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La profe Ana

la profe AnaMi chica, con tres años, tenía un anorak al que se le atascaba la cremallera al desabrocharla. Una mañana, en el patio del colegio, yo, como cada día, se la quise desabrochar para ahorrarle un trabajo a su profe. Ella, mi chica, se puso a llorar, porque vete a saber tú por qué razón quería entrar con ella abrochada. Su profe, que nos vió en el tira y afloja, vino a interesarse por la razón del llanto, y cuando le dije el motivo ella misma se arrodilló para abrocharle la cremallera, aun sabiendo que luego se atascaría, diciéndole a Claudia que tenía toda la razón, que ya la desabrocharían en clase. Ese día me rendí a sus pies.
La profe Ana no es una profesora más. La profe Ana es el resultado de mezclar la ternura con la dosis justa de mano firme. La profe Ana es la vitalidad en un “buenos días”; es ver siempre la botella medio llena y encarar los problemas con una sonrisa. La profe Ana irradia pasión por su trabajo y por sus niños y consigue que cada uno de ellos se sienta su preferido.
Ahora que mi chica deja infantil para pasar a primaria sé que la sombra de la profe Ana será alargada, pero en absoluto será una sombra fría, al contrario, será una sombra apetecible a la que siempre será agradable volver, aunque sólo sea a través del recuerdo.
Puede que con el tiempo tengamos que pintar la habitación de Claudia y borrar así el retrato que ella misma pintó de su profe en la cabecera de su cama hace ya un par de años, pero hay un sitio del que no se borrará jamás: su corazón.
Estoy segura de que a la profe Ana se le parte el corazón en veintitantos cachitos cada tres años, pero también sé que sabrá recomponerlo para recibir en septiembre a otros veintitantos afortunados, que aun no saben que van a tener a la mejor profe del mundo.

Hacedoras de arte

Siempre que algun genio deja este mundo siento exactamente lo mismo: rabia. No rabia porque se muera sino rabia por lo que se lleva consigo. Todas las genialidades que se quedan sin realizar y que podrían habernos ofrecido convirtiéndonos así en un poco menos ignorantes. Y mecánicamente me imagino sus manos, ya inertes; manos que dieron forma, de cualquier manera, a todo lo que en sus cabezas bullía, convirtiendo el resultado en arte.
¿Y qué es arte? Yo no sé la respuesta, y no quiero saberla. Yo quiero seguir disfrutando de todo lo que me hace sentir con mayúsculas sin necesidad de seguir estrictamente los mandatos de una definición que ponga coto a mi heterodoxa capacidad sensitiva. Supongo que cada hacedoras hacendosas uno tenemos nuestros genios de cabecera, y los baremos que nos llevan a elegir unos u otros son tan dispares que ahí reside, a mi parecer, la grandeza del arte.

Viajar por viajar

Hace tiempo que me ronda por la cabeza llevar a cabo uno de esos deseos/caprichos muy al alcance de la mano que siempre vamos posponiendo precisamente por lo factibles que son. Esto es: dejarlo siempre para mañana.
El deseo en cuestión no es otro que el de meterme en un tren por el mero placer de sentarme en el asiento y mirar por la ventanilla, mientras dejo fluir a su antojo todas las sensaciones y pensamientos que puedan acudir a mi espíritu y a mi mente, mientras escucho música o dormito, o ambas cosas a la vez….. Me daría igual el destino, ya que una vez alcanzado éste no haría otra cosa que meterme en un nuevo tren que haga el recorrido a la inversa.
Por una de esas casualidades que nunca alcanzamos a comprender, siento que estoy haciendo ese mismo viaje, pero de manera metafórica, desde hace una o dos semanas. Han sucedido determinados cambios en mi estado de ánimo que me hacen sentir la plenitud que le intuyo al infinito... viaje real. De repente me siento metida en un tren del que lo que menos me preocupa es saber la estación a la que se dirige. Siento que avanzamos a un ritmo perfecto y preciso, ni demasiado deprisa ni muy lento. Tan placentero es el paisaje que no me importaría incluso sufrir una pequeña avería. Sólo hay un detalle que difiere del viaje real, y es que, en este caso, cuando llegue a mi destino, pienso quedarme allí.

Propósitos

Comer langostinos al menos una vez por semana (He estado echando cuentas y fumar me saldría mucho más caro)
Ser más consciente de mi buena suerte. Me he dado cuenta de que tengo mucha más de la que pudiera parecer.
Disfrutar al máximo de cada segundo, sin preocuparme de lo que venga mañana.
Inventar más momentos a mi medida, como los que he tenido esta semana y durante los que he sido absolutamente feliz. Sólo diré “Gracias, Clandestinos
Ser más tolerante conmigo misma, echarme los fallos a la espalda y seguir caminando, tarde o temprano encontraré una papelera donde tirarlos.
De nuevo el sexto dia....En definitiva, aprovechar todos y cada uno de estos 365 días que hoy empiezan y que son los últimos de la treintena. 39 añazos sólo se tienen una vez en la vida.

… Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. siguemeAcérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Xuntaletras

Miro las letras, parecen dormidas. Con mimo, las voy despertando, y las hilvano de manera que luzcan bonitas, que se vean bonitas. Conformo con ellas paraísos para mi. Ellas se dejan. Por alguna extraña razón confían en mis manos. Imagino mundos en azul, en violeta…… en gris. Saltan del teclado a mis dedos en xuntaletras danza deliciosa y asimétrica. Armónica manera de componer una sinfonía de palabras con un piano de letras. Cierro los ojos y me dejo llevar. Graves, agudos, acentos, comas, puntos …… Palabras que me sorprenden, que se hacen visibles de repente; culmen del concierto. Cada caricia una frase. Cada frase un suspiro. Cada suspiro un sueño.
Hora de abrir los ojos, de descubrir el resultado. Y el resultado es que éste no importa. Sólo importa seguir tocando.

Decepciones

Infinidad de veces he oído cosas como que cuando uno no mira a los ojos algo tiene que ocultar. Y, como siempre, no es hasta que no se experimenta que uno no se da cuenta del verdadero significado, y de cuan lejos estamos del verdadero sentido, de esas frases que repetimos una y otra vez de una manera completamente vacía de contenido hasta entonces.
Hay alguien en mi vida que no se está portando bien, alguien que de repente aparece para poner de manifiesto que siempre hay quien no ve más allá de sí mismo y que piensa que el sitio que ocupa, siguiendo el orden que le proporciona la edad, es suficiente crédito para que se le perdone todo. Ese alguien ha ido perdiendo mi afecto con la misma celeridad con la que despilfarra lo que luego yo tendré que abonarle para que desaparezca.
De frente Yo siempre miro a los ojos, siempre. Es esencial para mi. Es mi manera de decir: aquí estoy, así soy. Como un árbol en invierno, desnudo, sin nada que esconder. Pues a esta persona soy incapaz de mirarla a los ojos. Alguien podría pensar que escondo algo, y efectivamente escondo algo: me escondo yo entera, me oculto de quien no quiero que me conozca, porque le considero inmerecedora de ello.

A tu vera

Lo primero que se deducía al ver cómo agarraba el bolso es que le faltaba la costumbre de hacerlo. Las manos juntas y apretadas contra el pecho, casi retorciendo el asa; la espalda recta y las piernas encogidas, tensas, formando el regazo sobre el que descansaba la preciada pertenencia; la mirada alerta a cualquier movimiento. Así estaba él.
Ella, en cambio, se esmeraba en mantener la poca dignidad que una raída camisola abierta en la espalda permite. Eso sí, los zapatos impecables, el moño en su sitio y los labios … … bueno, hay perfiladores que no saben sortear con tino los surcos que dejan los años.
Podría parecer que la conversación huía, que el silencio entre ellos era absoluto, más si uno presta atención puede enterarse de todo.
A tu vera Él gritando con el gesto que les dejasen volver juntos a casa, ella suplicando calladamente poder irse con aquel calamidad que no se valía sin ella.
Y al bolso bastaba mirarlo para sentir la angustia de estar siendo estrangulado, que uno también sufre, a pesar de ser sólo un viejo, curtido y manoseado trozo de piel.

Tardes escondidas

Soy consciente de que por mucho que una se desnude, como hago a veces en este blog, nunca se tiene una imagen real al cien por cien de cómo es la persona que escribe. Creo que a veces doy una imagen muy cándida de mi, como si jamás rompiera un plato. Pero no quiero engañar a nadie: Vitruvia también tiene su lado diablesco. Mis últimas fechorías son calcadas unas a otras. Mi padre tiene un humilde Ford Orion, que entre semana no utiliza porque usa el de la empresa, y que por lo tanto está aparcadito ante la puerta, muerto de risa. Me lo suelen dejar para hacer la compra grande, la mensual, o si tengo alguna cita médica a la que no llego en bus, por aquello de los horarios. Pero eso de que lo utilice para disfrute mío y de mi familia como que no les hace mucha gracia. Hasta ahora yo cumplía esto a rajatabla. Pero ahora le he cogido el gusto a darme unas escapadas, sin mentirles, pero sin decirles toda la verdad. Sí, se puede.
El viernes nos escapamos toda la tarde a Baiona, y de ello resultó uno de esos momentos en que crees que vas a reventar de felicidad. gaivota Viento considerable, sol tímido y huidizo. El mar empeñado en subirse a las rocas y la mente dejándose empapar del ruido que provoca en su intento. Las gaviotas, todas, revoloteando alrededor de una señora que las llamaba a cada una por su nombre y les lanzaba comida que ellas cogían al vuelo. Era un festival de sensaciones. Me acerqué despacio, corriendo el riesgo de salir a bastonazos porque aquella señora tenía el punto justo de locura para molerme a ellos si la molestaba, y así me lo hizo saber con la mirada cuando me agaché todo lo cerca que pude, parapetada tras una roca del acantilado. A partir de ahí disfrutar de aquel baile delicioso de cientos de gaviotas a mi alrededor. Aparecían por todas partes y desaparecían por el mismo sitio. Mi pobre móvil no daba abasto, pero da igual. Hasta donde no llegó él llega mi memoria.

Una de esas cosas que me suelen suceder, y que más placer me produce, es que un libro me busque.  Libros que caen en mis manos inesperadamente y que, además, cada uno de ellos busca una nueva e imaginativa vía para llegar hasta mi. Me sucedió con Levantado del suelo, que me gritó desde el fondo de una pila de libros que le estaban afixiando; y me pasó también algo muy especial con La tinta azul de la memoria, que decidió darse una vuelta por Redondela, para luego regresar a mis manos; y algo parecido con Juegos de la edad tardía, que me esperaba tranquilamente en un banco del parque donde a veces me siento a leer. Libros de de los que desconocía, salvo el de Mariano, hasta su existencia, y que decidieron ser leídos por mi. Afortunadamente me ha vuelto a ocurrir.

El noventaynueve por ciento de mis libros llegan a mi de la manera más tradicional. Esto es, me voy a  Moliere, pido el libro y ellos ya se encargan de buscarme una edición baratita, porque ya saben, por mi boca, que leo más de lo que me puedo permitir. Pero hete aquí que de esto ya se ha enterado el último que me ha buscado.

viciosHace unas semanas Mariano recomendó La higuera, de Ramiro Pinilla, y allá que me fui. Todo sucedió segun dicta mi costumbre, es decir, dar a conocer título y autor, y hasta dentro de unos días. Fue al ir a recogerlo cuando se rompió la cotidianidad. Quiso el destino que el posit con mi nombre tapara el nombre del autor, quedando sólo descubierto el título, La Higuera, con lo cual me lo llevé a casita sin sospechar siquiera que no era el libro que yo había pedido.

No fue hasta dos días después cuando descubrí que el autor de mi particular higuera no era Pinilla, sino que al retirar el posit quedó por fin a la vista el nombre de François Maspero. Debido a estas charlas que se tienen, los libreros me recordaron la posibilidad de devolverlo. Ni imaginaban que estaban proponiéndome poco menos que un crimen, ¡devolver un libro yo!. No sé qué me deparará la lectura de éste libro que hoy empiezo, pero a priorí, y teniendo en cuenta las anteriores experiencias con libros de vida propia, no creo que me defraude una historia que, para más inri, es de libros y libreros. Y que nadie se alarme, ya está en mi mesilla la otra higuera, la de Ramiro Pinilla. Este viejo vicio mío no ha hecho más que empezar.

A los que disfruten con estas fiestas …….. Feliz Navidad!!!!!!. Y a los que no ….. pues ……. ¡¡qué putada, no!!
En cualquier caso, sed todo lo felices que podáis. Yo pienso reventar el saco. Besosssssssssssssssss.

Oler a papel

El primer día que este blog estuvo colgado en la red recibió catorce visitas. Ahora que sé las cifras en las que se mueven algunos, me parece, y a cualquiera con dos dedos de frente, una cantidad irrisoria. Pero a mi, aquel día, mis catorce visitas, me hicieron feliz. Alguien, sin querer, buscando quién sabe qué, llegó a Xuntaletras, y quiero imaginar que tratando de encontrar en el texto aquello que buscaba, leyó algo que yo había escrito. Suficiente. Nunca pedí más. Nunca aspiré a más. No sé, ni pretendo saber, en qué momento dejaron de llegar visitas equivocadas para ser sustituidas por visitas a conciencia. Sólo sé que me leían. Y escribir empezó a tener otro sentido. Ya no era un simple, y adictivo, acto de juntar letras para construir palabras que trazaran mi  mapa vital. Ya cualquiera podía seguir mi rastro. Pero un rastro está incompleto si le falta el olor. Y yo sé exactamente qué olor quiero para dejar tras de mi: el olor a papel.

blogs-de-papelSé perfectamente que lo primero que haré al recibir “mi Blog de papel” será abrirlo y olerlo. Y me basta presentirlo para reconocerlo.

Y mezclado con mi olor habrá, qué casualidad, catorce rastros más. Todos iguales en la misma medida que diferentes. Todos distintos a pesar de ser iguales.

Quiero imaginar que algún día, alguien, buscando quién sabe qué, acabe leyendo lo que yo he escrito en Blogs de papel, y para mi volverá a ser suficiente, porque en el aire quedará flotando mi olor a papel.

piel

Y qué si nos separa la piel. Y qué, si a mi me sirve para sentirte. 

A fin de cuentas la línea que nos separa es la misma que nos une; frontera inútil que olvidó su cometido. 

Te sostengo y con eso me basta.

Y qué, si nos ampara la piel. Y qué si acudimos a ella para no olvidarnos. 

A fin de cuentas tu piel y mi piel son la misma; vínculo tácito e imperecedero que me sustenta. Y con eso me basta.

 

Aquí,  C.o.v

 

 

 

 

Puntos y comas

Hacía tiempo que no tropezaba conmigo misma. Hace ya un tiempo que mi devenir diario fluye sin contratiempos incontrolables. Es decir, vivo y me suceden cosas, pero ninguna consigue, últimamente, bloquearme. Ya sabéis, lo que no te mata te hace más fuerte. Y en ello estoy.

Decía lo de tropezarme conmigo misma porque lo analizo todo de manera enfermiza. Y si lo que has de analizar es algo importante, pues mira, son cosas que pasan, pero si es una chorrada…

Dándole vueltas creo que analizar no es el término correcto. Y, dándole más vueltas aun, no sé cual podría serlo. El caso es que estoy leyendo El hombre duplicado, de José Saramago. Siempre me ha resultado fácil y muy gratificante leer a Saramago. De hecho mi libro favorito, y a mucha distancia de todos los demás libros, y autores, es suyo.  Como digo estoy con El hombre duplicado, y llevo parada una semana en la página 73 por culpa de un párrafo que no logro comprender. Y esto no sería mayor problema si mi tozudez a la hora de buscarle sentido a todo me permitiera aceptar la explicación que creo haber encontrado para seguir leyendo, que no es otra que substutuir una coma por un punto, sin darle más vueltas, sin querer saber por qué está ahí esa coma, sin necesidad de ponerle nombre: errata, fallo en la traducción…. Estos dos supuestos no son por sí mismos una gran amenaza, ya que no me costaría mucho aceptarlos. Lo que los hace peligrosos es que conviven con una tercera opción: la de que el texto esté bien redactado y traducido. Ahí está el cincuenta por ciento de mi problema; si el texto está bien para mi se convierte en incomprensible. El otro cincuenta por ciento es no poder pasar página hasta no hallar la verdadera explicación. No la más adecuada o la más probable, sino la verdadera. Y como esto no es posible mi cabeza seguirá dándole vueltas y vueltas hasta que decida rendirse. Y mientras el libro permanecerá cerrado en mi mesilla, a la espera de que algún resorte en mi mente haga click sin que mi consciente se percate de ello, y pueda seguir leyendo éste y todos los que vienen detrás.

Fijaos que creo haber tropezado ahora mismo, mientras escribo, con el nombre que le viene al pelo a mi problemilla: falta de seguridad en mi y en mis criterio frente a determinadas cuestiones.

 

Y a partir de aquí que sólo lean los que estén dispuestos a comerse el tarro conmigo.  El párrafo en cuestión es el siguiente:

     “No es exactamente así. Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar algo tan simple como Esta boca es mía, o Esa boca es tuya, y mucho menos para preguntar Por qué tenemos las bocas juntas. A las personas de ahora ni les pasa por la cabeza el trabajo que costó crear esos vocablos, en primer lugar, y quién sabe si no habrá sido, de todo, lo más difícil, fue necesario comprender que se necesitaban, después, hubo que llegar a un consenso sobre el significado de sus efectos inmediatos, y finalmente, tarea que nunca acabará de completarse, imaginar las consecuencias que podrían advenir, a medio y a largo plazo, de los dichos efectos y de los dichos vocablos.”

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Y así es tal como yo creo debería ser:

      “No es exactamente así. Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar…”

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¿Sabéis qué?, dejaré que cada uno me dé sus opciones de dónde debería ir un punto en lugar de una coma. Mi opción aquí

 

      

Vitruvia-Arguiñano

Queridos y queridas:

¡¡¡¡Hoy salimos en el programa de Arguiñano!!!!

Pues sí, a las dos de la tarde. Sí, ya sé que es muy tarde para avisar pero que quereis, mis fans se cuentan por millares y me han tenido hiperocupada.
Bueno, yo no salgo, salen Boss y mis niñas, yo hice las fotos (aun no tengo el don de la ubicuidad), así que para los que están interesados en verme a mi aquí les dejo una fotito, que no sé si transmite cómo estoy, pero tranquilos, yo os lo digo: ¡¡Estoy mejor que nunca!!

Besos.

vitru

Nexos

Creo firmemente que son los hijos, al cabo del tiempo, los únicos que pueden poner nota a nuestro papel de padres. Sólo ellos, sumando o restando sentimientos, conocen el cómputo y el resultado.

El día que nació mi mayor nació también, en mi, un sentimiento que me aterra: el miedo a no saber mantener, una vez que yo no le sea necesaria, el lazo que, mientras es dependiente, nos une. Sobra decir que ese sentimiento ha nacido en mi dos veces más, aunque por suerte debo afrontarlos de uno en uno.

Han pasado trece años y siento que es ahora cuando más peligrosamente mi mayor y yo rozamos ese momento. Es más, estoy convencida de que es únicamente en este punto de su vida cuando puede llegar a romperse ese lazo.

Ella, desde su pretendida madurez, tira de su punta del lazo intentando reafirmarse ante lo que ve como ataques indiscriminados a dicha reafirmación, y yo, cosciente de la fragilidad del lazo, tiro necesariamente de mi punta haciendo malabares para proporcionarle elasticidad sin que pierda un ápice de consistencia. No consigo decir “no” sin que se líe en mi casa una batalla tras otra; conversaciones imposibles se suceden con una asiduidad pasmosa, eternos pulsos con resultados tan frustrantes para una como descorazonadores para otra.  

Pero he descubierto que hay una vía de comunicación a la que no ha llegado la negativa influencia que esa ficticia madurez ejerce sobre ella. Vía a través de la que consigo transmitirle todo lo que su impaciencia no le permite escuchar, y recibo todo lo que su orgullo pretende callar. Vía por la que fluye tanto contenido que todas las palabras del mundo serían insuficientes para acercarse mínimamente al mensaje. He notado que no solo no rechaza, sino que agradece, mis abrazos. Sí. Increíblemente sigue queriendo mis abrazos. Pequeñas treguas que nos damos, que a ella le sirven para saber que sigo a su lado y a mi para pensar que, tal vez, pasado este bache, ella seguirá ahí.

Gracias Laudrey

Absolutamente emocionada y enormemente agradecida a Planeta imaginario, máxime ahora que ando tan desaparecida.

La vi por el retrovisor, mientras aparcaba. La alegría de vernos duró el tiempo justo que tardé en preguntarle por los “niños”: ¡Se me ha muerto Sofía, ¿ya sabes, no?! 

Nunca sabré describir la resignación que vi en sus ojos, como si haber tirado la toalla le proporcionase alivio a tanto dolor. Debe haber agotado el llanto de tal manera que hasta las propias lágrimas desfallecían, no pudiendo avanzar más allá de la mejilla sino que allí mismo desaparecían, absolutamente agotadas de tanto derramarse.

Sofía era la segunda hija de Leonor. Tenía mis mismos años y un aneurisma cerebral se la llevó con 36, de una manera terrible, mientras cenaba con su marido y su niño de diez años. Así, sin tiempo para protejerse de unas miradas que no podrán olvidar lo que vieron.

No sería sincera si dijese que Sofía era mi amiga, pero tampoco lo sería si afirmase que es necesaria la amistad para sentir afecto por alguien. Las palabras de Leonor no han parado de rebotar dentro mía desde que las oí. Es dramáticamente curioso comprobar que la muerte de alguien no es lo que nos provoca el dolor, sino que éste aparece en el momento que nos enteramos de ello. No es cierto, entonces, aquello de que el tiempo amortigua el dolor. Han pasado casi tres años y a mi me duele como si fuese ayer.

Introspección

Supongo que hay muchas maneras de encontrarse a una misma. Supongo que todo es cuestión de proponérselo.

Ayer, mientras me duchaba, me vi. Me vi a través de lo que percibí con mis manos. Fue una visión muy fugaz, apenas milésimas de segundos, pero la imagen fue sorprendentemente nítida, y la sensación me transportó durante ese breve espacio de tiempo a un yo absolutamente primitivo, brutalmente básico y físico, sin adornos de ningún tipo; sin artificios. Me sentí, como nunca antes, parte viva e importante, pero a la vez prescindible, del universo. Sí, lo sé, suena a locura, pero ese mínimo instante se alargó lo suficiente para darme tiempo a ser consciente de quien soy. Bastó únicamente que mis manos acariciaran mi cabeza desnuda para visualizar lo que en 38 años aún no había visto: que soy, ni más ni menos, un ser humano, y que no soy ni más ni menos que cualquier ser humano. 

Raparse el pelo al tres no es una cuestión estética, es un viaje interior que me está reportando muchas y muy buenas sensaciones.

Mememegacuestionario

He dado de frente, una vez más, con mi vena exhibicionista cuando al ver este meme en el blog de Irre supe que no me resistiría a hacerlo aun no habiendo sido invitada a ello. A la pregunta sobre los lugares de vacaciones no le hagáis ni puto caso, ya que ante la imposibilidad de rellenarlo con verdades, he puesto lugares típicos a los que nos mandamos los gallegos día sí día también.

 

Cuatro trabajos que he tenido:
1.- Asistenta
2.- Camarera
3.- Operaria en una fábrica de cableados para coches
4.- Pinche de cocina

Cuatro películas que puedo ver una y otra vez:
1.- Descalzos por el parque (con Robert Redford y Jane Fonda)
2.- Atrapado en el tiempo (con Bill Murray y Andie MacDowell)
3.- La Bella y la Bestia (con La Bella y La Bestia)
4.- Matar a un ruiseñor (con Gregory Peck)

Cuatro lugares donde he vivido:
1.- Fuenlabrada (Madrid)
2.- Platja D’aro (Girona)
3.- Purullena (Granada)
4.- Redondela (Aquí mismo)

Cuatro programas de tv que me gusta ver
1.- Página2
2.- Saber y ganar
3.- Informativos
4.- Friends
Cuatro lugares a donde he ido de vacaciones:
1.- A la China mandarina
2.- A Guinea voy casi cada día
3.- A Vigo por ver Cangas
4.- Al Bao a evacuar

Cuatro de mis comidas preferidas:
1.- Bacalao a la brasa
2.- Huevos fritos con patatas
3.- Langosta
4.- Luras

Cuatro sitios web que visito a diario:
1.- Las páginas personales de algunos pirados (también llamados blogs)
2.- Página de la Rae y traductores varios
3.- Periódicos
4.- Correo

Cuatro lugares donde quisiera estar ahora:
1.- París
2.- Sahara
3.- Una isla desierta
4.- Museo del Prado

Cuatro trabajos que me gustaría tener:
1.- Bibliotecaria
2.- Piloto de aviones
3.- Monitora/entrenadora de delfines
4.- Cualquiera relacionado con la escritura 

Cuatro famosos que he conocido. (Si acaso, visto):
1.- Mary Carrillo
2.- Hristo Stoitchkov
3.- Juan Pardo
4.- Francine Gálvez

Cuatro platos que detesto:
 1.- Las judías verdes
2.- El hígado
3.- Los huevos escalfados
4.- El conejo

Cuatro electrodomésticos que tengo, que sean fuera de lo común:
1.- Ni uno

Cuatro posibles primeras impresiones que causo:
1.- Ni puñetera idea

Cuatro copas favoritas:
1.- La cerveza
2.- La birra
3.- La bier
4.- La de campeones de liga

 

Cuatro olores favoritos:
1.- el de un libro
2.- el pecho de Boss
3.- la tierra mojada tras una tormenta de verano
4.- la marea baja

Cuatro cosas que me encanta hacer y que no tienen que ver con mi carrera:
1.- leer
2.- pasear sola
3.- dar sorpresas
4.- conducir

Cuatro cosas para las que estoy negada:
1.- dibujar
2.- informática
3.- combinar ropa
4.-bucear

Cuatro cosas que colecciono:
1.- marcapáginas
2.- anillos
3.- libros
4.- bolis regalados
Cuatro canciones favoritas:
1.- O meu porto do Graal, Uxía, Dulce Pontes y Carlos Núñe
z

 

2.- El peligro, Revolver
3.- 1973, James Blunt
4.- Flaca de amor, Pasión Vega

Cuatro libros favoritos:
1.- Levantado del suelo, de José Saramago
2.- Juegos de la edad tardía, de Luis Landero
3.- Diez negritos, de Agatha Christie
4.- El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

 Cuatro invitaciones para este cuestionario:
1.- Va a ser que no

 

 
 
 

 

 

 

 

Vendetta

Hace dieciséis años menda lerenda trabajaba en el oficce de una pizzería tras haber pasado por todas las secciones de ésta, lo que me permitía librarme por fin del yugo del uniforme, de la tiranía de algunos clientes y de tener que escuchar el puñetero hilo musical de la misma. Determinado día decidí llevarme una pequeña radio con auriculares porque había un importante partido de futbol que no quería perderme. No recuerdo qué partido era, ni de qué competición, ni quienes jugaban, aunque creo que Alemania estaba implicada, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es que ése ha sido el primer y último partido de futbol que he escuchado por la radio. Creí que me daba un infarto. Estar a merced de un locutor, sin más información que la que proviene de su voz, acompasando tu repiración a los gritos que él profiere, ora de susto, ora de alivio, mientras se recrea creando pausas interminables durante las cuales no sabes si ha sido o no falta, o gol, o vete tú a saber qué, no va conmigo. No tengo paciencia para esperar a que me informe, necesito verlo.

Pero ayer decidí que no vería el España-Italia, porque sabía que me pondría de los nervios, y porque aun odio a Tassotti.

Así que cuando Boss se fue a casa a ver el partido, yo saqué del bolso a mi Don Juan y me dispuse a disfrutar de él y de una cañita en una terraza cerca del río. Pero hete aquí que por todas partes se oían “hayes” y “uyes” que me hacían aguzar bien el oído para enterarme de lo que iba pasando, y la sensación era poco más o menos que la de estar oyéndolo por la radio. Así que cerré mi libro y me fui a casa. Y, ¡¡cómo disfruté!!, pero… ¡¡cómo sufrí!!.  Menos mal que yo confiaba en mi Iker, porque, colchoneros  de mi vida y culé de mi corazón, ¡¡cómo es mi Iker!!… (y no es pasión de merengona) ¡viva la madre que lo parió!

Han pasado catorce años, pero hemos vengado a Luis Enrique. 

 

La cara b

Todo el mundo piensa que la cara “b” de las cosas es inferior en calidad a la cara “a”. Yo pienso todo lo contrario. Pienso que la cara “b” es la buena, la importante, la que encierra matices imperceptibles en superficie pero abundantes en venideras revisiones. La cara “a” es éxito seguro a corto plazo, la cara “b” es un surtidor de pequeñas dosis de triunfo que, reunidas, conforman un éxito mayor e imperecedero en la memoria.

La cara “b” de mi viaje no podía haber sido más satisfactoria. Nueve horas de tren dan para sentir y presentir muchas cosas, y las emociones surgen con mucha más fluidez gracias al traqueteo, abrazo mecedor incansable. Momentos de paz y de nervios se van alternando con un ritmo armonioso, apacible, coordinados por un corazón que a veces parecía querer bajarse del tren dando saltos de suicida y otras se apaciguaba dejando claro que éste era el momento de dar la cara, a o b, pero darla. Y dar la cara sin poder ofrecer una sonrisa es algo que requiere mucha valentía, y que entraña muchas horas de debate interno, de miedos, de vergüenzas… que cada uno solventa como mejor puede y que yo decidí afrontar para no perderme algo importante, algo de lo que me arrepentiría durante mucho tiempo.

Y el esfuerzo mereció tanto la pena que las nueves horas del viaje de regreso se me hicieron cortas para revivir sensaciones. En mi cabeza se agolpaban las caras de sorpresa, de alegría; los saludos afectuosos…  y a mi corazón y a mi piel regresaba una y otra vez la magnitud de un abrazo que sólo se puede medir en sensaciones. Un abrazo largo, intenso, y tan cómodo que podría haberme quedado allí una eternidad, cuya ternura traspasó nuestro espacio invadiendo incluso a quienes nos rodeaban, a juzgar por algunas miradas empañadas que descubrí cuando abrí los ojos.

La cara “a”, como era de esperar, fue maravillosa. Vernos y reconocernos fue todo uno. Sentirnos a gusto y sabernos parte de un grupo que siento que no se disolverá a causa del desgaste que produce el tiempo al pasar por nuestras vidas, y que espero que se fortalezca con cada entrada que escribamos, es algo que no tiene precio.

Un día mágico que tuvo dos caras maravillosas, pero si me lo permitís, me quedo con la cara “b”   

 

Chi será?

Sólo puedo decir… … ¡que dios me pille confesada!

Ya os contaré.

Sé que parece que me he vuelto muy cascarrabias, sé que parezco en guerra con el mundo, pero yo siento que es el mundo el que está contra mi.

Vengo de Vigo, ese lugar tan maravilloso para ir un miércoles a las diez de la mañana con coche propio. Vengo del mismísimo centro, de la Gran Vía, y si esto parece poco motivo para mi malestar añadiré que vengo de llevar a mi padre a la mutua. Me gustaría saber de quien fue la brillante idea de poner la mutua en pleno centro de una cuidad.

Ayer tarde mi padre sufrió un pequeño accidente laboral. Era ya la hora de salir, por lo que después de comunicarle al jefe lo del golpe que le dio un tronco en una rodilla, decidió venirse a casa con la esperanza de que el dolor disminuyese y poder trabajar hoy. Al no ser así, esta mañana recogimos el papel en la empresa para ir a la mutua, y allá que nos fuimos. Estoy convencida de que en los curriculums de los aspirantes a cualquier puesto en una mutua lo que más se valora es el borderío y la mala leche, porque a la que no vas con la cabeza colgando o un brazo a rastras ya te miran mal. Como era de esperar le han derivado a la seguridad social, ( y digo como era de esperar, porque con esta misma gente ya tuve que pelearme hace un par de años para que le dieran la baja a mi padre cuando, tras un golpe también con un tronco, ellos mismos le dieron doce puntos de sutura en la cabeza con la pretensión de que siguiera trabajando en el monte, él sólo, y a pleno sol) argumentando que lo de mi padre es artrosis, y de nada sirvió que le aclaráramos que la artrosis no le ha impedido trabajar hasta ayer mismo, justo, ¡qué casualidad!, hasta el momento de que un tronco le cayese encima de una rodilla.

En serio, en mi cabeza no cabe que pueda haber tanto maldito interés económico por parte de determinados sectores.

¡¡Gentuza!!

Pereza

No me odiéis. Hace días que no enciendo ni el ordenador. Pero, aunque parezca incongruente, me acuerdo de vosotros a diario. Estoy en una etapa muy rara, no me apetece nada alejarme de este mundo y al mismo tiempo me da pereza sentarme a escribir. Siento un miedo atroz a que me olvidéis, os lo aseguro, pero siento que si eso ha de suceder no debo influir en ello, no sé si me explico.

Tal vez hubiera debido escribir una entrada de despedida pero tampoco quiero hacerlo porque mi intención no es la de dejar el blog. Es, exclusivamente, una cuestión de pereza. Sumemos a esto que ahora no estoy sola prácticamente un segundo, ya que Boss sigue en paro, y que dedicamos muchas horas a nuestro hobbie preferido: diseñar y realizar muebles. Pronto os presentaré a “Las Clandestinas”, y espero que nadie me denuncie por plagio, porque nombrar así a mis torres gemelas particulares no responde mas que a un afecto especial por determinadas personas, y que da buena prueba de que ya tenéis todos un lugar en mi vida y en mi mente que no será nunca reemplazado.

Puedo asegurar que casi cada uno de vosotros aparece por mi cabeza a lo largo del día por diferentes motivos. De Estil me acuerdo cada vez que veo un titular mal redactado o una frase mal construída, ( y no me entiendas mal, que ya te veo venir. Me acuerdo porque imagino que tú te debes subir por las paredes cada vez que oyes o lees algo así, ya que a mi me sucede y no estudié para ello…). De Paco me acuerdo cuando hay alguna noticia sobre jueces o fiscales, o de cuando se les oye hablar de lo desbordados que estan: “Ainss (pienso), lo que estará rumiando Paco”. De Irre me acuerdo si veo un sendero, una montaña… o un somier donde no debe. De Joako en cuanto veo un cuadro. De Banderas cuando entro en mi habitación. Vale, aquí es necesaria una nota aclaratoria. En mi habitación está el lapicero en el que tengo los bolis que me ha traído de Roma, Paris, Barcelona… Por cierto, Banderas, me encantó Tierra firme, estoy deseando leer los siguientes. De Belén me acuerdo mucho por motivos que espero que no os importe que me calle. Ya me contarás que tal todo. De Mariano, Clandestino y Mexileña creo que ya ha quedado claro que me acuerdo. De Covita, de Wen, de Manuel…, y de alguno más que ahora mismo puede olvidárseme, me acuerdo por motivos que no son tan concretos como para redactarlos pero que siempre hay algo que me los trae a la memoria.

No puedo cerrar esta entrada sin deciros que ya hemos arreglado lo del piso, que una vez que bajamos a decirle que no renovaríamos por no poder asumir semejante subida el hombre nos dijo que no era tal, que le habíamos entendido mal, que esa cantidad es la que él estima que vale el piso, pero que ya le merecemos una confianza y que nunca nos haría algo así. En fin, que borrón y seguir con la cuenta. Gracias por los consejos, los ánimos y hasta los ofrecimientos de ayuda. No dejo de sorprenderme.

Un besazo a todos, y permitidme que rompa mi costumbre de enlazar a todo aquel que nombro, pero es que en verdad me da una pereza… 

 

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