¡Cuántos y cuan variados placeres nos ofrece la vida! Hay infinitas posibilidades de disfrutar si estamos predispuestos a ello. Yo tengo un abanico enorme al que echar mano, pero uno de mis favoritos es estar en casa. Me gusta muchísimo estar en casa.
Me gusta la envolvente atmósfera que hemos creado, los rincones decorados con el único propósito de ser disfrutados, vividos. Me encanta llegar a casa y ponerme ropa vieja, tan poco favorecedora como cómoda. Me gusta revolotear por la cocina con la radio puesta. Me gusta tumbarme en un sofá con una mantita de mucho pelo a criticar los programas de la tele. ¡Y qué voy a contaros de mi pequeña biblioteca! Ordeno y desordeno; me regocijo con sólo mirar mi pequeño tesoro de apenas doscientos libros…
De todas las horas del día, la que más me gusta es la de bajar las persianas. La sensación que más me agrada es la de seguridad, la de saber que nada ni nadie puede ya incordiar mi descanso. Saberme a salvo del mundo, con todo lo potencialmente malo al otro lado de las paredes, lejos de miradas indiscretas, a cubierto de lluvias, de vientos… Estar en casa es como estar lejos de cualquier peligro, protegida. Esa es la palabra: protegida.
Pero ¿y si todo eso se viene abajo? Y cuando digo venirse abajo me refiero a literalmente. ¿Y si se me cae encima el techo que debería protegerme? ¿Cuántos segundos duraría mi desconcierto, mi desilusión, mi desengaño? Supongo que pocos, pero el dolor, a veces, se hace más intenso en un segundo que en toda una vida, y el dolor del desengaño es más mortífero que cientos de toneladas de escombros.
¡Qué mundo tan complejo este de internet!
A mi me gusta especialmente. No hay las odiosas barreras de nuestro otro mundo. Aquí no se ve lo feo, lo guapo, lo alto, lo bajo, lo gordo, lo flaco… Aquí se ve lo de dentro. Yo no creo que la gente aproveche el anonimato para ser quien no es, sino que aprovecha esa situación precisamente para mostrarse tal cual es, sin miedo a que esa cualidad de “ser” quede oculta por lo externo.
Este pseudopensamiento me asalta a raíz de un recuerdo, o, para ser más exactos, de alguien a quien recuerdo muy a menudo, alguien con quien sentía una conexión especial y que se ha diluido en este mundo virtual sin dejar rastro.
He comenzado a leer un libro, una trilogía, que ella, pues es una chica, me recomendó muy apasionadamente. Y esto me hace tenerla muy presente estos días.
He comenzado a leer Verdes valles, colinas rojas, Cov, mi maravillosa Cov, y me acuerdo de ti.
Escrito en Amigos, La que firma, Libros | 5 Comentarios »
Hay temas jodidos de abordar para mi, porque sé que puedo no ser objetiva y eso es algo que siempre me asusta un poco.
Hace días que en todos los medios de comunicación fue noticia un niño de Orense con sobrepeso. Yo le presté especial atención porque en mi casa tengo ese “problema”, y ahora explicaré el por qué de las comillas. No voy a pronunciarme sobre el caso concreto de esa familia porque desconozco muchísimos detalles, pero expondré mi experiencia concreta para que tengamos, en lo posible, otra visión del tema.
Mi mediana tiene sobrepeso. Tiene once años y pesa alrededor de setenta kilos. Aquí daré también un dato que a mi me ha faltado siempre en todo este tema, y es la altura, que aunque no lo parezca es fundamental, ya que no es lo mismo pesar setenta kilos midiendo 1.40 que pesar setenta kilos midiendo 1.70, que es lo que mide mi hija. Arrastramos este “problema” desde prácticamente su nacimiento. A los dos meses ya doblaba lo normal en el percentil (esto es la tabla de referencia para pesos y tallas que utilizan los pediatras) cuando sólo se alimentaba de leche, por lo que no creo que sea un problema de mala alimentación. Y nunca, nunca, ha estado dentro de los parámetros normales.
Las visitas al pediatra para las revisiones a mi me provocan siempre unos nervios terribles, porque ya me sé de memoria el sermón: esta niña tiene demasiado peso, a esta niña hay que controlarle más la comida, esta niña debe hacer más ejercicio, esta niña…… bla, bla, bla.
