Llevo, ahora mismo, 40 horas sin dormir, y no es por falta de sueño. Mi chica está malita y ando cual pelota de tenis, rebotada del centro de salud al hospital y viceversa.
Definitivamente tengo un imán que atrae a los hijos de puta. Ayer auscultó a mi niña un superhombre con un superfonendoscopio capaz de escuchar el pitido bronquial bajo tres capas de ropa. Sí, así es, cuando vuestro médico os levante la ropa para auscultaros decidle que se ha quedado en el pleistoceno medio, que eso ya está anticuado, que ahora lo que pega es auscultar a los niños con la ropa puesta. Pero fijaos que ese es el menor de mis males. Toparse con seres así pasa a un segundo plano en el justo momento en que otro hijo de puta decide salirte al paso, de repente, y te aborda en el rellano para darle a tu soga una vuelta más sin anestesia. Mi casero ha decidido, ahora, a dos meses de la renovación ( tras cinco años de no darle ni un solo problema), y después de habernos asegurado hace cuatro meses que nos renovaba el contrato con una suba de 20 euros, que su piso vale, de golpe, 120 euros más al mes. Sí, amigos, ahora los pisos que están en la parte más pobre de un pueblo pequeño, donde se llega tras una cuesta brutal, y teniendo que subir después, en mi caso, a un segundo sin ascensor, vale 120 euros más al mes. Supongo que aun obviando las ventajas ya citadas el piso vale ese dinero y más, ya que pocos pisos quedan con estatus de zona arqueológica protejida, sino ya me contaréis donde podemos encontrar pisos que tengan aun los cristales de las ventanas unidos al marco con masilla; o que tengan una instalación electrica digna de museo que se sustenta en los plomos de toda la vida ( sí, esos diminutos cilindros alojados en una plaquita y que si le da por fundirse sólo has de viajar en el tiempo para poder comprar un recambio y ponérselo tú mismo); donde por la mañana no has de hacer café, ya que te basta con abrir cualquier grifo para que salga agua marroncita con sabor a óxido; donde dos de cada cinco persianas se descuelga de sus oxidados y anticuadísimos rulos con una regularidad mensual que destila tufillo a polstergeist; donde cada mañana has de barrer el polvillo que cada noche ha dejado la carcoma tras su banquete en cada puerta; donde las humedades son tan abundantes y persistentes que con lo que saca mi deshumidificador cada día podría abastecer a toda Cataluña yo solita, y debido a la cual mis paredes pierden su precioso color a los quince días de haber pintado; donde la mitad de los enchufes simplemente estan de adorno, imagino que debido a ese sospechoso polstergeist; y así hasta el infinito.
Ya sé que salir de este piso más que un disgusto podría ser una bendición. Pero hay unos pequeños detalles que lo impiden. En dos meses no encuentro un piso que se adecue a mis necesidades ni por un precio que se adecue a mis necesidades. Y otro detalle más: una vez que nos aseguró que nos renovaba el contrato con una condiciones que nos parecieron aceptables hemos pintado toda la puta casa, dejándonos una puta pasta. Hemos puesto tanto trabajo y tanta ilusión que no es justo que nos haga esto, que a dos meses nos diga que si queremos un nuevo contrato debemos pagar 120 euros más al mes. Sé que la vida está muy cara, que en todas partes los pisos estan por las nubes, pero creedme, esta mierda de piso en Redondela no vale 60 mil putas pesetas.
Escrito en Barallando | 6 Comentarios »
El otro día
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa

