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A perro flaco…

Llevo, ahora mismo, 40 horas sin dormir, y no es por falta de sueño. Mi chica está malita y ando cual pelota de tenis, rebotada del centro de salud al hospital y viceversa.

Definitivamente tengo un imán que atrae a los hijos de puta. Ayer auscultó a mi niña un superhombre con un superfonendoscopio capaz de escuchar el pitido bronquial bajo tres capas de ropa. Sí, así es, cuando vuestro médico os levante la ropa para auscultaros decidle que se ha quedado en el pleistoceno medio, que eso ya está anticuado, que ahora lo que pega es auscultar a los niños con la ropa puesta. Pero fijaos que ese es el menor de mis males. Toparse con seres así pasa a un segundo plano en el justo momento en que otro hijo de puta decide salirte al paso, de repente, y te aborda en el rellano para darle a tu soga una vuelta más sin anestesia. Mi casero ha decidido, ahora, a dos meses de la renovación ( tras cinco años de no darle ni un solo problema), y después de habernos asegurado hace cuatro meses que nos renovaba el contrato con una suba de 20 euros, que su piso vale, de golpe, 120 euros más al mes. Sí, amigos, ahora los pisos que están en la parte más pobre de un pueblo pequeño, donde se llega tras una cuesta brutal, y teniendo que subir después, en mi caso, a un segundo sin ascensor, vale 120 euros más al mes. Supongo que aun obviando las ventajas ya citadas el piso vale ese dinero y más, ya que pocos pisos quedan con estatus de zona arqueológica protejida, sino ya me contaréis donde podemos encontrar pisos que tengan aun los cristales de las ventanas unidos al marco con masilla; o que tengan una instalación electrica digna de museo que se sustenta en los plomos de toda la vida ( sí, esos diminutos cilindros alojados en una plaquita y que si le da por fundirse sólo has de viajar en el tiempo para poder comprar un recambio y ponérselo tú mismo); donde por la mañana no has de hacer café, ya que te basta con abrir cualquier grifo para que salga agua marroncita con sabor a óxido; donde dos de cada cinco persianas se descuelga de sus oxidados y anticuadísimos rulos con una regularidad mensual que destila tufillo a polstergeist; donde cada mañana has de barrer el polvillo que cada noche ha dejado la carcoma tras su banquete en cada puerta; donde las humedades son tan abundantes y persistentes que con lo que saca mi deshumidificador cada día podría abastecer a toda Cataluña yo solita, y debido a la cual mis paredes pierden su precioso color a los quince días de haber pintado; donde la mitad de los enchufes simplemente estan de adorno, imagino que debido a ese sospechoso polstergeist; y así hasta el infinito.

Ya sé que salir de este piso más que un disgusto podría ser una bendición. Pero hay unos pequeños detalles que lo impiden. En dos meses no encuentro un piso que se adecue a mis necesidades ni por un precio que se adecue a mis necesidades. Y otro detalle más: una vez que nos aseguró que nos renovaba el contrato con una condiciones que nos parecieron aceptables hemos pintado toda la puta casa, dejándonos una puta pasta. Hemos puesto tanto trabajo y tanta ilusión que no es justo que nos haga esto, que a dos meses nos diga que si queremos un nuevo contrato debemos pagar 120 euros más al mes. Sé que la vida está muy cara, que en todas partes los pisos estan por las nubes, pero creedme, esta mierda de piso en Redondela no vale 60 mil putas pesetas. 

Arte

Siempre me he sentido atraída por las cosas originales,  haciendo caso aquí a la segunda acepción que el diccionario de la lengua española otorga a esta palabra, y que dice así: “ Dicho de una obra científica, artística, literaria o de cualquier otro género: Que resulta de la inventiva de su autor”.

Ayer me compré un cuadro. Inmersos como hemos estado en la fiesta del Choco, producto famoso en esta villa, donde sus habitantes somos “choqueiros” y en la que hasta el club de futbol se denomina así:  C.F. El Choco, de Redondela, se han instalado en la zona acotada para el evento toda clase de puestos típicos de las fiestas. Ayer, ya de retirada, paseando por esos puestos a media luz, cuando en la zona de baile no quedan más que papeles y colillas, llegamos hasta una exposición donde las obras estan a ras de suelo mientras el autor, entre vigilante y espectante, pasea a escasos metros de su obra. Relacionando su aspecto con la temática de su obra me atrevería a decir que era africano. Su ropa estaba protegida por una funda multicolor, llena de miles de salpicaduras típicas del que se dedica a trastear con pinturas de todos los colores. No muy lejos había una mesa con sus herramientas, entre las que sobresalían, en cuanto a número, los contenedores de la pintura y que no eran más que culos de botellas de agua, utilizados y reutilizados a juzgar por las capas de pintura seca que se superponían unas a otras.

Tuve un flechazo con el cuadro que le compré. Ni siquiera tengo decidido donde lo pondré, por lo que no ha sido un cuadro comprado por la necesidad de rellenar un hueco en una pared.

Me suele suceder que cuando me compro algo bastan diez minutos para saber si la compra ha sido acertada o precipitada. Una vez transcurrido este tiempo miro de nuevo el objeto adquirido, y, o bien me arrepiento y ya no le veo el encanto por ningun lado, o lo miro y me enamoro más. En este caso ha sucedido lo segundo. Mientras iba para casa lo miraba y lo remiraba, y hasta me asaltaba el miedo de que podría haberlo dejado allí. He descubierto en él, además, algo que me gusta más aun que el propio cuadro, y es su parte de atrás, que lejos de ser un bastidor pulcro y sin alma tiene la madera llena de pinceladas perdidas y marcas de las manos manchadas de quien trabaja anteponiendo la pasión a cualquier miramiento o a cualquier precaución.

No entiendo de arte, puede que este cuadro no pertenezca ni siquiera a esa categoría entendida como tal, y puede que por eso mismo, sinceramente, no alcance a ver la diferencia entre mi cuadro y uno de Andy Warhol, por ejemplo. Y es que, el que yo me he comprado, tiene el encanto añadido de no haber sufrido por el camino las necedades del intermediario, que convierte la adquisición en mero negocio, aniquilando en el comprador el placer de recoger la obra de manos de su autor, de mirarle a los ojos y decirle “gracias” y que es mil veces más gratificante que el hecho de colgar y exponer en tu pared mil Picasos.   