Llevo sin dejar disfrutar una comida a esta niña unos siete años, con el consiguiente estrés emocional que eso conlleva, para ella y para el resto de la familia. Llevo todo ese tiempo dándole a las otras un mimo en forma de galleta de príncipe o de onza de chocolate siempre a escondidas de su hermana, algo que para mi sí es un problema. Pero a los médicos sólo les importa la puta salud física, y hacen caso omiso de la salud mental. Nos bombardean con campañas contra la anorexia, contra la importancia excesiva que damos al aspecto físico, sin embargo si te pasas de peso te ma-cha-can. Pero, ojo, te machacan de boquilla, porque a la que pides un endocrino para que te ayude a controlar ese “problema”, lo primero con lo que te enuentras es con una negativa, ya que “a estas edades” no es recomendable un régimen tal como lo conocemos. Todo lo que hacen es darte una serie de consejos (consejos que cualquiera con dos dedos de frente ya ha puesto en marcha) como pueden ser lo de no cenar en exceso, no comer entre horas, comidas a la plancha, frutas y verduras… y te dan un papelito con la pirámide de los alimentos. A eso se reduce la ayuda, a eso y a tener un control de peso, que no es otra cosa que aparecer por allí una vez al mes a que se pese la niña, y a recibir la bronca porque no ha bajado nada (así que tengo motivos para pensar que el “seguimiento” al que se refieren en la noticia también se reduce a eso).
Luego estan las contradicciones entre médicos. La anterior pediatra de mi hija me dijo, cuando la niña tenía seis o siete años, que no se puede hacer adelgazar a un niño de esa edad, sino que lo hay que conseguir es que no suba de peso, y la psicóloga que ahora la atiende lo primero que le ha retirado es ese control estricto sobre la comida, porque le afectaba, y mucho, a su autoestima, incluso más que el complejo físico, que a decir verdad nunca ha sido muy acentuado. Mi hija cada vez que hace un gesto tan normal como alargar la mano para coger un último trocito de pan, o para coger de la bandeja algo que no está en su plato, lo hace tan furtivamente, mirando de reojo a quien le pueda echar la bronca, y con tanto miedo que estoy convencida de que no puede ser sano para su autoestima lo que hacemos con ella, como ya queda constatado con la necesidad que ahora tiene de ser asitida por un psicólogo, ya que los problemas de conducta que presenta tienen origen, en un grado bastante elevado, en las diferencias que ha tenido que soportar en la mesa en relación a sus hermanas.
No dudo que haya padres que atiborren a sus hijos, no pongo en duda la buena fe de algunos médicos, pero cuando intuyes que la genética está jugando en contra, y esos médicos te tratan haciendo caso a la generalidad, te entran ganas de cagarte en todo.
Aclaro que mis otras dos hijas tienen un peso completamente normal. Aclaro que mi mediana es la que más sano come de las tres. Aclaro que en mi casa no entra un sólo bollo, ni una sóla comida precocinada, ni golosinas, ni gominolas, ni caramelos, ni ná, y lo poco que entra, como digo, es o galletas o chocolates y a escondidas, algo que os aseguro rasga el corazón más duro. Y aclaro, por último, que pocas cosas hay más dolorosas que negar, no una, ni dos, ni tres veces, sino toda una vida (triste período de once años) la comida a un hijo.
Y me callo mi opinión sobre la condición gitana del niño, y me callo la opinión que me merecen estos “veladores de la salud” que quitan niños por sobrepeso pero no quitan niños con déficit de alimentación porque los síntomas no son tan evidentes. En fin, me callo.
Escrito en Dudas, Mi familia | 17 Comentarios »
Lunes, 26 de octubre;
7:00 am: Saltar de la cama (con perecilla, pero salto)
9:00 am: Desayuno (por denominar de algún modo a un vaso de leche fresca tomado a la carrera)
9:30 am: Cita con el pediatra (mi mayor)
10:30 am: Compra morrocotuda (tras el finde, nevera vacía)
11:45 am: Vuelta a casa con compra morrocotuda y dolor de chepa; casa por arreglar, pasta de croquetas por hacer, comida por hacer…
2:15 pm: Por fin un segundo con las posaderas en una sillita mientras engullo comida.
3:00 pm: Tras servir el segundo turno de comidas (mi mayor sale a las 14:30) fregar cocina, colgar lavadora, hacer de profe con la peque…
4:15 pm: A patinar con la peque mientras haga solecito (yo no patino, leo, pero de pie; en la pista no hay bancos, grrrrr)
6:15 pm: P´a casita (meriendas, coger ropa, doblar ropa, colocar ropa*)
8:00 pm: Preparar cena niñas, administrar cena niñas, preparar cena de Boss (que tiene turno de tarde), dar forma a la masa de croquetas anteriormente citadas…
9:30 pm: Teléfono (papá que me trae a mamá para que les acompañe a urgencias por dolor abdominal)
10:30 pm: Salimos de urgencias -Redondela- camino del hospital de Vigo (imposible la emisión de diagnóstico por falta de medios en Redondela)
11:30 pm: Llegada y entrada al hospital (eso sí, perfectamente encajadas en un mínimo rincón de una sala de espera con oberbooking)
00:00**: Esperando…
1:00 am: Esperando…
2:00 am: Esperando…
3:00 am: Esperando…
3:15 am: Pasamos (por fin) a un box, donde tras exploración se solicita lo de costumbre: analítica y placas, sabiendo ya que el resultado de la primera se obtendrá al cabo de, como mínimo, tres horitas de ná.
3:30 am: Cambiamos el incorfortable box por un maravilloso rincón de un pasillo con vistas a: fila de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la derecha; filas de camillas y sillas de ruedas, con pacientes incluidos, a la izquierda; largo mirador al frente desde donde contemplamos a discreción el trajin de los 12 boxs.
4:00 am: Esperar…
5:00 am: Esperar…
5:30 am: Traslado a box (para comunicarnos que debemos esperar hasta las 8.00 am para hacer un escaner de la parte dolorosa y dolorida)
5:35 am: Cambiamos a mamá de la silla de ruedas a una inconfortable camilla para pasar el resto de la noche
5:40 am: Reubicación en un nuevo sitio de pasillo pero con idénticas (o casi) vistas.
6:00 am: Esperar…
7:00 am: Salir (antes de morir) a tomar un café, llamar a Boss (ya son horas), a papá (ya son horas), pagar el ticket de la zona azul (a partir de las nueve hay que ponerlo y ya preveía una mañanita larga…)
7:50 am: vuelta a mi inconfortable rincón del pasillo (sin novedad)
8:00 am: Esperar…
9:00 am: Esperar…
10:00 am: Esperar…
10:15 am: Acompañar a mamá al baño a miccionar (por fin algo emocionante)
10:20 am: Amable enfermera que se acerca y nos entrega un botecito para que mamá haga pis (¡¡a buenas horas!!)
10:30 am: Esperar…
11:00 am: Acabado el período pagado de zona azul, y ante la imposibilidad de mantener los ojos abiertos lo suficiente para no parecer dormida, decido abandonar el hospital para ir a por refuerzos (papá) no sin antes llamar a un cuñado que pasaba por allí para que se quede con mamá mientras no llega papá. (Aquí debo aclarar que he dramatizado la escena en pos de mantener la atención del lector, ya que mi marcha se debió al acoso y derribo al que me sometieron mi madre por un lado y mi padre por otro)
11:50 am: llego viva a casa de papá (de milagro, porque conducir con mi nivel de agotamiento para salir de un Vigo como siempre congestionado tiene lo suyo)
12:30 am: Llego a mi casa (ahhhhhhhhhhhh…) y como algo, porque desde el día anterior a la hora de la comida no ha ido a mi estómago más que el café de las 7:00 am.
12:45 pm: ducha… (maravillosa, reconfortante, cuasi orgásmica)
1:00 pm: En un último esfuerzo pongo la mesa para que las niñas al llegar se pongan la comida que Boss les ha dejado preparada antes de irse a trabajar.
1:05 pm: Me tiro en el sofá (no confundir con: me tiro al sofá)
1:15 pm: Tras 30 horas con los ojos como platos empiezo a notar el peso de los párpados.
1:20 pm: Ya no noto el peso de los párpados, aunque intuyo que ronco.
1:30 pm: (Pero) suena el teléfono (e increíblemente lo oigo, lo que me obliga a ir por toda la casa dando tumbos hasta encontrarlo, pero en un estado de descoordinación absoluta, resultado indefectible de que mi mente no acompaña a mi cuerpo; la muy zorra sigue dormida en el sofá)
1:35 pm: Me visto como puedo para salir a buscar (andando) a mi mayor, que me acaba de llamar del cole porque se encuentra mal.
1:45 pm: Llego al cole y empiezo a sospechar de que hay una confabulación judeo-masónica contra mi, ya que he de rellenar de mi puño y letra el justificante de abandono de centro escolar en hora lectiva (juro que fui incapaz de saber a qué día y hora estábamos, teniendo que pedir ayuda a una secretaria que quedó convencida de que yo iba completamente drogada)
2:00 pm: Llego de nuevo a casa (ahhhhhhhhhhhhhhhhhh………) y me vuelvo a tirar en el sofá (no confundir con… …)
2:15 pm: Quedaba una hermana por avisar. La llamo y le cuento lo acontecido.
2:30 pm: Suena el móvil (mi otra hermana -que a esas horas ya acompaña a mi padre- me cuenta que ¡¡¡¡a las 2:00 pm!!!! le han hecho el escaner a mi madre).
2:45 pm: Empiezo a dormitar 32 horas después de que comenzara mi día (ruido de fondo de mi niñas comiendo, susurrando para dejarme dencansar, discutiendo olvidándose de mi, reconciliándose….)
4:00 pm: Se acabó la siesta: trajín de teléfono con resultados, medidas a tomar, entradas y salidas de niñas a actividades extrescolares…
4:30 pm: Trajín de teléfonos (¡qué gran día para vodafone!) para confirmarme que mámá se queda en observación.
5:00 pm: Intento de ordenar mínimamente la cocina, hacer cena que pronto vendrá papá a recoger, hacer meriendas y cincuentamil cosas más que me mantengan activa o me desplomo en cualquier esquina.
Llegados a este punto me parece agotador seguir relatando (y que sigáis leyendo) el resto del día paso a paso. Sólo diré que los médicos cambiaron de idea, mandaron a mi madre para casa con antibióticos, yo seguí dale que te pego hasta las siete que me fui a su casa para hacerle también a ella la cena, y que conseguí irme a la cama a las 22.30 absolutamente agotada.
*: Como habréis sospechado no siempre plancho antes de colocar
**: Sí, un nuevo día ha comenzado
PD: Mamá está perfectamente.
PD2: No me esperéis aun por vuestros blogs; sigo intentando recuperarme, ya que todo lo narrado coincidió en el tiempo con un proceso catarral que me trae de cabeza.
Escrito en La que firma, Mi familia, Peripecias vitales | 15 Comentarios »
Parece que ha llegado el otoño. A pesar de ser mi estación favorita este año me está costando desprenderme del síndrome de abstinencia que la huida del verano me provoca cada vez que se va. Me dura poco, es cierto, porque en cuanto me doy un buen paseo por algun paraje sembrado de hojas secas ya no me apetece ningun otro clima, pero…… hace sólo tres días estaba bañándome en la playa.
No deja de ser curioso el hecho de que cada último día de playa, de cada año, se quede en mi memoria por algo. Hace años, el último día de playa llegué a casa y me encontré con el horror del 11-S. Otro año, en cambio, y afortunadamente, lo recuerdo por algo mucho más agradable, y es que había mareas vivas que inundaron completamente el arenal dándonos la oportunidad de disfrutar del agua de otra manera.
Este año no podía ser menos, y tuve la oportunidad de presenciar un concierto que nos ofrecieron -a mi chica y a mi- unos alemanes que a todas luces estaban haciendo el camino de Santiago. LLegaron hasta aquel rincón seguramente guiados por alguien que les explicó donde está la playa. Sucede que, a veces, se alejan del albergue para remojar los doloridos pies. Tras un “hola” que ya establece una complicidad especial se intalaron a nuestro lado en la arena. Mi chica con un cuento y yo con un libro. El resto de la playa solitaria. Primero un tímido tarareo por parte de una de ellas. Se la veía tan a gusto, con los pantalones arremangados, los ojos cerrados y la cara buscando el sol… Se fue animando y empezó a cantar. Buscó mi sonrisa para comprobar que no me molestaba, y al encontrarla se animó. Sus compañeros primero se reían aunque luego acabaron acompañándola. Por el ritmo y las carcajadas deduzco que eran canciones populares y con retranca.
Fue una tarde de lo más agradable. Tengo la seguridad de que ellos la recordarán como algo especial, y yo ya tengo mi recuerdo para mi último día de playa de este año.
Escrito en Gente buena, La que firma | 15 Comentarios »
Hay ciertas cosas en mi vida que, aunque no lo parezca, me avergüenza confesar. Y la de hoy es una de ellas. Lo que ocurre es que sopesando los pros y los contras de contarlo, la balanza se inclina hacia los pros, así que valor y al toro.
Aprendí a conducir con diecisiete años recien cumplidos, de la mano de mi primer novio “serio”. Las prácticas, evidentemente, no eran en circuitos cerrados sino en carreteras corrientes y molientes, de las que están llenas de coches a todas horas. Aprendí pronto, y pronto empecé a conducir de manera asidua. Cuando acabó mi relación de noviazgo con mi maestro empecé a salir en pandilla, y yo era la encargada de conducir noche sí y noche también sin haber pasado por ninguna autoescuela. Confiaban en mi.
Una noche, de regreso a casa, no se nos ocurrió nada mejor que hacer carreritas, y uno de los adelantamientos que realicé lo hice a 140 km por hora. A esas edades las “hazañas” no son tales si no se alardea de ellas, y al día siguiente en la plaza del pueblo presumos de aventurita. Y aquí llego a lo que quería contar. No me faltaron admiradores, cabezas locas como yo que se alucinaban y me jalonaban por mi “valentía”. Afortunadamente, entre todos los que estábamos allí, en esa reunión dominical, había un chico algunos años mayor que nosotros, Antonio, a la sazón hermano de mi mejor amiga. Al oirme puso una mueca mezcla de desprecio y reproche que me hizo sentir la persona más estúpida del mundo. ¡Y cuánto me ha servido recordar esa mueca a lo largo de mi vida! Esa simple mueca me hizo reaccionar y recapacitar; algo hizo click dentro de mi cabeza. Creo que ese día adquirí de golpe el sesenta por ciento de una madurez inexistente en mi hasta ese momento.
Desde entonces no desaprovecho nunca la oportunidad de “educar” a cualquiera que se me ponga a tiro. No hacen falta largos y tediosos discursos para hacer ver lo equivocado de una acción. Un gesto, una mirada o una frase simple y contundente en el momento oportuno son suficientes para que alguien que está errando abra los ojos.
Escrito en Amigos, Gente buena, La que firma, Peripecias vitales | 7 Comentarios »
Si estás atento, la vida, a veces, te muestra su mejor cara. Y de entre mis muchos defectos, a veces, sale la virtud de estar atenta, de ser consciente de que he presenciado escenas, según mi manera de entender la vida, sencillamente maravillosas.
Una vez más regreso a la aldea, una vez más me agarro a ella para saborear lo mejor de mi existencia.
Recuerdo hoy con mucho cariño a una persona que ya no está. Visitar su casa, de niña, era como entrar en un cuadro surrealista. Todo el mundo contaba que el cerdo no estaba encerrado en una cuadra, sino que campaba a sus anchas por el exterior de la casa colándose cuando le apetecía en el interior de la cocina, que tenía el suelo de tierra. Cuando pude comprobarlo por mi misma sonaba de fondo un piano, uno de verdad, y el sonido se derramaba por los ventanales del primer piso. La melodía era una sucesión de acordes repetidos una y otra y otra vez. Imaginad la escena: abajo, la más absoluta miseria, arriba, la vanguardia. La galería en la que estaba situado el piano la recuerdo, ahora, perfectamente, y me veo a mi misma arrimada a una esquina del piano mientras miro fíjamente las manos de Manolo tocando. A mi madre no le gustaba mucho que mi hermana y yo frecuentásemos su compañía. En una aldea a finales de los setenta alguien que deja entrar al cerdo en la cocina y que aspira a tocar el piano está considerado, cuando menos, un pobre infeliz poco cuerdo. Puede que lo fuese, ¡quién es capaz de afirmar o negar algo rotundamente!, pero yo admiraba la manera tan diferente que tenían de vivir la vida, aunque en aquellos años no era consciente de ello. Simplemente me atraía aquella casa y su ambiente.
