Mi chica, con tres años, tenía un anorak al que se le atascaba la cremallera al desabrocharla. Una mañana, en el patio del colegio, yo, como cada día, se la quise desabrochar para ahorrarle un trabajo a su profe. Ella, mi chica, se puso a llorar, porque vete a saber tú por qué razón quería entrar con ella abrochada. Su profe, que nos vió en el tira y afloja, vino a interesarse por la razón del llanto, y cuando le dije el motivo ella misma se arrodilló para abrocharle la cremallera, aun sabiendo que luego se atascaría, diciéndole a Claudia que tenía toda la razón, que ya la desabrocharían en clase. Ese día me rendí a sus pies.
La profe Ana no es una profesora más. La profe Ana es el resultado de mezclar la ternura con la dosis justa de mano firme. La profe Ana es la vitalidad en un “buenos días”; es ver siempre la botella medio llena y encarar los problemas con una sonrisa. La profe Ana irradia pasión por su trabajo y por sus niños y consigue que cada uno de ellos se sienta su preferido.
Ahora que mi chica deja infantil para pasar a primaria sé que la sombra de la profe Ana será alargada, pero en absoluto será una sombra fría, al contrario, será una sombra apetecible a la que siempre será agradable volver, aunque sólo sea a través del recuerdo.
Puede que con el tiempo tengamos que pintar la habitación de Claudia y borrar así el retrato que ella misma pintó de su profe en la cabecera de su cama hace ya un par de años, pero hay un sitio del que no se borrará jamás: su corazón.
Estoy segura de que a la profe Ana se le parte el corazón en veintitantos cachitos cada tres años, pero también sé que sabrá recomponerlo para recibir en septiembre a otros veintitantos afortunados, que aun no saben que van a tener a la mejor profe del mundo.
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Hace tiempo que me ronda por la cabeza llevar a cabo uno de esos deseos/caprichos muy al alcance de la mano que siempre vamos posponiendo precisamente por lo factibles que son. Esto es: dejarlo siempre para mañana.
El deseo en cuestión no es otro que el de meterme en un tren por el mero placer de sentarme en el asiento y mirar por la ventanilla, mientras dejo fluir a su antojo todas las sensaciones y pensamientos que puedan acudir a mi espíritu y a mi mente, mientras escucho música o dormito, o ambas cosas a la vez….. Me daría igual el destino, ya que una vez alcanzado éste no haría otra cosa que meterme en un nuevo tren que haga el recorrido a la inversa.
Por una de esas casualidades que nunca alcanzamos a comprender, siento que estoy haciendo ese mismo viaje, pero de manera metafórica, desde hace una o dos semanas. Han sucedido determinados cambios en mi estado de ánimo que me hacen sentir la plenitud que le intuyo al
viaje real. De repente me siento metida en un tren del que lo que menos me preocupa es saber la estación a la que se dirige. Siento que avanzamos a un ritmo perfecto y preciso, ni demasiado deprisa ni muy lento. Tan placentero es el paisaje que no me importaría incluso sufrir una pequeña avería. Sólo hay un detalle que difiere del viaje real, y es que, en este caso, cuando llegue a mi destino, pienso quedarme allí.
Escrito en Imaxinando, La que firma, Y volver a nacer cada día | 18 Comentarios »
Comer langostinos al menos una vez por semana (He estado echando cuentas y fumar me saldría mucho más caro)
Ser más consciente de mi buena suerte. Me he dado cuenta de que tengo mucha más de la que pudiera parecer.
Disfrutar al máximo de cada segundo, sin preocuparme de lo que venga mañana.
Inventar más momentos a mi medida, como los que he tenido esta semana y durante los que he sido absolutamente feliz. Sólo diré “Gracias, Clandestinos“
Ser más tolerante conmigo misma, echarme los fallos a la espalda y seguir caminando, tarde o temprano encontraré una papelera donde tirarlos.
En definitiva, aprovechar todos y cada uno de estos 365 días que hoy empiezan y que son los últimos de la treintena. 39 añazos sólo se tienen una vez en la vida.
Escrito en La que firma, Y volver a nacer cada día | 16 Comentarios »
… Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un “Si debo” firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso.
Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.
Escrito en Arte, Cultura, Libros, ¿Poesía? | 7 Comentarios »
Miro las letras, parecen dormidas. Con mimo, las voy despertando, y las hilvano de manera que luzcan bonitas, que se vean bonitas. Conformo con ellas paraísos para mi. Ellas se dejan. Por alguna extraña razón confían en mis manos. Imagino mundos en azul, en violeta…… en gris. Saltan del teclado a mis dedos en
danza deliciosa y asimétrica. Armónica manera de componer una sinfonía de palabras con un piano de letras. Cierro los ojos y me dejo llevar. Graves, agudos, acentos, comas, puntos …… Palabras que me sorprenden, que se hacen visibles de repente; culmen del concierto. Cada caricia una frase. Cada frase un suspiro. Cada suspiro un sueño.
Hora de abrir los ojos, de descubrir el resultado. Y el resultado es que éste no importa. Sólo importa seguir tocando.
Escrito en Imaxinando | 11 Comentarios »
Infinidad de veces he oído cosas como que cuando uno no mira a los ojos algo tiene que ocultar. Y, como siempre, no es hasta que no se experimenta que uno no se da cuenta del verdadero significado, y de cuan lejos estamos del verdadero sentido, de esas frases que repetimos una y otra vez de una manera completamente vacía de contenido hasta entonces.
Hay alguien en mi vida que no se está portando bien, alguien que de repente aparece para poner de manifiesto que siempre hay quien no ve más allá de sí mismo y que piensa que el sitio que ocupa, siguiendo el orden que le proporciona la edad, es suficiente crédito para que se le perdone todo. Ese alguien ha ido perdiendo mi afecto con la misma celeridad con la que despilfarra lo que luego yo tendré que abonarle para que desaparezca.
Yo siempre miro a los ojos, siempre. Es esencial para mi. Es mi manera de decir: aquí estoy, así soy. Como un árbol en invierno, desnudo, sin nada que esconder. Pues a esta persona soy incapaz de mirarla a los ojos. Alguien podría pensar que escondo algo, y efectivamente escondo algo: me escondo yo entera, me oculto de quien no quiero que me conozca, porque le considero inmerecedora de ello.
Escrito en Decepciones, La que firma | 9 Comentarios »
Soy consciente de que por mucho que una se desnude, como hago a veces en este blog, nunca se tiene una imagen real al cien por cien de cómo es la persona que escribe. Creo que a veces doy una imagen muy cándida de mi, como si jamás rompiera un plato. Pero no quiero engañar a nadie: Vitruvia también tiene su lado diablesco. Mis últimas fechorías son calcadas unas a otras. Mi padre tiene un humilde Ford Orion, que entre semana no utiliza porque usa el de la empresa, y que por lo tanto está aparcadito ante la puerta, muerto de risa. Me lo suelen dejar para hacer la compra grande, la mensual, o si tengo alguna cita médica a la que no llego en bus, por aquello de los horarios. Pero eso de que lo utilice para disfrute mío y de mi familia como que no les hace mucha gracia. Hasta ahora yo cumplía esto a rajatabla. Pero ahora le he cogido el gusto a darme unas escapadas, sin mentirles, pero sin decirles toda la verdad. Sí, se puede.
El viernes nos escapamos toda la tarde a Baiona, y de ello resultó uno de esos momentos en que crees que vas a reventar de felicidad.
Viento considerable, sol tímido y huidizo. El mar empeñado en subirse a las rocas y la mente dejándose empapar del ruido que provoca en su intento. Las gaviotas, todas, revoloteando alrededor de una señora que las llamaba a cada una por su nombre y les lanzaba comida que ellas cogían al vuelo. Era un festival de sensaciones. Me acerqué despacio, corriendo el riesgo de salir a bastonazos porque aquella señora tenía el punto justo de locura para molerme a ellos si la molestaba, y así me lo hizo saber con la mirada cuando me agaché todo lo cerca que pude, parapetada tras una roca del acantilado. A partir de ahí disfrutar de aquel baile delicioso de cientos de gaviotas a mi alrededor. Aparecían por todas partes y desaparecían por el mismo sitio. Mi pobre móvil no daba abasto, pero da igual. Hasta donde no llegó él llega mi memoria.
Escrito en La que firma, Vivir de lo vivido | 8 Comentarios »
Una de esas cosas que me suelen suceder, y que más placer me produce, es que un libro me busque. Libros que caen en mis manos inesperadamente y que, además, cada uno de ellos busca una nueva e imaginativa vía para llegar hasta mi. Me sucedió con Levantado del suelo, que me gritó desde el fondo de una pila de libros que le estaban afixiando; y me pasó también algo muy especial con La tinta azul de la memoria, que decidió darse una vuelta por Redondela, para luego regresar a mis manos; y algo parecido con Juegos de la edad tardía, que me esperaba tranquilamente en un banco del parque donde a veces me siento a leer. Libros de de los que desconocía, salvo el de Mariano, hasta su existencia, y que decidieron ser leídos por mi. Afortunadamente me ha vuelto a ocurrir.
El noventaynueve por ciento de mis libros llegan a mi de la manera más tradicional. Esto es, me voy a Moliere, pido el libro y ellos ya se encargan de buscarme una edición baratita, porque ya saben, por mi boca, que leo más de lo que me puedo permitir. Pero hete aquí que de esto ya se ha enterado el último que me ha buscado.
Hace unas semanas Mariano recomendó La higuera, de Ramiro Pinilla, y allá que me fui. Todo sucedió segun dicta mi costumbre, es decir, dar a conocer título y autor, y hasta dentro de unos días. Fue al ir a recogerlo cuando se rompió la cotidianidad. Quiso el destino que el posit con mi nombre tapara el nombre del autor, quedando sólo descubierto el título, La Higuera, con lo cual me lo llevé a casita sin sospechar siquiera que no era el libro que yo había pedido.
No fue hasta dos días después cuando descubrí que el autor de mi particular higuera no era Pinilla, sino que al retirar el posit quedó por fin a la vista el nombre de François Maspero. Debido a estas charlas que se tienen, los libreros me recordaron la posibilidad de devolverlo. Ni imaginaban que estaban proponiéndome poco menos que un crimen, ¡devolver un libro yo!. No sé qué me deparará la lectura de éste libro que hoy empiezo, pero a priorí, y teniendo en cuenta las anteriores experiencias con libros de vida propia, no creo que me defraude una historia que, para más inri, es de libros y libreros. Y que nadie se alarme, ya está en mi mesilla la otra higuera, la de Ramiro Pinilla. Este viejo vicio mío no ha hecho más que empezar.
Escrito en La que firma, Libros | 15 Comentarios »
El primer día que este blog estuvo colgado en la red recibió catorce visitas. Ahora que sé las cifras en las que se mueven algunos, me parece, y a cualquiera con dos dedos de frente, una cantidad irrisoria. Pero a mi, aquel día, mis catorce visitas, me hicieron feliz. Alguien, sin querer, buscando quién sabe qué, llegó a Xuntaletras, y quiero imaginar que tratando de encontrar en el texto aquello que buscaba, leyó algo que yo había escrito. Suficiente. Nunca pedí más. Nunca aspiré a más. No sé, ni pretendo saber, en qué momento dejaron de llegar visitas equivocadas para ser sustituidas por visitas a conciencia. Sólo sé que me leían. Y escribir empezó a tener otro sentido. Ya no era un simple, y adictivo, acto de juntar letras para construir palabras que trazaran mi mapa vital. Ya cualquiera podía seguir mi rastro. Pero un rastro está incompleto si le falta el olor. Y yo sé exactamente qué olor quiero para dejar tras de mi: el olor a papel.
Sé perfectamente que lo primero que haré al recibir “mi Blog de papel” será abrirlo y olerlo. Y me basta presentirlo para reconocerlo.
Y mezclado con mi olor habrá, qué casualidad, catorce rastros más. Todos iguales en la misma medida que diferentes. Todos distintos a pesar de ser iguales.
Quiero imaginar que algún día, alguien, buscando quién sabe qué, acabe leyendo lo que yo he escrito en Blogs de papel, y para mi volverá a ser suficiente, porque en el aire quedará flotando mi olor a papel.
Escrito en Imaxinando, Libros | 21 Comentarios »
Hace dieciséis años menda lerenda trabajaba en el oficce de una pizzería tras haber pasado por todas las secciones de ésta, lo que me permitía librarme por fin del yugo del uniforme, de la tiranía de algunos clientes y de tener que escuchar el puñetero hilo musical de la misma. Determinado día decidí llevarme una pequeña radio con auriculares porque había un importante partido de futbol que no quería perderme. No recuerdo qué partido era, ni de qué competición, ni quienes jugaban, aunque creo que Alemania estaba implicada, pero no estoy segura. Lo que sí recuerdo perfectamente es que ése ha sido el primer y último partido de futbol que he escuchado por la radio. Creí que me daba un infarto. Estar a merced de un locutor, sin más información que la que proviene de su voz, acompasando tu repiración a los gritos que él profiere, ora de susto, ora de alivio, mientras se recrea creando pausas interminables durante las cuales no sabes si ha sido o no falta, o gol, o vete tú a saber qué, no va conmigo. No tengo paciencia para esperar a que me informe, necesito verlo.
Pero ayer decidí que no vería el España-Italia, porque sabía que me pondría de los nervios, y porque aun odio a Tassotti.
Así que cuando Boss se fue a casa a ver el partido, yo saqué del bolso a mi Don Juan y me dispuse a disfrutar de él y de una cañita en una terraza cerca del río. Pero hete aquí que por todas partes se oían “hayes” y “uyes” que me hacían aguzar bien el oído para enterarme de lo que iba pasando, y la sensación era poco más o menos que la de estar oyéndolo por la radio. Así que cerré mi libro y me fui a casa. Y, ¡¡cómo disfruté!!, pero… ¡¡cómo sufrí!!. Menos mal que yo confiaba en mi Iker, porque, colchoneros de mi vida y culé de mi corazón, ¡¡cómo es mi Iker!!… (y no es pasión de merengona) ¡viva la madre que lo parió!
Han pasado catorce años, pero hemos vengado a Luis Enrique.
Escrito en Deporte, Futbol, Libros | 26 Comentarios »
Todo el mundo piensa que la cara “b” de las cosas es inferior en calidad a la cara “a”. Yo pienso todo lo contrario. Pienso que la cara “b” es la buena, la importante, la que encierra matices imperceptibles en superficie pero abundantes en venideras revisiones. La cara “a” es éxito seguro a corto plazo, la cara “b” es un surtidor de pequeñas dosis de triunfo que, reunidas, conforman un éxito mayor e imperecedero en la memoria.
La cara “b” de mi viaje no podía haber sido más satisfactoria. Nueve horas de tren dan para sentir y presentir muchas cosas, y las emociones surgen con mucha más fluidez gracias al traqueteo, abrazo mecedor incansable. Momentos de paz y de nervios se van alternando con un ritmo armonioso, apacible, coordinados por un corazón que a veces parecía querer bajarse del tren dando saltos de suicida y otras se apaciguaba dejando claro que éste era el momento de dar la cara, a o b, pero darla. Y dar la cara sin poder ofrecer una sonrisa es algo que requiere mucha valentía, y que entraña muchas horas de debate interno, de miedos, de vergüenzas… que cada uno solventa como mejor puede y que yo decidí afrontar para no perderme algo importante, algo de lo que me arrepentiría durante mucho tiempo.
Y el esfuerzo mereció tanto la pena que las nueves horas del viaje de regreso se me hicieron cortas para revivir sensaciones. En mi cabeza se agolpaban las caras de sorpresa, de alegría; los saludos afectuosos… y a mi corazón y a mi piel regresaba una y otra vez la magnitud de un abrazo que sólo se puede medir en sensaciones. Un abrazo largo, intenso, y tan cómodo que podría haberme quedado allí una eternidad, cuya ternura traspasó nuestro espacio invadiendo incluso a quienes nos rodeaban, a juzgar por algunas miradas empañadas que descubrí cuando abrí los ojos.
La cara “a”, como era de esperar, fue maravillosa. Vernos y reconocernos fue todo uno. Sentirnos a gusto y sabernos parte de un grupo que siento que no se disolverá a causa del desgaste que produce el tiempo al pasar por nuestras vidas, y que espero que se fortalezca con cada entrada que escribamos, es algo que no tiene precio.
Un día mágico que tuvo dos caras maravillosas, pero si me lo permitís, me quedo con la cara “b”
Escrito en Amigos, Vivir de lo vivido | 13 Comentarios »
uno tenemos nuestros genios de cabecera, y los baremos que nos llevan a elegir unos u otros son tan dispares que ahí reside, a mi parecer, la grandeza del arte.
Él gritando con el gesto que les dejasen volver juntos a casa, ella suplicando calladamente poder irse con aquel calamidad que no se valía sin ella.





Y DESDE QUE ABRÍ EL BLOG...
Gracias por el fuego, de Mario Benedetti
La borra del café, de Mario Benedetti
El guardian entre el centeno, de J D Salinger
La tregua, de Mario Benedetti
Presentimientos, de Clara Sánchez
Días como todos, de Jorge Arbenz
Nada, de Carmen Laforet
El mundo, de Juan José Millás
Mala gente que camina, de Benjamín Prado
Relatos metroplitanos, de Mariano Vega
Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez
Diario, de Ana Frank
La ladrona de libros, de Markus Zusak
La Higuera, de François Maspero
Blogs de papel, de varios autores
El hombre duplicado, de José Saramago
Una comedia ligera, de Eduardo Mendoza
Erros e Tánatos, de Gonzalo Navaza
Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti
El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz
El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon
El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde
Cuentos de sabiduría, de Miguel Adrover Caldentey
La mujer justa, de Sándor Márai
Tres contos á beira do medo, de Xesús Cameselle Ben
Relatos a cuatro manos, de Carlos Arias y Mariano Vega
Don Juan, de Gonzalo Torrente Balletser
Tokio Blues, de Haruki Murakami
Juegos de la edad tardía, de Luis Landero
A era de Lázaro, de Paula Carballeira
Tierra firme, de Matilde Asensi
La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
La tinta azul de la memoria, de Mariano Vega "El zurdo"
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami
De nuevo, el amor, de Doris Lessing
El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
Levantado del suelo, de José Saramago
El alquimista, de Paulo Coelho
La colmena, de Camilo José Cela
Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós
Niebla, de Miguel de Unamuno
Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán
La dama del Nilo, de Pauline Gedge
Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez
Cartas para Claudia, de Jorge Bucay
Memorias dun neno labrego, de Xosé Neira Vilas
Diez negritos de Agatha Christie
Tuareg de Alberto Vázquez Figueroa