  

Volver a empezar

Hoy sí tengo la sensación de volver a la maravillosa rutina de enfrentarme a la pantalla en blanco y no saber con qué rellenarla. Pero siento además que estoy frente a un reto, como si empezara de cero.

Sois bastantes los que seguís ahí, no sé si por cariño o si porque realmente os gusta lo que escribo o cómo lo hago. Pero este es un medio de toma y daca. Si te visito, tú me visitas. Si te comento, tú me comentas. Y yo ando que ni visito ni comento, de ahí que me invada esa sensación de empezar de nuevo. Cuando abrí el blog lo hice sin expectativa alguna. Simplemente me servía para jugar a ser uno de esos articulistas de los dominicales que tanto me gusta leer. Y de repente empiezas a recibir visitas y comentarios que no esperabas, sumando al placer de escribir el placer de ser leído, algo que hasta entonces desconocía.

Reconozco que ha habido comentarios que han inflado tanto mi ego que me han perjudicado. La sensación es tremendamente agradable, pero trae consigo un doble filo bien disimulado que cuando da la cara te pilla desprevenido. Muchas veces he sentido la obligación de escribir más y mejor, y esto ha ejercido una presión que me ha costado superar.

Me gustaría leerme desde fuera para saber cómo escribo, para saber si tengo un estilo propio. Pero eso es imposible. Lo máximo que consigo es leerme entradas antiguas, sobre todo alguna que no recuerde, para así tener una fugaz sensación de no leerme a mi. Es una sensación muy muy placentera que dura muy poquito tiempo, pero lo bueno de las sensaciones es que a veces se hacen largas en la boca del estómago y golpean dulcemente una y otra vez si consegimos evocarlas.

Ahora que empiezo otra vez, y casi casi un año después (mañana se cumple un año de la primera entrada), creo que he aprendido lo suficiente para afrontar un año más. Eso sí, sin objetivos marcados, como la primera vez.  

“Esceto”

Son las nueve de la mañana. Boss ha salido a llevar a las niñas al cole y de allí a la oficina del Inem. Yo tengo ante mi toda una mañana y la sensación es extraña. No tengo prisas, ni agobios. Estoy en mi casa, y si hago las tareas, bien, pero si no las hago nadie me pedirá cuentas. Lo que antes me parecían obligaciones ahora me parece un vergel de libertad.

Intentaré ponerme al día con vuestros blogs pero lo haré poco a poco. Extrañamente siento ganas de poner la casa al día también. Hace más de un mes que sólo hacemos camas y poco más, y nos apetece, además, darle un aire nuevo. Queremos pintar la cocina y el pasillo, y hacer un par de estanterías para este último. Los libros empiezan a acumulárseme por los rincones y me hace falta espacio para ponerlos. El último que ha llegado a mis manos es Tierra firme, de Matilde Asensi, y ha sido un regalo de Banderas, regalo que me ha entregado en mano. Perseverante como pocos, ha conseguido tomarse un cafecito conmigo, y la verdad, ha sido muy agradable conocerle.

Las cosas realmente importantes no pueden irme mejor. Anteayer mi mayor me llevó en volandas hacia una de las más placenteras carcajadas de mi vida. Se quedó dormida en el sofá, y cuando quise acostarla se empeñó en abrir el marco de la puerta del cuarto de estudios para poder ir al baño. Su cara de impotencia ante la imposibilidad de abrirlo, unida a sus lamentos, me hicieron doler la barriga de la risa. Pobre, me miraba y me decía: “Jo, má, no abre”. Y por otro lado, mi chica me embelesa. Anoche encontró una vieja revista de juguetes, y tras marcarlos casi todos con una cruz, escribió debajo una nota aclaratoria: “Me gustan todas las muñecas, “esceto” las que no me gustan”. Su capacidad para absorver y utilizar palabras que no son normales a su edad me llena de orgullo.

Pues eso, que soy feliz, “esceto” cuando me da por pensar tonterías.   

No le busquéis sentido

De repente, un día, un pequeño detalle hace que tu rutina cambie, y en ningun momento te planteas que nada volverá a ser igual. Piensas “es sólo un paréntesis”. Y caminas dentro de él, esperando tropezarte con el carácter que lo cierra. Y al no toparlo empiezas a plantearte si el encargado de ponerlo no habrá cometido una puñetera e inoportuna falta ortográfica, dejándote atrapada en una excepción sin fin, a la que va añadiendo capítulos en los que no te apetece estar, porque no tienen sentido. En la historia por la que caminabas antes de entrar en el paréntesis se intuía otro final, o al menos un discurrir tranquilo, sin sobresaltos. Dentro del paréntesis abierto todo se confunde, todo te confunde.

Tengo el ánimo por los suelos. No puedo leer, no puedo escribir, no puedo empaparme de las cosas que necesito para sentirme bien. Siento que me ahogo. Vuelvo a sentir que he nacido en el lugar equivocado. Yo no he nacido para esto. Yo no he nacido para desaparecer bajo el carácter de un ser que absorve la energía de todo el que la rodea. Yo no he nacido para sufrir los putos vaivenes de una puta economía que se sustentaba, hasta hace una semana, en un puto contrato temporal que ha llegado a su fin. Yo no he nacido para hacer camas, comidas, peinados…

Yo he nacido para disfrutar de museos, de monumentos, para asistir a tertulias, a conferencias, para escribir grandes obras a base de pequeñas frases, para conocer cientos de lugares de este planeta, para estudiar y hablar todas las lenguas y todos los idiomas, para coleccionar libros y poder encerrarme en una habitación llena hasta los topes de ellos y perderme horas y horas simplemente ordenándolos y desordenándolos, para pasear en soledad y en silencio hasta que no recuerde ni el camino de vuelta, para tener tiempo para asearme y perfumarme y estar siempre radiante, siempre perfecta y preciosa…

Tengo tanto para dar… Me sobra entrega, sacrificio, ganas, pasión, y siento que lo estoy volcando en actividades tan ingratas, en personas tan poco merecedoras de ello, que me ahogo en angustia. Sé que jamás lograré cambiar mi situación. Me conozco. Me falta el egoismo necesario para ello. Me diseñaron sin él. En cambio se pasaron con la dosis de cobardía. Cóctel fatal que juega en mi contra.  

 

 

Me siento absolutamente extraña.  Pero no sólo por el tiempo que hace que no escribo una entrada, que también, sino porque WordPress ha cambiado la página de administración, y estoy tan perdida que no sé si sabré publicar ésta. Aunque esto no es realmente una entrada, sólo es algo así como una nota, un posit, para deciros que todo está bien.

Creo que pronto volveré, ya que a juzgar por lo insoportable que se está volviendo mi madre, la cosa va bien. Cuando empieza a quejarse más de lo habitual y a poner (más) pegas a todo es que está bien. Ahora tiene tortícolis y llora a cada rato. Llamadme insensible, pero no sabéis lo que es soportar a alguien que llora por la “desgracia” (así lo denomina ella en su retahila)  que supone que la vida te ponga ante la dura prueba de soportar una tortícolis.

Sé que estoy dando la imagen de una pésima hija, dando a conocer detalles que desde fuera pueden parecer ridículos y facilmente soportables, pero estoy muy tranquila. Os pondré un pequeñísimo ejemplo de cómo es mi madre: Ayer la visitó una vecina a cuya hija, con cuarentayalgunos años, le han diagnósticado un cáncer de los peores. Imaginaos cómo estará esa mujer. Pues bien, nada más verla, mi madre puso su cara más patética y soltó su muchas veces practicado llanto de: “qué desgraca la mía, con lo bien que estaba, y mira qué palo me ha dado la vida” (aquí debería aclarar que le han extirpado la vesícula biliar). Como os lo cuento. Mi madre es así. La pobre mujer soportó el chaparrón, y yo me salí del cuarto para no ponerla a caldo, porque ni se me ocurre hacer algo así, ya que con ello le daría pie a que elucubre (más) sobre lo desgraciada que es. Yo no le doy ni un solo motivo al que ella pueda agarrarse para hacerse (más) la víctima de sus imaginadas desgracias. Yo me comporto como la perfecta hija. Puede sonar a hipocresía con mayúsculas, pero no pienso darle jamás un motivo para que se queje de mi. Jamás.

Sólo alguien como ella podría hacerme olvidar tan pronto la angustia que sentí la noche que la operaron, cuando, tras salir de quirófano, mis hermanas me telefonearon para decirme que toda esperanza de vida se centraba en que superase la noche, y que las posibilidades eran más bien pocas, (todo ello debido, no a la extirpación de la vesícula, sino a la obesidad). Nunca olvidaré el terror que me provocaba que pudiera sonar el teléfono. Si eso ocurría la noticia sería la peor. No podía hacer nada, sólo esperar que amaneciese, sentada en mi cama, con el móvil en una mano y la medalla de San Antonio en la otra. Jamás he sido tan consciente de cuan largo es un segundo, y de que en cada minuto hay sesenta de esos eternos segundos, y que los minutos han de pasar lentamente hasta conformar cada una de las ocho terribles horas que faltaban para que amaneciese. Amaneció. Todo quedó atrás, como una broma pesada, como una noche irreal, y todo pasó a ser tranquilo, sin ninguna clase de peligro. 

Y aquí me tenéis, intentando mantenerme cuerda, porque no sé quien de las dos es más monstruo.   

Todo bien

Tengo muy poco tiempo, tengo menos ganas aun, y tengo un trancazo que no puedo con mi alma.

Sólo deciros que todo está bien, que ha sido una semana muy jodida, pero que ya ha quedado atrás.

Besos.

Ir y venir. C`est la vie

Bueno, ya estamos de nuevo por aquí, y mira por donde es para decir hasta luego. Tengo a mi madre en el hospital con piedras en la vesícula, y he de hacerme cargo de su casa y de mi padre, con lo que mi rutina va a dar, mientras dure la situación, un giro de 180 grados.

Como digo, no sé cuanto durará este episodio, porque después de la operación, cuando le den el alta, tendré que seguir yendo a su casa. Lógicamente los primeros días es normal que lo haga, pero ya os aviso que mi madre es de las que si puede amarrarme con chantajes emocionales un par de meses no me soltará en quince días. Ella es así.

Notaréis cierto desdén o despreocupación en mi tono. No es algo de lo que esté muy orgullosa, pero la hipocresía no va conmigo, y mi madre y yo no estábamos precisamente en nuestro mejor momento. De hecho nunca es buen momento para tener que cuidar de alguien que se dedica sitemática y gratuitamente a hacerte la puñeta, pero en fin, como digo siempre, yo no soy como ella, así que, a darlo todo cuidándola.

Besos y hasta pronto (o eso espero).

Pd: Os voy a echar mucho, mucho, de menos. 

El peticargo de una vida

Este mundo que es el escribir no deja de sorprenderme. Supongo que el camino es tan largo que aun no he recorrido ni la cuarta parte, de ahí que me sorprenda ante cada nueva sensación. Y cada nueva sensación es más fuerte que la anterior. 

Desde que tengo el blog he descubierto que me gusta “escribir por encargo”. Me resulta sorprendentemente fácil hacerlo. Me ocurrió con los relato/entradas que escribí para Estilográfic, John Flint, Llamazares, Eifonso… …

Este sábado recibí una llamada en la que me proponían algo realmente bonito. Hay por ahí un foro que ha tomado como imagen/amuleto un hada de estas de porcelana que cualquiera podemos tener por casa. La han bautizado con el mismo nombre que a la asociación que han formado, pero les faltaba la historia, y esto es lo que me encargaron a mi.

El proceso de imaginar la vida de dicha figurita ha sido fascinante. Pasó de ser un mero objeto decorativo a tener una historia detrás. Aunque pueda sonar un poco a locura siempre la imaginé viva. Puede sentir en mi piel todos y cada uno de sus minutos de vida, sentí su misma tristeza, sentí su mismo afán, sentí su misma satisfacción. En un momento determinado tuve la necesidad imperiosa de verla. Alguna vez la había visto en un estante, pero nunca había reparado en ella, sólo recordaba su sempiterna pose,  nunca me había fijado en sus manos, en su vestido, en su mirada… Ahora sentía que la conocía desde siempre. Sentía que yo había sido una espectadora invisible de sus fatigas y sus pensamientos, y del hecho concreto que la había convertido en leyenda. Mandé un mail solicitando una foto, y cuando la vi no pude evitar llorar. Me sentí muy boba, pero ya no veo en ella una figura de porcelana, sino que la porcelana es la reproducción de alguien que ha existido realmente.    

Ser, o no ser… …

Hoy es viernes, y creo que es el día perfecto para realizar una encuesta ya que hasta el lunes no publicaré nada más, con lo que habrá tres días para recibir opiniones.

La cuestión es que hace ya unas semanas que siento la necesidad de hacer una cosa, pero no me atrevo. Tengo mucho miedo del resultado, tanto, que cada vez que calibro la posibilidad de llevarlo a cabo se apoderan de mi estómago unos nervios feroces y los latidos del corazón dejan de ser ritmicos para volverse frenéticos. Pero la necesidad de realizarlo persiste.

Si repaso las fotos de diferentes etapas de mi vida casi nunca encuentro dos en la que lleve el mismo corte o color de pelo. Lo he tenido largo, corto, rizo, liso, con mechas, rojo… Precisamente cuando lo tuve de esta última manera (rojo) es cuando mejor me he sentido.  Hace cosa de un año intenté ponérmelo morado, me encanta el pelo morado, pero, o la peluquera era una inepta, o el tinte era de muy mala calidad, o es cierto que mi pelo no admite bien los colores, porque no hubo manera humana de que, tras sesiones intensas y odiosas de decoloraciones y coloraciones, mi pelo cambiara de color. Esto último va a ser cierto porque, tras de mí fue mi hermana, y en la misma peluquería y con el mismo tinte se puso una mechas preciosas de  (mi)  color morado.

Bueno, a lo que vamos. Ya me he cansado de mi pelo largo y siento una necesidad imperiosa de cortarme el pelo, y aquí os pido que entendáis la frase literalmente, “cortarme el pelo”, cotármelo yo. Meter las tijeras e ir cortando hasta que me guste el resultado. Pero me da miedo no alcanzar el punto donde me guste el resultado. Infinidad de ocasiones me imagino cosas que luego no son factibles. Quiero decir, me imagino un corte precioso, revuelto, que se note que son tijeretazos a diestro y siniestro, nada de corte bien hecho… pero, ¿ y si eso que yo me imagino no me queda bien?

Suele importarme un pimiento infinidad de cosas, pero hay otras sobre las que me obsesiona hacer el ridículo. Entonces, ¿si me obsesiona hacer el ridículo, por qué narices necesito cortarme yo el pelo? ¡Con lo fácil que es ir a una peluquería y que (no) te entiendan (nunca) lo que realmente quieres hacerte! 

En vuestras manos lo dejo:

¿Me corto yo el pelo o voy a la peluquería?

Nos vemos en el infierno

¿Qué os parece si hacemos una quedada en el infierno? Tal y como se están poniendo las cosas creo que más de uno daremos con nuestros huesillos allí, así que podríamos aprovechar la ocasión.

Hoy toca de nuevo confesión. Sí, amigos y amigas, os estoy usando de curas de cabecera. Por dios, sed benévolos con muá.

Yo leo, vosotros leéis, mis hijas leen. Bueno, vale, leen menos de lo que me gustaría, pero leen, que no es poco. El caso es que hay por ahí mucho niño que no lee res de res, y los profes de cuarto este año se han sacado de la manga un impreso para que cada padre anote lo que leen sus hijos cada día: día de lectura, hora de comienzo, tiempo empleado, número de páginas leídas, título del libro… A mi me pareció muy apropiado, y acogí la idea de muy buen grado, hasta que descubrí que mi despiste y mi desorganización también salpicarían tal iniciativa. La ñina lee, la mamá piensa: “luego lo apunto”. Los días pasan, la mamá piensa: “tengo que empezar a notar ya, que se me olvidará todo”. Las semanas pasan, y la mamá desesperada: “Tengo que encontrar un hueco ¡¡YA!! y sentarme a recordar para apuntar todo lo leído por la niña”. La niña, inocente, preguntando de vez en cuando: “¿má, cuando vas a anotar lo que leo?” (…)

LLegó el día D. Ayer me recuerda que hoy ha de llevar el impreso con todo lo leído desde ¡¡¡octubre!!!. Glupss. Me quería morir. Pero aun así no fue suficiente el susto (mi despiste no conoce límites)  y ayer tarde se nos volvió a olvidar.

Jueves. Siete de la mañana. Despliegue nunca visto para recopilar por la casa todos los libros leídos hasta hoy. Calcular tiempo empleado por página, calcular a grosso modo el orden en que fueron leídos, cambiar de boli para que parezca más creíble el “engaño”… …

En fin, estoy de los nervios. Me imagino a la profe cotejando datos, descubriendo el engaño y poniéndole un cero a la niña. Voy al infierno en bussines class, fijo.  

Cuando hoy he llegado al portal me he dado cuenta de que había pasado de largo por delante de la panadería sin comprar el pan, y me ha dado mucho coraje, habida cuenta de que la panadería, aunque cerca, está antes de subir la empinada cuesta que lleva a mi casa.

Y pasé de largo porque mi mente no me acompañaba en el recorrido diario, sino que estaba, a mi pesar, centrada en hallar explicación a comportamientos, cuando menos extraños, de seres que se cruzan en nuestro camino.

Un año antes de abrir este blog ya tenía uno en el que sólo colgaba, muy de tarde en tarde, alguna que otra ¿poesía?. Una tarde que navegaba sin mucho rumbo encontré un blog con poesía y pequeños relatos, amén de recortes de prensa en los que había salido infinidad de veces el autor, que me gustó mucho. Casualidades hailas, y pese a no ser gallego vivía aquí, en Redondela. Le dejé un breve comentario que, seis meses después, me devolvió en mi blog alabando mis escritos y haciendo alguna pregunta directa. Me hizo gracia jugar al gato y al ratón y los mails derivaron en un divertido juego del escondite. Yo le conocía a él, pero él no me conocía a mí. Tiempo después me convenció para tomar un café, y dado que yo le veía por la calle a menudo me pareció correcto dar la cara. Tomamos café, charlamos un buen rato y nos despedimos.

Lo que mi mente no comprende es por qué ahora unas veces me saluda y otras no. Hoy hemos coincidido bajo un andamio de esos que ponen para arreglar las fachadas de los edificios, incluso nuestros brazos se han rozado y ha mirado al frente fingiendo que no me ha visto. Y así desde aquel café. Al principio yo le saludaba aunque se hiciera el loco, por aquello de que no se me achaque a mí la mala educación. Pero me he cansado de dar la impresión de que mendigo su saludo. Me importa el tipo un bledo. Si él dedujo de mis mails una inteligencia y una cultura que luego no resultaron reales es su problema. Pero no me cuadra que hace unos meses me enviara un mail de estos colectivos solicitando colaboraciones de cara a una publicación que estaba ultimando y que no me diga simplemente hola por la calle. Supongo que en tres años aun no ha tenido tiempo de borrar mi dirección de su mail.

No sé si lee este blog, creo que no, pero por si acaso desde aquí le digo, que no sufra, que un hola por la calle no contagia la incultura ni obliga a nada, y que su aspecto de poeta culto e interesante no se verá en absoluto afectado por abrir momentáneamente la boca al cruzarse con una ama de casa vulgar y regordeta, y encima aleja de uno la fama de maleducado. 

Ainsss, tengo que bajar a por el pan.    

Y no olvidar

El 11 de marzo de 2004 todos morimos 191 veces.

Leonor

Hoy he vuelto a soñar con ella.

No diré su nombre real, le pondré uno: Leonor.

Leonor fue mi jefa durante dos años y medio aproximadamente. Pero más que señora y asistenta se creó entre nosotras una corriente de afecto que pocas veces se da en tales circunstancias. No era la típica señora a las que yo estaba acostumbrada a servir. Me impuso llamarla por su nombre, insistía en que no la tratara de usted (cosa que no consiguió), se rió de mí cuando le pregunté por el uniforme, decidió que, aparte del sueldo, me pagaría lo que me gastaba en autobús, algo que hasta entonces era impensable pedir a otras “señoras”, y en su casa no se comía mientras yo no estuviera también a la mesa, con ellos.

Era muy fácil querer a Leonor. Madre de cuatro hijos (las dos mayores de mi edad) tuvo una vida muy dura. Mataron a su marido ante sus ojos, en un atraco, en el último de una lista muy larga para sucesos de este tipo. Evidentemente esto dejó una huella en su carácter ya nervioso. A veces me volvía loca con la ubicación de los objetos decorativos: “¿qué hace esto aquí? ¡esto es allí!”. Y al día siguiente al revés: “¡¿pero no te dije ayer que esto era aquí?!”Era como un huracán. Nunca he visto a nadie con más energía que Leonor.

Recuerdo que cuando terminábamos de comer nos tomábamos siempre un cafecito con leche condensada, el mío muuuy cargado de leche condensada, y charlábamos de infinidad de cosas. Un día de los enamorados que yo había roto con un novio que tenía, me sorprendió con una tarta en forma de corazón para que no estuviera tan triste. Nos la comimos casi toda entre ella y yo: ”¿Para qué queremos un hombre?”.

Durante uno de esos cafecitos me contó algo que creo que ella aborrecía y que entendía como un estigma que la perseguía. Me dijo que cuando nació la metieron en una bañera a la que añadieron unas monedas de oro. Suponía que quien decidió aquello pretendía que nadara en la abundancia. Y funcionó. Pero como ella decía: “Para qué quiero yo tanto oro, si todo lo demás son desgracias”. Habían pasado muchos años desde la muerte de su marido, pero no lo había superado. Me contaba cosas de él con una ternura que ahora, recordando, me emociona. Casi todo el mundo se le arrimaba por interés. De algunos no se daba cuenta, y a mi me daba rabia que se aprovecharan de ella. De otros era plenamente consciente, pero se dejaba, afectivamente los necesitaba. Yo te doy, tú me das.

Fueron años realmente felices. No me costaba nada ir a trabajar, era como tener una segunda familia, incluso llegué a salir de juerga con sus hijas mayores.

Cuando dejé su casa para irme a Cataluña se enfadó conmigo. Sé que a sus hijos no les dijo exactamente el motivo de mi marcha, pero sé que fue fruto de su enfado. Volví, la visité e incluso me hizo un buen regalo de boda. Me hubiera encantado ser su amiga, pero no volví a visitarla. Tenía miedo de parecer una más de esas amistades por interés, y no quise.

Sueño muy a menudo con ella. Sueño que todo es como entonces, que se enfada conmigo y que yo la odio por su manía de cambiar los objetos de sitio. Sueño que vuelvo a limpiar aquella casa y me despierto con una sensación de bienestar agradabilísima. 

Deseo de todo corazón que haya conseguido ser casi feliz.     

Mi aldea

Muchas veces me habréis oído hablar de la aldea, y a veces me pregunto cómo os la imagináis. Tengo la sensación de que transmito un mensaje erróneo cada vez que la nombro, quiero decir, que pueda parecer que son cuatro casas perdidas en medio de una montaña. Y no, aunque creo que me gustaría que así fuera. Es cierto que está en un terreno elevado con respecto a Redondela, por ejemplo, que está a ras de mar.

En tiempos había tres “tiendas”, locales en los que podías adquirir un paquete de manzanilla, o de sopa, o una bobina de hilo, al tiempo que te sobresaltabas con los puñetazos ejecutados con furia a una mesa de distancia,  sobre un tapete verde, lleno de marcas de cigarrillos abandonados y olvidados en el fragor de partidas intensas, donde cuatro inocupados demostraban su pericia jugando al tute, y donde cantar las cuarenta no satisfacía de igual manera si no iba de la mano del puñetazo sobre el tapete verde, todo envuelto en una atmósfera mitad cargante mitad deliciosa, resultado de mezclar el humo del tabaco con el aroma del cocido que se fraguaba tras la apolillada puerta que separaba el negocio del hogar.

Hoy están cerradas las tres. A falta de éstas, una espabilada ha abierto un proyecto de supermercado, con precios abusivos, estantes de quíntuple mano y desorden generalizado, donde puedes encontrar absolutamente de todo, pero donde descubres que ese todo no está para satisfacción del cliente, sino que reponde a una ambición sin límite. Y crece y crece gracias al inconveniente que le supone a los vecinos desplazarse al núcleo urbano más cercano.

Hoy las naves industriales estan cercando la aldea. Avanzan como fieras en estampida, dejando a su paso nubes inmensas de polvo que solidifican allí donde surgen. Paredes y paredes grises, frías, feas. Paredes grises, frías y feas que me obligan a plantearme cómo denominar ahora a un lugar donde, hasta hace muy poco, sólo había un monte atravesado por un regato al que han obligado a empezar de cero en su labor de agrietar la tierra para no derramarse. Siglos y siglos de trabajo constante, de tenacidad silenciosa, tapados en segundos por excavadoras  que todo lo pueden.

Me temo que pronto tendré que dejar de llamarlo aldea, mi aldea. Pronto será un próspero pueblo. Pronto se vestirá de largo, engalanado para conquistar más y más pretendientes con trajes grises, fríos y feos. Me queda el consuelo de que las excavadoras aun no tienen palas capaces de arrancar el alma.

  

Aquellos que sean un poco observadores ya habran adivinado, viendo mi barra lateral, que por fin me he librado de la Lessing. No lo he dejado, no. Lo he terminado (podéis hacerme la ola).

Este post me parecía necesario porque sé que muchos seguís al pie del cañón. Según vayáis terminando, o abandonando, dejadme aviso para poder barajar fechas para el post. No hay prisa, al menos por mi parte, ya que la elección no ha sido la más acertada y cuesta. Espero que esto no os retraiga de participar en más ediciones de esta locura. La primera vez de todo suele tener estas cosas. Ya veréis como la siguiente edición disfrutamos más.

Hay cientos de comportamientos de mi madre que nunca he conseguido entender, pero no renuncio a ello. Pienso seguir dándoles vueltas y reflexionando sobre ellos, observándolos desde todas las perspectivas posibles, y a través de todos los prismas que se presten a ello, porque pienso que todos los comportamientos, incluso los más incomprensibles, tienen una razón de ser, un motivo.

Uno de esos comportamientos era la aversión que tenía mi madre a que mi hermana y yo escucháramos música. Daba igual que hiciéramos las tareas o que no. Daba igual que ella estuviera en casa o no. Siempre se enfadaba porque poníamos música. La frase que más me irritaba, porque no entendía, y que ella más utilizaba a voz en grito era: “¡¡Vosotras pensáis que la música os dará de comer!!”. Siendo niña yo le daba cien vueltas a esa frase, le suponía un mensaje oculto que se me resistía, y no quería esperar a ser mayor para conocerlo. Pero a día de hoy todavía no le encuentro el mensaje. Nada hay más placentero y menos obturador que la música. Levanta el estado de ánimo, no entorpece casi ninguna de las tareas que pueda realizar una persona, enriquece un paseo, ayuda a canalizar un sentimiento de dolor, no entretiene innecesariamente a un persona como lo haría, por ejemplo, una imagen,  En definitiva, no estorba. Está ahí, acompañando sin entorpecer, sin ocupar espacio alguno.

Y todo esto rollo para contaros que por fin (¡¡POR FIN!!) mis hijas empiezan a escuchar algo decente. 

Se han criado escuchando de todo. Y digo bien. Desde Manolo Escobar a Accept. Desde Bisbal a Los Panchos. Desde Dire Straits a Alejandro Fernández. Desde Metallica a Dulce Pontes. Desde Radio Futura a The Alan Parsons Proyet. Pero basta que les quieras inculcar una cosa para que ellas se decanten por otra. Se rien de mi si me ven en la cocina chillando con el heavy más duro o bailando un pasodoble con la escoba. Al contrario de lo que hacía mi madre, yo las animo a que pongan música cuando estan (a regañadientes) arreglando su habitación en un el más triste de los silencios. Desde bien pequeñas han tenido sus propias radios, y ahora emepetreses. Y sí, les gusta la música, pero, y he aquí el horror, les gusta RDB. Cuando ellas ponen esa música infernal, yo procuro ponerme la propia para no someterme a semejante tortura sin privarlas de su derecho a oir lo que les dé la gana, porque aunque fuese el sonido de un buque averiado en medio de una fiesta para chicharras, si eso es lo que les produce placer, ése es el fin primero y último de cualquier música, independientemente de la calidad que queramos atribuirle, porque  considero que la calidad de toda música la marca la cantidad de sensaciones que es capaz de arrancarnos. Y mi paciencia y mi confianza en la evolución de sus gustos han dado resultado.

Han descubierto a Tokio Hotel, y su Moonsun. Se pasan el día tarareando esa y otras canciones del grupo, y algo me dice que este camino ya no tiene retorno. Mientras ellas lo recorren yo seguiré dándole vueltas a lo de mi madre. 

Supongo que estaréis un poco hartos de mis propuestas, pero por favor, hacedlo una vez más, y prometo no proponer nada en mucho tiempo.

Se me ha ocurrido un juego. Consta de dos partes: la primera la desarrollaremos hoy y se trata de hacer preguntas y respuestas. La segunda será justo dentro de un mes, el cuatro de abril.

La parte de hoy, como digo, se compone de algo tan sencillo como preguntar a quien queráis lo que queráis, y responder lo que os hayan preguntado, siempre que alguien os haya preguntado, claro está.

Ejemplo: Irre quiere saber a qué lugar del mundo querría ir Paco si le tocara la lotería. Pues Paco contestará, y, si le apetece, preguntará a la misma Irre o a quien le venga en gana. Cualquiera puede preguntar aunque nadie le haya preguntado  a él/ella. La pregunta puede ser de cualquier índole, y el/la encargada de responder es libre de hacerlo o no, pero lo bueno sería hacerlo.

Gracias por mezclaros en esto y que dios reparta suerte.

Pd: si os parece empiezo yo, y mi pregunta es para Banderas… ¿cuando me darás mi regalo de cumpleaños?( Siento aprovecharme del juego tan descaradamente, pero…)

Pd 2: Se me olvidaba, cada uno puede hacer la cantidad de preguntas que desee, pudiendo dirigirlas todas a una misma persona o a varias. O la misma pregunta a todos, en fin, las variantes son casi infinitas.

Vitruvia’s return

Vengo nueva. Me hacía mucha falta una semana de desconexión. En un principio pensaba leer las entradas atrasadas, pero ya se sabe que cuanto menos hace uno menos quiere hacer. Y además he aprovechado para cambiarle el disco duro al ordenador. El que tenía era de ocho Gb (sí, habéis leído bien) y ahora le hemos puesto uno de cuarenta, aunque sólo me admite 31.4 Gb, pero si hemos sobrevivido dos años con ocho, treinta y uno es el paraiso.

Bueno, ni que decir tiene que la pila de ropa para planchar sigue en el mismo sitio. Soy la number one proponiéndome objetivos, pero para llevarlos a cabo soy algo menos… … eficiente.

Ha sido una semana especial por varias razones. Boss tenía turno de tarde y por las mañanas me acompañaba a tomar el café. En un principio decidió que no me acompañaría, quería respetar “mi hora” sagrada, pero le convencí para que viniera: él con su libro (el que le regalé por su cumple) y yo con el mío. Hemos descubierto una nueva manera de compartir momentos. Una vez que nos servían el café nos despedíamos y nos enfrascábamos en nuestras respectivas lecturas. Supongo que a algunos de los clientes de la cafetería les podía resultar raro ver a dos personas en la misma mesa sin hacerse ni el más mínimo caso. Para nosotros ha sido mágico: estar uno en Londres y otro en Alemania, pero compartiendo desayuno, ha sido realmente especial. 

El viernes fue el día estrella de estas minivacaciones blogueriles. Boss terminó de comer y se encerró a terminar el libro. Ese día no trabajaba y sentía la necesidad de terminarlo. Mientras él leía, acompañé a las hadas a clase de defensa personal. Cuando volví había terminado, y sus ojos estaban maravillosamente rojos y húmedos. Sin decirnos nada nos abrazamos largamente; por fin un libro le había absorvido. Sentí una envidia brutal porque Lessing no me acaba de enganchar, y como voy muy adelantada con respecto a algunos de vosotros (voy por la 343) me permití el lujo de leer el libro de Boss. Aprovechando mi muy dolorosa menstruación me tumbé en mi cama con el libro y una mantita. Eran las cinco y media y lo terminé a las 10 menos cuarto. Me tocó muy profundo y, a la vez, sentí una enorme satisfacción por haber acertado, sin querer, con el título con el que Boss inicia su propia colección. 

Hacedle un pequeño hueco en vuestras listas a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Merece la pena. 

Simulacro de rendición

Bueno. Pues sí. Aquí andamos. Vale, vale. Ya.

Me voy de vacaciones.

Pues no, no son esas vacaciones que todos estáis imaginando. Son vacaciones blogueriles. Me ha costado mucho dar este paso. Mucho. Me cuesta muchísimo rendirme. Creo que no sé rendirme. Pero estoy absoluntamente agotada. Me levanto cansada, sobrellevo mi rutina cansada y me acuesto completamente rota. Hace siglos que no me encontraba así. Es más, creo que jamás me he encontrado así. A consecuencia de todo este cansancio no me cunden los días, es decir, no paro de hacer cosas y aun así me queda todo por hacer. Es una sensación extraña, como si alguien fuera detrás de mi deshaciendo todo lo que yo hago. Y esto ha repercutido (como ya habréis notado) en que os tengo abandonados. Tengo cientos de entradas pendientes de lectura, tengo a Lessing abandonada en la página 198, tengo una pila de ropa para planchar tan alta que creo que tendremos que abrir un boquete en el techo para que quepa.

Por tanto, me voy a dar un respirito. No echo la llave, ni mucho menos, no sabría, esto es como una droga para mi. Espero volver el lunes (sí, ya sé que esperabais perderme de vista unos días más, pero…). Dejo la puerta entornada, como en la aldea, y daré largos paseos por vuestros blogs, parándome donde me apetezca y charlando con quien me dé “leria”, sin prisas, como en la aldea……

Crónica de un cumpleaños

Mi chica ya tiene cinco años. La fiesta bien, gracias. Muchos niños dando gritos, mucho confeti por doquier, el aspirador estropeado, los de la funeraria sacando el cadáver de la vecina…… vamos, lo normal en un cumpleaños.

Vale, tenéis razón, muy normal no es. Pero si lo vemos desde el punto de vista de mi siempre imprevisible vida, lo raro sería que algo transcurriera con normalidad.

Las cinco. A esta hora estaban citados los monstruitos y a esa hora empezaron a llegar. Juerga, algarabía, carreras pasillo arriba pasillo abajo. Merienda, regalos, piñata…La primera en abandonar: mi madre. Besos y hasta luegos. Sólo treinta segundos después primer timbrazo desde el portal:

Mamá -Nena, el portal está abierto y hay una caja tipo las que se ven por la tele en los accidentes de tráfico-. Yo (No haciendo mucho caso, debido a lo acostumbrada que estoy a las fantasías y exageraciones de mi madre) -Bueno, mamá, y yo que sé. Deja el portal abierto y ya está-.

La segunda en irse, la mamá de (y gracias a dios con)  la niña más repelente de todo Galicia: -Bueno, pues nos vamos ya, gracias y hasta luego. -Nada, gracias a ti por venir. Contad: uno, dos, tres, cuatro… veinte segundos y timbrazo en la puerta. La repelente y su madre: -Hola, mira, podemos pasar, es que están sacando un cadáver, o eso creo yo, porque está tapado con una sábana y sentado en una silla, y me han dicho que ahora no puedo bajar. Yo: (flipando) -¡Qué dices!

A partir de ahí imaginaros: pedir un silencio casi imposible a unas criaturas aceleradas por la adrenalina de una fiesta infantil, mi marido bajando a informarse y ofrecerse a lo que fuera menester, y a enterarse que la pobre señora había muerto a las cinco y cuarto, vamos, justo cuando empezaba el mogollón.

Digo la pobre señora, porque tengo sentimientos encontrados. Ya era mayor, estaba enferma y había sido operada varias veces. Pero tras vivir en la vivenda superior a la suya los últimos cinco años, durante los que nos hizo más de una puñeta, tengo una sensación extraña de alivio y pena. Era nuestra casera y en este compartir edificio hubo de todo. Momentos agradables, y momentos no tan agradables. En fin. Descanse en paz.

Si me permitís, la entrada de hoy tiene dueño. Cumple 37 añazos, y sé que esta canción le dirá todo lo que espera oir de mi.

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Muy feliz cumpleaños, padre.

Coherencia o usura

Soy plenamente consciente de que la entrada de hoy puede costarme lectores, porque lo que voy a contar reconozco que tiene tela. Pero hace ya tiempo que no lucho contra mi misma, porque he aprendido que es tiempo perdido en vano.

Mi afición recicladora es desmesurada, casi enfermiza. Lo poco que me veo obligada a tirar por alguna circunstancia concreta me remuerde la conciencia días y días. Tengo guardadas telas de vestidos por si valen para cojines, cremalleras de chaquetas viejas para lo mismo; los folios donde vienen las circulares del cole las corto de tamaño pos-it para aprovechar la carilla trasera, que viene en blanco; la esponjita de la caja de un reloj que le regalé a Boss la utilizo de acerico; …

Con la comida no iba a ser menos. En mi casa cualquier sobra es susceptible de volver a la mesa tras una pequeña transformación. Aprovecho cada salsita o caldito, por poco que sea. Soy incapaz de tirar nada. Y llego a odiarme por ello. Desde el punto de vista de la comodidad, esta manía es todo un lastre, porque lo sencillo es tirarlo todo, fregar los cacharros y punto.

Ahora viene lo realmente chungo. Hace un tiempo que decidí dedicarme una hora para mí por las mañanas. Dejo a las niñas en el cole y me voy a tomar un café. Pero yo no tomo café, no me gusta. Yo tomo descafeinado de sobre porque así me echo muy poquito. Además no soy muy azucarera, con medio sobre me basta. Creo que ya imagináis por donde voy. Cada vez que abro el sobrecito del descafeinado y tengo que desechar el sobrante me llevan los demonios, porque sé que acabará en la basura.  Con los azucarillos, tres cuartos de lo mismo.  Así que, una de dos, o lo dejo para que lo tiren o me lo llevo para utilizarlo al día siguiente. Pero si me llevo los sobres empezados para utilizarlos al día siguiente le estoy ahorrando a la cafetería algo por lo que me cobran aunque no me lo tome, y ahí me sale la vena revolucionaria. Así que los que no abro me los llevo también. 

Al principio lo pasaba mal llevándome los sobrecitos, pero no más que lo mal que lo pasaba dejándolos. Y como ya he dicho, hace tiempo que aprendí a concederle ciertas licencias a mi manera de ser, por lo que he decidido llevar la coherencia a su extremo más radical. O puede que me esté engañando para no ver de frente mi vena usurera.     

sscn3673.jpg El otro día Lola me propuso un meme, y aunque hace tiempo que no suelo seguirlos, este me gustó mucho. Por fin parece que funciona la cámara, eso sí, despues de siete horas “fozando” en el cablecito del USB.

En fin, que esto es lo que llevo en el bolso: Pañuelos de papel con olor a miel, diadema de mi chiqui, apiretal por un tubo, caramelos de la caja de ahorros, toallitas húmedas, desodorante maravilloso de té verde, pastillas no recuerdo para qué, cartera, neceser, estuche para compresas y monederito de la Betty Boo, porque como buena recicladora que soy, aprovecho todo lo que mis hadas han aborrecido.

 Y diréis que es poca cosa. Pues sí, es poca cosa, y es que tengo truco: todas mis cosas estan repartidas por todos mis bolsos, con lo cual sólo hago pequeños traspasos, como monedero y neceser, y de todo lo demás tengo copias y variantes en el resto de los bolsos, jajajaja. Además, hace semanas que me ha dado por andar sin bolso, de ahí que esté tan limpito de tiquets y papeles varios. Bueno, vale, hay algunos que deben tener clips y caramelos de los que ya ni se fabrican, pero qué queréis, no iba a escoger el peor de ellos, no?? 

Y él te buscará…

Son las 21:35, y acabo de colgar el teléfono: el resultado de la llamada no podía haber sido más satisfactorio.

El número de teléfono llevaba más de quince días aburriéndose bajo un imán en la puerta de la nevera. Cada vez que abría ésta, el número me gritaba: ¡cobarde!. Y no le faltaba razón. El miedo a no conseguir mi objetivo me disuadía de llamar, y me convencía de la conveniencia de seguir parapetada tras la incertidumbre y el pesimismo. Ansiaba que tal vez el destino diera un nuevo giro a mi favor, y me librara de esta angustia perenne de tener que utilizar el teléfono para resolver algo cuyo estatus de ”pendiente” duraba ya demasido tiempo. 

Hoy he reunido el valor suficiente para llamar. Me lo pensé mucho antes de marcar los números que me pondrían en contacto con mi interlocutora. Los nervios se apoderaron de mi estómago nada más tomar la decisión de realizar la llamada. Una llamada que podría resolverlo todo o convertirlo en un enigma para siempre. Mi indefensión ante la persona que descolgara era una realidad incontestable. La ansiedad se prolongó a causa de no hallar respuesta en los tres primeros intentos. No había nadie. Tal vez no les guste contestar a desconocidos. Las nuevas tecnologías permiten ejercer tal derecho.

Al cuarto intento contestaron. Me identifiqué y expuse mi petición todo lo claramente que mis nervios me permitieron. Contesté a todas y cada una de las preguntas que me hicieron. Nombre, aspecto, color, olor…… Me las sabía de memoria. La respuesta que a priori podría parecer más difícil salió de mi boca fluyendo desde el corazón: largo texto aprendido desde la admiración, visualizado una y otra vez en una memoria de la que nadie podría haberlo arrancado. Ni la muerte hubiera podido borrarlo: Para Vitruvia (ML)…

Tras una mezcolanza de agradecimientos y excusas no pedidas, me despedí y colgué. He recuperado Mi tinta azul de la memoria.

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