Hace dos días estuve de nuevo en esa casa, aunque no dentro. Lamentablemente. La casualidad quiso que tuviese que estar en la finca, y todo lo que acabo de describir, y que tenía olvidado, me vino de golpe a la mente. Manolo ya no vive, pero sí su madre, que charlaba con la mía mientras yo saqueaba la higuera para ellas dos, henchida de la misma satisfacción de quien reparte caramelos entre los niños.
Escrito en La que firma, Vivir de lo vivido | 6 Comentarios »
Siempre me han dado miedo los catastrofistas, que como dice aquel “haberlos haylos”.
Estos días son muchos los pueblos que están sufriendo inundaciones, graves inundaciones, que no son deseables para nadie. Y en estos casos nunca faltan voces que se alzan para asustarnos con la llegada del cambio climático. Y a mi me da la risa. Lo siento, pero no me lo creo.
Y no me lo creo porque cada vez que los catastrofistas, o lo que a veces es lo mismo, los medios de comunicación, nos presentan las estadísticas, estas mismas son las que me tranquilizan. A saber: la noticia puede ser que “estas son las peores inundaciones en 85 años”. ¡Ah, caramba! osea que hace 85 años ya pasaba esto, con la suposición añadida de que seguramente antes de esos 85 años todavía no se dejaba constancia, o no se llevaran a cabo, este tipo de estadísticas, algo muy probable. Cuando a mi me digan “Estas son las peores inundaciones conocidas” entonces empezaré a asustarme, aunque no confío mucho en que puedan dar esa noticia, la verdad, y sino que se lo pregunten a Noé, que hace unos dos mil añitos ya andaba con el arca de aquí para allá. Yo no soy creyente, pero eso no quita que esté convencida de que el que escribió la Biblia oyó campanas aunque no supiera donde. Eso sí, antes no había corresponsales por doquier que dieran información de qué se ha inundado y qué no, por lo que el dichoso diluvio pudo haber sido cuatro gotas que cayeron todas juntas en un punto concreto, anegándolo, y a tres mil km de allí luciera un sol de aupa, que el mundo es muy grande, leches.
Conclusión, que sí creo que hubiera diluvio, que sí creo que el que vio auga en 100 km a la redonda creyera que el mundo estaba, todo él, así. Otro tema es que crea que el “diluvio” lo mandó dios.
Escrito en Dudas, La que firma | 10 Comentarios »
Tarde de viernes. Un calor que ni en el Congo. Mi chica y servidora en la playa. Yo en el agua haciendo experimentos con el móvil y una hoja de un árbol cualquiera, y ella que se me acerca tapándose con las manos toda parte púdica:
- Má, ¿qué haces?
- Fotos. ¡Hombre!, ahora te ha dado por taparte el chirimiri.
- Si. Por cierto, ¿sabes que en realidad se llama “válvula”?, (¡!)
Os juro que todavía me cuesta no reirme cuando lo recuerdo, jajajajajaj. Evidentemente se refería a la vulva.
Con motivo de esta nueva perla de mi chica he decidido que abriré una nueva página en el blog (las pestañitas de arriba) dedicada sólo a estas pequeñas joyas que suelta, y que actualizaré, independientemente de las entradas diarias del blog, a medida que vaya abriendo la boca. Si algún día estáis de bajón daros un paseo.
Casualmente hace ya días que me rondaba por la cabeza abrir otra pestaña, pero ésta con pifias que me encuentro en algún que otro libro. Y el honor de inaugurar esa nueva sección no podía tenerlo otra que………(trrrrrrrr): La Kostova, por una frase en La historiadora que paso a reproducir:
“Entre las minifaldas y espantosas botas de pesados tacones de moda, calzaba ajustados zapatos negros de fino tacón” (Pág. 236)
¡Ea!
Escrito en Libros, Mi familia | 11 Comentarios »
Mira que era difícil superar a la Lessing. Mira que el listón del aburrimiento y el tostón había quedado alto. Pues bien, ha venido Elizabeth Kostova y ha dicho: “Yo puedo escribir una historia tan incoherente o más, tan infumable o más y tan aburrida o más”
Y aquí me tenéis, intentando deshacerme de La historiadora para poder entregarme a los que me esperan en la mesilla y que son delicatessen. Y esto me pasa por pobre, así de simple, porque si no me hubiera quedado sin nada que leer no hubiera aceptado el préstamo.
Ahora he tenido un golpe de suerte y tengo en la mesilla tres, ¡tres!, que me esperan impacientes. Bueno, tampoco es eso, la impaciente soy yo. Pero no me digáis que no os encantaría leer La elegancia del erizo, Jane Eyre o Pedro Páramo. El primero ya es muy especial para mi porque a dos personas les ha parecido reconocerme en uno de sus personajes. Jane Eyre porque me apetece mucho comparar a las hermanas Brontë. Y Pedro Páramo… …qué puedo decir que no se sepa; me he leído sólo la primera página (nunca he sabido lo que es la paciencia) y ya no me aguanto más. Intuyo que se convertirá en uno de mis libros favoritos.
En fin, que a ver si este fin de semana me libro de la Kostova y vuelvo a disfrutar de la lectura.
Escrito en Arte, Cultura, Decepciones, La que firma, Libros | 14 Comentarios »
Que mis niñas no son normales lo sé desde hace tiempo.
Caramba, suena feo. Creo que empezaré de nuevo.
Que mis niñas son especiales lo sé casi desde que nacieron. Supongo, bueno no supongo, sé, que para cada padre y madre los suyos tienen algo que los hace diferentes, pasiones aparte.
Yo voy a contaros y vosotros juzgaréis sí lo son o no.
Mi mediana sólo tiene once años y ya casi me mira por encima del hombro, de la altura que tiene, quiero decir.
Mi chica se ha pasado el verano en la playa en pelota picada, eso sí, cada vez que iba a bañarse tenía que ponerse el bañador.
Ahora bien, la palma se la lleva mi mayor. Trece años. Este verano el sofá ha tomado la forma de su culo, pero no por ver Hannas Montanas varias o vídeos musicales de niños monos. No, mi mayor se ha chupado hasta el último campeonato de todos los deportes habidos y por haber. Que yo recuerde se ha tragado el de natación de Roma y el de atletismo de Berlín; El giro, el tour y la vuelta; nada que decir de los de moto Gp, 250 y 125; por supuesto la F1; están también en el saco los Roland Garros, Wimblendon, copa Davis, masters mil…; etc, etc…Ay queridos, pero hay un deporte que me la lleva por la calle da la amargura. Sí, el fútbol. Y encima me ha salido culé. Mi niña no me pide el Nuevo Vale, no, mi niña me pide el Sport. Y no se conforma con nuestra liga, sino que se sigue la italiana, la premier, y lo que le echen. Es tal su pasión por este deporte que el juego que más le gusta de la Play Station no es otro que el Fifa noséqué. ¿Y qué dos equipos creéis que se coge? Correcto, el Madrid-Barça o Barça-Madrid, y ¿con qué equipo creéis que juega ella? Pues no. Aquí ya rizamos el rizo. Mi mayor juega con el Madrid. Sí, sí, preguntadme el por qué de esta contradicción. Yo os lo digo, mi mayor se coge al Madrid para que gane el Barça. Se mete goles en propia puerta como churros hay en una verbena. Pero ella no elige a cualquiera para que los meta, ella se los hace meter a Raul, y cada vez que lo consigue alcanza el delirio y se recrea de una manera inhumana, viéndole a él y a Casillas poniendo cara de agobio y desesperándose.
Ahora decidme si esto es normal.
Escrito en Deporte, Futbol, Juegos, Mi familia | 13 Comentarios »
Con motivo del comienzo del curso escolar, y de la vuelta al trabajo de Boss, vuelvo a tener un montón de tiempo para mi; concretamente una horita escasa. Y no sé qué hacer con ella. Entendámonos, no sé por cual de las mil tropecientas cosas que quiero hacer decidirme.
Antes lo tenía muy claro y, como ya di cuenta en este blog, esa hora la dedicaba a leer en una cafetería mientras me tomaba el cafecito. Con la inclusión de Boss en las listas del paro esa costumbre quedó un poquito aparcada. A raíz de una recomendación médica, Boss empezó a caminar por las mañanas para coger un poquito de fondo y empezar a correr, pero hete aquí que la que le cogió el gusto al ejercicio mañanero fui yo. Ahora me debato entre irme a leer o irme a (casi) correr, habida cuenta de que cualquiera de las dos actividades he de realizarlas no antes de las nueve, que es cuando dejo a las niñas en el cole, y no más allá de las diez, que es cuando ha de empezar mi jornada de ama de casa.
