o seguía, porque ahí estaba Argentina para bajarme, pero ese es otro tema.
Y claro, podría pensarse por esto que estoy feliz con que se le haya concedido a la selección española de fútbol el premio Príncipe de Asturias, pero nada más lejos de la realidad. Por más que hayamos disfrutado del triunfo en la eurocopa, primero, y en el mundial, después; por más orgullo que sintamos frente al buen ambiente que se refleja en el grupo, sin envidias aparentes, sin ambiciones individuales, en definitiva, sin malos rollos, por decirlo de la manera más coloquial, no hemos conseguido nada extraordinario digno de tal premio. Sólo hemos conseguido algo que cada cuatro años han venido consiguiendo un número considerable de selecciones de fútbol. ¿Donde está el mérito?.
Para mí, mérito, y por lo tanto es infinitamente más merecedora de tal premio, es el que tiene Edurne Pasaban y lo que ha conseguido. Pero claro, no tiene tanto tirón mediático. En fin.
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Boss está trabajando en la cocina, así que tengo hoy como banda sonora el roce de una escofina dando forma a una madera. Es un sonido constante, rítmico, y tiene como necesario partenaire un aroma inconfundible. Se está impregnando toda la casa de un olor a serrín que reconforta. A mí me reconforta. Qué cosas, el serrín es el aroma de mi vida; el de mi padre al volver del trabajo; el de mi casa, de cuando se esparcía tan oloroso elemento por el suelo, tras fregar, para que no se ensuciara, o para que se secase antes, no sé. Nunca lo he sabido, ni falta quee hace.
Ahora no se utiliza. A nadie se le ocurriría esparcir serrín por el suelo de su casa. Ahora todo está perfectamente aspirado, y si huele a algo es a eucalipto embotellado y conectado a un enchufe. No lo critico. Yo también lo uso. Todos buscamos olores que nos mantengan ligados de la naturaleza aunque estemos encerrados entre muros de hormigón. No conozco a nadie que quisiera, si lo hubiese, ambientador con olor a rueda de coche, o a clínica odontológica, o a discoteca llena de gente. Como mucho, a mi me gustaría que alguien comercializara ambientador con olor a libro, a papel… … a madera, en definitiva.
Escrito en La que firma, Mi familia, Vivir de lo vivido | 12 Comentarios »
Y que tendrá que ver que te odie para que te quiera.
Ver su foto y sentir una punzada en el estómago es todo uno, conjunción indisoluble con carácter infinito. Estar pendiente de cada rumor que pueda traerme noticias suyas es todo cuanto me queda, y por las noches, más de una vez, y más de dos, pensar en ella. Sin embargo, lo nuestro es imposible: frente a su blanco yo sólo veo negro, o viceversa, a pesar de hacer esfuerzos sobrehumanos por verlo del mismo color. Pobre ser humano, que aún no es capaz de engañarse a sí mismo. Podría pintar lo negro de blanco, hacer que todo el mundo lo viera blanco, conseguir que tal color fuese, incluso, para su regocijo, venerado, pero yo lo seguiría viendo negro y esto acabaría pudriéndome por dentro. Tal descomposición podría tardar años en concluir, pero el hedor se haría presente desde el principio, incómodo huesped instalado, en principio, en rincones dispersos y volubles de nuestra cotidianidad, pero que acabaría, con toda seguridad, inundándolo todo.
Dicen que lo que no puede ser, no puede ser, y que además es imposible, y yo lo certifico.
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y Los cuadernos secretos de Agatha Christie, de John Curran
Y RELEO...(siempre)
Levantado del suelo, de José Saramago
Y DESDE QUE ABRÍ EL BLOG...
-Sunset Park, de Paul Auster
-El Aleph, de Jorge Luís Borges
-De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami
-El bolígrafo de gel verde, de Eloy Moreno
-Expiación, de Ian McEwan
-In vino veritas, de Francisco Castro
-Vida con Picasso, de Françoise Gilot/Carlton Lake
-Non hai noite tan longa, de Agustín Fernández Paz
- La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera
- Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro
-El viaje del elefante, de José Saramago
-El verano del inglés, de Carme Riera
-El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson
-Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, de Pablo Tusset
-Tren nocturno a Lisboa, de Pascal Mercier
-20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne
-A lagoa das nenas mudas, de Fina Casalderrey
-La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro
-El camino, de Miguel Delibes
-El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle
-Condenados a vivir, de José María Gironella
-La casa de los siete pecados, de Mari Pau Domínguez
-El hereje, de Miguel Delibes
-La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé
-La catedral del mar, de Ildefonso Falcones
-La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones
-Madame Bovary, de Gustave Flaubert
-La soledad de los números primos, de Paolo Giordano
-Contra el viento, de Ángeles Caso
-Cuentos, de Emilia Pardo Bazán
-Verdes valles, colinas rojas. La tierra convulsa, de Ramiro Pinilla
-Cumbres borrascosas, de Emily Brontë (relectura)
-Jane Eyre, de Charlotte Brontë
-La elegancia del erizo, de Muriel Barbery
-Pedro Páramo, de Juan Rulfo
-La historiadora, de Elizabeth Kostova
-Diez negritos, de Agatha Christie (relectura)
-Cortafuegos, de Henning Mankell
-La montaña mágica, de Thomas Mann
-Tribulaciones de un sicario, de Eléna Casero
-Tango sin memoria, de Eléna Casero
-Gracias por el fuego, de Mario Benedetti
-La borra del café, de Mario Benedetti
-El guardian entre el centeno, de J D Salinger
-La tregua, de Mario Benedetti
-Presentimientos, de Clara Sánchez
-Días como todos, de Jorge Arbenz
-Nada, de Carmen Laforet
-El mundo, de Juan José Millás
-Mala gente que camina, de Benjamín Prado
-Relatos metroplitanos, de Mariano Vega
-Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez
-Diario, de Ana Frank
-La higuera, de Ramiro Pinilla
-La ladrona de libros, de Markus Zusak
-La Higuera, de François Maspero
-Blogs de papel, de varios autores
-El hombre duplicado, de José Saramago
-Una comedia ligera, de Eduardo Mendoza
-Erros e Tánatos, de Gonzalo Navaza
-Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti
-El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz
-El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
-El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
-Cuentos de sabiduría, de Miguel Adrover Caldentey
-La mujer justa, de Sándor Márai
-Tres contos á beira do medo, de Xesús Cameselle Ben
-Relatos a cuatro manos, de Carlos Arias y Mariano Vega
-Don Juan, de Gonzalo Torrente Balletser
-Tokio Blues, de Haruki Murakami
-Juegos de la edad tardía, de Luis Landero
-A era de Lázaro, de Paula Carballeira
-Tierra firme, de Matilde Asensi
-La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
-La tinta azul de la memoria, de Mariano Vega "El zurdo"
-Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
-De nuevo, el amor, de Doris Lessing
-El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
-Levantado del suelo, de José Saramago
-El alquimista, de Paulo Coelho
-La colmena, de Camilo José Cela
-Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
-Niebla, de Miguel de Unamuno
-Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán
-La dama del Nilo, de Pauline Gedge
-Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez
-Cartas para Claudia, de Jorge Bucay
-Memorias dun neno labrego, de Xosé Neira Vilas 
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa


