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Coelho & Co.

Pensamiento/conclusión de la 01´45 de la madrugada: Paulo Coelho es a la literatura lo que un ser bien intencionado a un hambriento, esto es, le da un plato de pescado en vez de enseñarle a pescar. Salvando la diferencia entre las intenciones de uno y otro para con su “patrocinado” y presumiendo que, pese a esa diferencia, ni una ni otra son malas.
Navegando me he topado un artículo sobre el susodicho, sobre la pobreza de su obra y, a pesar de esto, la cantidad de ventas que consigue. Leo también algunos comentarios y es con estos con los que llego a esta conclusión.
Dice el articulista que diserta sobre elel tema para no quedarse simplemente con lo que todos los detractores de Coelho opinan: “Si Coelho vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos, esto se debe precisamente a que sus libros son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto”. Algún que otro comentarista se siente profundamente ofendido por estas afirmaciones, sin darse cuenta de que el fin del artículo es no firmar, en principio, tal aseveración sin profundizar un poco más sobre el tema. Defienden su derecho a dejarse seducir por los libros de Coelho y por esa manera suya, y esto ya es opinión mía, de contar tal cual lo que quiere contar: coger un dicho popular, o proverbio, al alcance de cualquiera y contarlo dando un largo, aburrido y predecible rodeo. Argumentan estos defensores de Coelho que sólo pretenden disfrutar de esas historias y de la sabiduría que extraen de ellas sin que les compliquen la vida como hacen otros libros de lectura más compleja. Y es ahí donde me brota el pensamiento. Yo estoy orgullosa de pescarme, y cocinarme, mis peces, en vez de que me los den ya masticaditos, pero para llegar a esa conclusión estos respetables lectores de Coelho aún habrán de seguir comiendo el pescado cocinado una y otra vez de la misma manera, hasta que se aburran y busquen otros sabores. Y cuando ello ocurra se toparán también con la satisfacción que proporciona disfrutar de lo cocinado por uno mismo, aunque dé un poquito más de trabajo.

Matar o morir

Ultimamente no escribo apenas, y no porque me esté volviendo vaga. Lo que ocurre es que las cosas sobre las que reflexiono no me llevan a ninguna parte, no saco una conclusión clara de ello, por lo que la reflexión es incompleta y no se deja escribir. Lo que hago es crear notas en mi móvil para así volver sobre las mismas de vez en cuando. Así que heme aquí hoy soltando una de ellas, de esas a las que no consigo sacar un veredicto, aunque a veces lo vislumbro y me asusta.

Hace unos pocos años que hice, junto con mi hermana, el Camino de Santiago. Lo hicimos solas, algo que tanto hoy como entonces no es ya “atrevido”, salvo para alguna persona mayor que te puedas encontrar por esos caminos. Y nosotras la encontramos. Señora muy mayor pero perfectamente sana en apariencia. Pequeña pero fuerte, delgada, fibrosa, curtida. Negro riguroso de los pies, pantuflas, hasta la cabeza, pañuelo.

Palo en mano a modo de bastón nos saluda dicharachera y nos somete a un tercer grado nada desagradable sobre nuestra presencia en su aldea y nuestro destino. Una vez informada nos pregunta si no nos da miedo caminar solas por lugares alejados de núcleos urbanos. Entre risas y chascarrillos declaramos nuestro ausencia de desasosiego. Y ella, sin cambiar el tono aunque sí la mirada, nos da el consejo que a su entender está obligada a dar. Cogiendo el palo con ambas manos escenifica de manera precisa qué hacer con nuestro bastones si nos encontramos en una situación de peligro, mientras nos dice que no debemos dejarnos vencer por el miedo y que la mejor salida es “clavárselo (el bastón) hasta el corazón” sin dudar. Me parece estar viéndola, acompañando la frase con la energía de quién está visualizando lo que ha de hacer y enfatizando en su forma de hablar.

Esa buena mujer, en una situación extrema, mataría a un hombre sin dudarlo con la misma tranquilidad, entendiendo tranquilidad como algo que es necesario, con la que mata un pollo para comer. Y eso es lo que me hace reflexionar a menudo sobre ella y su manera de actuar. Ese primigenio instinto que persiste en muchas personas en su misma situación y que les ayuda a separar los sentimientos de los actos. Y es que o matan o mueren. Así de sencillo era todo hasta hace muy pocos años. Ahora tenemos a quién mate por nosotros, para encontrarnos el filete de pollo en una bandeja. Y juez que decida si quién nos ha hecho daño debe ser castigado. Y en este último caso entiendo que así debe ser en una sociedad civilizada, pero algo me dice que esta mujer no iría por ahí clavando el bastón a la gente. Sólo a quién le atacara, y bastaría medio segundo para saber quién es el culpable y el otro medio para juicio, veredicto y ejecución. El problema de nuestra sociedad actual es que hay tanto ser humano corrompido que nos hemos visto obligados a desconfiar de todo el mundo, hasta tal punto que es necesario un juicio con abogado defensor para el “malo”. Porque hoy en día el “malo” ya no es de ley, no va de frente atacando y exponiéndose al castigo de manera inmediata. Ahora el “malo” se viste de señora mayor y dice que la han atacado por lo que hace falta un juicio para intentar dilucidar la verdad. Y a veces la verdad no aflora y el juicio es injusto, y yo me pregunto si vale la pena disfrutar de la comodidad de encontrarnos el filete de pollo en la bandeja, o deberíamos tener que mancharnos las manos de sangre para no perder la perspectiva de la realidad.

Dos pies, un solo paso

Qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos decidir lo que nos gusta o lo que nos emociona. Igualmente, qué diferente sería si pudiéramos elegir nuestros recuerdos. Afortunadamente esto no pasa. Ellos solitos se buscan el hueco que creen más apetecible, para perdurar el tiempo que les da la real gana.

Uno de esos recuerdos con entidad propia que pueblan y confieren personalidad ajena a mí a mi espíritu se escenifica de la siguiente manera: yo, en tamaño comino, subida a una silla de manera que mi madre alcanzara mi cintura sin necesidad de doblar el riñón para subirme, y abrocharme, los pantalones, mientras conversamos sobre la conveniencia de que yo fuese adoptada por un señor que no podía tener hijos. En el transcurso de esta conversación no hay desasosiego en mí por trasladarme a vivir con otra familia, sino que hay la emoción típica de la inconsciencia propia de una edad durante la cual la mayoría de las niñas sueñan con ser princesas. En el devenir de esas ensoñaciones no cabe nada de la parte “mala” de un cambio semejante. No hay traumas porque todo es ideal a nuestros ojos. La salvedad es que yo no quería ser princesa, quería ser la hija de un señor que no podía tenerlos. Pero no por altruismo ¡ojo! que a esa edad predomina el egoísmo, el más falto de mala intención que se pueda ejercer, sí, pero egoísmo puro al fin y al cabo.

El señor en cuestión me encandilaba como pocas cosas lo han hecho en mi vida. Ahora que lo reflexiono desde mis 43 años creo que no era tanto él la fuente del encandilamiento como su profesión y lo que de ella sustraía mi siempre ávida de sensaciones parte melómana. Me soñaba con banda sonora perenne sonando por doquier, envolviéndome de pies a cabeza en esas notas que, hasta ese momento, sólo pero siempre, arrastraban a mis pies cuando formaban una composición sonora concreta: el pasodoble.

Esta mi temprana obsesión frustrada de cambiar de padre me ha perseguido siempre en forma de broma familiar. Puede que por eso ayer, cuando alguien cercano a mí conocía la muerte de Manolo Escobar, me miraba como dándome el pésame, porque de alguna manera saben que yo, ayer, me quedé huérfana.

Cobardía

Nada me provoca más repugnancia que un ser incapaz de llevar sus ideas a sus últimas consecuencias porque se rinde ante la comodidad que le proporciona renunciar a ellas.

Lo más mezquino de los integrantes de ETA no es que maten. Perdonadme, por dios, las víctimas. Lo más mezquino es que tras ese acto no hay ideales sino una incoherencia flagrante entre lo que dicen y lo que hacen. Perdonadme, por dios, sus familiares. Lo más terrible es que tras cada disparo no hay nada. Y lo han demostrado cada vez que se han acogido a nuestras leyes para beneficiarse, y esta última vez no iba a ser menos. Y eso es lo que, en definitiva, más duele. No el hecho en sí de que salgan beneficiados, que también, sino que con ese acogimiento queda más a la vista, si cabe, que nunca han tenido un ideal, porque, de haberlo tenido, jamás, jamás, se hubieran aprovechado de nuestras normas.

Gentes de bien, por dios, perdonadme.

Pueden matarnos por cientos o por miles, y pueden ampararse en otros tantos discursos sobre sus razones para hacerlo. Pero todas ellas quedarán desamparadas cada vez que se acojan a unas leyes que no reconocen para obtener aunque sea el más leve beneficio. Eso solo lo hacen los cobardes. Aunque, que lo son,  ya lo sabíamos, no?

 

Beatríz

Se abrió la puerta y asomó medio cuerpo de una enfermera.

- Beatríz! gritó.

Una sola vez. Nadie contestó, si por contestar entendemos que alguien le dé la réplica identificándose. En cambio, si por contestar entendiéramos que hubo alguien que intimamente saltó de su asiento … … … entonces yo sí respondí.

Mi Beatríz era menuda. Más que menuda, liviana; tanto, que a veces me daba miedo que la brisa marina se la llevase consigo. Todas las tardes de aquel verano las dedicó a coger, y escoger, caracolas. Nunca me contó, cierto es que tampoco nunca le pregunté, qué criterio seguía en aquel frenesí recopilador. Y nunca le pregunté, entre otras cosas, por miedo a que unha explicación lógica echase a perder la magia que desprendía aquel su ritual de agacharse, coger, comparar e rechazar.

Beatríz era menuda, y liviana, mas no era una mujer débil. La fuerza de Beatríz salía de mucho más adentro que del adentro de cualquiera. No era especialmente guapa, ni especialmente fea. Nada en aquel pequeño cuerpo destacaba como para ser digno de ser señalado, mas tampoco nada desentonaba. Puestos a elegir algo  me quedo con sus ojos. No tenían la negrura suficiente para inspirar a componedores de canciones, ni eran tan azules como el cielo que nos vigilaba; si tan siquiera fuesen verdes… Pero no, sus ojos eran ojos comunes y corrientes, ojos de un marrón repetido cientos e cientos de veces en otras tantas caras. Sin embargo, algo había en ellos que era capaz de reterte preso da su manera de mirar por tempo indefinido.

Acostumbraba Beatríz a merendar en la playa, hecho tras el cual se dedicaba a dar largos paseos. Fue en uno de esos paseos donde sus pisadas coincidieron con las mías. Yo iba; ella venía. Beatríz siempre parecía venir de vuelta.

– No crees que es una suerte que nos encontremos aquí y ahora?

Tal pregunta me sacó de mi ensimismamiento. No pareció darse cuenta de mi cara de asombro, si es que llegué a ponerla, porque así como la vi se creó en mi ánimo una corriente de cercanía para con ella que creí que nos conocíamos de todas las vidas.

– Mira este cielo. Asombroso, verdad?

Miré.

– Cierto

Reanudó la marcha sin decir nada más. Llegué a pensar, incluso, que tal intercambio de frases podría haber sido una ilusión mía. Tras mirar cómo se alejaba, hice lo mismo.

No soy capaz de ponerle fecha a ese día. Estoy por pensar que toda mi vida transcurrió en ese verano, que toda mi existencia la pasé en esa playa, intentando que mi camino trazase la misma línea que el de Beatríz. A partir de ese encuentro, y a consecuencia de él, cogí por costumbre bajar a la playa sólo para verla, por lo que tarde sí y tarde también mis pasos cogían, indefectiblemente, el camino del arenal. Nunca fuí quién de dirigirme a ella, ¡quién sabe por qué razón!. Mas ella siempre se dirigía a mí. Siempre. Nunca tuvimos grandes conversaciones, cierto. Todo lo más pequeños saludos, cosas sencillas, vacías de contenido trascendental. Con todo, a mí me bastaba oír su voz para que todo mi mundo tuviese sentido. Y mientras no llegaba la hora de intercambiar aquellas pequeñas frases que me daban la vida, me dedicaba a recorrer la playa despacio, mirándola a ella y disimulando, mirándola y memorizando cada uno de sus movimientos. Paseaba ella y paseaba sus ojos, repartiendo miradas entre el suelo y el cielo, sin prisas en el primero de los casos y con deleite en el segundo. De vez en cuando, se agachaba para coger una nueva caracola, comparando esa última con la que en aquel instante tuviese en la mano. Era ese el gesto más hermoso y más conmovedor de todos cuantos pudiese hacer aquella mujer.

Podría decir, si yo fuese quién de ponerme en su piel, que le dolía cada elección, que debatía duramente consigo misma cual de las piezas era merecedora de ser la elegida. Nunca se quedaba con más de una en la mano. Bendita manera de pasar las tardes: agacharse, coger, comparar e rechazar …

Una corriente de aire, un portazo. Una enfermera:

-¡Cándido!.

De nuevo nadie se identifica.

– A saber donde anda – pienso.

(Beatríz no hizo otra cosa que cuidar de su marido, Cándido, enfermo de alzheimer, el último verano de sus vidas)

Camino

Camino. Lo hago despacio, cansada. Sigo a mis pies, qué remedio, que se esfuerzan por llegar a casa. Los adoquines absorben mis pasos y, a veces, mi pensamiento. Los miro de manera mecánica y descubro que mi mirada va zigzagueando y se posa con una exactitud asombrosa en el lugar exacto donde luego pisaré. Para detener ese vaivén de mis ojos levanto la vista. El paisaje, precioso: una calle, estrecha, flanqueada por hileras de casas, estrechas también. No hay espacio para más. La sucesión es simple tanto en horizontal como en vertical. En el primer caso, el tabique izquierdo de una es a su vez el diestro de la otra. En el segundo, puerta y ventanuco a pie de calle, balconcito y tejado. Así una tras otra. Juntas, pegadas, pero no exactas; como de plastilina, así me lo parecen. Iguales pero irregulares. Diferentes revestimientos, diferentes carpinterías, distintos moradores, pero, ay, todas con la ropa al sol. Todas, sin excepción. Recreo la vista. Sábanas, camisas, toallas, ropa interior . . . Prendas en danza constante con la brisa, de la que se aprovechan para esparcir olor a límpio. ¿O es mi mirada la que huele?
En todo caso me pregunto por qué eso sólo se ve en calles no principales, quiero decir, qué lumbrera decidió que airear los trapos límpios no es bonito?. Donde está ahora ese iluminado, que le quiero hacer entender que es infinitamente más horrible que los de su misma profesión, léase políticos, ya no que aireen, sino que acumulen en los cestos de sus vidas, los sucios.
Puta sociedad absurda

Cienmilveinticuatro…

…no está nada mal, ¿no creéis?

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