Ainsss, puede parecer una bobada pero no consigo ponerme de acuerdo conmigo misma, y todo por tozuda, porque la mejor opción es dedicar días alternos a ambas actividades, pero es que quiero las dos cada día, y no me cuadran los horarios. Evidentemente ya he barajado la posibilidad de levantarme a las seis e irme a correr antes de que haya vida en mi casa, pero tengo serias dudas sobre poder llevarlo a cabo, ya que apenas duermo por las fantasías de mi chica, que ve fantasmas noche sí noche también.
Lo que está claro es que tengo que cerrar el planing ya, porque cuando no leo todo lo quiero (que es mucho) me pongo de un humor que no me lo soporto ni yo misma, y, por otro lado, mi volumen ya no lo soportan ni mis huesos ni mi ego.
Escrito en Deporte, Dudas, La que firma | 12 Comentarios »
Con motivo de obligarme a escribir estoy llevando a cabo un ejercico que me está resultando muy duro, y que pone de manifiesto que nunca seré capaz de librarme de mi gran lastre en esta vida. Nada como escribir para poner las cartas boca arriba y ver las cosas claras. Nada como mirarme por dentro para saber que nunca haré lo que debo.
Ella no varía un ápice su manera de comportarse y yo sigo poniendo la otra mejilla. El ejercicio me lleva a imaginar la vida sin ella, sin mi madre, y la sensación de desamparo se hace tan latente que me siento incapaz de afrontarla. Y entonces lloro. Lloro hasta la desesperación por haberla perdido, por no haber aprovechado ni una sola oportunidad de esconder las cicatrices de su trato y enseñarle mi mejor cara, por no haber puesto toda mi humanidad a su servicio. Y entonces dejo de escribir y me descubro estúpida, por adelantarme a un sufrimiento que puede que no llegue a sentir. Y siento vergüenza al llorar por alguien que está más viva que la misma vida. Y darme cuenta de que está viva me lleva de nuevo al sufrimiento, a ser consciente de que todo eso llegará y sentiré un arrepentimiento que no existiría si tuviese valor ahora. Valor de mirarla a los ojos y decirle que la amo a pesar de todo, valor de poner mi mano en su mejilla y hacerle sentir algo que quizá no ha sentido jamás. Valor de llevar al límite mi capacidad de olvido para volver, por enésima vez, a empezar de cero.
Escrito en La que firma, Mi familia, Tocando fondo | 8 Comentarios »
Hace más o menos un año tuve la brillante idea de inscribirme en un famoso concurso de blogs (el de 20minutos, evidentemente), y cuando vi que mi querido Mariano estaba inscrito creí -por aquellas absurdeces mías- que no estaba bien que me apuntara yo también. No le deis vueltas. El caso es que tras pensarlo, y volverlo a pensar, y repensarlo de nuevo, me di cuenta de la absurdez y me puse a rellenar el formulario. Cubrí todos y cada uno de los apartados mientras invertía mentalmente el dinero del premio. Vale, sí, estaba plagiando el cuento de la lechera. Y el cántaro se me rompió al darle a “enter”. Tal cual. El mensaje que apareció a las doce y diez de la noche de aquella noche fue: “Lo sentimos, pero el plazo de inscripción ha finalizado”. ¡Ahhhhhhhhh! ¡Diez minutos! Os lo juro, creí que me cargaba el ordenador. Ya conocéis mi máxima: “todo sucede en el momento adecuado”, y me consolé pesando en ello. No era mi edición.
Anoche ataqué de nuevo tras comunicar a mi familia que iba a dedicarme a ello de pleno (a relanzar el blog, quiero decir).
Es sorprendente la facilidad que tengo para abstraerme de ciertas cosas. Este año no daba con la página de inscripción, así que al ver que era requisito indispensable estar adscrito a la Blogoteca recordé que yo ya era usuario, y tras jugar a la ruleta con el posible nombre y contraseña dí con la página adecuada sin que se me pasara ni por la imaginación que pudiera haber concluido el plazo de inscripción. Hasta que…..¡Zas! ¡Ha acabado el ocho de Julio!
Decididamente tengo que poner una alarma en el móvil
Escrito en Blogueando, Decepciones | 5 Comentarios »
No me gustan los que primero frenan y luego ponen el intermitente.
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa


